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Archive for 19 junio 2016

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“Nada mata el alma con tanta rapidez como la sed de gustar a los hombres”. (Gorki, Cuentos de rebeldes y vagabundos)

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Murió un conserje. Pusieron el aviso junto al listado con los deudores y demases informaciones de uso público. Lo supe un día en la mañana, lo olvidé durante el día y luego, por la noche, antes de subir al ascensor, volví a saberlo. Intenté imaginarme cuál de los 4 o 5 era. Asumí que era el más viejito, hasta que un día lo vi ahí, vivo, y estuve a punto de preguntarle, pero no lo hice. ¿Para qué necesitaba saberlo? ¿Qué le iba a decir luego de individualizar al sujeto? Pasan más días y me convenzo de que es una cuestión que va más allá del morbo. Necesito saber o, más específicamente, hacer la experiencia, sentir, incorporar. Así que una noche llego y me planto en la recepción y aparece uno de los conserjes jóvenes y le digo algo parecido a esta divagación introductoria que pongo aquí. Uno medio pelado, medio gordito, me dice. Le dio un ataque al corazón mientras iba manejando. Asiento, entiendo, pero no es suficiente. Entonces se le ilumina la ampolleta, aprieta unos botones en el teclado de las cámaras de vigilancia, la gira hacia un punto intermedio entre él y yo y se pone a retroceder la grabación hasta el último turno del fallecido. Con el dedo me apunta la cabeza pelada del hombre. Ése era, me dice. Lo veo ayudando con las bolsas del supermercado a unas señoras. Lo veo simplemente sentado. Regando unas plantas. Hojeando un diario. Lo miro y la muerte no tiene nada que ver con todo aquello. La pena es esa incongruencia. Ver un cuerpo en movimiento y luego la arbitrariedad, el despojo, la verdad última. Comento alguna obviedad para ocultar que me importa, que me produce algo. En silencio seguimos viendo la pantalla, cual precario funeral de cine mudo.

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De nuevo un sueño relacionado con los techos de las casas. Toda la gente ahora vive en los techos de sus casas. No entiendo si está inundado o qué, el caso es que no se puede bajar. Nos trasladamos de techo en techo. Intercambiamos víveres. La gente empieza la construcción de sus casas encima de las otras casas que, por motivos que no comprendo, ya no pueden ser habitadas.

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“¿Por qué nunca se ha pensado en admitir como ejercicio religioso (dejando a un lado la confesión y la dirección espiritual) las conversaciones entre dos o tres? No ya charlas, sino conversaciones mantenidas con el máximo de concentración”. (Simone Weil, Cuadernos)

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Odio porque amo y amo porque sí.

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Hace tiempo que noto en algunos cierta tendencia a rechazar o mirar en menos a quienes comparten información sobre las distintas luchas políticas por redes sociales. Los oigo y les leo decir que la revolución ya no fue, que quieren puro alumbrar, que no van a cambiar nada. Y tienen razón: la revolución, al menos en los términos que se dio en el siglo pasado, seguramente no vuelva a ocurrir; hay quienes buscan alumbrar, figurar, identificarse desesperadamente, sí; y seguramente las estructuras fundamentales de la política permanezcan invariables durante los próximos cincuenta años. Tienen razón, pero solo tienen razón, porque las redes sociales, cuando mucho, construyen o direccionan un sujeto colectivo. El resto, la acción, ocurre allí fuera, en los juegos de fuerza, en las estrategias, en las tomas, en la violencia del día a día. En Francia unos sindicalistas han cortado la luz para actos del gobierno y para ciertas empresas y han restituido el servicio para los sectores más pobres. Me entero de eso en el muro de P y luego, salvo mi emoción y estas dos líneas, no pasa nada. ¿Hace eso mella a la hermosura de tal gesto colectivo? No, porque es un trabajo lento y, sobre todo, porque no se trata de mí, ni de los likes. Aunque desde la voluntad y los textos me sienta parte de todo aquello, conozco perfectamente mi lugar y su discreta resonancia. No arriesgo el pellejo contra los pacos, no ayudo a los sindicatos, no tengo ningún proyecto colectivo subversivo y sin embargo, comprendo y valoro la importancia de los que luchan y, en menor grado, de los que difunden la lucha. Incluso si –cuándo no- el camarín está dividido y hay quienes miden su radicalidad como quien se mide el pico; incluso si esto se hace con los únicos medios que están a mano (los del Espectáculo), uno se reconoce al interior de esta radicalidad, porque no solo se trata de un cálculo racional, se trata también de la voluntad, del horizonte al que uno apunta aunque vaya perdiendo. Por lo mismo, encuentro mucho más ahueonao al que traiciona su voluntad y se resta por pudor a parecer alumbrado que aquel que, efectivamente, por ignorancia, oportunismo o por lo que sea, alumbra y genera esta especie de páginas sociales de la subversión que tanto detestan los santos de la radicalidad. ¿Cómo no va a ser preferible eso antes que cualquiera de las otras identificaciones que propone el tono monocorde del noticiario? Prefiero que mi hermano conozca un poco de la lucha estudiantil en Chile y el mundo –y que se ponga una pañoleta, me importa un carajo- antes que siga viendo a esas cagás de youtubers.

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“Los movimientos radicales ya no pueden permitirse una zambullida irreflexiva en la acción por la acción. Nunca hemos tenido mayor necesidad de reflexión teórica y de estudio que hoy, cuando el analfabetismo político ha alcanzado proporciones impresionantes y la acción se ha convertido en un fetiche como fin en sí mismo. Tenemos también una gran necesidad de organización – y no del caos nihilista de los egocéntricos auto-indulgentes en el que la estructura de cualquier tipo es considerada como “elitista” y “centralista”. La paciencia, el trabajo duro del compromiso responsable con la labor cotidiana de construir un movimiento, debe ser valorada por sobre el drama de las prima donnas que siempre están dispuestas a “morir” en las barricadas de una “revolución” distante, pero que son demasiado elevadas para involucrarse en las aburridas tareas de difundir las ideas y sostener una organización”.
(Murray Bookchin, Rehacer la sociedad)

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Entra Tito Beltrán a la librería. Su ego primero y él a la cola. Va con una mujer embarazada, unos 15 o 20 años menor que él. La librería está casi vacía así que él se queda con nosotros en el mesón y la mujer va hasta el fondo, a la sección infantil. Su rostro es como una mentira, como un comercial de algo exitoso y triste. Todos los famosos saludan como si uno fuera el famoso. Es raro eso. Se anticipan, supongo, y lo que tratan de dar a entender es que son “gente como uno”. El problema con esta anticipación es que, en caso que uno no conozca al famoso en cuestión, éste queda como un engreído. Pero en fin, hace eso, se presenta muy ameno, muy cercano, pero su idiotez supura lentamente e invade el perímetro. Casualmente teníamos puesta la Beethoven así que, apenas entra, bromeo y le digo que lo hemos visto desde lejos y hemos querido parecer cultos. Pero no nos sigue. Es, como el 90% de la gente que no sabe callarse, alguien que trae un repertorio predeterminado. Parte hablándonos unos cinco minutos acerca de cómo no le gusta casi nada de la música clásica. Luego, de algún modo, nos cuenta cuando cantó para la reina de Inglaterra. Y ahí ya se lanza. Que su auto es mejor que el de Vidal. Que no sé quién chucha una vez lo invitó a tomar once. Su mujer, desde el fondo de la librería, lo nota. Debe estar acostumbrada a la misma rutina. Lo llama desde lejos. Nos mira como pidiendo perdón. El tipo acude y vuelven con un par de libros para niños. Yo ya no puedo seguir escuchando y me he alejado unos metros. Entran unos sujetos solo para sacarse unas fotos con el cantante. Tito rebosa de sí mismo y se expande hacia el resto del universo.

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“La plenitud del ser es idéntica a la nada en el pensamiento abstracto, pero no mientras se huye de la nada y se dirige uno al ser. Existen la nada de la que se huye, y la nada hacia la que se va”. (Simone Weil, Cuadernos)

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No hago nada de lo que me he prometido hacer este día libre. En vez de ponerme a arreglar las notas a pie de página de la tesis, tomo desayuno en cama viendo el comienzo de la segunda temporada de Fear the walking dead. He despertado un poco antes del mediodía y no puedo sino afirmar tal decisión, pues uno de los momentos más importantes del día libre son esos segundos en que uno despierta a la hora que siempre suena el despertador y abres la cortina y ves todo ese movimiento y recuerdas que podrás restarte y, como si fuese una respuesta posible al ajetreo del exterior, sigues durmiendo. Así que afirmo la decisión de perder la mañana. Alguien razonable podrá decirme que tengo que desechar opciones, escoger, canjear horas de sueño por el deber. Pero no. Yo lo quiero todo. No estoy dispuesto a desechar nada. El segundo café me lo traigo al escritorio, donde me pongo a respaldar las últimas películas bajadas y ordenar un par de carpetas. Reviso tuiter. Ordeno la pieza. Lavo toda la loza. Pongo unas canciones que me posteó G. Me tumbo y dejo que las gatas vengan a posarse encima (en realidad hago ruidos, las llamo, y vienen). Luego, camino a la cocina, me hago cargo de algo que omití las tres veces anteriores que pasé: hay que volver a armar la improvisada mesa de centro porque las gatas la botaron en algún punto de la noche. Vuelta a poner la base de libros, vuelta a poner la tabla. Entonces recuerdo que hay que lavar ropa. Hago eso. Miro por el balcón. No tengo ganas de salir y mezclarme, no tengo nada de ganas de ir al supermercado a comprar cebolla y cilantro para hacer estos estúpidos cochayuyos. ¿Para qué los compré? Intento comer sano pero soy un desastre. Ni mi voluntad ni mis tiempos ni mis habilidades prácticas me juegan a favor. Entro al baño y termino el tercer cuento de Pizzolatto. A ratos es como Carver pero con una pistola en la mano. Abro el Word de la tesis, pero recuerdo que puse la lavadora al comienzo del día y me digo que es mejor trabajar habiendo cumplido ya las labores básicas del hogar. Pero la lavadora quiere hueviarme, el día quiere tocarme los coquitos, y la hueá simplemente ya no funciona. Intento ponerla en modo enjuague o centrifugado, pero nada. Hurgo el aparato buscando una solución como lo haría un simio que intenta arreglar un robot. Me rindo. Traigo el puto tiesto para la puta ropa. Me mojo los pies. Mojarse los pies es una verdadera mierda. La echo toda a la tina para que escurra. Trato de sacarle toda el agua que pueda a los pantalones que debo usar mañana y los cuelgo. En el transcurso hacia el balcón, vuelvo a mojarme los pies y le pego un combo a una muralla y las gatas me miran y siguen durmiendo. Con el error que tira la pantalla de la lavadora anotado y los papeles que encontré, llamo al servicio técnico. No me contestan. Siento que no puedo hacer absolutamente nada hasta que no me haga cargo. Son más de las tres y he sido tragado por la hermosa contingencia doméstica. Pierdo el tiempo un rato. Empiezo a notar que no alcanzaré a hacer mucho si pretendo salir a tiempo a encontrarme con P, a las 1730. Me paro de golpe y vuelvo a llamar. Esta vez contestan. Puede venir alguien, sí, pero no tengo la boleta. Tengo todo menos la boleta. Tengo la guía de despacho. Tengo el Acta de recepción de productos. Tengo la poliza de garantía. Pero no tengo la boleta. Sin eso, me dice la niña, no sacamos nada. Entonces ahora debo ir a Ripley, conseguir esta boleta, volver a llamar y ver si pueden venir en 16 días mías, porque no hay ninguna otra coincidencia entre mis días libres y los días en que ellos pueden venir. Corto. Dos semanas sin lavar ropa. Día culiao perdido. Tendré que volver a pedir ayuda, que me laven la ropa mis amigos. Cierro el Word de la tesis. Ya no queda ánimo para eso. Pienso en mis próximos cuatro días de trabajo. En mi incapacidad para resarcir la estupidez del día por las noches. En cómo nisiquiera he conseguido comprarme esas zapatillas que vi baratas por internet. En cómo sigo siendo tragado día tras día.

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Idea para emprendimiento: un nivelador de ánimos a la entrada de la librería. El sujeto es escaneado al entrar y se le aplican unos leves golpes de corriente para modificar el ánimo. Al salir, si así lo desea, se le devuelve a su estado anterior.

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“Considero el aislamiento como la ley física que gobierna el universo: la masa atrae a la masa porque lo natural no es la singularidad de las cosas, sean éstas conscientes o dejen de serlo, y la unidad básica de la vida no es uno, sino dos. Se forman planetas y lunas, y la gente permanece en ellos porque hay algo en el cosmos que intenta no quedarse sin compañía”. (Nic Pizzolatto, La profundidad del mar amarillo)

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Siempre traigo más libros de los que alcanzo a revisar. Espero mucho de mis venidas a Curicó. Debería aprender que solo alcanza para dos o tres cosas y conformarme con eso. Debería asumir que acá resulta inevitable dormir menos de 9 horas, y que las noches son para ver películas, de manera que solo existe ese transcurso entre el mediodía y cuando ya oscurece. Ha llovido con furia aquí. Un solo largo día trazado por siestas y lluvia. Ayer apenas amainó un poco y fui caminando donde Bruno. Su patio, su perra, unas fumadas y una conversada de rigor. Envidio su patio, todas sus plantas están gigantes. Si quiere tomate saca un tomate de allí mismo. Si quiere ají o ciboulette o cilantro, lo mismo. Se instala a ver Farhenheit 451 (para una clase que debe hacer el lunes) y yo, que ya la vi hace poco, alterno entre Schnitzler y un Audax vs San Marcos de Arica. Durante casi un par de horas en las que quizá me dormí un poco, no cruzamos palabra alguna y pienso que esto y ninguna otra cosa es la amistad. Vuelvo adivinando y esquivando pozas en la oscuridad de las faldas del cerro Condell.

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“Si cultivas con excesivo mimo el jardín secret de tu alma, puede llegar a hacerse demasiado exuberante, a desbordar el espacio que le corresponde y, poco a poco, a invadir otras regiones de tu alma que no estaban llamadas a vivir en secreto. Y así puede ser que tu alma entera acabe convirtiéndose en un jardín cerrado y, pese a su esplendor y su perfume, sucumba a su propia soledad”. (A. Schnitzler)

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Había abierto aquí. Me había hecho un café. Había puesto música y todo, pero llegó C y me dijo: “¿Ash vs Evil dead en el retroproyector?”, y cagué.

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Tercer día de vacaciones y no sé si lo esté haciendo bien. Recién agarro esto. Recién abro el Word del diario y el de la tesis. Recién, siendo casi las cinco de la tarde y a minutos de tener que salir. Anoche: el segundo tiempo en diferido de Colombia Paraguay y tres partidos con Chile en el PES 2016, luego tres capítulos de Fear the walking dead (aburridos, incongruentes, ridículamente sin zombies y copiando malamente la lógica de la segunda temporada de TWD) y el último que me quedaba de Game of thrones; y todo esto bajoneando esos putos suflés de queso que sobraron del partido de Chile con Argentina. Entonces duermo once horas de corrido, despierto y quedo expuesto a la dictadura del ocio, del ocio como arte, del ocio como disciplina. Pero la verdad es que soy un pésimo monje para esta religión que me he inventado. Despierto cerca de las dos, como en la época en que odiaba mi floja voluntad. Ordeno y limpió y dejo todo tal y como quedó ayer, cuando hice aseo general de la casa. Siento que evado. Que cada cosa que hago es parte de la evasión. Que incluso todo aquello que DEBO hacer puede formar parte de la evasión. Entonces medito. Recuerdo lo bien qué se sentía cuando lo hacía y me siento, pongo la alarma en cinco minutos y medito. El ruido del mundo está aquí dentro. Tengo calles entre la nariz y los ojos. Una micro baja por la garganta. La familia hablándome en la nuca. Todos los quehaceres y proyectos y miedos y deseos murmuran y dicen YO y paso, simplemente paso por encima. Pasar, pasear y mirar, sin juzgar. No me interesa qué digan los expertos en interioridad; para mí se trata de eso que decía Millán en sus diarios de muerte: “Deslizarse por la superficie adecuada, patinar por el satén sin ambiciones por persistir. Sin deseos de quedarse en alguna parte. Pasar, ir pasando de esto a lo otro. Pasar sin pasar a llevar, sólo rasguñando el hielo”. Así que me hundo en la urbe mental, me deslizo, pongo atención a cada reclamo y desisto de todos y cada uno de los desarrollos racionales que, creyendo tener vida propia, intentan solucionarme. La mente es una poza en la que siempre, si uno mete un palo hasta el fondo y revuelve, emerge algo a la superficie. En este caso, y como si fuera un mantra, todo se me ha reducido a dos palabras, a dos hojas flotando en la poza: el texto y la bondad, es decir, esto, seguir con esto, escribir, insistir en lo inútil, pero también abrirme, ir hacia el otro, centrado siempre en esa intuición que me acompaña desde que busqué dirección aquí dentro.

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“Las relaciones humanas de todo tipo siempre acaban extinguiéndose, igual que el propio individuo. Pero esas relaciones muertas raramente son enterradas a tiempo, y se pudren al aire libre. Eso es lo que inunda de un olor tan desagradable la atmósfera de la sociedad, del mundo entero”. (A. Schnitzler)

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Madre llega del trabajo. Me comenta que V, su novio, ha quedado con un amigo en vez de juntarse con ella. Me dice, con incredulidad, que ha sido por una cuestión de trabajo, pero que de todos modos le afecta, porque ella viene recién llegando de la playa, y lo mínimo sería que le otorgase una media horita. Me cuenta todo esto esperando que yo solo afirme, que le diga que tiene razón y que él está equivocado. Pero no puedo. No me sale. Le digo que quizá sea cierto que está en una reunión de trabajo, y que el hecho de que aquella reunión sea justo en el momento en que ella cree que deberían haberse visto no merece ningún juicio apresurado. No le gusta lo que oye. Me insiste en que, si uno quiere, se hace el tiempo.

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“Fuga hacia adelante. Escribir más, seguir escribiendo lo que sea, a como dé lugar, no importa a qué costo, da lo mismo el resultado. Fuga hacia adelante versus retroceso en busca del retoque”. (Gonzalo Millán)

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Panorama de martes: Chile-Panamá, Argentina-Bolivia y empezar con Master of none.

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Sin calefacción alguna aquí en Curicó, me construyo un trono de frazadas. Nisiquiera almuerzo. Muerdo una manzana que me aburre y la dejo. ¿Cómo alguien podría comerse una manzana con tanto frío? Al mediodía vi el documental de Susan Sontag y el resto del día ha sido escribir y escribir. Comparto la ansiedad de Susan Sontag pero la aplaco con puras tonteras. Me cuesta un montón leer más de media hora de corrido. Estas y todas las vacaciones siempre son una especie de juicio de mí ante mí. Dejar el PS3 en Santiago ha sido una muy buena elección en ese sentido. Se me hielan los pies y lo único que se me ocurre es apretujar un cubrecama en el rectángulo que queda bajo el escritorio. Me inserto allí como un gusano y me envuelvo. Tapo a mi hermano que se durmió aquí al lado. El wifi se corta y, como siempre que ocurre, me digo que es por algo. Madre aún no llega y hay que lavar la loza. Creo que apenas llegue saldré a comprar pastelitos, o lo que sea que me diga que quiera. Me acuerdo de ese año que fracasé en todo y tuve que devolverme a vivir aquí y, salvo correr por las tardes y trabajar en la tesis y ver películas por las noches, no había nada más que hacer y me encargaba de la casa, de hacer las camas, de lavar la loza, de ir a la feria. Era bonito y triste. Madre llegaba y yo estaba en la mesa del comedor, escribiendo. Comenzaba a sonar la teleserie, comenzaba a salir toda la información del día desde su boca, entonces era el momento de apagar el computador y escuchar, y tomar once, y estar.

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“No quiero ver a nadie. Necesito soledad. Desearía estar en un lugar desolado, o en una clínica. Dormir bien, tener un florero con violetas frescas, fumar poco y beber limonada. No llorar ni reír. Tomar en serio mis apuntes y mis libros. ¡Oh, cómo deseo vivir solamente para escribir!”. (Alejandra Pizarnik, Diarios)

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Jueves. Duermo tres horas. Una inquietud fisiológica me bota de la cama. Hace sueño pero de algún modo la mente está despierta. Un pan con huevo, un vaso de leche y subtitular y traspasar al disco externo las películas bajadas durante la noche. Spielberg, Ridley Scott, James Cameron, David Fincher. La idea es ir completando filmografías e ir revisando ciertos clásicos de ciencia ficción con mi hermano. Son casi las siete de la mañana. Madre y hermano en sus labores preparativas para salir hacia el mundo. Las ventanas absolutamente empañadas. Se van y vuelvo a acostarme. Mi cuerpo se demora exactamente 3 minutos en producir un calor sobre el que me duermo. Despierto a minutos del mediodía. Como ha sucedido todos estos días, despierto como si hubiera sido un crimen dormir, como si no hubiera tiempo que perder. Unas galletas de agua con quesillo y orégano y un café y un documental corto sobre Manuel Rojas. Unas hojeadas a los matinales. La sobremesa o, para ser más exactos, la sobresillón, se alarga viendo Master of none. Escribo un rato. Muy poco rato: el blanco intenso del Word sumado al frío me tumba. Luego de la siesta: cardiólogo. Me parece increíble que haya gente en las calles con este frío. Una señora vendiendo sopaipillas, perdida en la niebla, es una heroína. Ese viejito vendiendo paraguas, otro héroe. Pillo a mi hermano en el camino. Me acompaña. Cuando salgo de la consulta lo veo durmiendo desparramado sobre su mochila. Ningún mal evidente en el cuerpo, y sin embargo, exámenes y exámenes y más exámenes. Entramos a un mol que no conocía. Hay un ajedrez gigante y jugamos. Pierdo. En realidad abandono. Me come la dama y me amurro. Un señor con bastón se había sentado recién a mirarnos y al irme me siento mal por él. Nos zampamos una hamburguesa. Una mentira de hamburguesa. En la pantalla gigante están pasando Titanic. Le comento a mi hermano que el que dirige esta película también dirige la película que vimos anoche, Alien 2. Volvemos al ajedrez, esta vez a una mesa llena de tableros normales. Nos reciben con amabilidad, alargan la mesa para que quepamos mejor. Un hombre le enseña cómo jugar a un niño que supongo es su hijo. Se le ve un poco tenso. Mientras mi hermano arrasa conmigo, pienso en lo frustrante que es tratar de enseñar algo que a uno se le da naturalmente. Cuando nos paramos para irnos y luego de cruzar un par de palabras amistosas con el encargado del sector ajedrecístico noto que hay dos tipos jugando Go. Desde que se me aparece en el 90% del cine asiático que veo que me tinca hacerme de un tablero. Me acerco a ellos y anoto el nombre de la página donde los venden. Me pregunta si sé jugar y les digo que en las películas parece un juego bastante interesante. Emergemos hacia la niebla. Decidimos caminar. Enfrentar lo frío y lo denso. Me compro una de esos cuellos tipo bufanda que se cierra en sí misma, de manera que hay que darle dos vueltas y envolverse no solo el cuello sino que parte de la nuca, lo cual está muy bien. Pensé que eran para mujeres, pero ahora recuerdo que M usa uno negro y se le ve bien. La caminata hacia casa adquiere un tono simbólico. Un momento de hermanos. Hago eco de todo lo que, atosigada, me ha pedido mi madre que le transmita a mi hermano. Que el estudio, que el orden, que los platos sucios hay que ir a dejarlos a la cocina. Traduzco aquello a una cuestión más amena y horizontal. Le digo que yo mismo, pese a tener cierta estabilidad e independencia, soy un desastre. Le explico que una habitación ordenada y limpia ayuda un montón en términos anímicos, y así. La hamburguesa de mentira nos dejó con la bala pasada así que entramos a un lugar que promete los italianos más gigantes de Curicó. Pedimos uno gigante para los dos. Ya en casa, lo partimos. Nos parapetamos en mi manta nueva. Unos cafés. En la tele el Titanic se hunde. Luego, Ecuador vs Estados Unidos y, si queda tiempo, Alien 3. Creo que ha sido un bonito día, sí.

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“Me veo obligado ya a admitir que la ansiedad es mi estado genuino, ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación”. (C. Connolly)

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Salgo a correr al mediodía. Un perro enojado me sigue y en el camino ya deja de estar enojado y me acompaña durante un tramo de la carretera. De las casitas que empiezan a aparecer cada vez más espaciadas por el borde no emerge ruido alguno, solo humo. Avanzo menos que otras veces porque, para variar, perdí la constancia. De vuelta, a un ritmo vergonzosamente lento, paso a la verdulería y a la carnicería: plátanos, alcachofas, zapallo, cebolla, pollo y dos longanizas. La mujer que atiende se me queda mirando. “¿Cómo puedes echar tanto vapor?”, me dice. Troto de vuelta a casa con las bolsas rebotando. Saco la llave de donde la dejé escondida (no tengo bolsillos). El resto de la tarde se irá entre Master of none, el Word, alguna siesta y, para coronar, el partido de Chile.

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