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Archive for 4 noviembre 2015

octubre

“No sabes todavía vivir entre los hombres, sobre todo con tus contemporáneos. ¿Por qué? Porque eres despótico. Estás celoso de tus iguales. No, no es eso. Es que no concedes superioridad sino a los que amas. Necesitas amar para no sentirte celoso. Y sin embargo, la justicia debe primar sobre el amor (…) Nada de altanería, de tiesura, de orgullo. Apégate a lo que cada uno tiene de bueno, de mejor, y no a su punto flaco (…) Se dúctil. No pidas a nadie lo que no tiene. Toma a cada cual como es; no pidas amistad a quien no tiene más que ingenio, gracia a quien sobre todo tiene conocimientos. La ductilidad que emana de la bondad y no de la astucia, no es un defecto sino una cualidad”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Así como sin querer, música clásica por las noches. Escojo creer que los gatos entienden la diferencia entre el silencio y esto otro. Liszt desborda por toda la casa mientras picoteo entre el orden del computador y el de los objetos. Suspiro como señora cuando finalmente tengo la habitación en orden. Antes no era así. Antes podía entregarme a lo que fuera que quisiese hacer en medio del desastre, de la cama desecha, del suelo intransitable. Ya no. Y sin embargo, ésta es ya la segunda noche de corrido que le gano con Chile a Brasil y luego a Perú: ordeno para poder perder el tiempo como creo merecerlo. Debería dejarlo, sí. Si ya lo tengo dominado, debería dejarlo. Esto es lo que está bien. Este pequeño párrafo. Uno cada noche. No un partido, un párrafo. No debería ser tan difícil.

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“No es la inteligencia sino el carácter lo que me falta. Cuando me dirijo a mi juez interior, éste ve muy claro y habla con toda exactitud. Me adivino, pero no me hago obedecer. Y hasta en este preciso momento, siento que experimento placer en descubrir mis faltas y sus motivos, sin que por ello me fortalezca contra ellas (…) Ningún apremio exterior, gozo de todo mi tiempo, soy dueño de proponerme de cualesquiera finalidad. Pero huyo de mí mismo semanas y meses enteros; cedo a los caprichos del día, sigo lo que miran mis ojos”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Encontrar una de las versiones más íntegras del Diario íntimo de Amiel fue el hallazgo del mes. Su obsesión por la bondad me atrae no solo en su anacronía sino en su torpeza: cuando las reflexiones morales y teológicas corren parejo con las reflexiones cotidianas, con las vergüenzas y ridiculeces propias, uno cae de golpe en otra época, en otra sensibilidad, en otra clase de urgencias. Si llego del trabajo y lo primero que hago es sacarme la ropa y llevarme el ladrillo de Amiel al baño es por eso, por esa sed de lejanía.

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“Mi compañero de paseo ha corrido a su piano y yo he abierto mi diario. Él se sentirá consolado más pronto que yo”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Uno no se vuelve mejor persona por escribir. Todo queda un poco más expuesto pero sigo siendo igual de tonto e inseguro que siempre. Sé lo que me conviene y, sin embargo, debo hacérmelo saber una y otra vez. Saltar de un diario de vida a otro, leer aquí y allá esta minúscula lucha, ver fuera la universal contradicción, estudiarla, bordear esa comunidad de puros solos, entrar yo mismo en ella; todo esto se me ha aparecido como el más concreto y a la vez el más absurdo de los deberes. Por ahora, y hasta que no se me ocurra algo mejor, me conformaré con ser un tonto que ha conseguido iluminar ciertas áreas de sí mismo.

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“Caigo ya en la vida objetiva del pensamiento; ¿me liberta ella, si cabe decir así? No; lo que hace es privarme de la vida intima del sentimiento; el sabio mata al enamorado; la reflexión deshace el ensueño y quema sus alas delicadas”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Alcancé a trabajar en mis inutilidades toda la mañana y ahora parto a encontrarme con P en el Unimarc. Pagaron el bono, así qué habrá alguna carnecita y cosas ricas. Primavera del libro por la tarde y capitulo nuevo de Les revenants y de Homeland por la noche. Con eso me conformo. Con esto me voy a conformar siempre.

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“Jamás te has presentido grande, célebre, ni siquiera esposo, padre o ciudadano influyente. Esa indiferencia ante el porvenir, esa total desconfianza, son sin duda alguna signos precursores. Cuanto sueñas es vago, indefinido, aéreo, no debes vivir porque no eres ya capaz de hacerlo. Confórmate; deja vivir a los vivos; no cuentes ya con tu averiada osamenta y resume tus ideas; haz el testamento de tu pensamiento y de tu corazón; eso es lo más útil que puedes hacer. Renuncia a ti mismo y acepta tu cáliz, con su miel y su hiel, que eso no importa”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Si el desayuno es la mejor comida del día, el desayuno de los días libres es el mejor momento de la semana. Aunque se trate de mero café de tarro y marraqueta hay algo medio sagrado en el acto de comer mientras la maquinaría se enciende. Haber dormido ocho horas o casi, poder hacer todo lentamente, no tener que ir a ningún sitio en lo que resta del día y saciar el hambre de la mañana (que no es como el resto de las hambres del día), conforma un conjunto que es como un cariño que uno se hace, que las cosas nos hacen. “Como en la infancia, todo es a la mañana fresco, fácil y ligero”, anota Amiel en sus diarios. Mientras el agua hierve y el pan se vuelve crujiente en el horno, echo un par de capítulos de The Office en el pendrive. Me llevo la loza sucia del día anterior y, solo si estoy de ánimos, la lavo inmediatamente. Las gatas durmieron afuera, así que apenas abro la puerta es como si se levantaran las barreras para ingresar a la tierra prometida. ¿Tan bueno es poder estar aquí conmigo? Entran raudas, saltan sobre la cama, la más grande con mucha cautela, mirándome de reojo mientras se acomoda, como si no llevara ya unos cuantos meses aquí; la chica, en cambio, paseándose, irguiéndose, oliendo y botándolo todo a su paso. Luego de desayunar las dejo que se suban encima. Me gusta sentir el peso. A veces me duermo y al despertar allí están mirándome. ¿Estuvieron mirándome todo este tiempo? Entonces salto de la cama y pongo Bach lo más fuerte que da este equipo y lavo la loza y dejo cada cosa donde corresponde y vuelvo a poner agua porque ahora comienza la segunda parte de la mañana, aquí, con el Word y los libros.

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“Me pesa, por lo demás, la sola idea de estar obligado a tomar contacto con otro. Una simple invitación a cenar con un amigo me produce una angustia difícil de definir. La idea de un compromiso social cualquiera –ir a un entierro, tratar con otro algún asunto en la oficina, ir a esperar a alguien a la estación, se trate o no de un desconocido- esa sola idea me estorba los pensamientos de todo ese día, y a veces incluso en la víspera ya estoy preocupado y duermo mal, y cuando al fin y al cabo las cosas ocurren resulta que no justifican semejante tensión; pero siempre pasa lo mismo y yo no aprendo a aprender”. (Libro del desasosiego, Fernando Pessoa)

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Gracias a la FILSA, días de semana que son como domingos. Por la mañana: devoluciones, devoluciones y más devoluciones. Novelas románticas que nisiquiera el más detestable de los lectores ha hojeado. Sendos ladrillos de novela histórica que podrán tener lo suyo pero ocupan demasiado espacio. Libros cuyas tapas dan pena (¿cómo lo hacen para que la pobreza interna del libro coincida perfectamente con la pobreza exterior?, ¿no deberían intentar, como buenos publicistas de las letras que son, hacer que al menos lo de fuera mienta bien? Lleno unas cinco cajas de excedentes y otros libros que estoy seguro nadie echará de menos. Por las tardes, algo de gente, conversación y lectura.

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“No quiero vivir sin inspiración. Me aplastan los libros, mi avidez por todo lo insustancial, mi actividad y mi persona, mis kilos de más, mi debilidad de carácter ante mí mismo, mi falta de caridad, mi tendencia al goce y al escepticismo”. (Diario íntimo, Luis Oyarzún)

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Primer día del par de días libres. Despierto a la hora de la callampa. No hay comida ni para mí ni para los gatos. Como suele suceder, almorzaré desayuno y de once tomaré un almuerzo. Debería ir a la feria, debería ir al ARCIS, debería ir al doctor, debería salir a comprarme pantalones –no sé cómo consigo rajarlos todos en la entrepierna-, debería hacer un montón de cosas, pero sencillamente no las haré: si hay algo que sé muy bien, si hay alguna certeza perfecta y negativa en mí, es aquella que me indica que, al menos por un día, no debo salir de casa ni ver a ser humano alguno.

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“No ha sido un cortejador el que ha dejado uno de los mejores recuerdos de mi vida, lo que prueba que no soy como se cree, y que no los que juzgan livianamente son los que van bien encaminados y tienen razón”. (Diarios íntimos, Teresa Wilms Montt)

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Yogu yogu de mora en mano, parto al súper. Huevos, dos tarros de comida gatuna en oferta, pan, una pepsi, empanadas y queso (en oferta también, ambos). Al llegar, los gatos ya lo saben. Intuyen que viene algo para ellos. Dejo que laman la tapa del tarro. Quiero que crean que no hay más, que eso es todo, para luego sorprenderlos. Dejo que pase un rato, no mucho, nunca más de un minuto, y entonces les vacío su hediondo puré en el plástico. Locura. Baile. Saltos. Fuegos artificiales. Todo por un par de tarros que no costaron más de 1700 pesos. Si no hubieran pasado hambre toda la noche, no serían tan felices ahora. Por mi parte, tres huevos a la copa, media marraqueta con queso, leche con Hearts Quacker y una taza de café. La intro de The Wire nisiquiera ha terminado y ya casi me comí la mitad de todo.

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The Wire me deja desesperanzado. Quizá ninguna otra serie explica tan integralmente el círculo vicioso de la miseria. La choreza de los pendejos negros contrastada con sus casas de mierda. Las reuniones de los políticos salvándose el culo unos a otros. Y un puñado de almas buenas, repartidas indistintamente entre traficantes y policías y profesores, remando y remando a través de un mar denso y seco y sin ninguna esperanza. Los archivos de la miseria extraídos desde las calles, desde el congreso, desde los medios, desde el colegio y la policia: The wire.

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“La noche era para charlar, el día para domir, la tarde para escribir”. (Diarios íntimos, Teresa Wilms Montt)

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El viento-lluvia lo azota todo. Miro desde el balcón a los autos enojados. Es como si cada auto llevara inscrita una mueca de desgracia o de ironía o de desprecio. Todos los autos están enojados y llueve y los miro meneando la cabeza, creyéndome superior, porque estoy aquí haciendo algo que suele cabrearme (colgar la ropa) y lo estoy haciendo de buena gana (solo porque dormí siesta y luego de una siesta todo está bien al menos durante media hora).

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Este guardia de seguridad del mall entra y así de la nada suelta sus historias. Que era escolta de Pinochet, que cuando fue el atentado él iba en el último auto, que le volaron la mandíbula -abre la boca, muestra unas cicatrices, nisiquiera me atrevo a mirar. Rara cercanía ésta. No consigo comprenderlo. No consigo acceder a su humanidad. No entiendo cómo no tiene un poquito de pudor. Una y otra vez, insiste en ser una caricatura de sí mismo. Nunca, pero nunca, nos ha preguntado qué opinamos, digamos, de la dictadura. Cuenta todas estas cosas con ánimo festivo, como quien relata un temblor, una cuestión de la naturaleza. ¿Pensará que soy de derecha? ¿Pensará que soy de izquierda? Ese es el problema: no que sea un ex milico, sino que no sale de sí mismo. Le contaría lo mismo a cualquiera, del mismo modo, en un mall o en la calle o en la micro. A veces, cuando lo veo acercarse, me escondo.

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“Estoy joven; sé que en el fondo de la copa que nos brinda la juventud está el veneno… pero así y todo me lo tomo porque sí; porque emborracha y hace correr el tiempo” (Diarios íntimos, Teresa Wilms Montt)

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Un vagabundo tirado en la vereda. Miramos desde el balcón. La cabeza le cuelga hacia la calle. En cualquier momento un auto desprevenido lo desnuca. Entonces cierto auto se detiene, enciende las luces y simplemente se queda allí. Desde la altura, asumimos que está llamando a los carabineros. Sería tan fácil y razonable tocarle la bocina para que despierte, pero no se les ocurre. Son dos mujeres las que están en el auto, y con eso quiero decir solo eso: son dos mujeres las que están en el auto. Bajarse no es opción porque junto a él, y bastante activo, hay un perro que defiende el perímetro. Sabe que algo anda mal, y eso es todo lo que puede hacer. Pasan unos quince minutos y nada sucede. Me devuelvo a la pieza y sigo tratando de ganarle a Uruguay con Chile. Es el próximo partido oficial por las eliminatorias, hay que entrenarse. Echo esporádicas miradas por la ventana. Noto que llegaron los pacos. Pongo la Beethoven, apago las luces y se construye una escena de esas que sé que recordaré un buen tiempo. Hay cinco pacos rodeando al pobre diablo. Con linternas. Las linternas crean una especie de escenario. Es triste y absurdo. No entiendo qué puede hacerlos demorar tanto. El perro está echado en el suelo. Veo que un paco hace unos movimientos raros con el brazo. No entiendo absolutamente nada. Llega otra patrulla. Siento que en cualquier momento le van a disparar entre todos y luego van a hacer una danza y se van a ir como si nada. Cierro la ventana y lo dejo. Sé que en 10 minutos cuando vuelva a mirar no va a haber nada. Y así ocurre.

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“Mi vida es tibia, carece de energía, de sustancia, de grandeza y de alegría, ¿por qué? Por falta de reactivos, de estimulantes, de circunstancias. Me duermo como la marmota porque me rodea el invierno. El invierno es el ambiente en el que me hallo hundido, la atmosfera inerte embota los espíritus, y las preocupaciones mezquinas, vulgares y fastidiosas me envuelven y me oprimen. Oscilo entre la languidez y el aburrimiento, el esparcimiento en todo lo infinitamente pequeño y la nostalgia de lo desconocido o de lo lejano”. (Diarios íntimos, Henri-Frédéric Amiel)

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Curicó. Mi hermano llega, se sienta en el computador, se pone los audífonos y empieza a gritar ante una guerra que ocurre en la pantalla. Se deja el uniforme y la parca puesta. Nisiquiera se saca los zapatos. Le cuelga la mitad de la parca hacia el suelo y se deja la otra mitad puesta. Su cama desordenada. La mochila abierta en el suelo. Cuanta desidia. Ordeno, boto y limpio cuestiones en el segundo piso. Meto todas las consolas que ya no se usan debajo de un librero. Todos los útiles escolares en una misma caja. Toda la ropa en un mismo mueble. Todos los cables en una sola bolsa. Todos los libros en el librero. Y así. Le pregunto acerca de unas papeles que no sé si botar o guardar, me contesta como la mierda, le digo que estoy haciéndole un favor, me dice que no me ha pedido nada. Me callo y me siento como una mamá. Salgo a ver a mi papá. El colectivo me asfixia. Voy pegado a la ventana buscando alguna foto que sacar al paso. Saco varias y las borro. Llego y mi papá está viendo el mundial sub 17, Mali vs Corea del norte. Tiene la bandeja de comida sobre las piernas, semivacia. Me siento. Nos ponemos al día. Cuando se duerme me pongo a leer. Me gusta leer las Confesiones de San Agustín en su sillón, mientras duerme y despierta y duerme y, con una voz que simula no estar despertando recién, adivina el estadio en donde se está jugando el partido y se vuelve a dormir. Luego despierta de nuevo, ve el final de una jugada y dice “igual que el penal que le cobraron al colo”. Y tiene razón, es igual.

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“En tercero de Literatura me di cuenta de que nunca había entendido la poesía. La leía como si fuesen novelas, de principio a fin, a una velocidad propia del nerviosismo o de la vanidad de acumular lecturas más que de la templanza del análisis”. (G. Eltesch, Colección particular)

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La perspectiva de volver a Santiago me desalienta. Imaginarme de vuelta en la librería no me produce nada bueno. Diciembre va a ser una mierda. El trabajo es como el colegio, solo que hay una recompensa un poco más concreta al final del mes y, al final del día, esa especie de libertad, ese respiro con el que tenemos que hacer magia. Pese a tener a los mejores compañeros posibles, me asquea imaginarme allí durante un tiempo indeterminado. No estoy hecho para el intercambio continuo de humanidad. No sé si estoy hecho para otra cosa en realidad. Nadie está hecho, uno se hace a sí mismo, sí, pero como sea. Hay que abandonar el barco antes de que sea tarde (libros, zapatos, servicios, da lo mismo, tarde o temprano hay que abandonar) ¿Cómo es que todos aguantan como si nada? ¿Por qué no han huido todos, lenta pero sostenidamente, hacia los cerros, hacia los mares, hacia los campos? ¿Por qué, si apenas he comenzado, ya quiero abandonar? Han encontrado una comodidad, está claro, la misma que me esfuerzo en construir día a día, comprando muebles, ropa y demaces artefactos. Debo establecer con firmeza el límite de esa comodidad. No engordarla. Desde aquí es donde se vigila el alma. Un par de años más y ya está. La vida hay que achicarla. Ya sé que no me interesa conocer el mundo. Si alguna vez llego a ir a Japón, tendrá que ser sin haber hecho un esfuerzo. Entonces, de vuelta a las mismas preguntas de siempre ¿Sabré ser un profesor que hace clases dos o tres días a la semana? ¿Sabré ser un escritor que consigue pagar al menos un par de cuentas al mes? ¿Podré ser ambas cosas? Estoy donde mismo estaba hace 5 o 10 años. En lo secreto me gusta estar perdido. Hacia afuera, finjo. Incluso ante mí mismo, finjo. ¿Qué otra cosa podrían ser los bondadosos planes y el cándido futuro que uno sueña a solas?

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Releo todo esto. Vago y redundante. Correctamente escrito y correctamente inútil. Un ciego hablándose a sí mismo mientras tropieza. El mismo dt interior dando la misma monserga de siempre al mismo equipo de mierda. Y sin embargo, hay que hacerlo, hay que acompañar la lentitud de los días, buscar la bondad en el tedio, seguir paseándose encima del mismo mapa, hasta que algo se gaste, hasta que algo cambie.

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“El misterio nos asedia, y justamente lo que vemos y hacemos todos los días es lo que oculta la mayor suma de misterios”. (Henri-Frédéric Amiel)

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