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Archive for 29 diciembre 2014

julio-agosto-septiembre

Crumb - Terry Zwigoff (1994)5

Cuando tenía 13 y 14 y trataba de ser un adolescente normal, era un idiota. Trataba de actuar como creía que ellos actuaban. Venía a ser erroneo y extraño, así que lo dejé… y me volví una sombra. Ni estaba. La gente ni se daba cuenta… de que estaba en el mismo mundo que ellos. Eso me liberó porque estaba bajo presión para ser normal. Así que me interesé por la música antigua, e iba al barrio negro de la ciudad… llamando puertas y buscando discos viejos… y cosas de esas que serían impensables… si ibas a ser un adolescente normal. Sobre los 17 años, empecé con la obsesión esa de… pasaré a la historia como un gran artista. Esa será mi victoria. Esta es mi imagen de celebración de San Valentín, Febrero, 13, 1962 y allí escribí: “Decidí rechazar el conformismo cuando la sociedad me rechazo. He oído todo de ese rollo de ‘se tu mismo’. Cuando soy yo mismo, la gente cree que estoy chalado. Supongo que estoy satisfecho con gatos y discos viejos. Las chicas simplemente están fuera de mi alcance. Ni siquiera me permiten dibujarlas”. (R. Crumb)

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Mi primera impresión es que no sirve mucho para correr este nuevo barrio Yungay. Llego del trabajo y el parque Quinta Normal ya está cerrado. Me paso a este otro parque o suma de plazoletas que queda al lado y me parece hostil. Simple, útil, pero hostil. La gente esparcida en las bancas me ve pasar, se miran entre sí y murmuran. Demasiado corto y descontinuado, quizá no sea un parque apto para correr. Además, el olor a paragua siempre me da desconfianza; todo lo contrario que el decente olor a marihuana. No alcanzo a dar una vuelta entera y me largo de allí. Decido bordear por fuera el parque Quinta Normal. Así tengo al menos una cosa por segura: no me perderé. El semáforo de Matucana con Portales parpadea y apuro el paso. No sé por qué hay que dar una buena impresión a los autos parados. Es inevitable con todas esas luces apuntando. Veo pasar los autos y me siento como una cosa más en movimiento, un auto de sí mismo. Es lo que más me gusta de correr, esa sensación, ese apropiamiento del cuerpo. En la primera vuelta, reconociendo lentamente el terreno veo luz en la caseta de la Armada de chile -una enorme y elegante caseta de superconserjes armados para nada-, entonces entro y les pregunto si acaso tienen alguna cancha, algún descampado, algún pedazo de tierra iluminada donde correr. Sé que dirán que no, pero les pregunto de todos modos, porque lo que me interesa realmente es ver el lugar por dentro, saber de qué estaban hablando antes de que un extraño irrumpiera. Me despido con cortesía extrema, como si temiera que reconocieran mis verdaderos propósitos. Enfilo, entonces, por el borde de una autopista. Una angosta vereda y una autopista. La velocidad de los autos me obliga a aumentar la mía. La pasividad de unos tipos apostados en un sitio eriazo también. Corro como loco. Corro como si una horda de zombies me persiguiera desde todos los flancos. Una mera cosa más en movimiento. Llego muerto al metro Lourdes. Unos perros se espantan. Se espantan pero vuelven a echarse donde mismo. Tendrán que empezar a acostumbrarse, supongo.

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“La lectura es la comunicación perfecta de acciones solitarias: el que se sienta o se recuesta en un poste y lee, da efusivamente el sí, da su acuerdo para hacer silencio, permitiendo a su vez que el silencio largo y terco del escritor adquiera su verdadera razón de ser (…) La palabra no es sólo la intuición que el hombre tiene del tú, sino la alegría que se siente al intuir el tú”. (Andrés Caicedo, Mi cuerpo es una celda)

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“Nunca he escrito cuando era feliz. No quería. Pienso que si pudiera elegir preferiria ser feliz que escribir”. (Isak Dinesen).

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Desde ya imagino el momento en que se acabe el tetris de la vida y empiece La Vida, la otra vida, ese según yo bastante verosímil momento en que ya no haya que ocuparse de la propia sobrevivencia y comodidad como si aquello fuese todo el asunto que se juega aquí. Las cuentas, la comida, las habitaciones, la ropa, los zapatos, las casas, los lentes, el metro, el despertador. No puede tratarse de eso. No, al menos, durante toda la vida. El temor es que los términos se vayan intercambiando, mutando, y que esos rudimentarios objetivos, aunque necesarios, se vayan naturalizando y uno vaya queriendo más, es decir, que luego de hacerme de una bici (que me robaron hace poco, junto con la de N, desde su patio) quiera un auto; que luego del led que pretendo darme para navidad necesite el próximo televisor que poco menos que lea la mente, y así, sucesivamente. Creo firmemente en una base material que permita el espíritu y me hago creer que tengo clarito ese límite. Creo en todas las voladas jipis o neojipis de autosustentarse, pero también soy perezoso y cómodo. Sea como sea, llegué tarde al mundo de la utilidad y pretendo retirarme lo más temprano posible.

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“La vida nos era como un arcoíris al cual pudiera faltarle uno, dos o todos los colores”. (La sangre y la esperanza, Nicomedes Guzmán)

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¿Dónde se va la vida no contada? ¿Qué pasa con todo ese material que no va a parar a ninguna parte? Pienso, por ejemplo, en un libro que sea una recopilación de relatos de lo que hace la gente antes de dormir. Todas las mañas, deberes, rutinas, toda la secuencia del bañarse, cagar, comer, culear, ordenar, lavar. Cómo usan esa porción de tiempo y qué harían si tuvieran tres horas más. La gente que no escribe es la que más escribe.

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“El objetivo de todo artista es detener el movimiento que es la vida, por medios artificiales, y retenerlo de modo que cien años más tarde, cuando un extraño lo mire, vuelva a moverse, dado que es vida”. (Faulkner).

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APUNTES SOBRE EL ESTADO GENERAL DE LAS ARTES
Primero es el llamado a hacer comunidad (a resumir, amplificar y celebrar voces) y luego la coyuntura cultural de la cual surgen unos cuantos objetos visibles. Primero es el sufrimiento y después la exteriorización. Pero lo que predomina hoy es el movimiento inverso: el Espíritu ya no se demora en la negatividad, ya no mastica, y se conforma con perpetuar una misma clase de objetos, una misma lógica de la exteriorización. Todo ha sido sanitizado. Algunos, la mayoría, son inofensivos objetos reproducidos en serie que, sin mediar conspiración alguna, sirven a una dominación de nuevo tipo. Su función es decorar la vida y hacerla más pasable. No aspiran a más y lo saben y son consecuentes con ello. Los presentadores de estelares de televisión lo saben, los creadores de anuncios comerciales lo saben, los políticos lo saben. No es algo grave, claro: la vida es así. Desde formulas narrativas dispensadas como droga al espectador irreflexivo, hasta vanguardias cínicas siempre dispuestas a acomodarse en el living representacional de nuestra época, ninguna de estas obras se plantea su rol histórico; o dicho de otro modo: ninguna se plantea como sujeto (temen al sujeto que como pueblo intentamos una vez, piensan que va a pasar lo mismo, que estamos destinados a no saber pensarnos juntos; creen que la Historia es un guión). Hay otros que lo intentan, claro, obras que son excusas cada vez más elaboradas para recordarnos a nosotros mismos que el sufrimiento existe, pero lejos, en el tercer mundo, en la depravación, y sobre todo en el pasado… nunca en nuestras vidas cotidianas, nunca en esta democracia tan imperfecta pero tan humana como algún presidente de Estados Unidos hablándole al mundo minutos antes de un apocalipsis. Lo cual, después de todo, no es tan mal comienzo. Entonces la preguntra es ¿cuánto llevamos comenzando ya? Lo que nos lleva a un último y reducido grupo: los que no olvidan, los que presentan la naturaleza histórica del sufrimiento, aquellos que rastrean la continuidad de la violencia sin temor a que alguno de los invitados se levante desengañado del confortable y democrático living del presente, aquellos hermosos seres humanos en los que lo estético y lo político son una y la misma cosa. Así que, así como lo veo yo –alguien que no entiende gran cosa de la política efectiva y las divisiones dentro de lo que quizá ingenuamente veo como un solo corazón político- sí hay una vía clara, demasiado ancha quizá, pero certera en su finalidad: hay que violentar la familiaridad bajo la cual esos primeros objetos visibles van adquiriendo vida propia –en el sentido más pedestre (e ingenuo) de invadir culturalmente el capitalismo-, y fomentar esta última vía -quizá un poco más académica; quizá, también, más cercana al anarquismo y la autogestión- en la que la cultura y sus objetos no son presentados como decorados de la vida sino como cuestiones esenciales, como reclamos, como urgencias de visibilización, como construcciones efectivas de comunidad y pensamiento crítico. Toda familiaridad que no esté luchando auténticamente contra algo no merece nuestra tibieza. Por cierto que podemos divertirnos, anhelar e incluso producir ciertos objetos banales. Lo que no deberiamos seguir permitiendo es que vayan ganando los primeros, los pencas de espíritu, los que hablan de su arte cagón en los diarios, los que usan exactamente el mismo lenguaje que el Espectáculo y la dominación, los que pasan anuncios comerciales y luego sonríen, los que están individualmente contentos, los que serán olvidados para siempre.

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“El espíritu es lento porque se demora en lo negativo y lo trabaja para sí. El sistema de la transparencia suprime toda negatividad a fin de acelerarse (…) La sociedad de la transparencia no permite lagunas de visión ni de información. Pero tanto el pensamiento como la inspiración requieren un vacío. En alemán hay una relación entre laguna y dicha. Y una sociedad que no admitiera ya ninguna negatividad de un vacío sería una sociedad sin dicha. Amor sin laguna de visión es pornografía. Y sin laguna de visión el pensamiento degenera para convertirse en cálculo”. (Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia).

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22:30 echado en la cama tomándome un té dejando que en la tele suene absolutamente lo que sea. La marihuana me resetea bien. El día se derrite y cae por los costados de la cama. Una calada y un sorbo. Una calada y un sorbo. Es como si ahora sí que sí empezara el día.

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“Entonces cuando una persona te lleva a otra y terminas carreteando sin haberlo planificado, eso es amor”. (Sebastián Olivero, Un año en el budismo tibetano).

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Que todo haya sido en vano, que la Historia no tenga lado de afuera, que esto que hay sea todo lo que hay: eso es lo que nos salva.

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“Encontrar la propia personalidad en el hecho de perderla”. (Pessoa)

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Nueva casa de Curicó. Ya que en cada ventana o puerta hay visibilidad total con los vecinos, escojo fumar ante la ventana que da a dos tipos sentados en un antejardín tomando cerveza. Nisiquiera me escondo y hasta se diría que quiero que me vean. Y así ocurre. Es extrañamente bonita la cortesía entre los extraños: no sé si es porque me huelen o me ven que levantan sus vasos en señal de salud y yo, para no ser menos, alzo mi pequeña pipa. Es una buena noche.

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L me cuenta que para el triunfo en la semifinal de una supercopa Colo-Colo le ganó a Flamengo, y que tras la expulsión del arquero el defensa Pedro Reyes (uno de los últimos futbolistas con barba) terminó atajando y salvando el partido en último minuto. Me cuenta que fue tal la hazaña que todos salieron tan eufóricos y felices que hasta los abuelitos y las señoras y los niños saltaban y le pegaban al techo de la micro. Me cuenta, también, que para la época de la dictadura y los toques de queda el pololo de su hermana se iba tarde de la casa y se iba caminando con las manos en alto durante todo el camino. Así se aseguraba ante cualquier imprevisto.

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Este interés absoluto por P, ese intempestivo querer saber qué está haciendo, qué soñó, qué ha comido, todo eso es una marea que, irrumpiendo a través de las cosas del día, viene y va. Y no importa la frecuencia de las olas ni la comparación de su marea amorosa con la mía; es el movimiento total del oleaje el que guarda nuestro secreto.

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“Gozando por igual, días y libros”. (Pessoa)

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Comiendo en calzoncillos encima de la cama, mirando por el balcón pensando en no sé qué, oyendo boleros, empezando a ordenar cosas que dejo a medias. Desde que llego del trabajo hasta que me duermo me siento como en una película de Wong Kar-wai.

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Tengo puesto Mentiras Verdaderas, están todos los hueones de Mekano y no puedo evitar sacarle el mute a la tele. Es tristísimo, todo lo que dicen es tristísimo. Jean Philippe -que, al igual que todos los de la tele que alguna vez aprecié, me cae cada vez me cae más mal- es muy cauteloso en transmitirles el sentimiento popular de que son, en líneas generales, una mierda, algo que ya a nadie les importa. Me gusta ponerle mute y enfocarme en los rostros que ponen al bailar. Me río solo. Todo ese empeño. Toda esa importancia. Esa seriedad.
Al final, como guinda de la torta, Rigeo, ya en el panel luego del bailoteo, se pregunta porqué el underground y los músicos “más políticos y comprometidos” no lo quieren. La respuesta es bien simple y para qué la voy a decir yo si otro antes ya lo ha dicho mejor:

“¿Por qué el público ahora apenas se halla ante una obra se lanza sobre ella y se apasiona sea aplaudiendo o silbando? ¿Por qué a veces llega hasta la indignación, hasta la furia? Por igual motivo: el público, tal vez sin comprenderlo con perfecta nitidez, presiente que la nueva obra no es únicamente de un autor dado, de un señor que vive por allí, sino que es algo que va a mezclarse activamente a su propia vida, como alguien que se introduce a nuestra casa. Si no, levantaría tan solo los hombros. Mas no ocurre así. Se indigna. Pues siente que en adelante se ha lanzado al mundo una especie de compañero que vivirá siempre a su lado y si este compañero le es antipático, protesta con furor. Y aquí empiezan las eternas luchas que todos saben: un público que grita, vocifera, que no quiere vivir en compañía de un monstruo dado; el autor y su camarilla intelectual que vociferando también explican que aquello no es un monstruo, que tratándole en tal o cual forma su compañía se hace gratísima, etc., etc.”
(Juan Emar, Cavilaciones)

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Qué hueá más putrefacta que Pato Torres dándoselas de izquierda, de perseguido, de comprometido, de artista profundo. Qué hueá más nefasta ese honor del sufrimiento pasado que algunos creen que es un pase libre para hacer cualquier mierda en el presente.

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L, mi nuevo compañero de depto. Aunque el depto es de él así que en rigor yo soy el nuevo. En fin, siempre que me toca trabajar a mí y a él libre y llego a la casa lo pillo acostado sobre su cama, vestido, leyendo y con la Bío Bío sonando. Se lava las manos con jabón al llegar del trabajo y, antes de acostarse, se lava la cara. Se demora en lavarse la cara más de lo que yo demoro en lavarme los dientes. Hace todo lenta y prolíficamente. Es como un Señor Burns pero de la bondad. Tiene 39 y el año pasado empezó a regalar sus libros. “Para tener sólo 100”, me dijo. No tiene comida en el refri. Nunca lo he visto enojado. No tiene descendencia alguna. Muebles tampoco. El otro día salimos a tomar y gritaba por las calles: “¡La literatura me salvó la vida!”. Lo quiero al hueón.

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UN POEMA PARA LA TELE

Desde la más tierna infancia
He esperado secretamente
Que en la tv alguien se vuelva loco
Algún cuchillo sacado rápidamente
Un dedo volando por el aire
Alguna reina de belleza
vomitando
O algún destacado psiquiatra
O algún hermoso cantante
Cayendo de una silla
Un rictus jamás visto en sus rostros perfectos
Un giro inusitado de la cámara
Dos o traes alaridos del público
Lo real entrando a la fuerza
Como una rata
A un diamante
Luego todo a negro
Y los anuncios comerciales
Perfectamente siniestros.

*
Un documental de Coutinho en la cineteca. Me gusta la idea (entrevistas a cada uno de sus habitantes) pero me duermo en el hombro de P como al quinto entrevistado. Salgo con ánimo postsiesta y caminamos hacia patronato. Un mall chino al cual nunca había entrado. Unos tacos y una horchata que nunca había probado. Unas tardes que nunca había tenido.

*
Me pasa a buscar al trabajo y nos venimos caminando. A las cuantas cuadras, un frenazo, girar la vista, y ver como un gato se enreda bajo las ruedas de un auto que, como si nada, sigue su camino. Como sale disparado corriendo desde debajo de las ruedas pensamos que no le pasó nada, pero avanza hacia nosotros con locura, como desarmándose sin darse cuenta y chocando contra las piernas de unas señoras que van a nuestro lado (y parece que una de las viejas se molesta y, al igual que el auto, siguen su marcha). El gato, adulto, queda botado de lado. Me acerco. Nos acercamos. P, que casi llora, me dice que llamemos a alguien, que hagamos algo. Intuyo que no se va a alcanzar a hacer nada de nada. Le toco la cabecita y me mira. Y ahí me quedo, tratando de transmitirle no sé qué. Trata de moverse pero no puede. Luego, estertores. Por cómo se le contrajeron los músculos de la cara pensé que estaba enojado de que lo tocara, pero no, era la muerte que le vino desde no sé dónde. Mientras moría, no deje de hacerle cariño. Espero se haya llevado una buena impresión de este mundo de mierda, de ese auto de mierda, de esas viejas de mierda

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“Hay unos novecientos millones de aforismos sobre escribir que son ciertos”. (Harold Brokey)

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Me pregunto cómo escriben todos los que, sin que nadie se los pida y sin que sirva para nada, siguen escribiendo. ¿Se hacen un té, se preparan, abren las cortinas, tienen un horario, apagan el teléfono, tienen mesa siquiera? Me pregunto si, cómo me está pasando a mí estos últimos meses, llegan al ridículo punto en que ya ni escriben en presente, así como trato de hacerlo ahora, y en vez de eso se la pasan anotando tópicos, ideas a medio hacer, citas sobre las que después van a tener ganas de reflexionar, sueños que después recordarán, de modo que terminan acumulando y posponiendo el momento de la escritura, alejándolo y ensuciándolo todo con el vaho del compromiso, del deber y la mera costumbre. ¿Cómo no me va a dar lata tener que retroceder hasta las anotaciones de Junio para “quedar al día” antes de seguir? Y, en cualquier caso, ¿cuál es el límite de esa supuesta honestidad temporal de la escritura? Sea cual sea, yo lo voy irrespetando cada vez más.
Cada día me prometo que volveré a escribir al ritmo de antes pero no me cumplo o me cumplo a medias. Pero también cada vez que retrocedo a sucesos anteriores consigo estar de nuevo en ese momento, y como más lo podo que lo expongo, el resultado obviamente es otro. Así que quizá esté bien, quizá sea perfecto así, quizá en esta trampa explicita que es escribir importen un carajo esas moralidades, esas honestidades cuantitativas, temporales, y lo único realmente valioso sea recordar una y otra vez cómo es que esto vale la pena. Esto, es decir, esta disparatada carrera de relevos que ese recordatorio va haciendo a través de todos nosotros los que escribimos como si algo terrible fuera a ocurrirnos si dejamos de hacerlo.

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“Las delicias de una embriaguez están en razón directa con el dominio que uno tenga para seguir siendo durante ella quien era antes de ella y, entonces, poder sentirse “otro””. (Juan Emar, Cavilaciones).

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¿Pueblo o presidente de sí mismo?
Como pueblo me digo: empieza a ver a la gente que quieres. Recuerda el cariño, recuerda cómo te sentías, las conversaciones sobre fantasmas con L, los paseos inútiles con F, los domingos de tesis con Ch, esa noche que con S quedamos cada uno en su colchón bocarriba en conversando como si tuviéramos 15, el silencio y el vino en la montaña con N.
Y como presidente: Publica algo. Menos libros y más ropa. Menos Doggis y más verduras. Menos series y más lectura. Más agua y menos Pepsi.

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Ojalá que esto de ser un constante alegato contra sí mismo sea síntoma de que voy a retomar el ritmo de escritura y proseguiré hacia la mucho menos aburrida descripción azarosa de la vida. Exponerse, dejarse débil, enumerarse, seccionarse, retarse o, como dice Bertoni, “darse vuelta como una chomba”, es necesario, pero aburre. La escritura, esta larga escritura que lo sigue a uno como su sombra, quiere siempre partir de la absoluta individualidad y presentarse como una abstracta solución para ese pequeño sí mismo que pareciera siempre estar aullando, buscando atención. Y aburre. Aburre el tonto sí mismo, porque uno también quiere que la vida social sea la que se “de vuelta como una chomba”, la que se vuelva un poquito más transparente y accesible para todos.
Pero poco importa esto que divago si, de todos modos, al final de una vida cualquiera que haya insistido en esta inútil y heroica senda, la escritura ya se habrá traicionado a sí misma, a su origen, innumerables veces. No le queda otra. El mundo la habrá atravesado y contagiado hasta la confusión total sobre sus límites y su naturaleza. La escritura parte del yo pero éste no tiene la fuerza para retenerla. Nunca la tendrá.

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Varias veces escribo por sobre lo ya escrito. Creo que solo las cartas las escribo totalmente de corrido. Las cartas, es decir, los mails. Abro este Word cada tantas semanas y me doy cuenta que hay cosas que no he dicho bien, otras que no he dicho del todo, y las más de las veces, cosas que sobran absolutamente. ¿Cómo no va a ser hacer trampa escribir así? A veces pienso que mi parte tímida, o mi dificultad de expresar oralmente ideas complejas, tiene que ver con esta manera de relacionarme con la escritura. Quizá si escribiera de corrido pensaría de corrido. Pero no. Soy un tonto como todos. Un tonto que sabe un par de cosas no más. Un tonto que asegura la frase y sabe, casi siempre, cuándo va un punto y cuándo una coma. Un tonto que siente rabia por ciertas cosas e investiga y conecta unas ideas con otras y cree que algo bueno puede salir de aquella insistencia. No tengo la suspicacia que tienen otros. Sé cuando callarme eso sí. Y siempre, pero siempre, pienso que soy uno de los primeros que nota cuando alguien está aburriendo a otros.

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Como escritor, soy un buen pintor.

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Cualquiera puede sentirse Bataille durante algunos segundos, varios son Bataille toda la vida, pero son bien pocos los que traen buenas noticias de vuelta desde el abismo. Los que rompen con todo y te muestran las manos heridas y los colmillos con sangre y las meras lágrimas ya no me tocan tanto como antes.

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TOUCHPAD Y LA CONCHADETUMADRE LLEVAI AÑOS MOLESTÁNDOME LA ESCRITURA Y AHORA QUE TENGO NOTEBOOK NUEVO NO SÉ DÓNDE MIERDA ANULARTE.

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Junta con J en ARCIS. Miércoles de Hegel. Hace como un año que no lo veo y hace como un año que no vengo a Hegel. Quedamos una hora antes del seminario. Entramos a un café que queda cerca porque el ARCIS, incluido su casino, está desierto. Un café que en realidad era el primer negocio donde compraba colaciones cuando entré a Sociología. Seguimos siendo los mismos. Ahora tenemos que hacernos cargo de un par de cosas, pero seguimos siendo los mismos. Las buenas amistades tienen un botón de pausa y todo comienza donde había sido dejado. Me cuenta que lo despidieron de un trabajo de conserje porque lo pillaron haciendo yoga. Me cuenta que la mujer con la que vive trabaja y él se queda en casa haciendo el aseo. Me cuenta que hace clases un par de días a la semana y con eso, al menos hasta ahora, vive. Me enseña a hacer galletones de avena con plátano. Me cuenta que cierto compañero de Filosofía ahora se hizo RATI. Acabamos el café y las habas al merquén que andaba trayendo y volvemos al ARCIS y nada, nadie. Conversamos hasta que la señora empieza a hacer aseo encima de nosotros. Nos despedimos y quedamos de juntarnos a ver la última de Terry Gilliam. J, querido.

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EL ÚLTIMO DÍA DE JULIO (He Xiaozhu, 1963)

En el libro que estaba leyendo
una frase me hizo pensar
en unos viejos amigos.
Por eso cerré el libro
y bajé a la calle a dar un paseo
En el último día de Julio
En Guizhou está lloviendo a cantaros
pero en Chengdu solamente
soplaba el viento sin parar
Al pasar por una verdulería
vi los mangos
y de golpe me acordé de un hecho del pasado
Sin poder contenerme
me compré dos
y me los traje a casa.

*
“Creo que toda nuestra vida, su oculto significado, podría reducirse a esta síntesis: un ser que exista; luego un desdoblamiento; una parte (la conciencia) que se vaya separando y dándose cuenta de la otra y, así como vaya desprendiéndose, así vaya conociendo”. (Juan Emar, Cavilaciones)

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¿Por qué aún no aprendiste a poner bien tus bombas, Chile? Ahora que el enemigo se ha disuelto, ahora que nos dominamos unos a otros e incluso internalizamos la dominación, ¿no deberíamos estar construyendo nuestras nuevas bombas? ¿No deberíamos al menos estar escribiendo novelas o haciendo películas o haciendo cualquier tipo de arte que tematice la comunidad y la rebeldía que queremos? ¿Cuándo te vai pegar una apuradita, Chile? ¿Cuándo te vai a alcanzar a ti mismo?

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Un cerro de libros en el velador y un solo pantalón para ir a trabajar. Falta de ropa interior y camisetas también. Urgencia total de otro par de zapatos-zapatillas cómodos para estar parado en el trabajo. Un refri sin la comida sana que me había prometido a mí mismo. Los lentes culiaos que se me desarman y los pego con la gotita y vuelven a desarmarse y aplazo la ida al oculista para renovar la receta porque también he aplazado el asunto de mi afp así como aplazo todo lo relacionado con papeles que no entiendo. Debo abandonar aquí en unas cuantas semanas y no encuentro nada. Pero tampoco busco tanto: no quisiera irme donde cualquiera. La misma paja eterna. El mismo cuentito de siempre. De a poco me voy viendo pillado y cabreado por las circunstancias. La idiotez de sentir que algo así como el destino está empecinado en ponerle a uno el mismo puto tipo de pruebas. Ya no alcanzo a leer por las noches. Leo, pero no como quisiera. Escribo, pero no como quisiera. No entiendo cómo lo hace el resto de la gente. ¿Por qué pareciera no importarles esto que a mí me importa, esta vida que se pierde, esta reducción del ocio vital? El resto de la gente que escribe y lee y trabaja, ¿cómo chucha lo hace? En los días libres veo a mi polola y una vez al mes voy a Curicó. Para qué voy a decir que ya ni corro como quiero, o que ya ni limpio la pieza. El orden inicial de la pieza, de los cajones, de la ropa, se me fue a la mierda. Tiro la ropa donde sea. Los amigos ya ni existen. No veo una película hace semanas. Y sigo acumulando libros como energúmeno.

*
Lucy gratis para los dos porque está de cumpleaños. Dos o tres parejas más en el cine. Quedo con sensación de cine, hablando rápido, haciendo como que soy inteligente como Scarlett Johansson y puedo solucionar mis problemas cotidianos así. Al rato estamos en Bellavista y Patronato buscando un lugar donde comer. Un lugar digno de un cumpleaños. No conocemos nada. Entramos a uno y es triste, la carta es triste, no nos gusta nada, nos sinceramos y nos vamos. Encontramos una comida coreana. Como no cacho nada, pedimos de más y nos llevamos lo que sobra. Sudo, sudo como enfermo comiendo Ramen o como quiera que se llame este caldo con cerdo y picante y cosas flotantes. El dueño, que se pasea por todas las mesas, llega a la mía y dice algo respecto a lo bueno para la salud que es este asunto. La mesa se ve excesivamente llena y aliento a P a que hay que ganar esta batalla. Nos vamos con las sobras en una bolsa. Pasamos al supermercado chino a comprar cositas. Llegamos a la casa y echamos una siesta. Olvidamos poner el despertador y despertamos a media hora de que parta mi bus a Curicó. Corro, corremos. Se me quedan las llaves y vuelvo. Tomo una micro cualquiera hasta la alameda. Ni alcanzo a despedirme de P. Siento que no voy a conseguirlo y éste, uno de los días más lindos del año, va a tener un cierre de mierda. Pero en la micro una señora que es un angel ve mi sudor y mi apuro y mi complicación y se acerca y me recomienda que me baje una cuadra antes de no sé dónde y lo hago y efectivamente la micro se queda pegada en un taco mientras avanzo hacia el metro, lo agarro altiro y salgo disparado del andén hacia el terminal y llego justo al bus que se había retrasado 5 minutos en partir.

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“Las obras nutren a los hombres. El demonio y sus cohortes devoran el pensamiento humano que uno no ofrece a los humanos. No comen obras, por negativas que sean”. (Juan Emar, Cavilaciones)

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Solo tienen valor los pensamientos mientras andamos.

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Tres días libres en Curicó. Recién al segundo día siento que llegué. El tiempo vuela acá. Los días se acortan a través de las películas con mi hermano y la interminable FA Cup que me estoy mandando con el City (entre los tres primeros siempre). Ya con la primera siesta me siento en posesión total de mí. Me siento claro, enfocado y medio nuboso. Saco cuestiones de las cajas y a falta de muebles las dispongo por las orillas de este generoso espacio en el segundo piso. La tele se ve mal pero se oye. Mientras se disipa el ánimo postsiesta termino de ver el documental sobre Pablo de Rokha. Termino también de romper este sofá que ya venía muriendo hace meses. Madre, al igual que yo, despierta hacendosa de la siesta y anda de acá para allá. Mi hermano, homogéneo en su adolecer adolescente, responde a todo con un “me da lo mismo”. “¿Vemos la peli antes o después de que venga Bruno?”, “Me da lo mismo”. Entonces escribo, escribo esto y decido darme un perdonazo escritural y otorgarme el derecho a resumir los últimos tres meses en uno solo. Total.

*
Solo me acuesto del todo (con los dos pies estirados bajo las tapas) cuando estamos juntos. Ahora, solo, viendo series y escribiendo leseras, mantengo siempre un pie en el suelo. De hecho, desde que llego, siempre tengo un pie en la cama y otro en el suelo. Me doy cuenta cuando ya son las una de la mañana y me da rabia haber estado innecesariamente incómodo.

*
De noche
Cuando soy
Ya no queda nadie.

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Amo y rabeo, si tuviera que resumirme, puro amo y rabeo. Pero más amo que rabeo. Si rabeo paso rápido a lo que sigue (otro rabeo, la medianía o el amor), pero cuando amo todo queda incluido, subsumido, y hasta confundido. Rabiar me hace saltar de una cosa en otra y el amor salva la distancia que hay entre las cosas y también la que me separa a mí de éstas.

*
¿Por qué me dio vergüenza que la cajera del Doggis que siempre va a la librería me pasara los dos Mixers cantando y casi bailando Billy Jean? ¿Para qué me fui casi corriendo como si fuese culpable de no sé qué?

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Último día de septiembre. Tardamos en salir de la cama. Desayunamos y seguimos durmiendo. Despertamos y nuevamente la demora. Pero no hay nada que hacer así que la demora no existe. El día es un colchón y sobre él nos tendemos. Luego, ahora sí, nos levantamos, sin bañarnos, y enfilamos al parque Quinta Normal, sudamos unas cuantas vueltas y volvemos a bañarnos y cocinar. Nunca hemos estado en la calle por la mañana y esperemos que así siga.

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