II.
¿Qué importan la energía, los dones, etc., que haya en mí?
Bastante tengo ya con desaparecer.
Simone Weil
5
Al día siguiente encontré una nota escrita a mano y un fajo de billetes aplastados bajo el azucarero. Todos se habían esfumado. Recorrí la casa mientras despertaba, dando tumbos, estirándome, debía asegurarme que efectivamente se habían ido. Entretanto lancé unas ojeadas en diagonal a la nota para ver si se trataba de algo grave, quién sabe, podían haberles secuestrado y debía actuar rápido, o podría ser que mientras estaban en plena faena Gabriel sufriera un ataque al corazón, aunque si ese fuera el caso se trataría de una nota corta y esta por el contrario era un extenso párrafo. Puesto que no se trataba de nada que ameritara una reacción rápida y eficaz me dirigí al refrigerador en busca de una leche cultivada de chirimoya. Pero no estaba donde la había dejado. Revisé atrás de los potes con comida, abajo con las verduras, pero nada. Entonces, cabreado, tomé la hoja de papel y finalmente la leí:
“Arturo, discúlpame por esta intempestiva decisión pero debo irme. Faltan algunos días pero de todos modos ahí está el mes entero. Si te parece bien ya tengo vista una reemplazante ¿O no podrías vivir con una mujer? Será por algunos meses, mientras encuentras a un arrendatario definitivo, que quizá sea yo, si es que vuelvo… Fuiste mi mejor amigo este año. Tampoco tenía mejores amigos de antes, pero como sea… fueron unos meses apacibles los que pase aquí. Y… eso. Esposa me mira mientras escribo de pie en la cocina, es como si supiera que me voy. Aunque quizá sólo quiera comida. También le echaré de menos. Házselo saber sacándolo a pasear. Dile que es de mi parte. Me llevo una leche cultivada que ni siquiera habías abierto. También me hice unos sanguches con tu salame. Será mi último robo hormiga. Es que me voy con lo justo y el viaje es largo. Ya te contaré a dónde y porqué me voy. Intuirás que tiene que ver con Ruth y Gabriela, y bueno, sí, anoche me di cuenta de algo gracias a ellas, y no, no me voy con ninguna de ellas. En cualquier caso, las tendrás uno de estos días por ahí ya que la arrendataria que me sustituirá es esa Beatriz de la cual tanto hablaban. No alcanzo a decirte más ahora, el bus parte en media hora y pretendo llegar caminando, hace buen día. Asumo que Ruth y Gabriela estarán dispuestas a completarte la historia. Tienen mi venia. Yo, apenas me instale, te mando un mail.
Pd: Te dejo el reproductor de vinilos, con Duke Ellington y un Armstrong de yapa. Ahora es tuyo. “
Sacudí el brazo derecho, acalambrado tras leer la nota apoyado en el quicio de la puerta. Miré el patio y su alfombra de hojas secas y húmedas, se veían bien ahí, no había motivo para sacarlas. Estuve unos minutos tratando de imaginar qué tipo de epifanía podría haber tenido Gabriel esa noche. Descarté la opción religiosa: Gabriel no era de esas personalidades que de la noche a la mañana deciden que todas sus inquietudes requieren de una sola solución categórica y trascendente. Descarté la opción laboral: creía conocer bien a mi (ahora recíproco) mejor amigo y sabia que le iba bien con la modesta vida que llevábamos aquí, además, de tratarse de algo tan nimio y práctico como irse en busca de un mejor trabajo me lo habría dicho, era algo perfectamente comunicable en una nota escrita a la rápida. La única opción que me quedaba era su pasado. Algo que no me hubiera contado. Algún cabo suelto de su pasado que de pronto cobró urgencia. ¿Pero que influencia tenían sobre él esta pareja que había recién conocido? ¿Se habría dado cuenta de algo mientras estaba con ellas en la cama o, por el contrario, no hubo sexo justamente porque se dio cuenta de que estaba enamorado de otra mujer? Debía tratarse de una mujer, sin duda, no podía sino tratarse de amor, de falta o exceso, e incluso de posibilidad de amor. Nadie sale disparado hacia otra ciudad para reconciliarse con los padres o retomar la paternidad fracasada con algún hijo perdido, esas cosas pueden hacerse sin urgencia, en cambio una mujer, recuperar una relación, es algo a lo cual debe acudirse de golpe, aunque sea absolutamente inútil: ellas lo prefieren así. Pero ni siquiera estaba de acuerdo con estas divagaciones, era el imaginario del cine quien hablaba por mí. Yo nunca había sentido el impulso de recuperar a nadie. Todo lo que se perdía debía perderse. No miraba hacia atrás. Me hubiera gustado hacerlo alguna vez,
Tomé un billete de diez mil pesos, dejé los cincuenta restantes nuevamente bajo el azucarero y me dirigí al negocio de la esquina. Una fina llovizna se dejaba caer. Aproveché a refregarme la cara con la humedad. No quería pensar qué efectos iba a tener este cambio rotundo en mi rutina. Había que asumirlo dosificadamente ¿Volvería a la época de aislamiento, de relaciones insípidas, de beber y escribir como condenado cuestiones que nunca me animaría a publicar? ¿Volvería a Bartlebly, al melancólico ejercicio de beber y recordar junto a mis antiguos amigos quienes me parecerían aun más atornillados a las sillas? Me dio vergüenza sentirme solo y desvalido y, como si estuviera absolutamente colocado de marihuana, imaginé que quien me viera se daría cuenta que me encontraba en un estado deprimente. Sin embargo la señora Ana del almacén Anita hizo caso omiso de mi aura de eminente desasosiego y se limitó a echarme en bolsas plásticas amarillas la leche cultivada, los panes amasados y la mantequilla. “Hace buen día”, le dije. Levantó la vista lentamente, arqueo las cejas y me dijo “pero si está heladísimo”. Luego agregó algo acerca de sus huesos y la influencia del frio sobre éstos. Le dije que en casa me sobraban unos cuantos chales, que podía traérselo inmediatamente. Pero sólo me miró. Comprendí que sin querer le había ofendido con mi espontaneo ofrecimiento de los chales que supuse Gabriel ya no necesitaría más. Di media vuelta y volví a la llovizna que progresivamente se convertía en una lluvia adulta. Imagine a Gabriel en el bus y me sentí feliz por él. Iba en busca de algo. Daba lo mismo de qué se tratase. Ojalá estuviese lloviendo en su ventanal también. Abrí las cortinas y me preparé desayuno. Vería la lluvia en vez de la tele. O vería ambas. La tele en mute, como siempre. La lluvia a todo el volumen que permitieran las cortinas abiertas. Un café. La mantequilla derritiéndose al contacto con el caliente pan amasado. La nota seguía bajo el azucarero y, entre sorbo y sorbo de café, volví a leerla. No había reparado en la llegada de Beatriz. Me pregunté cómo seria. Qué edad tendría. ¿Trabajaría? ¿Estudiaría? Sentía que no era el mejor momento para conocer a nadie. Ya había generado una cotidianidad irrepetible con Gabriel y me sentía igual que antes de su llegada, conforme con mi vida simple pero ansioso de un vértigo indefinible. Un vértigo que ya no se podría colmar con viajes en bus, ni con trabajo o más dinero. Me vi tentado de devolverme a la cama a dormir hasta más tarde, pero sería una mala pausa, un mal atajo y, en vez de eso, tomé los cincuenta mil, me abrigué, y salí hacia la lluvia.
6
Los lobos marinos siempre están tumbados como perros. Pensé eso hace cinco años, cuando llegué a Valdivia, y se lo he venido oyendo decir a todas las personas que visitan la ciudad por vez primera. Es el muelle Schuster y los pies me cuelgan. Sigue siendo invierno. Un lobo marino bosteza y le copio. Sigue siendo el día en que Gabriel se fue en la mañana y salí hacia la lluvia para digerir o escupir la extraña sensación de situarme de nuevo como dueño de todo mi tiempo, de todo mi espacio. Me sentía en el vértigo mismo de todo cero. El pequeño y luminoso juicio final que toda rutina incuba. Me encontraba allí, en ese esporádico pero contundente recordatorio de que, sea cual sea el pasado o el futuro que a uno lo condene o libere, estamos comprometidos hasta los huesos a sernos fieles con nuestros actos. ¿Pero sabía yo qué era lo que me pedía a mi mismo? ¿Había practicado siquiera esa fidelidad alguna vez? ¿Sabía acaso de qué estaban hechos mis huesos o los huesos del mundo? Vivir durante meses a la orden del día (bajo la experiencia deportivo-metafísica de recibir los días como en una partida de ping pong) había suspendido ese tipo de preguntas y ahora volvían de golpe. Si algo definía el carácter de la amistad que tenía con Gabriel era precisamente cierta compulsión a quitarle toda urgencia y profundidad a los problemas. Si algo nos urgía era la levedad. Habíamos engordado la provisoriedad hasta reventarla, sí, pero de eso Gabriel no tenía noticias, ni debía tenerlas, pues lo suyo, como ya veía, era la acción intempestiva. Mi intuición, en cualquier caso, era que mi buen amigo había tomado una decisión que, aún sin yo conocerla, era perfecta. Por mi parte, daba lo mismo. Ningún desasosiego dura más de un día. Creo que estuve en el muelle hasta que me dio hambre, balanceando los pies como suele hacerlo por inercia cualquier persona que está sentada en el borde de cualquier muelle del mundo. Estuve allí hasta que noté que todos los turistas habían emigrado a almorzar en los restaurantes del sector. Miré zambullirse y bostezar y permanecer como rocas a los lobos marinos. Estuve allí un largo rato hasta que la llovizna cesó y dio paso a un tímido sol. Con la vista hacia abajo y agradablemente perdido en el cielo reflejado en el movimiento del agua tuve la certeza de necesitar cada vez menos de mí mismo. Una de esas certezas que duran tres segundos y se van. Había gozado unos largos meses de ausencia y ahora debía volver a presentarme, pero ante qué. ¿Ante un trabajo que progresivamente creara alrededor mío un círculo social del mismo modo que crecen los hongos en la humedad? La verdad ni siquiera necesitaba dinero. Y para hacer amistades prefería el azar antes que la voluntad. No necesitaba nada. Cuando mucho, necesitaba necesitar más. Pero no iba a hacerme cargo de eso. No inmediatamente por lo menos. Volví a mirarme en el agua con la sensación de que ya no era yo el que pensaba estas cosas sino la réplica acuática que tenía bajo mis pies. Solté un escupo en su cara, para ver si cambiaba de idea, pero sólo conseguí agitar más su débil y ondulada presencia. Entonces volví a repetirme, como si hubiese que llegar obligatoriamente a una conclusión antes de pararse, volví a repetirme que me había vuelto alguien que ya ni siquiera necesita de sí mismo y que, ante tal panorama, sólo habían dos opciones que, desde luego, yo siempre había sabido: una era extinguirse pasivamente (que, salta a la vista, era precisamente lo que quería refregarme en la cara ese superyó acuático), y la otra consistía en volverse un hoyo negro que se llevase consigo unas cuantas cosas del mundo (función que creía cumplir a cabalidad hace años, en la época en que arrancar hacia adelante era totalmente licito y no había mucha elegancia en cuanto a qué partes del mundo eran las que debían ser arrasadas) Las evidencias que presentaban el muelle-tribunal presididos por un improvisado doble en el agua como juez eran irrecusables: ya no estaba más el amigo-espejo que me mostraría lo que quería ver, la vida simple que se basta a sí misma, y debía buscarme uno nuevo o bien, y esta era la parte que menos me atraía, utilizar el difuso espejo del mundo para volver a verme. Volver a verme, repetí mentalmente un par de veces y me paré, no sin antes lanzarle un último escupitajo a mi doble.
7
Pasó una semana antes de que llegara Beatriz. El mismo día repetido 7 veces. Con leves matices. El perro se perdió durante algunos días y luego apareció como si nada. Un accidente de tránsito sin consecuencias en la esquina. No más que eso. También hospedé a una pareja de turistas alemanes un fin de semana. No es que fuera lo mío pero cada vez que me topaba con las compungidas caras de los turistas a altas horas de la noche no podía negarles mi hospitalidad. Solían ser mochileros, así que les cobraba lo básico. Estos alemanes, por ejemplo, pagaron en cerveza. Llenaron la parte baja con Kunstmann. Seguí dándole al basquet solo, con menor frecuencia. A veces se armaban partidos de tres contra tres que jugaba hasta que mi estado físico me lo permitía. Mandé unos cuantos currículos a trabajos ideales que sabía jamás me aceptarían. Buscar trabajo siempre había sido mi principal trabajo. Después de todo, no puedo negar que celebraba cada rechazo murmurando al aire un “bueno, ¿lo intenté nó?”. Comencé, en ausencia de Gabriel, a escribir de nuevo. Intensifiqué y diversifiqué la producción. Poemas. Relatos. Diario. Incluso un ejercicio con cartas que no me llevó a ninguna parte. Como esa novela en nueve cartas de Dostoievski pero con más personajes y un enredo descomunal –que según yo era la clave misma de la narración- entre cartas enviadas y no enviadas que sólo se resolvía al final, dando el típico sentido hacia atrás que tienen todas las películas en las que se revela de golpe que el protagonista siempre estuvo muerto, o soñando, o tenía doble personalidad y era detective y asesino a la vez. La mayoría de aquellas cartas eran cartas reales que nunca me atreví a enviar. Otras eran cartas recibidas. Y hablando de cartas, unos días antes de la llegada de Beatriz recibí el mail que Gabriel me había prometido en su nota. Decía así:
“Ya, ahora hay más tiempo y puedo explicarte. No es nada del otro mundo en todo caso así que relájate, hazte un té, léelo en voz alta si estas con alguien, da igual. Tecleo esto en el tarro que tienen acá mis viejos y luego lo mando en el ciber. “Acá” es Puerto Natales, por cierto. No lo vas a creer pero resulta que Gabriela es mi seudohermana. Cuando te dormiste seguimos conversando aquí y de algún modo terminamos burlándonos de nuestras fotos de carnet y ahí a la Gabriela se le cayó una foto y ¡paf! era mi papá que, según ella, también era su papá. Como en las teleseries, aunque sin la parte del incesto. Me pareció extraño (y a ella también) que no te hubieras dado cuenta antes que yo; después de todo fuiste tú quien estuvo horas hablando con ella. La cosa es que nos amanecimos dándonos los respectivos resúmenes y, cuento corto, ninguna de nuestras mamás era la amante oficial Las dos son amantes o las dos son su mujer. Vidas paralelas y todo ese rollo. Pero no viajé de golpe para enrostrarle nada a nadie. De hecho aún ni se aparece por la casa el viejo. Lo súbito de mi viaje se debió a que nos sedujo toda esta historia y decidimos que había que ir a provocar el desenlace. Hemos venido los tres. Por un lado está bien porque siento que podré contener a mi mamá cuando sepa. Y va a saber porque a eso vine, o sea a eso vinimos, con Gabriela y Ruth que, por si no sabias, son oriundas de acá. Sé que es un poco egoísta verle un atractivo a todo esto que a fin de cuentas será una desilusión para dos esposas, pero hace tiempo que no me pasaba nada…. nada desde fuera, no sé si me explico, un Acontecimiento, algo que ocurre desde afuera hacia dentro, algo que a uno le pasa sin hacer nada por ello y entonces hay que tomar una decisión para ver qué curso toman las cosas. Siento que el mundo me dio plasticina y cualquier forma que haga estará bien. Qué idiota cierto. Y me gusta tanto Ruth. Ya lo sabías pero… ¿te acuerdas que definimos el nivel de afección que una mujer nos provocaba según cuántas cosas pudiéramos dejar de lado por ellas sin ninguna sensación de estarse privando de algo y sobre todo sin que ellas hayan impuesto esa balanza y los objetos a pesar? Bueno, sólo te diré que ni vi el partido de Chile por andar paseando con Ruth, se me olvidó y cuando me di cuenta no sentí que me hubiera perdido nada, pero eso es sólo un indicador de la afección inicial, y les pasa a todos, luego viene la curva descendente, sí, pero nada de eso me importa ahora, hay contenido de sobra en esta relación, pero no te aburriré con eso. Mejor unas últimas cuestiones fácticas. A ver. Mañana o pasado tiene que estar llegando Beatriz por allá. Gracias por no haberme llamado al celular y esperar este mail: muy poca gente comprende que no se me da hablar por teléfono. Ya arreglé todo con la conserjería pero si llegan a llamarte tienes permiso de inventar cualquier cosa. La leche cultivada estaba vencida. Las diez lucas que te debo las lleva Ruth. Y qué más. No sé cuánto tiempo tome esto, capaz que se terminen uniendo las dos familias y exilien a mi viejo, capaz que el muy patudo escoja una, no sé, seguramente sea cosa de meses, así que espero haber escogido bien a mi sustituta. Ya me dirás cómo va todo. Fue una vomitada unidireccional esto, sin ninguna pregunta por tus días ni nada, pero créeme que no escribía hace meses y no podía ser de otro modo. Espero respuesta. 10/4”
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[...] 3 febrero, 2011 por Rodrigo Fernández parte 1 parte 2 parte 3 parte 4 parte 5 [...]
este comentario se puso por algun error interno de wordpress o alguien hizo copypaste?