III
Todos los días, todos los días, aunque sea una línea para decir
que hoy no tengo ganas de escribir, que no tengo tiempo,
o dar cualquier excusa. Pero todos los días
Mario Levrero
8
De lo único que había estado seguro siempre era que no debía, por ningún motivo, dejar de escribir. Incluso a razón de dos modestas líneas al día se consigue una leve distancia de sí mismo. El problema es qué hacer con esa distancia, si arrancar y acomodarse lejos o volver con una nueva panorámica. Además, siempre existe el peligro de caer en el grupo de los que no encuentran consuelo en la experiencia bruta y prefieren las representaciones, gente enferma que siente que las cosas no han sucedido del todo hasta ser escritas, o pintadas, o puestas en cualquier tipo de obra. Pero enfermos de representación hay de muchas clases. Yo, por esos días, apenas tenía un resfrío, uno que me acomodaba bastante. Bukowsky pone en sus diarios de vejez: “El mundo puede vivir mucho mejor sin escritura que sin fontanería. Y en algunos lugares del mundo hay muy poco de ambas cosas. Claro que yo preferiría vivir sin fontanería, pero yo estoy enfermo”.
Un leve resfrío, insisto, que consistía en mantenerse dentro de la trampa vital de desear poco y, mientras tanto, escribir. Como único espejo posible de ese deseo, escribir. Ahora, si hubiera que ponerlo en esos términos, ya empezaba a haber más escritura que fontanería. De hecho el primer comentario que hizo Beatriz el día que llegó fue en ese tono. Oscilando la vista entre mi mesa de trabajo atestada de papeles y la cocina echa un asco dijo: “se nota que has estado concentrado en lo tuyo”. Ruth y Gabriela venían con ella y supongo que por eso se sintió en confianza como para decirme eso en vez de acomodarse tímidamente en sus aposentos. Pero tampoco puede decirse que Ruth y Gabriela fuesen mis amigas y, como iba a saberlo luego, toda la confianza que había, y que al parecer ellas podían repartir con Beatriz por ejemplo, tenía directa relación con Gabriel.
Acomodaron sus cosas. Las tres. Formaban una unidad compacta. Hay gente que funciona como una sola persona y no creo que lo sepa. Las vi acomodar los bolsos de Beatriz, me preguntaron si podían disponer el closet del pasillo para ella, las vi fisgonear en el refrigerador, y mientras hacían todas estas cosas yo no sabía cuál era cuál. Y no era que fuesen idénticas o anduviesen vestidas de manera similar, sencillamente tenían el mismo tipo de movimientos.
Sentí confianza. Confianza e indistinción. Les dije que parecían una sola persona, o un sólo organismo para ser más preciso. Entonces se presentaron. Presentaron su biografía en conjunto, cómo se habían conocido, en qué estaban, qué era lo que aportaba cada una a la relación. Una conversación mucho más ágil que la de la otra noche. Pero esto no se los dije. Estaba demás. Me resultó natural concluir que las biografías de grupos son mucho más interesantes que las individuales. Y no es que las personas comunes y corrientes no sean complejas, es sólo que sus representaciones de sí mismas son pobres. Pero esto lo dice un enfermo, un resfriado de representación.
Repitieron mucha información que ya tenía gracias al mail de Gabriel, supe que por lo menos Gabriela ya le había contado a su madre y que tan mal no le había ido. No necesité invitarlas a sentarse, ni siquiera necesité decir “iré a poner agua para un té”: ellas lo hicieron por sí mismas. Alguna de ellas. No sé cuál. Intuyo que no fue Beatriz que me pareció la más abstraída dentro del ir y venir. Sentado en el sofá y revisando los vinilos, las dejé hacer. Siempre me ha gustado la gente que no necesita que le digan que está en su casa.
Confieso que me esforcé por no detenerme obsesivamente en Beatriz, en su cara, en sus gestos. Me parapete en los cojines como si mirara una obra de teatro. Lo hice a propósito, quizá con un poco de exageración, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza apoyada en las manos, esperando algún comentario al respecto, pero no me dijeron nada. Seguramente pensaron que esa era mi actitud usual. Y lo era, de cierta manera. Imaginé a Ruth de la mano con Gabriel pero me fue imposible conseguir una imagen que me convenciera. Imaginé a Gabriel de la mano con Gabriela, como hermanos, pero tampoco me resultó nada verosímil, probablemente porque los hermanos, a esa edad, no andan de la mano. Dejé la imaginería y me concentré en lo real.
—Si no tienes para pagar ahora puedes hacerlo a fin de mes o cuando quieras —le dije a Beatriz, mirándola por encima del vinilo que sostenía sin ningún fin entre mis manos. Su cara, que no había podido o no había querido enfocar bien hasta el momento, me pareció agradable, inexpresiva pero sonriente, como la cara de los perros cuando duermen. Me detuve en ella más de lo necesario y supongo que por eso seguí diciendo— así lo hacía Gabriel por lo menos. A veces incluso pagaba en cebollas y papas.
—Está bien, ya lo arreglaremos —fue lo único que dijo, como si estuviera a priori segura de que las condiciones del anterior inquilino se aplicaban sin ninguna modificación a ella.
Acto seguido se puso a manosear los vinilos y cedés. Movía la cabeza imperceptiblemente, como aprobando y desaprobando. La desaprobación más notoria, que la hizo incluso reclinarse unos cinco centímetros hacia atrás como si hubiera encontrado una araña, fue ante Pat Metheny, específicamente ante el On the road. Un sacrilegio. Me dieron ganas de tener su música delante y desaprobarla. Me dieron ganas de que le gustara Luis Fonzi o Maná y poder reírme en su cara.
9
Beatriz es bien rara. No usa platos: come directo de la olla. La vi en la madrugada sacando tallarines con la mano, no dije nada y pasé de largo al baño. Es algo que yo también he hecho, sí, pero algo en su disposición me hizo sentir que aquello no era la excepción sino la norma. Su ropa es aún más inverosímil que la mía. Una chomba gigante y blanca que la deja como fantasma. Extraños piyamas que no sabría describir. Buzo vestido y bototos. Así andaba vestida hoy. Creo que al despertar sólo se puso el vestido encima del piyama, pero no podría asegurar nada porque desperté cerca de la una de la tarde. Además, no la he visto salir, así que hay una posibilidad de que esa sea su ropa de casa. Puede que haya ido a comprar el pan, pero eso no cuenta: dada su cercanía el negocio de Anita debe ser considerado una extensión de la casa.
Unos cuantos días luego de su llegada coincidimos en el hambre y almorzamos juntos. Nos pusimos al tanto de algunas cosas. Un intercambio básico de gustos. Nada muy profundo. Está cesante y haciendo como que busca algo, igual que yo. Algo lee, algo escribe: no ha querido ser precisa al respecto, sin embargo, he notado al instante que es de esa gente que lee y escribe pero no habla mucho de ello. También me ha comentado que le gusta nadar y ver películas. No al mismo tiempo, por supuesto.
Esta vez si la miré, habría sido ridículo evitarlo. Su cara. Imposible describirla. Por algo se escribe tanto acerca del rostro, supongo. La única manera en que conseguí explicármela fue: alguien que nunca se ha visto a un espejo. Su gesticulación es puro descontrol. Puro derroche. De gestos y de pausas. Sin ninguna conciencia. No era, como yo, una enferma de representaciones. Era como si hubiera una Beatriz adentro de esta Beatriz que estuviera constantemente diciendo: “no tengo por qué hacerme cargo de ésta”. Pero ella no era ni la una ni la otra sino esa relación.
En cuanto a la evolución de la casa en general, a la habitación para inquilinos ya no le queda nada de Gabriel. Beatriz ha sacado el catre y se ha dejado sólo el colchón. Por lo menos ha tenido la sutileza de poner unos cartones debajo. Puede verse el borde de los cartones sobresalir por debajo de la cama. Puede verse la “si” de sindelen inscrita en el borde del cartón. Pero a ella le trae sin cuidado. Ha sacado también todos los posters con imágenes de paisajes, caballos y lugares tan paradisiacos que llegan a dar pena. Debería haberlo hecho yo mismo el primer día que llegué aquí. Reconocía la fealdad y el mal gusto que implicaban dejarlos allí; cualquiera podría creer que yo me había esmerado en conseguirlos y situarlos cuidadosamente con escoch en las murallas. Sabía que cada vez que alguien los mirara iba a tener que apresurarme a decirles que estaban allí desde que llegué, razón suficiente para no hacer nada y dejarles allí en su fealdad para así, a la larga, poder contrariarme a mí mismo en ese ámbito menor de pretensiones y vanidades.
Fuera de estas peculiaridades que comento sin el menor espanto, Beatriz era una buena mujer. Y antes que eso, en lo que hasta entonces me competía, una buena inquilina. Desprolija pero cuidadosa. Cada vez que rompía un vaso (3 en la primera semana) lo reponía. Cada vez que me robaba un yogur lo reponía. Y lo más importante: empezaba a darme esa imperceptible vitalidad que tenía con Gabriel. Pero eso ya no tenía nada que ver con su condición objetiva de inquilina.
10
No le he escrito a Gabriel, no tengo la menor idea de cómo la va con Ruth y con su rollo familiar. No le he devuelto su carta y me siento mal por ello. Una culpa que dura uno o dos segundos y se pasa a lo siguiente. Y lo siguiente puede ser lavar la loza o quedar atrapado jugando con el perro o salir a encontrarse con algún editor que al final de la entrevista te dice que te llamará con la credibilidad de alguien que da un pésame con una camisa hawaiana.
Beatriz se ha ido a Valparaíso por unos días. He recogido su ropa tirada por todas partes, he lavado su loza. Debajo de su cama: tazas, platos, cuescos de manzanas. Incluso una bacinica. Vacía, claro. No sé por qué he entrado a su pieza. Supongo que por el mismo motivo que cuando a uno le dejan sólo en un living de una casa a la que nunca ha ido siente el extraño deber de escudriñarlo todo. He mirado sus libros sin tomarlos, sin sacarlos, sin tocarlos siquiera, girando completamente la cabeza para aquellos que están en posición invertida. Me pregunto si habrá leído Tokyo ya no nos quiere de Loriga. El lomo se ve bastante nuevo. Me pregunto si, al igual que yo, es el último libro que ha leído que le ha gustado más que, digamos, los otros 3 que ha leído antes.
A todo esto, el perro ha entrado en la pieza siguiéndome. Le miro y le hago el gesto con los hombros. El gesto de y-qué-cresta-haces-tú-aquí. Me mira y vomita. Huele el pequeño charco y se va como si nada. Me río.
Dos horas más tarde estamos en una sala de espera. Pero los únicos que ejercemos la disposición correcta de la espera somos los dueños. El resto es una maraña de ladridos, graznidos, maullidos, saliva, gruñidos y colas agitándose. Todas las sogas están cortas. Todas las manos están sobando los distintos pelambres a la vez que sujetando sutilmente al animal correspondiente. Es una necesidad absoluta de conocerse, de olerse. De chocar y ver qué pasa. Y nosotros, los respetables y civilizados amos, contenemos aquello y, enviándonos leves miradas de complicidad, evitamos ese pequeño caos.
Me pregunto qué sentirá un perro que jamás ha salido a la calle y de pronto ve a otro perro ¿Pensara que es él mismo, pero en otra parte? O también, y estas dudas son muy razonables, me pregunto qué pensara un perro que, sabiendo o nó que no es el único perro del mundo, se ve enfrentado a un conejo, o a un pato, por vez primera. No hay nada qué hacer en la sala de espera así que me ocupo pensando en estas cosas. Seguramente alrededor más de alguno está en lo mismo.
—Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?
Pero mi vecino de asiento ni se inmuta. No sé si le he hablado muy bajo o qué.
—Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta? —Y esta vez mi voz se eleva de manera estrepitosa, un mal cálculo, un desfase total entre el énfasis y el sentido originario de la pregunta. Algo inusitado para una sala de espera en la que pareciera ser que los únicos que tienen derecho a la comunicación fuesen los animales. En fin, que el hombre me mira como si le estuviese ofreciendo drogas o prostitutas japonesas de quince años y me dice “diga” y yo le pregunto específicamente qué cree que estará pensando su pato de todo esto.
El pobre hombre sigue mirándome con cara de interrogación y cada vez más recogido en sí mismo.
Esposa le huele la cabeza a su pato y siento que está a punto de sacársela de una mascada.
—No creo que esté pensando nada— me dice, iluminado repentinamente acerca de mi pregunta mientras acaricia el cuello de su pato. Lo lleva en brazos con la cabeza colgando hacia el lado como una corbata gruesa y gris y un poco muerta. Al ver que esposa sigue lamiéndole el cráneo a su querido pato lo aparta amablemente con la mano y me pregunta¬— ¿Cómo se llama?
—Gabriel —contesto, asumiendo que no pregunta por mí, sino por el perro.
No sé porqué he mentido ni menos aún porque he nombrado al perro con el nombre de mi desaparecido amigo. No lo sé pero al decirlo he notado que es una decisión perfecta y que, mientras Gabriel no esté, será una honor para todos esta transacción de nombres.
—Patricio ¬—susurra una seductora voz que sale de una cabeza que sale de una puerta a tal velocidad que no alcanzo a verla. Entonces Patricio y su pato se levantan y me pregunto seriamente si no será el pato quien se llama Patricio y lo que se acostumbra en el veterinario es llamar a los animales por su nombre. También está la probabilidad de que ambos se llamen Patricio. En cualquier caso, noto en mi comensal, en la rapidez de su levantarse y desaparecer tras la puerta del veterinario, el alivio de quien ha dejado tras de sí una conversación aburrida o complicada. Y no lo culpo. Cada vez me cuesta más adecuar las cosas que deben decirse con los lugares o contextos en que deben decirse. Lo curioso es que, en la misma medida en que me voy dando cuenta de esto, me resulta más y más sensato hacer que el otro cargue con esa extrañeza.
Le palmoteo el lomo a Gabriel y le comento su cambio de nombre. Parece cómodo. La enfermedad le da cierto aire de superioridad. Seguramente haya estado comiendo las sobras de debajo de la cama de Beatriz. Eso es lo que concluimos con el veterinario, minutos más tarde. Me regala tres dispensadores de gotas y me recomienda vigilar que el perro no coma basura. Al irme miro hacia atrás y pareciera que los únicos enfermos son los que mantienen la rienda corta.
11
Empiezo a aburrirme de la casa sola. A echar de menos el ruido de Gabriel. Paseo por la casa abriendo puertas, como si de pronto, a base de pura insistencia, fuera a aparecer alguien en una pieza. Alguien nuevo con nuevas historias que haga de uno alguien nuevo.
Llueve. Eso es algo viejo que siempre me parecerá nuevo. Busco tiestos para las goteras. Pero aún no hay goteras. Los dispongo por el pasillo, de todos modos. Ya agoté los juegos con el perro e intuyo que ya lo agoté a él también. De lejos me mira, un leve, muy leve, movimiento de cola, y de vuelta a su posición de cabeza aplastada sobre la alfombra. Debería acompañarlo en su postura. Alguna vez lo hice. Pero ahora no tengo ganas.
Probé con escribirle a Gabriel y también con trabajar en mis cosas, y al hacerlo noté que no estaba con el ánimo adecuado. Quería verle y hablarle, pero no escribirle ¿Y Beatriz, qué estaría haciendo, volvería luego?
Las casas, después de unos cuantos días sin ruidos humanos, sin palabras que reboten en los muros, empiezan a secarse, a perder su humanidad. Como en años anteriores, antes de la llegada de Gabriel, estaba comenzando a secarme junto con la casa. Me tumbé en el colchón de Beatriz y empecé a revisar mis últimos mensajes de textos, borrándolos uno por uno. En recibidos: “Trae pan. Y algo extraño y ojalá rojo”, “Llego en 15”, “comidapalperro sal yogurt”, “eso fue todo, nunca más llames”, etc. En enviados: “pon el natgeo rai nau, hay un bicho que se parece a ti”, “gol de medel ctm!”, “porqué no te quedaste, por la chucha?”, “el sol es feo”. Borrar todo. Luego, yendo contacto por contacto, fui recordando las últimas mujeres con las que había estado. Si sé que ya no las veré más, ¿por qué no las borro? Vanidad, probabilidad, inseguridad; quizá una especie de melancólico respeto.
No paró de llover en toda la noche. Lo supe a intervalos mientras mi cuerpo, aunque fueran las 9 de la noche y no fuera mi pieza, iba decidiendo quedarse a dormir ahí.
Soñé con Gabriel (mi amigo, no el perro) y Beatriz. Tenían un poder para mover los muros a su antojo, siempre sin exceder los límites de la casa. Cuando convenía se amontonaban todas las murallas hacia un costado y usábamos el espacio para correr o lo que fuera. Improvisaban distintas reparticiones de espacio. Yo no tenía ningún poder salvo el de tratar que me hicieran caso. Entonces una muralla se me venía encima. Sin aplastarme, me empujaba. Desperté y era Beatriz moviéndome y hablándome.
—¿Sabes pelear?
—Ni siquiera sé si estoy despierto.
—Lo estás, mira. —Y me pellizca el brazo—. Afuera necesitan un héroe.
—En estas condiciones, solo tengo un 10% de héroe —le digo mientras veo la mancha de saliva en su almohada. Me desperezo, estiro los brazos y cubro la mancha con un cojín.
—Con eso basta. Es un viejo. Un pobre viejo. Está ahí en el paradero —me dice yendo hasta la ventana para indicarme. La sigo sin entender nada. En el pasillo están sus cosas tiradas. Alcanzo a ver en el reloj que son cerca de las 5am. Siento un pequeño dejavú que no sé con qué tenga que ver. Algo relacionado con murallas quizá.
—Está ebrio, venía en la micro conmigo, se bajó y se quedó ahí —Tiene la cortina corrida unos centímetros y por allí se desliza su dedo que, como si fuera una pizarra de fútbol, va dándome la formación del rival, la del propio equipo, y las posibles estrategias para abordarlo (Y la analogía es literal porque la ventana está empañada y los dedos de Beatriz van trazando líneas y círculos alrededor del viejo)
—¿Ves esos tipos a su lado? —continuó—. Pues no son sus amigos. Te lo aseguro. Están acechándolo. Lo sé. He visto esos documentales de animales carroñeros. Es exactamente lo mismo ¿Me estás escuchando?
Yo estaba escuchando. Pero también estaba despertando y tenía frío. Y no entendía la urgencia de ir en ayuda de ese hombre en específico ¿No ve uno escenas como esas siempre? Y se les mira justamente como se mira el canal de los animales. Sin embargo, algo me decía y me hacía sentir que ya estábamos dentro del documental. Beatriz era el dedo que apunta de modo tal que entra a la pantalla. Y se lleva consigo a quien tenga al lado.
Pasó por mi mente, como un rayo que también podría ser la voz en off o al menos la música del documental, la escena final de mi última relación: De camino al cine. Un gato muerto a la orilla de la vereda. Ella quiere enterrarlo. Yo prefiero llegar a tiempo para conseguir buenos puestos. Luego. Que no tienes sentimientos. Que los tengo pero eso es una cosa sin alma. Eres un egoísta. Y así.
—Te sigo —le contesto con resolución— Cuando se duerma le caerán encima y hay que hacer algo antes que eso pase.
Después de todo, un viejo ebrio a punto de recibir una consecuencia directa de sus actos, es distinto de un gato muerto a la orilla del camino. Además, y como me lo haría saber Beatriz, este hombre en particular iba bien vestido, se veía limpio, y perdido.
Supongo que tuve la conveniente certeza de que un hombre bien vestido, limpio y perdido, sabría qué hacer con una nueva oportunidad; más que, por ejemplo, un hombre mal vestido, sucio y conforme de ser eso que es.
Beatriz se quedó en su ventana de DT y yo entré a la cancha. No es que hubiéramos hecho alguna estrategia ni nada. Llevé el perro. Eso hice. Lo desperté, le puse su correa, y salimos. Un perro no necesita mayores explicaciones. Podría haberlo sacado hacia el fin del mundo, al último nivel de Mario Bross, o a un ataque de zombies, y su lengua y sus ojos y su cola habrían hecho los mismos movimientos ridículos. Llamé al viejo por su nombre. Quiero decir, por el nombre que en ese momento le inventé para, ante los dos carroñeros, transformarlo en mi tío, mi padre, o lo que fuera. El viejo levantó la vista. Estaba ebrio pero comprendía su desventajosa situación y, mejor que eso, comprendía lo que estábamos haciendo para sacarlo de ella. Como pudo se paró y caminó mí. Avanzó y los carroñeros avanzaron con él. Una fina llovizna lo cubría todo, más que con su materialidad, con un ruido total, parecido al de una televisión sintonizada en la nada. Pensé en películas de acción, sobre todo en japoneses peleando bajo la lluvia. Los pequeños y rápidos y flotantes pies pisando los charcos. Las gotas cayendo en cámara lenta mientras los cuerpos luchan y danzan. Entonces le solté unos metros a la correa de Gabriel. Ese era mi sable. Solo mientras lo hacía pensé que el perro no tenía la menor idea de a quién estábamos rescatando y a quién estábamos ahuyentando y, en vez de una estética invernal japonesa con sables y cámara lenta, terminaría siendo una típica comedia gringa en la que todo sale mal pero nadie muere. Sin embargo, y lejos de estas expectativas cinematográficas, el pobre viejo debió suponer que se trataba de un perro amaestrado que distinguiría automáticamente a los malos de los buenos, porque avanzó con total familiaridad, como si fuera su casa, como si fuera su perro, como si yo fuese su hijo. Los carroñeros, viendo esto, perdieron un tanto de confianza y se agazaparon, murmurando entre sí. Acudí al encuentro, abracé al hombre como a un padre que no se ha visto en años, le di unas cuantas palabras de aliento que no creo que haya escuchado, y a los minutos yacía durmiendo en el sillón.
Beatriz aplaudía con seriedad. No sé qué hubo en ese aplauso pero, fuera lo que fuera, estaba muy lejos del aplauso que lo ordinario reverencia ante lo extraordinario, o del aplauso orgulloso de la madre ante el piquero de su hijo. Se parecía más a la elegancia con la que celebraba los goles Thierry Henry, o a como los líderes carismáticos se aplauden a sí mismos mientras el pueblo también lo hace. Pero qué iba a saber ella quién era Henry. Todo había ocurrido de una manera muy extraña y no terminaba de entender qué hacía absolutamente despierto a las 6 am mirando un ser desconocido dormir en mi living. En cualquier caso, fue en ese momento exacto cuando sentí que algo habia comenzado.
Mañana me lo leeré completo. Te echo un poquito de menos parece. Compartí puesto con la Lole hoy y fue Feli a verla. Eso.
capítulo 10, por qué le llamas al tipo del pato “mi comensal”?, no entiendo
comensal: 1 com. Cada una de las personas que comen en una misma mesa:
se puede estirar el térimino o nó… quizá nó, mmmm
no sé, es que estoy acostumbrada a que se refiera a los que comen, tú cachai, por mi profesaon.
hola… yo empece a leer este cuento corto cuento largo— cuando se llamaba no despiertes a los perros, volví esporadicamente y di vueltas en círculos hasta que me di cuenta que se llamaba la mujer perro, luego se me perdió es link de esta cosa y ahí quede, hoy tenia antojo de este cuento, así que puse más de mi parte para encontrar la pagina, hoy ya me lo esperaba con otro titulo…en verdad me encanta entre todas las visitas lo habré leído unas 5 veces a pedazos, una observación inútil y poco sutil, ella puso el colchón en el piso sobre unos cartones, cuando ella fue valpo… tenia loza bajo la cama… incongruencia sin importancia quizás, pero hoy me suena como un eco en la cabeza, personas como yo se obsesionan con cosas así… eso.
PD: Me cuesta, debo confesar que me siento merecedor de un golpe por el comentario, me siento como un invasor en tierras desconocidas, un extraterrestre de mierda, sin vos ni voto, por eso de paso siento que te debo una disculpa por este comentario también… no webeo más.
está bien oh, lo que sea sirve. tampoco es que uno vaya a tomar en cuenta todo pero después de estar tan encima de un texto, no hay cómo separarse y siempre es bueno que alguien te avise de alguna incronguencia o error en los tiempos de narración o lo que sea. llevo harto intentando esto, cada vez que se relee hay algo que suena forzado o ridículo, como cuando uno escucha la propia voz grabada. saludos.