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Archive for 4 diciembre 2011

noviembre

Último mes en Santiago. Me lo repito una y otra vez. Existe la leve posibilidad de que, o bien se acabe el mundo o casi, o suceda que me radique acá en Curicó. Pero sé que nada de eso va a pasar

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Tour con F, I y B. Trámites en un ciber de B que olvidó el carné y saca una acreditación de mayoría de edad para poder entrar al castellano. Para mí son todos los bares iguales, tienen casi la misma música y se esfuerzan por adaptarse a los distintos folclores. ¿Dónde están los Burlitzer con hip hop francés, jazz chileno y bossa nova ah? Tampoco importa mucho. Reímos y cervezas y reímos y cervezas y al rato ya nos vamos de allí. Minielecciones que se anulan unas a otras y algo en ese errar hace que de todos modos se avance. Papas fritas caminando que desaparecen en 10 segundos. Un pack de cervezas sentados arriba de unos juegos en el parque Almagro. A tribu called quest en el cel de I. Sensación de haber bajado a la playa. Luego seguir caminando lata en mano. Caminar bebiendo debería ser un deporte olímpico.

Llegamos al puente con lucecitas del forestal al que en todo momento quise ir. Ganas de tener y culminar la noche con algo para fumar. B trabaja al otro día así que nos paramos todos. Parece que comí una flor.

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Sensación de que algo bueno va a pasar. Haga lo que haga. Ocurre una vez al año. Una bondad siniestra, acechante. Aunque no es algo “bueno” sino más bien un colador o una trituradora por la cual –algo me avisa- todo va a escurrir y compactarse ¿Qué cresta quiero decir? Sensación de que todo siempre ha estado en una cajonera y sólo hay que irse ocupando de a poco en todo y constatar con alegría que al final se trata de vaciar el mueble y en última instancia desarmar el mueble mismo y. No. Nada que ver. Puras expresiones geométricas, espaciales. Lo dejo en “un Bien Ominoso”

Ahora, ¿por qué este saber casi corporal de la gratuidad de todo nos visita con tanta intermitencia y azar?

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Salgo a correr resfriado. El mal aire de Santiago más la garganta que se me va cerrando me dan la sensación de estar tragando polvo. Un polvo infinitamente particulado. Un gas-polvo. Pienso que debería parar, pero sigo. Un perro que iba con otro corredor me sigue. En la buena onda si, juguetón, le chasqueo los dedos y me sigue. Dura una cuadra y luego se queda con otros perros. Me canso. Antes no me cansaba a los 30 minutos. Perdí el hilo. Me tiro al pasto, me boto como una bolsa, miro hacia arriba la mezcla de árbol-meciéndose-cielo-atardeciendo y pienso en que si el cine y los videos musicales no hubieran abusado de esta toma, yo podría estarla disfrutando con originalidad. Así y todo, la disfruto. Recuperando la respiración, cualquier cosa que se tenga al frente, se disfruta.

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Quiero Tsuyu.

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“Corro en silencio y sudando a mares. Noto cómo la gorra se me va empapando. Veo el sudor que va esparciendo mi cuerpo: salpico gotas de sudor que se convierten en sombras proyectadas con nitidez sobre el suelo. Caen sobre él y se evaporan al instante. El semblante de la gente que corre largas distancias es parecido en cualquier parte del mundo. Todos dan la impresión de pensar en algo. Tal vez no piensen en nada, pero parecen tener la mente fija en algo. Me impresiona ver cómo corren a pesar del calor que hace, no puedo evitarlo, pero, cuando me paro a pensarlo, caigo en la cuenta de que yo hago exactamente lo mismo.” (Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr)

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Duermo de 1 a 3 am. Maniobro, moldeo y boto las almohadas y pruebo distintas posiciones del cuerpo hasta las 5:40. Y me rindo. Abro con fuerza los ojos como diciéndole al cuerpo “ya pos, ¿no te sentís tan despierto?” Me alisto a despertar entonces, prendo el computador, y entonces me quedo dormido. A las 8:30 despierto de nuevo. Un plátano, una barra de cereal, y salgo a correr. Parece que el aire de las mañanas es más puro y ya estoy menos resfriado. Resultado: corro casi una hora. Sin darme cuenta, porque cambié la ruta. Me gusta mirar las caras de las corredoras instituidamente bonitas cuando ya están compungidas, esforzadas, jadeantes, absolutamente lejanas a su perfil de facebook. Algunas lo disimulan más que otras. Por mi parte, me sueno con la manga del polerón delante de quien vaya pasando por delante. Cuando termino, y antes de hacer los últimos estiramientos, me tumbo bajo el mismo árbol y lo miro hacia arriba. Algo le ocurre a la temporalidad en ese momento.

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Últimas compras: Un cortaviento en la ropa usada. Uno razonable, no de mil colores ochenteros como los otros dos que tengo. También me compré una polera para correr, usada, adidas. Y un libro de Loriga. Héroes. Y eso. Para eso es lo que me alcanza.

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Nos vinimos caminando del arcis con Feli. Estaba derechamente durmiendo en el seminario infinito de Hegel. Sentado al último, menos mal. No recuerdo desde cuando soy el único gueón solo que va solo que entra solo y se sienta solo en esa clase. Una niña que era compañera en sociología hace mil años me mira, la miro, y eso es todo. De vuelta Feli en su bici y yo a pie. Malas zapatillas para caminar y el notebook y muchos libros en la mochila. Pero la conversación es buena. Una pepsi light y una empanan por el camino. Planear el 2012. Murió una tía de Feli hoy y me dice que no aguanta la risa en los funerales. Llego acá y no hay internet. Bien. Miro esta pieza que se acaba en unas semanas más. La ordeno para que mañana cuando despierte esté todo listo para salir a correr. ¿Cómo no voy a poder conquistar las mañanas? 23:58. Se cierra esta guea.

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Bajo la experiencia deportivo-metafísica de recibir los días como en una partida de ping pong

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“Si Cristo hubiese nacido en Texas en el siglo xx y no en Jerusalén hace 2000 años, los cristianos llevarían sillas eléctricas colgadas del cuello” (Lenny Bruce)

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Me compré Héroes de Ray Loriga. El gueón se va por un tubo. Cada párrafo es como una cosa que hay que tragarse entera. Nisiquiera entiendo de qué va la novela pero es lo de menos, porque me hizo volver a mi novela, empezar a leerla de nuevo, sacarle partes, agregarle cosas, y lo más importante, terminar el boceto. Estaba en el punto muerto en que B llega a vivir de inquilina con el protagonista (que aún no tiene nombre) y, había pensado que podía tratarse de un esperable amorío, con el pequeño detalle de que B comenzaba a transformarse progresivamente en un perro, y bueno, todo esto en un tono así como el de La Metamorfosis pero también como La Nariz de Gogol, pero me pareció que no me daba el ancho para eso y tuve otra idea mejor: un viejo escritor fracasado –que aparecería no sé de dónde- le pide al protagonista que se haga pasar por él, que al menos hasta que muera escriba por él, está viejo y morirá pronto y es una buena paga. Ya muerto, le concedería los créditos de la obra. Todos ganarían. Entonces a eso podría sumársele que, por alguna razón, se volviera imprescindible que el escritor fracasado publicara un libro epistolar hasta entonces inédito, de cuando él tenía, qué casualidad, la misma edad de el protagonista. Cartas de amor. Alguna historia terrible, intensa, extraña. Cuento corto: G y B asumen el proyecto de falsa novela epistolar. No sé si se enamoran o nó. En una de esas asumen la ficcionalidad de todo amor y quedan reducidos a texto. Estrujados. No lo sé, pero al menos ahí estaría la base. Me viene a la mente esa película de Kaufman, Sinecdoche New York, pero con mucha menos complejidad obviamente.

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Siempre vuelvo a retomar la escritura gracias a escritores que tienen el don del empujoncito. Es esta una carrera de relevo infinita y silenciosa.

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“Todo este tiempo durante el cual no había nada que tapase la tristeza. Quiero decir que la tristeza es algo constante. Las canciones tapan la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Cuando las canciones se acaban vuelve la tristeza. Ir sentado en el autobús por la noche. El sonido de los televisores en verano que baja hasta la calle desde las ventanas abiertas, y la luz azul de los televisores en las mismas ventanas, la estupidez de los domingos, organizar tu propia fiesta de cumpleaños, los regalos que no te gustan echos con verdadera ilusión, dejar de sentirse maravilloso para sentirse normal, no beber, no tomar nada, estar como al principio, Cáceres, cuando desaparece la sensación de ser otra persona que se te queda al salir del cine, las conversaciones del taxista, el metro, las máquinas del chicles del metro, la desgracia o la suerte de los parientes, cualquier noticia de los parientes en realidad, tratar de dormir solo sin estar borracho, los trenes de cercanías, que nada se parezca a algo que has leído. Lo peor es la tristeza. Arriba y abajo es mucho mejor que la tristeza, no importa lo violenta que sea la caída.”

(Héroes, Ray Loriga)

 

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Vi tres chinos o japoneses corriendo recién. Pasaron en sentido contrario. Llevaban las medias pintas los gueones. Envidiables, se veían risueños, agiles. A veces, en ciertas condiciones, por ejemplo si está lloviendo, los corredores nos saludamos con un leve movimiento de cabeza. Bueno, ahora no estaba lloviendo para nada pero no pude evitar hacerles el gesto con la cabeza, hacia abajo, leve, como he visto en las películas japonesas. Repitieron el gesto como un espejo. Espero volver a saludarlos mañana.

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Tres días despertando a las 8:30 am ¿Podré mantenerlo? Correr de mañana es distinto. A las 10 ya estoy bañado y dispongo de todo el día. Noviembre debe ser eso. Diciembre en Curicó, lo mismo. Enero y Febrero, también. Saber que uno va a correr todos los días y que no hay limitación alguna (salvo las posibles fallas del cuerpo) es una especie de fe.

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“Aquí no hace falta, no  necesitamos prohibiciones, porque el sistema imperante ha jodido hasta la  capacidad de soñar. Miren las películas que vemos todo el tiempo: es fácil  imaginar el fin del mundo, o un asteroide destruyendo la vida, pero no  podemos imaginar el fin del capitalismo.” (Zizek, en Occupy wall street)

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Trote con Feli, de plaza Italia a Tobalaba y luego de vuelta. Agradable viento. Espaciosas ciclovías y a ratos sendas de pasto y maicillo y muchos corredores. Un tránsito modesto en el que nunca nadie chocara contra otro.

Cada uno a bañarse a su casa. Luego aparece nico y saca un paragua. Años que nó. Así que acepto. Aceptamos todos menos Feli. Justo ocurrió lo de los 5 del bautizo y gueviamos a Feli que no sea Vidal pa sus cosas. Seguramente Vidal fue el más duro de convencer. Vemos The taste of tea en el living de Feli. Nico, como siempre, insiste en dormirse en la incomodidad de un sillón.

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Después que se hace algo tres veces seguidas, es como si hubiera comenzado una rutina ¿podré seguir corriendo todos los días el próximo año cuando tenga trabajo?, ¿No habrá, precisamente, un trabajo que consista en correr?

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Cada vez que alguien me pasa trotando y pienso en apurarme me repito para adentro: “El ego, el ego, el ego”

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Rodilla. Cagué. Sentía que podía, que me quedaban piernas, y quise finiquitar la hora de trote con un pique descabellado, sin ningún sentido, sólo porque apareció pasto delante. Cuando uno va acelerando quiere probar al cuerpo, un poco más, un poco más, y paf: el límite. Una incomodidad en la rodilla que no se va y que hoy en la mañana me hizo devolverme tras esforzados 20 minutos de decirse “ya va a pasar, ya va a pasar”.

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Cuando como que va a empezar a llover, pero era un auto a lo lejos. Cuando como que es alguien agachado en una extraña posición, pero de cerca es una bolsa de basura. Cuando como que estai empezando a salir con alguien, y ya sabis que no va a durar más de un mes.

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No es deseable que todos terminemos hablando como en las películas de Godard, de cita a cita, de poema a aforismo, irse a negro y que una voz susurre alguna frase trascendente que lo ordene todo. No es deseable, pero al menos es una muestra de que no todo ocurre como en las comedias modernas de amor, por no decir nuestras cotidianas maneras de hablar.

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Bruno. Un pito delgado y movilizante. Ping pong hasta sudar. Luego un trote por el estadio. 7 vueltas no más. La conversación que se da en el trote: el cuerpo como policía, las elongaciones  son la positivización de la ley: las hacemos antes de poner al límite el cuerpo, como una vacuna, como antes se regulaba la conducta torturando y ahorcando al criminal en la plaza pública. Le damos una muestra anticipada de dolor al cuerpo, o bien éste nos la pide, para que reconozca exactamente hasta dónde puede llegar. Luego, ya bañados, comemos porotos y ensalada de lechuga.

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Japonizar el cuerpo. Después, la mente.

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Uno no tiene nada que ver con su nombre. Pero tampoco uno tiene nada que ver con arrancar del propio nombre. Todas las representaciones, o al menos las que no son intentos de rasparle algo de miseria al mundo, están hechas para que aprendamos a desaparecer. A fuerza de presentarse una y otra vez tiene que gastarse eso que nos envía a la superficie con la creencia de que entre la potencia que envía y el resultado arrojado al mundo hay una coincidencia total. Somos de una pureza absolutamente no platónica. Pura superficialidad, pura historia, pura menudencia, enrollada y enredada o arrugada como papel por una mano misteriosa que dice “yo”. Si es que somos una idealidad, si es que hay algo así como “la conciencia” entendida como la entienden las señoras mentalistas que van a los matinales, es algo que llegó a ser, y en ese caso, todo el gusto popular hacia esas mentalistas son huellas de la religión. La religión: esa necesidad de que lo que es –no las cucharas y los autos, sino la conciencia- no haya llegado a ser sino que sea lo que es desde siempre. En suma: la alegría de volver a presentarse una y otra vez, sabiendo que no se trata de falso o verdadero, sino de volverse entero esa mano que dona y retira lo que uno está queriendo o creyendo ser en determinado momento. Esa mano cuyo brazo compartimos todos. Porque no podemos desaparecer solos. ¿Estoy diciendo algo concreto? El desarrollo de esto está en alguna parte o en muchas pero ahora no me interesa (esa es la gracia de un diario: la holgura permite un rigor no asfixiante)

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Sobrevaloro las mañanas, lo sé. Toda mi existencia consiste en sobrevalorar cuestiones que espero que otros no estén sobrevalorando en el mismo momento.

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Ridículas valoraciones de facebook. No he puesto nada en el muro hace tres días y me digo a mí mismo que no pondré nada hasta que alguien publique lo que sea en mi muro.

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Fomes, fomísimas, tristísimas, tediosas tragedias griegas. Como cualquier teleserie venezolana pero parapetadas en el trono de lo griego. Lo griego como pura chapa. “Suaves, por lo que escucho, son tus palabras, pero temo que en tu interior medites algún daño y por eso menor debe ser mi confianza. Porque más fácil es de hombre o mujer coléricos guardarse que de aquel que calla y es taimado” (Medea)

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Sueño. Tanto sueño. Domingo y letargo. Apuesto en experto al Chelsea y a varios más y el primero que pierde es el Chelsea en casa contra el Liverpool. Me duermo en el sillón una media hora. De nuevo estoy despertando antes de las 10. Leo a ratos esa tragedia de mierda de Medea, pero me resulta totalmente insoportable. Alterno con Héroes de Loriga, como cuando niños después del jarabe un trago de coca cola o jugo. Empieza a llegar poca luz pero no me digno a pararme. Cuando me paré será para calzarme las zapatillas chor polerón y a trotar.

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“Mi día es desordenado y absurdo:
al mendigo pido pan.
al rico le ofrezco una limosna.

En la aguja enhebro un rayo de  luz,
al ladrón le doy la llave,
con polvos blancos encubro mi palidez.

El mendigo no me da pan,
el rico no acepta mi dinero,
el rayo no pasa por la aguja.

El ladrón entra sin llave,
y la tonta llora a lágrima viva
ese día sin gloria, día inútil.”

(Marina Tsvietáieva/ Mi día)

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Air zoom elite. Esas necesito.

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“Quieres describir un árbol, ¡pues conviértete en árbol! (Marina Tsvietáieva a su hija Ariadna)

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¿Y un anuncio publicitario filosófico para OMO que use el título del libro de Nietzsche, Ecce homo?

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“Las “virtudes domésticas” de la esposa de un trabajador alemán constituyen el mayor mal, el obstáculo más fuerte para un levantamiento revolucionario. La esposa de un trabajador alemán siempre tendrá algo caliente para su marido, nunca lo dejará ir completamente hambriento. Y ahí está la raíz de su función negativa que ralentiza el ritmo del desarrollo social.” (M. Eisenstein, «Notes for a Film of Capital», cit., p. 129.)

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Caminando al arcis y también de vuelta caminando. De ida con música, de vuelta con F y L.  En el patio un tipo muy raro –o ahora que lo pienso el tipo más normal del mundo en una acción inusual- me vio leyendo y como quien pregunta la hora se acercó se sentó en mi mesa y me preguntó por la relación amor-política en Simone Weil. Estaba leyendo las Últimas cartas de Londres así que tan arbitraria no fue su intervención. Hablamos un rato. Él, más que yo. En realidad quería ser escuchado, se notó altiro. Le deje divagar. Luego la última sesión del seminario de antipsiquiatria. “Traten de organizar una marcha del orgullo loco”, nos dice Pérez. L llega atrasada pero lo compensa con galletas. F aparece afuera en bici. Caminamos y llegamos a plaza Italia. El cuerpo está prendido así que decidimos salir a trotar.

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¿Somos una lápida que aún no decide su lema?

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Sensación de que este año fue la realidad misma la que se hizo más abundante. Densidad cualitativa de la contingencia ¿Cómo no desear que todo siga así, hasta reventar o encontrar alguna especie de peito que deshinche y solucione el malestar global?

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Veo el muro de alguien semiconocido que hoy ha muerto. Los comentarios póstumos de los seres queridos me dan escalofríos. Alguien le postea angel para un final de los bunkers y pone “siempre te recordaré”. Extrañeza. Me parece inconcebible. No soportaría morir y convertirme en esa masa informe de características nobles y respetables.

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“«Me sorprende que un hombre tan extraordinario haya podido morir», escribí a la viuda de un filósofo. Sólo me di cuenta de la estupidez de mi carta tras haberla enviado. Mandarle otra hubiera sido arriesgarme a una segunda sandez. Tratándose de pésames, todo lo que no es cliché raya en la inconveniencia o la aberración.” (Emile Cioran, Ese maldito yo)

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Con los cabros en la parcela de Bruno. De viernes a domingo. Piscina cervezas carne incluso carreras de 50 metros por el pasto. Incluso unas dosis de aguacolla que, pa variar, no nos hicieron nada. Nadar escuchando Caetano es otra cosa. Tomo los tres días y ninguna caña, quizá ya aprendí. La piscina restaura el cuerpo.

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Después de días de piscina y cervezas, uno comprende hacia dónde debe dirigirse la realidad

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Casi nada me gusta en broma (Desde un pomelo hasta algunos cuentos de bolaño)

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Ese glorioso momento en la mañana antes de construir un gran desayuno. La visualización de los colores. La posibilidad de comer con la mente aún casi en blanco, despertando (Tres huevos a la copa. Leche con cuadraos quacker. Té con canela. Un pomelo)

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Todo lo que se piensa durante la primera meada de la mañana no puede no tener un aire místico.

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Acabo de cachar que el tono de cuando los poetas leen en sus lecturas es una variación del de los diareros vociferando en la calle. La pregunta es quién la copió a quién.

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¿Por qué las abuelas, al almuerzo, a la once, y cuando sea, toman tan poco jugo?

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Última noche en la pieza, en la casa, en esta pensión de mierda. La dueña ha cambiado las reglas y pega en algunas murallas un informativo todo en mayúscula sin comas ni punto ni ortografía. Hartas exigencias con el uso de la luz, el gas, etc, pero la casa misma sigue valiendo una callampa cada vez más grande. Cero inversiones en el lugar. No hay luz en la escalera. Luces que jamás funcionaron. Cocina miserable. Nula ventilación. Hace algunos días había que bañarse con agua helada ¿Tuvo algún sentido pasar por aquí? Al menos ahora tengo la certeza absoluta de NO MÁS PENSIONES.

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“Después de cada paja pienso que soy o me gustaría ser un santo.” (C Bertoni, Cuadernos 1972-1973)

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Mi buen vecino en la puerta pipa en mano y un frasquito lleno de hoja. Buena manera de despedir esta pieza.

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