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Archive for 25 marzo 2015

enero-febrero

“Se dice comúnmente: si suprimís la propiedad de la tierra y de los productos del trabajo, los hombres, expuestos a todas las expoliaciones, renunciaran a trabajar y a producir lo que no estén seguros que vaya a quedar en su poder. Yo creo que debería decirse: el sistema de violencias que protege actualmente la apropiación y el reparto injustos de la propiedad ha destruido, o por lo menos ha debilitado de un modo sensible entre los hombres, la idea natural de justicia que dicta no usurpar a los demás los bienes necesarios que son producto del trabajo personal –es decir, la noción innata del verdadero derecho de propiedad, sin el cual la humanidad no puede vivir, que ha existido y existe aún en la sociedad-”. (Lev Tolstói, Contra aquellos que nos gobiernan)

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Me gusta cuando, por ciertas entonaciones de la voz o ciertas palabras que no dicen habitualmente, a la gente se la nota que anda feliz y hacen como que uno no se diera cuenta o realmente no se dan cuenta o escogen no darse cuenta del todo y uno, que se da cuenta de todo esto, se suma, escogiendo también, en la medida de lo posible, no darse cuenta, entonces se produce una confusión y un desconocimiento total acerca de quién y cuán conciente se está del propio ánimo y sus causas, y es eso, esa confusión, ese indetectable e inapropiable relevo de la gracia, lo que yo, humildemente, llamaría felicidad.

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“Yo también me he estado recuperando, como tú, de varios rayones en el coco: noto mejoría notable cuando estoy solo, cuando se trata de altercar o hacer progresar ideas por medio del diálogo entre dos o más personas, soy casi un inútil, hermano, es una vaina, si con estas limitaciones para la vida pública no logramos dedicarnos a escribir estamos jodidos”. (Caicedo a Germán)

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El solitario gargajo al despertar es la opinión del cuerpo sobre todo esto.

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Caminata nocturna con F. Un pack de cervezas y el viento que, siempre tarde, premia a una ciudad semivacía. Siento un domingo por todas partes, pero es lunes. Se me acabaron los calzoncillos y la ropa en general y ando con unos trajes de baño y una polera con piquetes de polilla y floja como un moco y encima de ésta mi única camisa manga larga arrugada. F lleva el pack en una bolsa negra. Llama a E: “¿Algo para la mente, vieja?”. Y nada. Ya nadie tiene. Y está bien. Casi un mes sin fumar y está bien. Atacamos unos completos pésimos que no duran ni media cuadra. Los comemos caminando porque los tipos que atendían parecían muy nerviosos o molestos de tener que compartir su espacio con nosotros. La gente no se ve feliz en sus trabajos o, lo que vendría a ser lo mismo, todos se esfuerzan por parecer felices en sus trabajos. No nos veíamos hace tiempo con F. Soñamos la nueva casa, el nuevo espacio, la unión de nuestras bibliotecas. Nos ponemos al día. Sacamos cuentas. Compartimentamos nuestra actualidad. Me cuenta que fue a Curicó (y soy yo el que tiene familia allá). Me cuenta que ahora sí que está solo. Nunca le creo que ahora sí que está solo. Abrimos otra lata. Le digo: “no es lo mismo esta lata caminada que una lata sentados”. Tratamos de comprar en varios locales que están cerrando y cada vez que nos pasa decimos: “como en la vieja época”. Errábamos harto en la vieja época, cuando el ocio universitario permitía paseos infinitos. Me acuerdo de una vez que seguimos a un vagabundo desde Plaza Italia hasta Pedro de Valdivia: su asunto, su método, su específica locura, era ir bordeando a la perfección las murallas de la ciudad, de manera que si una calle tenía edificios hacia adentro, o alguna especie de muelle o pasaje sin salida o bifurcación de cualquier tipo, él tenía que recorrerlo y pasar rozando cada borde. Encontramos a P, compañera de universidad, en una mesa de un local en el que también fracasamos en una compra de italianos (que iban a compensarnos del otro recién comido, tragado, olvidado). Sin saber qué decir le pregunto cómo están los italianos ahí, si tienen mayo casera o qué. Debería preguntarle por su hijo. Debería preguntarle si está haciendo clases o qué. Por mi apariencia creerá que mi vida es un fracaso rotundo. Conseguimos unas papas fritas en el camino para sacarnos el mal completo. Aún quedan dos latas. Llegamos acá, a mi depto que en realidad es su depto, con sus cosas, con sus muebles, con la mezcla de sus libros y los míos apilados o en cajas. La tele en mute y una música fuerte. Más sal y merquén a las papas. Uno de esos festivales de verano en la tele. Sentados en la alfombra vemos a los humoristas y nos saltamos todo lo otro. Los días no tienen remate y esto tampoco.

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Viendo a Liam Nise en Taken se me salen varios “wena”.

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“Soy de los que acumulan y juntan cosas inservibles. De eso se trata escribir, creo”. (@EmmanuelTaub)

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Un par de pelotudos me gritaron improperios mientras subía en el ascensor porque no los esperé. Los hueones estaban conversando abajo, apoyados en la puerta, ¿qué iba a saber yo si iban o venían? “¡Los espero en el cuarto piso!”, grité hacia abajo, desde mi puerta, con una entonación muy grave y certera. Luego me entré, apagué las luces y abrí mi cerveza.

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Fracasamos como especie cuando empezamos a decir que las cosas valían $999 y no $1000.

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Salgo atrasado. Llego con la polera al revés a trabajar. Mis compañeros me avisan, casi con pena. Al rato, contesto una pitanza. Nisiquiera bien elaborada: sólo un niño haciendo ruidos extraños. Pagaron una miseria de bono navideño. Trabajamos como monos y nada, cien lucas. Si vendemos el doble, si estos conchesumadres ganan el doble, ¿por qué, al menos en diciembre, no ganamos también el doble? Putos del alma. Lo único bueno de este día es que un perro Teckel entró a la librería. Pero no alcancé a tocarlo.

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“El mal es todo lo que concebimos y desarrollamos para que atente contra el destino que nos proponemos irreversible, que sólo en nosotros está dado realizar”. (Andrés Caicedo, Mi cuerpo es una celda)

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“Somos respuesta aunque no sepamos cual era la pregunta”. (@ConstantinoBert)

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Viernes por la noche. Veo una película en la que Denzel Washington mata a un tipo dándole tres certeros golpes con un libro de Hemingway.

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“Cuanto más diferente es alguien de mí, más real me parece, porque menos depende de mi subjetividad. Y es por eso que mi estudio atento y constante recae sobre esa misma humanidad vulgar que me repugna y de la que estoy tan lejos. La amo porque la odio. Me gusta observarla porque detesto sentirla. El paisaje, tan admirable como cuadro, es, en general, incómodo como lecho”. (F. Pessoa, Libro del desasosiego)

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El día libre siempre es una cuenta regresiva. Hay que hacer algo al respecto. Tengo que recuperar o inventar una nueva experiencia del tiempo. Delimitar. Desechar. Me sueño relajado recibiendo el viento en un sofá leyendo y durmiéndome alternadamente, o visitando o recibiendo visitas de amigos, sin apresuramiento alguno, como si mañana no empezara todo de nuevo, pero la verdad de mis días es que siempre estoy endeudado, desfasado, atrasado respecto a mí mismo, a mis deberes íntimos, a los libros que se acumulan, a este Word, al orden de las cosas mismas de este depto, pero también al orden de las citas que colecciono como enfermo, al respaldo de películas y su pertinente separación entre aquellas que dejo para ver en Curicó con mi hermano, las que veré solo y las que veremos con P, por no mencionar el orden de las carpetas del notebook y la configuración total del mismo (para que sea exactamente igual al que tenía el año pasado) Ahora mismo, por ejemplo, se me acaban de romper los lentes, de la nada, porque sí, por pencas, por baratos, qué se yo. Uno aquí escribiendo y de pronto un clic, como un disparo de un francotirador invisible, entonces me pongo a buscar la boleta y, curiosamente, la encuentro, de modo que a la tarea de atravesar el calor para ir a buscar un comic de regalo de navidad atrasado para mi jefa se le suma la de ir a la óptica en cuestión. Ni siquiera he almorzado. Mejor una once comida con la polola que llega a la tardenoche, una película, True Detective, nuestro rompecabezas, algo, algún tipo de estiramiento del cuerpo y de la mente. Con ella sí que me relajo y me estiro y me clavo al presente. Solo aquí, en calzoncillos y con la Beethoven a todo lo que da esta pequeña radio con un solo parlante bueno, soy un obsesivo autoajuste de cuentas.

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“Nadie gana. Un bando sólo pierde más lentamente”. (Prez, The Wire)

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N insiste en unas latas después del trabajo y, cosa rara, cedo. ¿Por qué siempre me resisto a unas latas después del trabajo? Ahumada nos hunde en diálogos sórdidos; los que, pasada las nueve de la noche, aún siguen allí, insistiendo, son una mezcla indiscernible de fuerza, injusticia y melancolía Seguimos y nos sentamos en una banca al costado del Teatro Municipal, por Tenderini. Emerge otra temporalidad, otra luz. Hace meses que no tomaba y supongo que por eso todo se va volviendo progresivamente apacible. El tiempo que nos queda es el tiempo de la próxima y última lata.

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Incluso los cuentos más malos de Bukowski me gustan porque siempre hay descripciones de personajes así como ésta: “Una mujer muy fea de orejas como pastelillos y ojos como el interior de las almas de las arañas”.

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“Palabras, palabras fuertes mías, concédame unos sueños en los que pueda mirar al futuro, y un amable despertar, y justeza y juicio para las quince horas de mañana, que no se me hagan duras, que mande yo, que mande el que habita en mí y hace cinco años que no sale”. (Andrés Caicedo, Mi cuerpos es una celda)

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Día lleno y raro y al final, porque sí, paz.

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Hace rato que el tiempo empezó a correr más rápido. La utilidad lo ha inundado casi todo. Es algo que incluso noto al teléfono, cuando voy al grano, cuando me encuentro a alguien en la calle, cuando titubeo menos que antes, cuando sé qué hacer en los momentos incómodos en los negocios, etc. Pero sé que mi estupidez sigue ahí, latente. Sé que una torpeza esencial me habita. Sobrevivir en una ciudad, pagar las cuentas, tener comida en el refri, cualquier imbécil puede hacer eso. Bueno, no todos. Pero sabemos que los que no pueden para nada no tienen toda la culpa y que a veces, en ellos, el triunfo sobre el mundo coincide con el triunfo de uno ante sí mismo. A lo que voy es que… en la misma medida en que busco perfeccionarla, necesito también contrariar esa estabilidad; estar feliz con lo que soy, con los días, con lo inesperado, sí, pero jamás elevar a certeza esa superación de la inseguridad. Cuando estoy solo echado en la cama, me hago siempre la misma pregunta, que claro, ni siquiera es una pregunta –porque, salvo que uno esté en una película, ¿quién se hace preguntas formales a sí mismo?-, sino un ámbito por el que paseo libremente la voluntad, y, en definitiva, me pregunto, me digo, ¿soy, acaso, un adulto? Hace poco le dije a P que esto, esta vida de ahora, este momento preciso, era algo que debería haber ocurrido hace cinco años, sino más. Entonces ella me dijo que los treinta eran los nuevos veinte, y que los nuevos cuarenta eran los treinta, pero que, en su caso, los veinte no eran los nuevos diez años, que los veinte eran los 20 no más. En fin, mi punto, lo que quería empezar diciendo, era que no es al final del día sino en las noches de mis días libres cuando junto fuerzas, pienso y atiendo las cosas que voy anotando en distintas partes. La noche real no es al final de cada día sino al final de cada cúmulo de días seguidos de trabajo. La semana es el nuevo día. El año es el nuevo mes. Y así, lo único que sé, lo único que se me ocurre para ponerle una palanca a esta avalancha de naturalizaciones, es esto, la escritura. Y leer, no solo en libros, leer. En mis relaciones, en todas las cosas que pasan en el día, no simplemente pasar por encima, demorarse, demorarme en los otros, leerlos bien.

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Suenan distinto
Los perros que ladran contra el frio
En vano.

(G. Millán)

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Si tuviera una y no cinco almohadas las opciones de acomodo serían menos y entonces me dormiría mucho más rápido.

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Engordo y me molesta. La vida rápida ofrece basura rica y eso es lo que tomo. En el centro: manzanas a trescientos pesos cada una. Empezaré a hacer flexiones en la pieza. Empezaré a hacer cualquier cosa que pueda hacerse con un cuerpo y una pieza. Si supiera exactamente qué hacer con la eterna lesión de ambos gemelos, volvería del todo a correr.

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“Cali no tiene nada que verle, demasiado el romance tonto, la contemplación de atardeceres, sentirse que se está en familia y terminar en pasarse los días sin hacer nada. No quiero más a esta Ciudad, no así de cerca. La amaré de lejos, muy lejos”. (A. Caicedo, Mi cuerpo es una celda)

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El Estado nos protege como el padre que le dice al vecino que solo él puede golpear a sus hijos.

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“No cometo la equivocación de redimir la imagen de la ciudad con la imagen de las personas queridas”. (Silvina Ocampo, Los días de la noche)

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¿Qué es un nuevo día?
Leo, bebo y meo,
tardándolo todo.

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A ojos cerrados
mientras cae el champú
como que duermo.

*
De madrugada
recortando mi barba
resulto odioso.

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Con P a Curicó. Como siempre, el bus es pura resistencia, puro obstáculo. Un aire como la mierda y una película a todo volumen: el inconfundible pack de Buses Díaz. Yo en serio me pregunto si no lo harán a propósito porque, ¿qué tan difícil es calcular una temperatura RAZONABLE y, a falta de audífonos para todos, poner la película a un volumen MODERADO? Need For Speed. Esa nos tocó ahora. Frenazos, chirridos, choques, explosiones. Y de agregado, ya no el conocidísimo aire tibio y denso e irrespirable de todos los viajes anteriores, sino el quizá aún peor aire frío por los costados y por un pequeño tubo directo hacia la nuca. Un tubo o dispensador o mierdecilla absolutamente inútil, roto, triste, al cual terminamos metiéndole pedazos de confort para anularlo. Podríamos haber bajado a comentarle alguna de estas cosas al auxiliar, pero preferimos sacar toda mi ropa del bolso y echárnosla encima.

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De Carta

(…)
Mis amigas son tres y vamos a ver pasar los trenes
Sólo a una le he tocado las mejillas
Después que ella me ha dicho que me cuide
Tú sabes que a mí no me gusta el mar
Demasiado grande
Es mejor mirarlo en un calendario ridículo
Ridículo como debo ser yo volviendo a ser un adolescente
Para el cual el tren
Es la llave que abre mi puerta
La hoja que pasa volando
(…)

(J. Teillier)

*
Sábado. Dejamos que madre descanse. Le comunicamos que nos encargaremos del almuerzo. Me gusta verla echada ahí, la cabeza tapada por algún libro, ese canal de radio con música clásica que viene al final de todos los otros canales. Enfilamos al súper y el sol de Curicó es tan odioso como el de Santiago. En el camino saludamos a todos los perros. A los que están enojados y a los que no también. Volvemos con lo necesario para hacer lasaña de verduras. Almorzamos y dormimos, madre abajo, yo con P arriba. Despertamos y vemos St Vincent. Un Bill Murray demasiado histriónico como para que sea una película recordable. Igual se me caen unas lágrimas con la escena final y me quedo viendo todos los créditos porque de fondo está Murray regando un patio miserable echado en una silla de playa cantando The Times Are A Changing de Dylan. Luego salimos a correr por la carretera. La ciudad se acaba y le abre paso al desorden, al basural, a la ruina; luego, el campo, las cercas construidas a mano, las gallinas, los perros juntos como amigos con las gallinas, la lentitud de las miradas, un hombre con su hijo en una bicicleta de hace cincuenta años. Cae la tarde, pero no están los colores que vi la última vez que hice este recorrido. Tampoco llegamos tan lejos. Ambos estamos fuera de training. Volvemos caminando, sudados, imaginando en voz alta qué vamos a comer.
Por la noche vemos dos al hilo: Gone Girl y Whiplash. Demasiadas expectativas con la primera me jugaron en contra. No había nada de esos diálogos rápidos e inteligentes que no me acuerdo quién me prometió. ¿Habrá sido Birdman que dejó la vara muy alta? Con Whiplash, que ni sabía de qué iba, me llevé una buena sorpresa: un cabro de 19 años que quiere ser el próximo Charlie Parker. Obviamente me conquistó por el soundtrack. El profe era como uno de esos viejos culiaos de Master Chef, pero de la música y vestía siempre con camisetas negras, porque así debe vestir la gente del jazz. Igual, como dijo por ahí un amigo, una película tan buena como cualquier otra de esas que hay que mostrarle a los alumnos en la enseñanza media para que aprendan un par de cosas.

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Domingo. Desayuno viendo al Arsenal, esperando la entrada de Alexis en el segundo tiempo, pero nada, los relatores nisiquiera lo mencionan. El dvd nuevo estaba medio raro pero P le agarró la mano y consiguió que se vieran los subtítulos con los que estuve rabiando el Viernes desde que llegamos hasta que me dormí.
Las dos mejores cuestiones del día: el especial de navidad de Derek y una nueva serie que comenzamos: Transparent, con Jefrey Tambor como un amoroso padre transexual.

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“No escribe mal, lee mal”.

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“La muerte no es otra cosa que un espacio gris en donde se está bien, flotando uno con cara de tonto, con la boca abierta, llena de agua”. ”. (Andrés Caicedo, Mi cuerpo es una celda)

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“¿Cuándo adquiriré la buena costumbre de no dar a esta gente más que aquella parte de mi alma que corresponde al dinero que me pagan?”. (Stendhal, Rojo y negro)

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Hoy mi amigo de hace más de 10 años duerme en su propio sofá en el living de su propio departamento que me arrienda provisoriamente por mucho menos de lo que le sale y hace un calor de la puta madre. Ha terminado de escribir una carta. No tengo la menor idea para quién sea. Sólo tengo la certeza de lo bueno que es ver a alguien echado en un sofá escribiendo algo para otra persona en un pedazo de papel. Pongo a Blind Boy Fuller, en parte para que pueda dormir, en parte para echarme un rato a leer. Pero no leo y escribo esto. Me aburriría profundamente tener que relatar este día. Si escribo menos que antes es justamente por eso: porque me veo en la necesidad de escribir cuestiones precisas, de sacármelas de encima y entonces me dan ganas de no hacerme caso y, por terapéuticas y fomes, omitirlas. Echados en la alfombra, unos tés, unos arroces con huevo y una rutina aparentemente nueva de Alvarito Salas. Unas latas de cerveza. Una cola que dejó Bruno. En realidad Alvarito Salas tiró unos cuantos chistes nuevos pero todo el resto era lo mismo de siempre. Hay todo un asunto ahí, en la relación entre la memoria de la gente y la posibilidad de los chistes nuevos. Esparcidos por la alfombra, carpetas y papeles con los requisitos necesarios para construirse una legitimidad ante los corredores de propiedad. Los días raros y llenos traen una extraña paz. Una paz que se conquista como si nada, al final de todo, lanzando la ropa a la lavadora, vaciando la mochila y redistribuyendo todo. Las casas, las camas, los muebles, los lápices, los libros y la configuración y la relación entre sí de nuestras pequeñas posesiones y lugares nos salvan un poco. Como todas estas últimas noches, leo una o dos cartas de Caicedo antes de dormirme y me pregunto qué irá a ser de mí. Yo que ni sufro. Yo que ni sueño en grande. Yo que estaría conforme con ganar 150 lucas al mes escribiendo casi de lo que sea y complementando por otro lado con un trabajo que no me chupe toda la energía y todo el tiempo del día.
Uno cree que pide poco, pero en el fondo todos piden poco, y quizá todos quieran ese mismo poco.
El tecleo o el blues inquieta a mi amigo. Lanza la almohada y deja la mano ahí, flotando, tiesa. 1:41 y picor de ojos. Era.

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“La belleza del paisaje está en su amargura”. (Ahmet Rasim)

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Cuánta crianza miserable del tipo “no hagas tal cosa porque x se va a enojar”. Si formaran a sus niños en el materialismo histórico no tendrían para qué exagerar en la exterioridad y la fantasmagoría del castigo.

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Curicó. El bus me arruina y me sana. Saliendo de dos días de diarrea, me subo al bus y empiezo a sentirme amarillo y leve. Me cuesta todo. Ponerme el cinturón, dejar el bolso en el compartimento de arriba, guardar el libro que había sacado pensando que iba a poder leer. Los brazos pesan y la cabeza hay que moverla lentamente. Esperar que pase el auxiliar cobrando el boleto es una tortura. Respiro hondo y mantengo los ojos cerrados. Confió en que el sueño me va a reparar. Y así sucede. Me mando tres sueños cortos y cada vez que despierto constato el avance en el reseteo corporal. Es bonita la alegría solitaria de mejorarse. Despierto del todo con el bus ya entrando a Curicó. El mismo camino de siempre. Como llegué más temprano que otras veces me topo con unos cuantos corredores y siento envidia. Ya voy a volver ya.

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“Uno es incapaz de citar algo que no sean sus propias palabras, quienquiera que las haya escrito”. (EVM)

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Cuando escribo de madrugada con alguna música clásica sonando y todo está casi bien, pienso en Bukowski, cómo fluía y luego uno mismo fluía. Recuerdo cuando a los 17, una noche cualquiera, abrí un Word y empecé a ver qué pasaba, qué cosas salían cuando no se trataba de un poema o un cuento. Había empezado a leer hace poco sus diarios de vejez en donde, como en ninguna otra parte, habla del placer de escribir, de estar solo, de no necesitar nada salvo una radio vieja.
Así que me cargan los que así sin más despachan a Bukowski por todo el asunto del machismo y el alcohol y las peleas y el imaginario y el tipo de fans que surgen de eso, no tienen una puta idea del amor por la escritura que puede entregar el viejo y no tienen una puta idea de toda la ternura contenida en una obra que está llena de perdedores, pobres y locos.

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“Hemos creado al ser humano en tensión”. (Coran)

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Vuelvo al viejo barrio, a las 4 o 5 casas donde crecí, al río Guaiquillo, a los árboles que estaban antes que nosotros. Pero no voy por pura nostalgia, voy a la casa de alguien a buscar el control del play. Algo tienen todas estas casas. Paso y las ausculto una a una. Algo tienen en común y no sé qué es. Los abuelos regando en los jardines saben algo que yo no sé. Se nota que todas son casas que tienen más de 10 años siendo habitadas. Los arbustos o plantas que tienen no son decorativos sino cosas vivas, reales, participantes concretos de la vida cotidiana. Ni hablar de enanitos, pajaritos falsos, fuentes o cualquier figurita de yeso. Es increíble como ninguna de estas casas, al menos por fuera, denota algún coqueteo con los gustos de la modernidad. Carecen de artilugio alguno y, quizá por lo mismo, gozan de una elegancia premoderna que me mantiene atento durante todo el camino.
Me paseo alrededor de las casas donde crecí, pero no agrego nada a lo ya definitivamente recordado.

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“El bosque se abrió hacia un valle, después de la última granja vino una subida con empinada con nieve mojada hasta Gedächtnishaus, pasando la altura volví a la ruta. Una mujer mayor, rechoncha y pobre, que está juntando leña, me dirige la palabra, enumera a sus hijos, cuándo nacieron, cuándo murieron. Como siente que quiero seguir viaje, habla el triple de rápido, resume destinos enteros, saltea la muerte de tres chicos, pero después las recupera porque no quiere que queden ignoradas, y todo esto en un dialecto que me hace difícil seguirla. Tras el deceso de toda su generación de hijos sólo dijo sobre sí misma que ella junta leña, todas las mañanas; habría querido quedarme más tiempo con ella.” (Werner Herzog, Del caminar sobre el hielo)

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Una con catorce de la mañana. Suena Bach. Una de las buenas, no esas mierdas que hacen pensar en iglesias o animales demasiado limpios bebiendo de un riachuelo. No salí en todo el día de la casa y siento un extraño orgullo al respecto. Salvo por tuiter, no sé qué ha pasado en la tele, es decir, en el mundo. Las tareas placenteras que uno se da a sí mismo tienen un tiempo que siempre está en lucha con el tiempo de la utilidad. Escribí, traspasé algunas citas, leí, dormí siesta, embalé cosas, ordené y vi una pésima película recién. Me fumé una cola (un puñadito de hoja acogollada que B me pasó) apoyado en la ventana. Cuando fumo (últimamente, cada dos o tres semanas) nunca veo a nadie fumar nada. Podría ocurrir alguna vez: yo fumando en la ventana, veo a otro en lo mismo, por ejemplo en el edificio del frente, y no hacemos nada, no nos saludamos, nisiquiera levantamos levemente el cuello y, en cambio, pensamos, cada uno en su edificio, que algo agradable y difícil de descifrar hay en la imagen de un desconocido fumando con los codos apoyados en su ventana. Sigo y seguiré alimentándome a base de pan de molde, galletas de agua, dulce de membrillo, mermeladas, carnes blancas, sopas de verduras (de verdad, no de sobre), té, arroz y tallarines blancos. Hace cinco días que cualquier cosa distinta a ese grupo me hace mal inmediatamente. Algo debo tener pegado dentro, pero no hay tiempo ni voluntad ni dinero para doctores. Me digo a mí mismo que me servirá para bajar de peso, gastar menos y dejar de pensar en qué hacer de almuerzo. Mañana trabajo y quisiera que no fuera siempre igual, que algo nuevo pasara con esta absurda relación del tiempo con la voluntad. Sería agradable poder restar algo de este tedio anticipado, eliminar aunque fuera un poquito de este sentir que, ya desde las doce en adelante, lo inevitable, la eterna repetición, acontecerá. Por eso pongo Bach, supongo. Por eso me pongo a escribir esto que, aunque dura lo que dura el párrafo, desnaturaliza un poco la absurda relación de mi voluntad con el tiempo.

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Tengo que hacer algo contra (o con) ese impulso que me manda a ver películas de acción o de suspenso o de resolver algo, lo que sea. Hace unos años me dio con Jason Statham y ahora con Liam Niesen. ¿Qué es lo que alimentan estas películas? ¿Qué ansiedad cubren estas tramas?

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Hasta que sucedió. No sé fue la lectura de este libro que enseña a manejar los sueños lúcidos o el mero azar pero sucedió. Luego de muchos años, un sueño lúcido que paso a relatar:
Todo comienza cuando, siguiendo uno de los tips del libro, me miro las manos y en ambas encuentro seis dedos. Retiro la vista y vuelvo y lo mismo: seis dedos. Descubro que estoy soñando. Trato de no entusiasmarme tanto. La textura de este estado es delicada. No sé si lo siento así porque justo antes de dormir el libro me lo señaló o porque realmente se ha sentido así siempre.
Más que una trama lo que me queda vigente es un funcionamiento dentro del cual el punto de partida es la cama, uno mismo echado en la cama descubriéndose allí sin saber si la visión es externa o interna.
Lo primero es el miedo. Miedo a mirar, a bajarse de la cama, a enfrentarse a lo que sea. El cuerpo pesa, todo cuesta y es vaporoso.
Me lanzo hacia al suelo desde la cama, como tetrapléjico. Despierto, pero dentro del sueño. Despierto en falso un montón de veces. La despertada en falso es como una base, un reseteo, una prueba de confianza, una malla bajo la cuerda. Y así avanzo: cada vez que me reseteo me cuesta menos bajarme de la cama, de manera que ya en las últimas dos o tres reseteadas la decisión de salir volando por la ventana es inmediata (es curioso como este mismo progreso que me ocurrió dentro de este sueño en particular fue una especie de resumen del progreso que hice hace años cuando tuve una seguidilla de sueños lúcidos: primero el miedo, quedar paralizado en la cama sin entender nada, y ya con los días y las semanas, la confianza para salir a explorar)
En los primeros intentos de salir por la ventana dudo ¿Y si estoy despierto? ¿Y si me estoy engañando y termino suicidado en la realidad? Tanteo, vuelvo a mirarme las manos: aún seis dedos.
Tomo papel para anotar el sueño. Empiezo a anotar algunas de estas mismas cosas que escribo aquí. Pero no: no tengo un taco al lado de la cama. Recuerdo que en la realidad no lo tengo, miro el papel y no se entiende un carajo: aún estoy soñando. Entonces vuelvo a salir volando por la ventana.
También pruebo con ventanas que no están abiertas. “No vaya a ser un truco de esta ventana en particular”, pienso. Voy por sobre los edificios a una velocidad que no puedo variar. Moverme a mi antojo produce un placer indescriptible.
¿Por qué la pulsión por salir rápidamente de casa? Siempre es lo mismo. Intento salir por otras partes para ver qué pasa. Abro la puerta exactamente como se abre esta puerta y quedo ante las escaleras. Pero hay impedimentos para desplazarse. Unas especies de barricadas. Trato de pasar como terminator, filtrándome entre ciertas grietas, pero no, es como los videojuegos: sencillamente hay partes por las que no está permitido pasar.
Al despertar salto de la cama, eufórico. Siento que ya son las ocho de la mañana pero solo pasó media hora desde que me dormí.
¿Qué era esa alegría de otra realidad?
No puedo dejar de pensar que salí del cuerpo y al volver no pude incorporar todo lo que dentro del sueño intuí podría meterpocode contrabando.
La euforia se difumina un poco más lento que la sensación de los sueños normales.
Vuelvo a la cama, a los sueños normales.

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