1
“No queremos que los pobres terminen subsidiando la educación de los ricos”, dice el gobierno ante la gratuidad. Da risa. Como gobierno, debe ser la primera vez que usan la palabra “ricos”. Frases hechas para ganarse a la dueña de casa asustada y al televidente irreflexivo; frases que funcionan sin contexto, sin mencionar la renacionalización del cobre ni una reforma tributaria que equilibre la balanza. A los que se les arruga la cara al hablar de lucha de clases hoy, es porque pueden perder algo. O porque ya fracasaron y quieren que los conceptos fracasen con ellos. Pero los conceptos les pertenecen a los que los realizan acorde a una voluntad popular. Y esa voluntad popular tiene un derecho de actualización infinito. Es simple. Los análisis pueden ser complejos, sí, pero un viejo horizonte nos hace palpitar al unísono. Cuando alguien gana 100 veces más que otro y su gasto en fuerza y nervios es igual o menor que el de ese último eslabón de la cadena, estamos ante toda una estructura de legitimaciones que se interponen entre nosotros y la realidad que queremos. Toda esa realidad debe ser atacada. Claro que hay días, semanas, e incluso meses, en que se nota más que en otros, que eso que queremos, lo queremos realmente. Todo cuerpo se inmuniza para no comprender lenguajes peligrosos, y uno que es de los que no tiene casi nada que perder, junto con los que, incluso pudiendo perder privilegios, apoyan la lucha, más los otros que no tienen absolutamente nada que perder, no podemos sino continuar siendo un lenguaje peligroso.
2
Esa gente que dice que las actuales marchas les traen recuerdos del pasado, del oscuro pasado. Puedo verlos agarrados a los pies de la Ley como un Padre protector que tiene el monopolio de la violencia ¿Qué más cómodo que eso? El tono de satisfacción que ocultan tras su neutral preocupación porque no haya divisiones. La satisfacción y las recomendaciones de cordura de quienes nunca han sentido que la Historia de un pueblo les pasa, aunque sea durante unos segundos, por las venas.
3
El diputado Enrique Estay de la UDI que trató de quitar la bandera por la educación desplegada en el congreso es un signo grosero de desesperación del cual no hay que colgarse. La desesperación general del gobierno es mucho más sutil que eso. No les interesa quitar una o dos banderas sino acabar con el germen.
4
El deber cívico de hacer recagar la publicidad. Ningún anuncio merece mantenerse en pie. Desfigurar, intervenir, romper o quemar. De preferencia intervenir. El ciudadano que cuida su publicidad, lo comprendemos, pero que se aparte. La publicidad es el vigilante quieto del capitalismo. La musa captora del deseo. La codificación de lo peor de cada época presentado como naturaleza del mundo.
5
Estar o no de acuerdo con los encapuchados y la violencia es como estar o no de acuerdo con que llueva. Sobre todo si éste sistema produce la evaporación y la condensación. “Condenar la violencia”, otro término ético abstracto que sirve sólo para encuestas televisivas. Esa parte “natural” de la violencia social que resiste y enseña los dientes, en cualquier caso, no es la violencia de masas real a la que deberíamos apostar. Las barricadas son la punta, el filo de la lanza que en un comienzo nos vuelve visibles, iluminan la ciudad y huelen bien, pero no hay que pontificarlas. La real violencia es comprender que la guerra ya está andando y comportarse a la altura de las circunstancias, en las calles repletas, pero también en las sobremesas familiares y en la cola del supermercado. Cada uno un caballo de troya.