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Archive for 28 febrero 2009

último dia de febrero

Me repito unas diez veces el mismo párrafo porque mi hermano está en el patio dando vueltas primero alrededor de la mesa, luego de las sillas y por último haciendo muchos ochos enlazando todos los círculos anteriores, haciéndome preguntas acerca de unos juegos de playstation y obligándome a pensar en su movimiento circular y en si vale más la pena esperar que se baje el juego o ir a comprarlo. Yo siempre he respetado excesivamente a la gente que está leyendo o viendo una película pero en este caso no sabría cómo explicar lo entretenidas que son estas ficciones verdaderas. Dada su edad, seguramente no le convenga aun enterarse de lo literario de la historia y de la posibilidad de vivir por escrito. Dejo el libro en el recostadero que, de todos modos, ya comenzaba a llenarse de hormigas y observo mi pieza que ha sido restaurada por la nana. Mientras leía y escuchaba su trajinar sentía, como siempre, ese animo patronal molesto que me instaba incluso a dejar el libro de lado, esto quizá para no sentirme afectado por la oposición placer versus trabajo, y mirar el parrón y las formas de cielo entremedio de las hojas. Ordeno nuevamente, desde el orden infamiliar que me han dejado. Son las tres y algo. Se supone que hace calor pero no lo noto. No me baño desde ayer ni pienso hacerlo ahora porque voy en busca de más sudor. Traigo un olor ha guardado que me hace construir cierto perímetro imaginario alrededor mío para que no lo noten.

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Me habla de trabajo interno, yo entiendo, escucho, le digo que se trata de una cuestión excepcional, que nadie anda trabajándose hoy en día, que nadie anda deshaciéndose de la vanidad, de la lujuria, la pereza etc. De algún modo resultan preferibles los actos irruptivos (simulacros, poesía, psicomagia, etc.) que puedan remover el tejido cosificado del mundo antes que cambiar algo de la propia personalidad. O por lo menos, esa es la urgencia. Concuerdo con ella en que a veces uno se escuda en eso para permanecer inmutable, es decir, vanidoso y perezoso en niveles socialmente aceptables y en cambio, sujeto revolucionario en la textualidad, en la teoría. Seguramente esa sea la moraleja de Febrero, algo así como todo el mundo también está en esta pieza. Acordamos, en consecuencia, que todo esto debería ser una cosa paralela y que, a fin de cuentas, el trabajo interno también es externo y al revés también. Le hago notar, eso si, lo tedioso que resulta exponer el crecimiento personal (de haberlo), siempre tan referido a las menudencias de la vida individual y cosas que nadie quiere escuchar. Suelen ser más agradables las cuestiones universales, la menudencia contingente en la que circulamos todos es el indiscutible ladrillo, pero en su concepto más que en su intimismo coleccionable. Me corrige y me dice que no se trata de hacer un método estándar y exhibirlo. Obvio. Suele acomodar más establecer los sujetos de esas afecciones en niveles más amplios: pese a que uno sea uno mismo, gozamos de la vivencia de esa coincidencia por una especie de acumulación en la que todos nos hacemos ver que estamos en esa coincidencia naturalmente. Y desde ahí hablamos en la agradable costumbre de ser un yo. Nadie quiere andar cargando muertos contingentes ni menos hacerle psicoanálisis al capitalismo. Creo que en ese sentido la literatura en general mantiene, cuando se quiere, un grato nivel de reflexividad en torno a todas nuestras afecciones que ni siquiera son nuestras. Escribir, en general, por lo menos en Febrero, tiene que ver con eso.

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Vdvia 16: vanitas

(…) Ni siquiera le interesa la literaria -o por lo menos comentable- vanidad de estarse deshaciendo de la vanidad. Le da un poco de risa, pero si hablamos en serio, no le sirve para nada. Yo le digo que me veo en eso. Le digo y me digo, finalmente, que soy un vanidoso como todos y que aqui el objeto, más que los atributos o la propia personalidad, es la vanidad msima en constante destrucción: ya sea la de todos a través de la de uno, la de uno a traves de la de los otros, uno cree esparcir su sentido crítico en movimientos que seguramente nos dejan donde mismo. O como dijera Ulrich: “Asi tenía que creer que sus atributos personales se debian más entre ellos que a él.”

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Cada día es una capsula y cada semana también. Llevo una semana acá. El puente del Calle-Calle ya se me hace familiar. La niña del café nos saluda. Insisto en vestirme como turista gringo. Mi ropa deja mucho que desear. Hace años que vengo diciéndome que necesito dejar de usar poleras de un solo color con cuello en v. La Claudia se toma sus cafés extraños y yo dejo que el tipo de la barra despliegue su amplio conocimiento cervezistico. Antes de entrar nos quedamos nuevamente pegados con un mimo que curiosamente me hace reír, cosa rara por que soy de la idea de que a los mimos hay que pegarles si te vacilan, sin embargo a este termino dándole hasta cien pesos. Quizá sea que santiago necesita más terrorismo ontológico que disipadores del ánimo. En cualquier caso, fue muy divertido, porque incluso apareció un anciano, un vagabundo creo yo, iba pasando y al ver al mimo no halló nada mejor que tirarse al suelo y acostarse allí en medio de todos y el mimo simuló que lo enterraba con una pala con un perfecto movimiento de enterrar la pala en el suelo sacar tierra y lanzarla encima del viejo en el suelo que no se movía y yo me reí como nunca en la vida con un acto callejero porque si mal no recuerdo también había un perro que andaba por ahí y por un momento imaginé que si le echaba la meada al pobre anciano botado el acto llegaría a su clímax..

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Vdvia 14: nado

Nos bañamos en Niebla. Nado hasta que me da miedo sentirme tan lejos de la orilla. Los pies ya no tocan el suelo. Nado hasta puntos imaginarios y me devuelvo. Miro casi desde el nivel de agua, se puede mirar directo al sol con agua cayendo en los ojos, tragando un poco también, manteniéndome a flote con los pies y recordando una película que vi hace poco sobre una pareja que muere lentamente en medio del mar luego de ser dejada por el bote de excursión en el que andaban.

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Vdvia 13: Niebla

Fuimos en micro a Niebla. Cruzamos unos peligrosos roqueríos hacia una pequeña playa solitaria en la que encontramos un lobo marino muerto que recibía eventuales picoteos de unos pajarracos. Le saqué unas cuantas fotos pero los pajarracos no quisieron posar y, cuando nadie me veía, me acerqué lo más que pude a la cuenca del ojo sin ojo y mire hacia adentro hacia el alma del lobo marino. Buscando una salida alternativa nos perdimos en unos cerros aledaños. Al momento de volver el mar había crecido y tuvimos que correr junto a la retirada del oleaje para treparnos a la roca y seguir subiendo por el roquerío hasta la playa oficial de Niebla. Por un segundo imaginé que íbamos saltando de piedra en piedra como en estas películas chinas y le dije a la claudia que así era como morían los jóvenes incautos en el verano. Ahora entiendo que cuando digo esas cosas lo hago para volverme inmune a un accidente de ese tipo por una cuestión meramente estadística de no creer que los jóvenes que se ahogan sean gente que diga este tipo de frases temerarias. Sería ridículo morir en el acto mismo de decir esta frase. La muerte requiere de escenarios enajenados, silenciosos y expectantes: así que la ironía nos vuelve inmunes, claro, hasta que nos morimos. Ya al otro lado la Claudia se bañó y yo miré. La amplitud del paisaje entra de algún modo. Decidimos que en realidad no era incomodo llenarse de arena y sólo se nos había olvidado la sensación. Mañana venimos con traje de baño.

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Soñé que Carlos Pérez Soto me disparaba con un arma desde fuera de la casa.

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