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Archive for 2 junio 2015

abril-mayo

“Después de reconocer una decisión errada no tengo el temple como para regresar, prefiero corregirla mediante otra decisión errada”. (Werner Herzog, Del caminar sobre hielo)

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Hoy descubrí que hay una especie de adultos que confunden apatía con expectación. Condescendientes y llenos de sí mismos, estos señorones interpretan mis ojos fijos y mi postura formalmente comprensiva como una cosa favorable. Me hace gracia imaginarlos ir así por la vida, siendo puro derroche y nada de empatía. Hablan y hablan y te toman del brazo para captar aún más tu atención y, éste por ejemplo, tiene una óptica, busca no sé qué libros de jazz que no tenemos, no se calla ni por un segundo, me toma los lentes y me habla del ángulo correcto que estos deberían tener, me da su tarjeta, no me devuelve los lentes y los agita por el aire mientras parlotea, vuelve a hablarme de jazz, de la importancia de este sujeto en especifico, lo miro con la mano estirada esperando mis lentes pero él ni se entera. ¿Cómo nadie le avisa lo que él es?

*
(…)
Ah, pasear por las calles, sin remedio,
y entrar entre los hombres
-inacabablemente-
detenido en la puerta de los cines
como un dueño de casa
que no sabe qué hacer con el domingo
(…)

(Armando Rubio, Paisaje cotidiano)

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PEQUEÑO CIELO EN LA VEGA CENTRAL
En una mano jugo de:
piña jengibre
menta y albahaca;
en la otra
pasas bañadas en
chocolate.

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Día libre. Día inexcusablemente egoísta. Labores caseras entre el mediodía y el almuerzo, los últimos tres episodios de The walking dead al hilo, una siesta y luego una nueva variable que hace días quería incorporar: bajar a leer en las banquitas, en la plazuela que hay aquí debajo del edificio. Aprovechando que el calor se está empezando a ir más temprano me planto a avanzar en Stendhal. No puede ser que lo tenga hace más de un mes y aún no vaya ni en la mitad. Los matorrales que rodean la banca dan una privacidad, una sensación de cápsula o pequeña habitación al aire libre que hacen que el atardecer llegue como salido de la nada. Me noto muy campechano, mandando esporádicas genuflexiones, gestos y leves alzadas de cuello a las señoras con sus perros y al conserje, como queriendo participar de no sé qué comunidad. Estaría muy dispuesto a pasar tardes enteras aquí, así.

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“Y, por tanto, mi vida diaria semeja una vida ordinaria y, posiblemente, para una persona ordinaria, una vida cómoda.
Puede que así sea.
Para mí es un hastío y vacío maldito.
Me levanto por la mañana; hago tres comidas; y camino; y trabajo un poco, leo otro poco, escribo; veo gente anodina; me voy a la cama.
Al día siguiente me levanto por la mañana; hago tres comidas; y camino; y trabajo un poco, leo otro poco, escribo; veo gente anodina; me voy a la cama.
Una vez más me levanto por la mañana; hago tres comidas; y camino; y trabajo un poco, leo otro poco, escribo; veo gente anodina; me voy a la cama.
¡Una vida profunda y exaltada, desde luego!
Lo que me provoca, cómo me afecta, es lo que estoy intentando retratar.”
(Mary Maclane, Deseo que venga el diablo)

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Es un señor, no sé si abuelo, algo de pelo blanco arremolinado y también algo de pelo plomo y también negro. Mirada infantil, oriental. Siempre entra a la librería comiéndose un helado del Bravissimo. Pese a que saluda si uno lo mira, nunca te dirige deliberadamente la palabra. Como que comprendiera el tedio de la repetición y lo respetara. Se nota que es su ritual. Y bueno, creo que le tengo un secreto aprecio desde que le oí comentarle a un amigo que estaba escribiendo un cuento que era como la metamorfosis pero al revés: un escarabajo que se transforma en persona.

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“Por otro lado, me pregunto si acaso escribía antes de escribir, si a los cinco años, cuando abrí la puerta de mis padres mientras tenían sexo, estaba escribiendo sin saberlo. O si hace un rato, en esta tarde, con el invierno a tiro de piedra, cuando fui a ver una vieja película de John Huston en un cine de Jongno, lo hice porque quería hacerlo o solo porque deseaba escribir sobre ir a ver una vieja película de John Huston en un cine del centro de Seúl. Me pregunto si mis elecciones son sinceras o se tratan de movidas sucias para interesarme en algo al punto de necesitar escribir sobre ese algo, si parten de una muy egoísta conjura contra la abulia. Todo puede entrar ahí, mis trabajos, mis artículos, las dos novelas que he publicado, la que planeo, mis viajes, mi matrimonio con una asiática, hasta mis idas al supermercado. En ese caso es otro el que vive y yo solo traduzco”.
(Andrés Felipe Solano, Corea: apuntes desde la cuerda floja)

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Un edificio es un planeta y el olor a pan tostado y bistecs y marihuanas de los vecinos son la atmosfera.

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Se fue a la mierda mi celular. Lo reventé contra el suelo. Cada tres o cuatro años sucede. Pero a diferencia de todas las otras veces puedo decir que esta vez fue con alegría, con decisión y no tuvo nada que ver, como en veces anteriores, con la conversación en cuestión. Simplemente era su momento y él lo sabía y yo lo sabía.

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“Escribir es poner una habitación más en la casa de la vida”. (Adolfo Bioy Casares)

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A veces me parece estúpido escribir y no escribo. Otras veces me parece estúpido escribir y escribo. Es exactamente así como sucede. Muy pocas veces escribir me parece estúpido al nivel de que haya que dejarlo por completo.

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“Quisiera ser capaz de fumar como algunos coreanos que veo en las esquinas de ciertos callejones, hombres acurrucados, pensativos, con los codos sobre las piernas bien abiertas, sin que su culo toque el piso. Parece ser la posición adecuada para ver el mundo tal cual es”. (Andrés Felipe Solano, Corea: apuntes desde la cuerda floja)

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Si cagar y comer y dormir tienen sus lugares determinados en una casa, ¿por qué no iba a tener un lugar el pensamiento?
Me hice de un escritorio: más de una semana de tablas acumuladas en la pieza día a día susurrándome al odio que soy un inepto. Al momento de armarlo tuve una conversación telefónica con el servicio técnico y asumieron que, tal y como yo les señalaba, el instructivo traía una falla.
Así como lo veo yo, uno se hace de un escritorio y automáticamente escribe, qué se yo, una hora cada noche, todo se ordena un poco más, aparece alguna cosita bonita donde dejar lápices, el rincón queda iluminado de otro modo, alguna foto de Simone Weil o Levrero pegada en frente, las fotocopias que juntan polvo en el closet emergen y vuelven a los cajones, etc.

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“Cuando escribo, me siento como un hombre sin brazos ni piernas, con un crayón en la boca”. (Kurt Vonnegut)

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Tesis doctoral: Jeffrey Tambor en Transparent y Ricky Gervais en Derek como posibilidades concretas de la bondad en la sociedad contemporánea.

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“Cuando un perro quiere hacer daño es porque esa persona ha comido perro”. (Tio Nino)

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Vuelvo a correr. Vuelvo a escribir. Vuelvo a dejar de andar rabioso. Vuelven a empezar los días a la medianoche. Los días de verdad. F en el suelo sorbe una sopa que construí ayer (cebollín, espinaca, crema, champiñones, tomate y ajo). La pieza va cobrando forma. Al llegar, mientras elongo, damos con un humorista en chv. Uno de esos programas de talentos. El hueón le hace una especie de oda a Street Fighter a través de una canción de Michael Jackson. Algo absolutamente inesperado. Todo con la pura voz. El típico megamix pero con unos hadoken y demaces sonidos de Street Fighter entremedio. Reímos. Reímos con imbecilidad.
Luego, cuando Vodanovic comenta entusiasmado, ya no reímos.

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“No lucho contra los que compran y venden departamentos y coches e intentan casarse y tener hijos, sino que lucho con extrema ansiedad por una novedad de espíritu. Cada vez que me siento un poco iluminada veo que estoy teniendo una novedad de espíritu”. (Clarice Lispector, Un soplo de vida)

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Emprendimiento literario: el diario infinito. Dos o tres publicaciones al año. Uno o dos autores por tirada. Que sea realmente infinito. O que al menos aparente serlo. Volverlo un confesionario. Un testimonio de la humanidad . Considerarlo como una reflexión masiva sobre el acto de escribir. Filtrar así: dos autores inéditos, luego uno editado. Podría incluso haber una tómbola y que así se fueran decidiendo los turnos.

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“¿Será demasiado horrible querer acercarse en uno mismo al límpido yo? Sí, y cuando el yo comienza a no existir más, a no reivindicar nada, comienza a formar parte del árbol de la vida –por eso es que lucho por alcanzar. Olvidarse de sí mismo y sin embargo vivir tan intensamente”. (Clarice Lispector, Un soplo de vida)

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“Soy un animal que espía a otro animal en el fondo de mí”. (FS)

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Día redondo: ya casi terminé de apropiarme de literatura chilena (hasta dibujé (mal) los logos de las editoriales para ubicarse mejor adentro del hondo cajón de resposiciones), escribí como una hora, vi un ratito a P, corrí, comí semi bien, ejercí la amistad con F, respondí (por aquí por Word) un mail que en unos días ya podré mandar, y eso, con eso uno se conforma.

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12:15, con N en el salón de la basura del mall rompiendo a patadas voladoras una réplica de Roberto Ampuero publicitando su último libro.

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“Escribo para vulgarizarme, para masacrarme, y después para quitarme importancia, para aligerarme: que el texto tome mi lugar, de modo que yo exista menos. No logro liberarme de mí sino en dos casos: por la idea del suicidio y por la de escribir”. (M. D.)

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La publicidad es el infierno del lenguaje. Se retratan ciertas coyunturas de la realidad, se despliega cierto ingenio, sí, pero rápidamente todo queda naturalizado, incorporado como dato. El lenguaje quisiera avanzar, desarrollar sus posibilidades reflexivas intrínsecas, pero ha sido cercado por la música y una trama al servicio de la producción de mercancías. El orgullo del joven publicista no es sino la comodidad del capitalismo.

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Me compré unas ropas de persona
y aplazo la puesta de pijama
para que mi amigo
que aún no llega
me vea.

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“No me ocupo de nada en particular. Escribo a diario. La escritura es una necesidad como el comer. Ante todo, doy largos paseos por el campo. Butte y sus alrededores presentan el panorama más feo que uno pueda imaginar. Tan feo es que roza la perfección de la fealdad. Y nada que sea perfecto, o casi, debe despreciarse.” (Mary Maclane, Deseo que venga el diablo)

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Del trabajo a la Plaza de Armas, específicamente a ese pasillo de los completos, las palomas y el cemento siempre húmedo. Terminamos de ver como eliminan a Colo Colo de la Libertadores. Gasto más de lo que tenía presupuestado. Nos despedimos con L. Llego y acá está mi amigo con M, amiga de hace muchos años a quien no veía hace casi la misma cantidad de años durante los cuales ejercimos la amistad. Me baño y me sirven un plato. Me como solo la hamburguesa. Era Patty, no podría decirle que no. Maleducado como soy, converso solo un rato y me guardo. Se van a ver una peli y me quedo aquí, ordenando, haciéndome cargo de los mails y todas las cosas del internet que ya no puedo ver durante el día porque no tengo celular.

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Tengo una obsesión ridícula con las piezas. Las veo como la cabina de una nave especial o el refugio infantil que solo uno conoce. Todavía, por las noches, antes de dormir, me pongo a imaginar que alguna especie de megacatastrofe nos deja a todos enclaustrados por algo así como un mes. El gobierno lanza comida a las puertas de las casas. Bueno, de algunas casas. En mi imaginación uno lee mucho y ve películas antiguas y se alimenta bien y lleva un diario en el que va dando cuenta de la situación.

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Si antes el tiempo era el carcelero que me acompañaba -a veces amigable, otras más bien enrostrándome mi desocupación en los días de ocio y limbo postuniversidad-, ahora la relación, sin necesariamente mejorar, se ha invertido, y soy yo el carcelero del tiempo, el que se lo apropia, vigila, mide, distribuye.

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Hace más de dos semanas que no habría el Word. Se siente extraño. Como cuando era chico y volvía a mi casa luego de una larga temporada de vacaciones. Todo estaba donde mismo, pero de una manera ominosa.

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El futbol de los videojuegos pide una concentración inhumana. Fumados con B entramos en una especie de trance frente a la pantalla. A ratos uno da veinte pases rápidos y la cabeza como que explota. Defender también es un arte. Ir adivinando al otro. Manejando las velocidades. Esperando. Hacer goles no es la gran cosa. Siempre voy a preferir las posesiones largas, pensadas, que terminan en casi gol.

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“Yo que escribo para librarme de la difícil carga de que una persona sea ella misma”. (Clarice Lispector, La hora de la estrella)

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Ocurrió al revés de cómo en la infancia creía que iba a ocurrir: en vez de retirarse de la vida, el ocio se ha elevado a valor.

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Soñé que mi mamá moría. Despierto con los ojos llorosos. En el sueño nos metíamos a un refri. Nos escondíamos de toda la gente que había en el sueño. Mucha gente consolándome porque yo lloraba y lloraba. Dentro del refri le digo a mi hermano que si esto es un sueño en la realidad nuestra madre no está muerta y él me dice: “bueno, sí, pero es como lo mismo, porque en el fondo todo estamos muertos, y los sueños nos ayudan a darnos cuenta”.

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Perfecto cumpleaños de a dos.

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Salgo a correr y me da el mismo tirón de siempre en el mismo gemelo de siempre. Estoy en el punto más lejano de mi ruta, por ahí por el metro Irarrázaval. Rengueando me demoraré el triple en volver así que, para evitar enfriarme y también para que nadie me vea, escojo irme conejeando. En algún momento, y ya con un cojeo que podría pasar por alguien que camina raro, giro por General Jofré. Voy detrás de una mujer de pelo rojo que lleva traje de enfermera o algo así. Una tenida celeste. Va hablando por celular. Es el tramo más oscuro y angosto y desolado de la vereda. Debo ir a no más de 15 metros de ella. Entre ella y yo, como a unos 4 metros y sospechosamente acercándosele, va otro tipo. Primero pienso que algo malo va a pasar y lo estudio. Parece un cabro de buzo. Eso es todo. Salvo que parece agitado, echa miradas hacia todas partes y parece estar apurado. Entonces ya no parece un mero cabro vestido de buzo. Supongo que en sus sondeos hacia atrás no me vio (chor plomo, licras negras, polera negra, camiseta negra: una sombra) y bueno, la hizo, ahí, delante de mí, se abalanzó como una rata contra la tipa, forcejearon dos segundos, le saco el cel y echó a correr. Quedé petrificado. Al contrario de cómo ocurre en mi imaginación, no partí al rescate inmediatamente y me quedé allí, como tonto, helado, nulo. Entonces corrí. La lesión, de pura adrenalina, desapareció. Corrí y vi como el hueón se subía a un auto blanco. En el auto había más tipos esperándolo. Y hasta ahí no más llegué. Traté de hacerle señas a los demás autos. Grité un par de cosas, pero los hueones salieron disparados por Marín. Pensé en todas las cosas que podría haber hecho si fuera Liam Neeson y me sentí como las hueas siendo yo mismo. Junto con otras personas que salieron de un negocio nos quedamos un rato con la niña, esperando que se le pasara el susto. Le di la matrícula del auto, o lo que recordé de ella. Nos quedamos conversando sobre esta nueva modalidad de robo como si fuera una nueva moda, una nueva canción, un nuevo equipo de futbol, algo que inevitablemente andará por ahí circulando. Me despedí con una impotencia rara, pensando en esos conchesumadres, en sus mentes hueonas, en quizá qué justificaciones le dan a estas pseudohazañas, en cómo no cachan que, por último, hay que robarle a los ricos. Con la adrenalina diluyéndose, volví a renguear.

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De nuevo despierto lloroso. En el sueño mi hermano tiene una enfermedad, una especie de acondroplasia. La enfermedad consiste en que empieza a encorvarse como un anciano y debe guardar cama para siempre. Empiezo a ir todos los fines de semanas. A diferencia de la realidad, ya no está adicto a los juegos en línea y quiere mucho estar conmigo. Como que se infantiliza. Como que la enfermedad lo infantiliza. Vemos películas y le leo cuentos. Lo último que recuerdo antes de despertar es que estoy en Curicó con él, es domingo en la noche y recuerdo de golpe que trabajo al otro día, pero decido quedarme y viajar al otro día temprano.

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Un aseo
las noticias
un frío:
Todo
Maternalmente
Dispuesto.

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“Los días se distinguen. La noche no tiene más que un solo nombre”. (Elias Canetti)

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Hay cierta experticia en saber salirse de las conversaciones. Mi técnica son dos pasos lentos y leves hacia atrás en el momento más firme de conexión entre el resto de los comensales.

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No me alabo. Hago por ti
lo que por su hembra
un pájaro carpintero:
el nido en un árbol podrido.

(Gonzalo Millán, Nido)

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Yo llevé un amigo a casa
de la joven que yo amaba:
primero yo lo llevé
y después él me llevaba.

(Carlos Pezoa Veliz)

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El mismo bus y el mismo trayecto de siempre. La misma película de mierda de siempre. Esto, la vida: standars de la misma canción de siempre

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“Creo que Dios no sabe que existe. Estoy casi segura de que no. Y de ahí viene su vehemente fuerza”. (Clarice Lispector, La hora de la estrella)

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Uno escoge películas a modo de estados de ánimo que se ponen como quien se pone una chomba, pero también escogemos racionalmente y nos imponemos ciertos deberes éticos, así que a veces, por ejemplo cuando me demoro en escoger qué veré por la noche, es porque estoy más pendiente de esa ganancia anímica que de mi decisión racional de verme todas las pelis de Rohmer, por ejemplo. En definitiva: cuesta hacerse caso. Cuesta, sobre todo, que sea uno una sola cosa hecha y derecha.

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“Me tengo miedo pues soy siempre apta para poder sufrir. Si no me amo estoy perdida –porque nadie me ama al punto de ser yo, de serme. Tengo que quererme para darme algo. ¿Tengo que valer algo? Oh protegedme de mí misma, que me persigo. Valgo cualquier cosa en relación con los otros –pero en relación conmigo, soy nada”.
(Clarice Lispector, La hora de la estrella)

*
Los hombres
en la fila del banco
sólo cuentan sus
pequeñas victorias.

*
“Esa es mi sensación: que la realidad es la cosa más rara que hay y no se agota nunca. Hay cosas que he leído en libros serios y no las puedo creer. Te voy a decir una cifra. En una conversación, un astrofísico ruso le dice a un filósofo francés que si tú pudieras contar 100 millones de átomos por cada segundo, para contar los átomos que hay en un grano de sal te demorarías… 50 siglos. Yo lo tengo subrayado, le hice un hoyo a la página, todavía no lo creo. Si yo fuera ministro de Educación o un dictador culiao les haría sentir eso a los cabros, la rareza y la infinitud del mundo. Ahí no necesitas cocaína, nada, estás volado con eso, porque es la droga más heavy y es interminable. No podemos cachar lo que pasa en absoluto, pero nos damos cuenta de que no nos podemos dar cuenta. La hueá es demasiado notable”.
(CB)

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MAIL A BRUNO
Veo los pianitos de Bukowski mientras como lo que merezco. De postre fumo. Aunque estoy resfriado y tengo pollos, fumo. Dos o tres caladas que mastico con la garganta, como si fuera una anaconda. Bukowski y la música clásica me recuerdan los veinte años. ¿Qué sucede por allá a esta hora amigo? ¿Qué ritmo llevan los días? ¿Lo arrasa el mundo o anda usted también, en la medida de lo posible, arrasando, sembrando, dejando por ahí algunos pequeños dispositivos de infamiliaridad? ¿Qué pasa con ese megavolcán que podría haber en la laguna del Maule? ¿Qué sensación te está dejando la ciudad misma al final de la jornada cuando ya todos se devuelven a sus casas? ¿Cómo va el fútbol, el cuerpo, las ganas?

El domingo anterior, por primera vez en la vida, me enteré de que jugaba el curi mientras andaba comprando ropa en el centro. Lo bueno es que perdieron. La próxima vez que vaya con P podríamos hacer algo. Juntarnos los 4, como especies de adultos. El tiempo se reduce y siento que hay que darle calidad. No he visto ningún partido de la Champion League y si pienso mucho en ello me duele. Me duele casi lo mismo que me duelen esas semanas en que soy puro procedimiento y nada de abstracción escritural. Un dolor tan burgués. Fui a ver a un desayuno con Cristian Arcos presentando su libro sobre Medel y me lo firmó con un “para el fanático del mejor equipo del universo”. Los días son extraños. Las risas se vuelven normales. Los enojos se vuelven normales. Las muertes se vuelven normales. Hay una aceptación festiva de lo que es. El ánimo cívico, de un modo u otro, se ecualiza hacia una productividad. Y en el centro, palpitando, uno. Hay, en suma, un tedio de lo cotidiano que empiezo a conocer de a poco.

A Feli ya casi ni lo veo: su vida agitada, abierta, llena, social; mi vida también agitada y llena, pero más cerrada, sin muchos participantes.

Como a esta hora, digamos entre la medianoche y las dos a eme, siempre pillo un par de escarabajos. Lentos y más bien ingenuos los veo bajar por la muralla o cruzar de lado a lado la alfombra. Entonces los envuelvo en una servilleta los trituro y los echo al basurero como un moco.

Tengo una conciencia atroz de cómo el otro se aleja. Y lo mismo con la cercanía.

Intercalo párrafos con fumadas con sorbo de agua con limón y jengibre.

Tengo en pausa el primer tiempo del anterior Barza vs Munich.

Llego solo el sábado como a las once de la noche y me devuelvo el martes oye. Agendémonos alguna sesión integral, alguna película, algún campeonato no en contra sino juntos, alguna cosa cultural que vaya a ocurrir en Curicó o qué se yo.

Dejo una canción que me hace bastante sentido.

Abrazos amigo.

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Curicó. Madre hizo porotos y salgo a comprar longanizas escuchando la grabación de una de las últimas clases de la Fenomenología del Espíritu. Hace un par de años no más eso era la vida: andar por Curicó, salir a comprar o a correr escuchando clases de Carlos Pérez y otros podcast.

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Vemos la última de Spiderman con mi hermano chico. Al final nos miramos con complicidad y no queda otra que asumirlo: nos dolió la muerte de la Mary Jane que no se llamaba Mary Jane.

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“Cuando veo a los presidentes, que ya son más jóvenes que yo, digo ¡cómo se atreven a dirigir países, yo apenas puedo arreglar mi pieza! Yo freno, me arrepiento, dudo 20 minutos entre dos tomates en la verdulería. Y estos culiaos se levantan y dicen “se hace A, se hace B”. Menos mal existen, si estuviera yo seguiríamos matando los pescados a peñascazos”. (CB)

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