I
“Necesito poco, y lo que necesito lo necesito poco”
(San Francisco de Asís)
1
Era la época en que pensaba que no vería a ninguna mujer durante mucho tiempo, si es que salía con una alguna vez. Podía mirarlas andar por la calle contorneándose como odiosos pavos reales, detenerme en algunas: qué horribles algunas bellezas, qué horrible conciencia de sus cuerpos tienen algunas, con ciertas botas que apenas las dejan caminar, casi se ve la soga interior con la cual se sacan a pasear a sí mismas. Pero eso daba lo mismo, considerando el estado general de mi espíritu, daba igual y podía incluso aceptar una que otra mirada benevolente; sin siquiera saber si era porque les parecía un completo imbécil o porque algo bueno me encontraban, yo devolvía con gratitud esas miradas, devolvía todo con una extraña gratitud que, si se le miraba bien, era ofensiva. Pero nadie lo notaba y me venia bien ser amablemente ofensivo con el prójimo en general. En cuanto a esas mujeres que desfilaban por la calle, bastaba con que comenzara la primavera para que empezaran a brotar: estaban hechas de la misma carne que las cosas, que los televisores, que el periódico, y estaban tan hechas a la medida de las cosas que, por supuesto, terminaba por preferir a estas últimas, con su atractiva falta de devenir y todo. Prefería a las cosas. Me iba bien con las cosas. Tomaba los días tal y como venían. Me mantenía bien, mantenía mi pequeño perímetro, como todos, el nutrido refrigerador daba la apariencia de que allí viviera una familia, pero no había ninguna familia. La casa entera daba la apariencia de que allí hubiese habitado una familia a la que habían sacado de cuajo. Contra todas las expectativas, yo era aquel hombre, el que imaginaba que sería cuando tenía veinte años, me había convertido en eso, no en lo que verdaderamente quería, por cierto, pero sí en ese mínimo fragmento de individuo que todos esperaban que uno fuera. Me había convertido en el consenso vivo de lo que la familia y los amigos esperan de alguien. Y de lo que yo mismo esperaba de mí: podía comprar libros, y a veces viajar (ya no, como a los veinte, la precaria cuota de un libro al mes ni menos aún los viajes multitudinarios para abaratar costos). Podía, por ejemplo irme lejos en bus, en avión, o en barco: no desaparecía para nadie pero, curiosamente, desaparecía y, al volver a casa, todo era distinto. Podría haber hecho muchas cosas pero me mantenía en lo básico. Era una época feliz y carente de todo propósito. Nunca me interesó (ni siquiera ahora) averiguar si estaba en presencia de una formula para dejar ligadas para siempre ambas cosas: felicidad y pocos propósitos.
Apuntando hacia los cuarenta años era esperable que todas mis amigas con un poco de cerebro estuviesen ya casadas. Tampoco las frecuentaba mucho y si lo hacia era como intento de reavivar la amistad, de hacer como que nada había cambiado, pero todo había cambiado y esos intentos fueron espaciándose cada vez más, hasta desaparecer por completo. Las pocas relaciones que tuve en esa época nunca pasaron más allá de la tercera cita. Me aburría de una manera alarmante y volvía a mi ostracismo. Un ostracismo que, a mi modo de ver, era bastante abierto, universal y complejo, pero como sea, era una soledad perfecta, casi escogida. La casa y yo éramos uno. “Cuando yo escribía en la casa todo escribía”, dice Marguerite Duras, y así sucedía muchas tardes, hasta que se hacía inevitable salir. Escribía relatos y diarios de escritores inexistentes que no tenían el más mínimo futuro pero me daba lo mismo. Si hacia buen tiempo, y algunas veces si no lo hacía también, íbamos con Gabriel a la cancha del barrio, practicábamos lanzamientos, jugábamos uno contra uno, o bien nos quedábamos sentados mirando a los jóvenes, aprendiendo de sus movimientos ágiles. Gabriel, mi primer y único inquilino que con el tiempo se volvería mi mejor amigo, trabajaba como conserje algunos días a la semana y le bastaba con eso para arrendar junto a mí una modesta casa en Valdivia. Yo estaba cesante y pensaba seguir estándolo. Tenía la renta de un departamento en el centro de Santiago. Un buen departamento. Mí única inversión en 42 años. 350.000 al mes. Directos a mi bolsillo. Podía vivir con eso. Podía morir con eso. El arriendo de nuestra modesta casa no superaba los 150.000. Y pagábamos a medias. O casi. No sé cuánto sacaba Gabriel con su conserjería, pero solía darme más de 60.000$ mes a mes. Cuando no podía traía cajas con cebollas, papas, tomates. Su familia de Puerto Natales. De allá le mandaban cosas. O eso decía él. Yo nunca vi que le llamara nadie. No al teléfono de nuestra casa por lo menos. Durante el primer año que vivimos juntos no supe nada de su pasado. Una actitud más bien carcelaria. Pero qué se le iba a hacer. Es difícil que dos hombres que deben compartir un mismo techo se porten amablemente de buenas a primeras, debía pasar cierto tiempo, debía haber algo extra que nos uniera. Y eso fue el básquet. Lo primero que supimos de nuestros respectivos pasados fue que ninguno practicó el basquet en la adolescencia, es más, sin asomo de vergüenza nos confesamos que ninguno de los dos había practicado deporte alguno en la vida. Reconocer y ver reflejado en el otro un pasado sin deporte nos hizo entrar en confianza rápidamente. Sabíamos todo lo que de allí se deducía. Y estuvimos así, deduciendo y sacando a la luz nuestra vida, durante cierto tiempo. Creo que incluso nos emborrachamos aquel día, unos amigos andaban de paso y les invitamos. Nos emborrachamos y lo instauramos como el día de la juventud perdida. Sin embargo, y seguramente impulsados por esta misma confianza, un buen día se nos pasó por la mente que en vez de estar hablando idioteces en casa podríamos hacerlo fuera, mientras hacíamos otra cosa. Y lo hicimos. Un poco de actividad nunca viene mal. Algo así debimos haber dicho. Lo decíamos siempre sin nunca hacer nada. Lo decía Gabriel tumbado y lleno de mantas, leyendo en el sofá después de sus arduos turnos como conserje. “¿Un poco de actividad no nos vendría mal eh?”. Lo decía y se mantenía allí, inmóvil en su trono de chales y mantas. Pero lo hicimos. Verbo y creación coincidieron un día. Compramos un buen balón de marca, zapatillas, buzos, etc. Ese día estuvimos bebiendo cerveza negra en Bartleby, un bar que había descubierto cuando tenía veinteitantos años, época en que con mis amigos se nos había ocurrido, previo consentimiento del dueño, poner un libro de reclamos que nunca fue tal y que se transformó en una fuente gratuita de anotaciones ebrias que día a día nos íbamos llevando a casa para producir algún texto con o desde ellas. Todavía guardamos el proyecto incompleto de esos interminables cuadernos que los ebrios ociosos llenaron durante años. No sé si yo me lo quedé o Javier quien justamente ese día se encontraba allí con algunos viejos amigos. La primera impresión que tuve fue que estaban atornillados a los mesones. Que se habían quedado allí sentados desde la última vez que les vi. A muchos no les veía hace años. Entonces fue inevitable ponerse a beber y recordar, culpándonos los unos a los otros de haber dejado botado el proyecto por nuestros verdaderos trabajo. Como si fuesen una y la misma cosa, estuvimos bebiendo y recordando, con los artículos deportivos dentro de sus bolsas, con un Gabriel muy expectante que, a falta de su propia melancolía juvenil, asentía cada una de nuestras afirmaciones. Creo que ese día bebimos más de la cuenta, luego de que todos se fueran con Gabriel pedimos una última cerveza y decidimos que en vez de irnos en el transporte público lo haríamos trotando. Nos pusimos nuestra ropa deportiva en el baño de Bartleby y Bruno, dueño y conocido nuestro, nos guardó en bolsas plásticas la ropa que traíamos puesta. “Así la próxima vez que vomiten o les rompan la nariz tendrán una muda a mano”, nos dijo mientras salíamos. Nunca habíamos hecho ninguna de esas dos cosas allí pero de todos modos me reí por cortesía. Lo dijo tan fuerte que todo el bar escuchó. Pero todo el bar eran cinco pobres diablos que no nos conocían y que, por lo que se veía, tampoco se conocían entre ellos ni estaban cerca de hacerlo. Así que nadie río, salvo Bruno, y claro, su esposa, Edna, que era ese tipo de esposas que mediante risas timoratas trataba de cubrir el hecho de que cuando a Bruno le daban los demonios iba y la golpeaba. Salimos de allí. Tampoco estábamos tan ebrios. Debían ser como las once de la noche. El viento estaba perfecto. Trotamos durante la mitad del trayecto que separa el bar de mi casa, algo así como ocho cuadras, y luego lo dejamos. Era un día de invierno, apacible, lento, y todo lo que ocurriese en él iba a teñirse de ese temple. Si un camión de carga nos embestía en el siguiente cruce, seria algo absolutamente invernal y moriríamos como hojas, o como tierra húmeda, o qué se yo. Trotamos sin decir nada durante esas ocho cuadras y luego caminamos. No debíamos exagerar. Habíamos quedado de ir a darle al basquet por la mañana y hace bastantes años que nuestros maltrechos cuerpos no eran puestos a prueba. Entramos a mi casa mojados y moribundos. Nos vimos así vestidos delante del espejo principal de la sala de entrada, íbamos pasando pero tuvimos que detenernos, y no paramos de reírnos sino hasta que notamos que realmente no era tan gracioso: nos veíamos objetivamente penosos en esa ropa deportiva juvenil, con piernas flacas, blandas y, en mi caso, totalmente lampiñas.
2
Mientras fuese temprano por la mañana y no hubiese nadie mirando por ahí cerca, lanzar esa pelota contra el aro no resultaba tan difícil. La verdad no sabíamos absolutamente nada acerca de aquello, quiero decir, sabíamos sólo una cosa, que era la más importante para nosotros: era un deporte que podía jugarse sólo o de a dos. Además, y esta era la razón por la que lo habíamos escogido entre otros deportes, podíamos conversar mientras lanzábamos, y esto era algo que, por lo menos en ciertas películas, se veía bastante bien. Parecía ser algo que hacían los buenos amigos. Y Gabriel, por aquellos años, era mi único amigo, mi mejor amigo. A veces nos quedábamos mirando a los jóvenes desplegando espectaculares trucos que nosotros en nuestras ocultas sesiones mañaneras tratábamos de copiar sin mucho éxito. Al principio, cuando nos invitaban a jugar, aducíamos todo tipo de lesiones. Nuestra reticencia a jugar con otros era tal que una vez Gabriel llegó a decir que era parcialmente ciego y yo era su terapeuta. Basquetbolterapía. Tuve que salir de la cancha guiándolo y aguantando la risa. Sin embargo, con el tiempo terminamos mezclándonos con aquellos jóvenes. Nosotros, unos vejestorios disfrazados de basquetbolistas profesionales, con las piernas blancas y flacas, jugábamos con los que podrían ser nuestros hijos y luego, siempre más cansados que ellos, nos sentábamos en las graderías, sin decir mucho, los escuchábamos hablar sólo de videojuegos, hip hop, NBA, mujeres, y fiestas de fin de semana (es decir, mujeres). Y si no decíamos nada no era tanto porque no supiésemos qué decir sino más bien porque demorábamos más que ellos en retomar la respiración normal. Ellos incluso sacaban sus cigarrillos. Hablaban de mujeres como se habla de autos, aunque sólo he presenciado por segundos conversaciones sobre autos sin largarme con alguna excusa. Se referían a ellas, a sus culos, tetas, piernas, como piezas ensamblables e intercambiables. Muy pocas veces se referían a la cara. Si alguno decía algo sobre la perfecta curva del mentón de fulanita era tomado por maricón, por alguien inoportunamente sensible. Solían, por ejemplo, armar la mujer ideal a partir de unos cuantos atributos de amigas en común. Con una mezcla de veneración que automáticamente se convertía en apropiación, hablaban de sus conquistas, privilegiando en el relato todo lo relacionado con el primer acercamiento y dejando de lado la posible rutina posterior: las maneras en que se relacionaban con ellas, los paseos de la mano por los parques, las visitas a las casas de sus padres, las llamadas telefónicas por la noche, todo eso era obviado. David, el único que decía tener una polola hace un año, sólo escuchaba y eventualmente nos lanzaba una mirada de complicidad. Seguramente creía que nuestras esposas nos esperaban en casa, cosa que durante un tiempo fue verdad, cuando cierto perro vago llegó para quedarse y, sin importarnos que no fuera hembra, decidimos llamarle “esposa”. Me gustaba decir, por esos días, que mi “esposa” me esperaba en casa. Además, Gabriel, que vivía conmigo, podía decir lo mismo. Y bueno, nosotros comprendíamos esto, estas maneras de hablar, obviamente habíamos pasado por una etapa parecida, quizá menos idiota, pero en cualquier caso, ahora estábamos en el otro extremo: si ellos buscaban con ansiedad la acumulación de experiencias con mujeres para vanagloriarse entre ellos, nosotros sólo buscábamos algo de intensidad y simpleza. Aunque ni siquiera buscábamos tanto. Dos tipos solos que se llevan bien entre sí, que parecen hermanos u homosexuales (o, en el peor de los casos, ambas cosas a la vez), sin mayores redes sociales, sin fiestas de fin de semana, no tenían muchas chances de conocer mujeres en general, y ni hablar entonces de mujeres en particular. En cualquier caso, y este es todo el asunto, yo hace tiempo que había dejado de buscar por un motivo en particular: Beatriz. Lo más parecido a ella que había era ella misma, el resto eran malas copias, Beatrices incompletas que desaparecían rápidamente.
3
Ahora me pregunto si esa vida retirada no era una manera de decirme a mí mismo que nunca más iba a necesitar de nadie. Supongo que podría detenerme, analizarlo y reconocerlo, sin embargo el remedio fue tan efectivo, que ya no importan las causas.
Pero hablar lo que ya no importa es, como saben, lo más importante.
Conocí a Beatriz por comentarios antes de verla en persona. Unos amigos de Gabriel que por un tiempo fueron (según ellos) mis amigos hablaban siempre de ella, quizá porque eran en su mayoría hombres y sentían que debían justificar el hecho de que las únicas dos mujeres que les acompañaban tuviesen una profunda relación amorosa (entre ellas), o también quizá porque fuese cierto que Beatriz poseía todas esas características que omitiré, pues no hay nada más horroroso que las cualidades. Nada más horroroso que una personalidad determinada por ciertas cualidades y gente comentándolas como si se tratase del estúpido clima. Creo que no fueron más de un par de meses lo que duró esa gente yendo de vez en cuando a nuestro hogar. Nuestro querido hogar que casi ni sabía de visitas. Nunca entendí que hacían ellas mezcladas con este montón de idiotas, ni menos entendía qué les encontraba Gabriel que los seguía trayendo, pero, fuera lo que fuera, proveían de bastante conversación, bebida y comida, como para despacharlos tan rápido, además siempre le doy más de una chance a la gente nueva, y estos eran bastantes, así que por eso dos meses. Si mal no recuerdo había allí dos o tres escritores, pero eran sólo eso, escritores inofensivos, muy cómodos con el estado actual del mundo y con una interioridad estrujada a más no poder. Demasiado despliegue de lenguaje, demasiada limpieza en sus gestos, demasiado bien vestidos, ¿para quién cresta se vestían con tanto esmero estos jovenzuelos? Me parecían unos seres sumamente odiosos. A veces cuando llegaba tarde, ridículo y sudado con el balón de basquet bajo el brazo, veía el cuadro completo. Apenas entraba, un golpe fulminante en mi ser, un combo al espíritu de mi hogar, mi living parecía un ridículo set de televisión con actores hiperventilados deambulando por allí. Alguien incluso se las había ingeniado para poner una especie de luz roja en la lámpara. Había tipos con sombrero, ¿Por qué diablos iba alguien a usar sombrero dentro de una casa?, o peor aun, ¿por qué alguien habría de usar sombrero en general? No tengo nada en contra de los sombreros sino contra la manía de ponérselos en la cabeza. A veces eran dos o tres, del tipo boina y otros peores: demasiado para un living simple como el mío. En fin, que por lo menos no todos eran escritores, ni todos llevaban sombrero, había unas cuantas personas con trabajos menos gremialmente egocéntricos, y claro, estaba Gabriel, lo que me daba una pequeña chance de hablar de futbol y demaces temas no ilustrados. Me esmeraba en aquello, debo admitirlo: quería a toda costa que me considerasen un hombre vulgar e inculto.
Así que conocí a Beatriz en boca de esta gente, pero nunca la trajeron. Y no digo que yo en ese entonces hubiera tenido ganas de conocerla, por el contrario, eran ellos los que prometían que la próxima vez vendrían con ella, yo sólo asentía, me era imposible creer que pudiese llegar a interesarme una mujer que unos ensombrerados escritores presentaban obsesivamente como una suma de cualidades inapelables. La verdad no creía que nada bueno surgiría de estas reuniones de gente hiperventilada. Gabriel, por su parte, era un poco más comprensivo que yo, siempre podía hallarle algo bueno a la gente. Escudriñaba y retrocedía en las biografías, familia, traumas, e incluso contextos culturales y económicos de quien se le cruzara en el camino. Parecía interesarse realmente por cada uno de ellos y lo hacía con tal perfección que finalmente el sujeto en cuestión quedaba desarmado, determinado y expuesto, como una víctima de todos estos datos que él, con su interés quirúrgico, les iba sacando. ¿Habría generado esta cualidad en sus noches como conserje hablando con señoras solitarias e insomnes? Yo lo seguía con atención, me quedaba cerca y escuchaba estos procedimientos que para mi eran imposibles. Solíamos discutir las posibles maneras de interesarse en la gente. Sin la gente, por supuesto. Discutíamos ese tipo de asuntos lejos de escritores, artistas, y sobre todo, lejos de gente susceptible de usar sombrero. Lo discutíamos mientras practicábamos lanzamientos por la mañana, lo discutíamos luego del trabajo, en Bartleby.
Por esos meses, el 95% de todas las palabras que salían de mi boca iban dirigidas a él. El 5% restante se lo llevaban entre el perro y los dependientes de todos los negocios circundantes.
Desde luego Gabriel, como inquilino que con suerte compraba confort y a veces el gas, no puso mayores reparos cuando comenzó la programática evasión a las llamadas de ese grupúsculo de gente. Tampoco le habían parecido la gran cosa. Me confesó, semanas más tarde, que el único motivo por el cual los soportó las primeras dos semanas era porque no había notado que Ruth era la novia de Gabriela. Cualquiera lo habría notado pero él, que estaba tan ensimismado en conocerlos profundamente a todos, no reparó en lo más obvio. Si reparó, obviamente, en que Ruth tenía estas largas piernas cruzadas, siempre con chor o vestido, siempre más callada que el resto de artistuchos, soltando esporádicos comentarios, tan irrisorios que, obvio, dentro de ese horroroso contexto que era mi living, había terminado por cautivar a Gabriel. Cuando le pregunté porqué no me lo había dicho antes para así terminar rápido con la farsa, me dijo que no quería arruinar mi amistad con esta gente. “Nunca te había visto tan vulgar y sociable a la vez”, me dijo.
4
Por supuesto que luego de esos dos meses volvimos a nuestra rutina de pocos amigos. Algo de deporte por la mañana. Cada vez menos por el frio. Algo de empezar a barajar la posibilidad de una nueva entrada de dinero. Gente ni tan interesante ni tan aburrida que conocíamos en Bartlebly. Lo de siempre. La aceptable medianía. Por esos días a Gabriel le habían puesto a cargo de los otros conserjes, quiero decir, él debía juntarse con ellos una vez a la semana para enseñarles ciertos trucos con los cuales les iría mejor en el manejo del edificio en el cual, desde luego, todos trabajaban. A veces se quedaban a tomar once, curiosamente no bebían alcohol, nunca les vi en eso, como si tuvieran que mantener cierta aura burocrática sin importar el lugar. Iban a lo suyo y luego se quedaban al té. Todos muy mayores, bordeando los 50. Harta cabeza blanca. Harto de ese solemne olor a viejo que nunca nadie, ni J.B. Grenouille, podrá descifrar. Me daban cierta paz esos conserjes. Sabían ejercer su aura burocrática sin mayor esfuerzo. Un efecto inmediato de esto era que los ingresos de Gabriel habían mejorado y en consecuencia también nuestra calidad de vida (en el discreto sentido de mejor papel higiénico y vinos de calidad).
Era un invierno crudo según las noticias pero nosotros estábamos dentro del porcentaje que disfruta el espectáculo cómodamente, no sufre inundaciones y tiene incluso una estufa. Una estufa sin gas que Gabriel tenía allí de velador. Cierto día llegué y allí estaba, encendida: Gabriel había comprado un gas y estaba con Gabriela y Ruth tomando café. Me gustó verles ahí. Primero sentí el agrado de ver a mi amigo compartiendo con gente, de día y sin alcohol de por medio, y sólo después caí en cuenta de quiénes eran las invitadas. Ruth y Gabriela. Solas. No tardé en notar que no eran estrictamente lesbianas. Pese a que mantenían cierta intimidad en sus gestos, la mano de Gabriel daba eventuales toquecitos sobre la de Gabriela, marcando los énfasis, y a ratos no marcando nada y simplemente reposando allí sin ninguna excusa. Era algo que estaba a la vista. Curiosa sensación, como si algo dentro se activara y me hiciera patente la facticidad de estar por vez primera (desde la llegada de Gabriel a esta casa) ante la posibilidad de inaugurar mi cama y a la vez, ver que mi mejor amigo inaugura la suya. Pero era sólo la facticidad y faltaba el devenir, la acción, le elección, lo complejo. Además, estas convenientes deducciones eran apresuradas y sólo tenían que ver con un básico imaginario adolescente que, después de todo, no me interesaba, es decir, si todo iba a ocurrir allí mismo, si ellas iban a mantenerse juntas y la idea era que nos arreglásemos de algún modo los cuatro a la vez, yo pasaba de ello. Tenía confianza con Gabriel, pero nunca tanta. A veces cuando él perdía el suyo le dejaba usar mi cepillo de dientes. Incluso una vez no aguanté más y entré a mear en el lavamanos mientras él estaba sentado. Pero eso era todo. Ahora, y a pesar de lo difícil que resultaba saber si dentro de su método reduccionista-determinista Gabriel podía interesarse realmente por alguien, mi intuición me decía que, en lo que a Ruth se refería, esta vez había un poco de ambas cosas. Se notaba que las preguntas hacia Gabriela tenían cierto automatismo, que eran parte del arsenal de preguntas con las cuales reducía a su interlocutor a una suma de determinaciones (ella lo había notado y por eso sólo se dirigía a mí) y en cambio cuando se trataba de Ruth todo se volvía un poco más complejo y detallado (ella también lo había notado y por eso sólo se dirigía a Gabriel). Creo que durante la primera media hora me limité a escuchar a Gabriela. También propuse que nos trasladáramos al living para tener más espacio. Puse un vinilo de Duke Ellington. Fue el primer y único aporte material de Gabriel a esta casa. Un reproductor de vinilos que había sido de su padre. En fin. Nos plantamos en el living y escuché la historia de cómo les habían hecho creer que eran completamente lesbianas a estos tipos que antes venían de juerga a nuestra casa. Apareció una botella de vino. Luego otra. Y otra. Y así hasta que me di cuenta que sólo quedábamos yo y Gabriela en el living. La puerta de Gabriel, eso sí, permanecía semiabierta, y dentro se oían voces, por encima de la música, risas y voces. Todo iba bien por ese lado. Gabriela debía intuir lo mismo que yo pero de todos modos seguía contándome algo relacionado con una extraña enfermedad de un familiar, o de un novio que tuvo. O quizá fuera de una novia. O un gato. No lo recuerdo. Demasiados detalles. Demasiados lugares. Demasiadas fechas. Al rato ya ni sabía si me hablaba de una misma persona o de dos así que me limitaba a asentir y mantener la cara de preocupación, asombro o pena, según correspondiera. Antes ya me había soltado su biografía académica y laboral completa sin yo haberle preguntado nada. Me contó de sus viajes por el mundo, pero sus relatos eran miserables, es decir, básicamente esplendorosos, una seguidilla de monumentos históricos y postales que supuestamente debían adquirir sentido sólo porque se ligaban a ella. Como si no se pudiese ser un perfecto imbécil en Europa. Seguramente se dio cuenta de que si yo estaba mirando con atención un cuadro que era de mi propia casa significaba que estaba aburrido y decidió preguntarme qué países conocía. Ninguno, le dije. Y se hizo un silencio. Un maravilloso silencio. No iba a seguir en la dirección del hombre homogéneamente interesado (labor que tampoco sé si alguna vez llevé a cabo en todo su esplendor). Quizá si hubiera estado más ebrio. Quizá si hubiese habido un mínimo atisbo de conexión. Pero no era el caso. Y la puerta de Gabriel finalmente se había cerrado. Opté por tumbarme en el sillón mientras Gabriela seguía hablando. Comprendió el mensaje, fingió sueño y le indiqué mi pieza. “Puedes dormir allí hasta la hora que te plazca”, le dije, pues es lo que me gusta escuchar a mi cuando me quedo en lugares ajenos. Entonces nos dormimos. Yo, mecido interiormente por el vino, en el punto justo antes del malestar. En la madrugada desperté para ir a mear y tomar agua. Al pasar eché una mirada a mi pieza y no había nadie. Volví a tumbarme y les oí. Estaban los tres allí dentro, con Gabriel. Se oían risas. Volví a taparme con las mantas y asentí con la cabeza repitiendo mentalmente “La hiciste… la hiciste”.
perfecto, comence a leerlo desde atras o sea desde el num 4. evidencia disciplina, compromiso, trabajo, tedio y eso esta bien para un escritor.
me alegro, siga asi no mas amigo.