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Archive for 30 septiembre 2008

Paya tardía

Estoy aqui fabricando un picor de ojos
y la dama que atrás duerme media enferma
se siente mejor que las palomas reventadas en la verma

Y estará Carlos Pérez mañana
en un debate de Pluralidad ideológica religión y convivencia;
los matara a todos como el señor de la querencia

No sabemos ni cómo llegar
y por eso nos levantaremos más temprano
es tan arbitraria la felicidad como el desgano

Y digo el desgano ay si
como si de muerte uno no viviera
seguro que Curicó sube a primera

Sube a primera les digo
es algo que por supuesto a nadie le interesa
en estos tiempos la identificación no enajenante es una destreza

Es una destreza cómo nó
si los medios de comunicación son la forma del fascismo
ya me picaron los ojos me despido ahora mismo

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“Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud”

“Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo. “

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-Bartleby -le dije-. Ginger Nut ha salido; cruce a Correo, ¿quiere? -era a tres minutos de distancia-, y vea si hay algo para mí.

-Preferiría no hacerlo.

-¿No quiere ir?

-Lo preferiría así.

Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en profundas reflexiones. Volvió mi ciego impulso. ¿Habría alguna cosa capaz de procurarme otra ignominiosa repulsa de este necio tipo sin un cobre, mi dependiente asalariado?

-¡Bartleby!

No hubo respuesta.

-¡Bartleby! -más fuerte.

No hubo respuesta.

-¡Bartleby! -vociferé.

Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una invocación mágica, apareció al tercer llamado.

-Vaya al otro cuarto y dígale a Nippers que venga.

-Preferiría no hacerlo -dijo con respetuosa lentitud, y desapareció mansamente.

-Muy bien, Bartleby -dije con voz tranquila, aplomada y serenamente severa, insinuando el inalterable propósito de alguna terrible y pronta represalia. En ese momento proyectaba algo por el estilo. Pero pensándolo bien, y como se acercaba la hora de almorzar, me pareció mejor ponerme el sombrero y caminar hasta casa, sufriendo con mi perplejidad y mi preocupación.

(…)

Ahora bien, un domingo de mañana se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad a oír a un famoso predicador, y como era un poco temprano pensé pasar un momento a mi oficina. Felizmente llevaba mi llave pero, al meterla en la cerradura, encontré resistencia por la parte interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y, exhibiendo su pálido rostro por la puerta entreabierta, entreví a Bartleby en mangas de camisa, y en un rara y andrajosa bata.

Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que prefería no recibirme por el momento. Añadió que sería mejor que yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana, y que entonces habría terminado sus tareas.

(…)

-Bartleby -dije, llamándolo comedidamente.

Pero no hubo respuesta.

-Bartleby -dije en tono aún más suave-, venga, no le voy a pedir que haga nada que usted preferiría no hacer. Sólo quiero conversar con usted.

Con esto, se me acercó silenciosamente.
-¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha nacido?

-Preferiría no hacerlo.

-¿Quiere contarme algo de usted?

-Preferiría no hacerlo.

-¿Pero qué objeción razonable puede tener para no hablar conmigo? Yo quisiera ser un amigo.

Mientras yo hablaba, no me miró. Tenía los ojos fijos en el busto de Cicerón, que estaba justo detrás de mí.

-¿Cuál es su respuesta, Bartleby? -le pregunté, después de esperar un buen rato, durante el cual su actitud era estática, notándose apenas un levísimo temblor en sus labios descoloridos.

-Por ahora prefiero no contestar dijo, y se retiró a su cubículo

Tal vez fui débil, lo confieso, pero su actitud en esta ocasión me irritó. No sólo parecía acechar en ella cierto desdén tranquilo; su terquedad resultaba desagradecida si se considera el indiscutible buen trato y la indulgencia que había recibido de mi parte.
De nuevo me quedé pensando qué haría. Aunque me irritaba su proceder, aunque al entrar en la oficina yo estaba resuelto a despedirlo, un sentimiento supersticioso golpeó en mi corazón y me prohibió cumplir mi propósito, y me dijo que yo sería un canalla si me atrevía a murmurar una palabra dura contra el más triste de los hombres. Al fin, colocando familiarmente mi silla detrás de su biombo, me senté y le dije:

-Dejemos de lado su historia, Bartleby; pero permítame suplicarle amistosamente que observe en lo posible las costumbres de esta oficina. Prométame que mañana o pasado ayudará a examinar documentos; prométame que dentro de un par de días se volverá un poco razonable. ¿Verdad, Bartleby?

-Por ahora prefiero no ser un poco razonable -fue su mansa y cadavérica respuesta.

(…)

Al día siguiente le dije:

-Estas oficinas están demasiado lejos de la Municipalidad, el aire es malsano. En una palabra: tengo el proyecto de mudarme la semana próxima, y ya no requeriré sus servicios. Se lo comunico ahora, para que pueda buscar otro empleo.

No contestó y no se dijo nada más.

En el día señalado contraté carros y hombres, me dirigí a mis oficinas y, teniendo pocos muebles, todo fue llevado en pocas horas. Durante la mudanza el escribiente quedó atrás del biombo, que ordené fuera lo último en sacarse. Lo retiraron, lo doblaron como un enorme pliego; Bartleby quedó inmóvil en el cuarto desnudo. Me detuve en la entrada, observándolo un momento, mientras algo dentro mío me decía que no estaba bien librarme así de él.

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Rimando a las 4:19 am

Ahora que me pican los ojos
miro hacia atrás la cama
y no veo a mi dama

Yo le prometo amor inmanente
y vicisitudes varias
¿sabra ella que no la llevare nunca a las islas canarias?

Es bueno terminar una noche asi
cansado de todo un poco
apagar la luz y pegar un moco.

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Madzelo Zadaz

Soñé que estaba al borde de la cancha, jugaba la universidad de chile con no se quien y en eso se sale Marcelo Salas hastiado, se acuesta en el borde al lado mio como si fuera una pichanga sin la menor importancia y me dice “puta que ez penca la u gueon, mida eza inchada de miedda, yo pondia unas lucaz y compdamos otra, una que no zalieda addancando cuando vienen loz del colo, hay que compdadlez pistolaz a eztoz gueonez, zi zon maz madiconez”.

(10.01.08)

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Fiestas Matrias

Como todos sabemos la cueca es el baile más lamentable de Latinoamérica y musicalmente vale callampa. Quizá la cueca brava salve, pero da lo mismo, el atuendo es rígido, el pañuelo es ridículo, se avanza en un continuo musical que no hace pausas ni giros, y el cotejo que hace el hombre nos hace pensar en gallinas con ropa dando vueltas en el corral. El baile por sí mismo está en un contexto de festividad contenida: se trata de un baile de parejas y no de un carnaval en el que las individualidades se confunden en el caos.

A los milicos quizá les parecerá adecuado celebrar tratados y guerras como si fuesen logros que nos constituyen, pero la gente razonable comprenderá que todos los actos fundantes pasan por juegos de fuerza y astucia ubicados en una protohistoria que nada tiene que ver con uno. O en otras palabras: es bonito, simplemente bonito, reunirse a comer empanadas y, los que gusten, emborracharse. O en realidad lo que quería decir es que la parada militar se merece algún tipo de atentado. Soltar unos 300 perros en medio del asunto. Algunas bombitas de ruido. Algunas pirotecnias que salgan desde todas partes.

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antes de acostarse

la cueca vale callampa. el 18 vale callampa. pero mañana lo argumento. ahora pasa un tipo corriendo por la calle. da la impresión de que va corriendo y vomitando, o corriendo y atragantándose. y eso.

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