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Archive for 3 febrero 2016

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Soñé con fantasmas
en la derrumbada
casa curicana.
El verano ha sido asaltado
por las nubes.
Me levanto animado.

*
Siempre es así: mientras saco las cosas de la mochila y me baño y ordeno y voy de acá para allá como loco, la gata chica me espera afuera de la pieza, afuera de la cocina, afuera del baño, siempre con la cabeza asomada en un constante “¿Ahora sí?, ¿Ahora sí?, ¿Ahora sí?,”. Ya al final, como a la medianoche, cuando ya estoy quieto y sobre la cama y a punto de ver alguna película, entra corriendo, salta sobre la cama, un par de maullidos de aviso (“permiso aquí vengo yo como cada noche”, supongo) y se acomoda encima, se alarga toda, luego se achica, los ojos semicerrados, un poco de baba cayéndole desde la boca, y sus lentos intentos por tocarme la cara con su pata.

*
Año nuevo. Sin embargo,
mi cabaña ruinosa
sigue siendo la misma.
(Issa)

*
Una horrible película en el cine.
Una nube de humo sobre la ciudad.
Y la sensación de que soy una broma.

*
Tomé pullman bus así que me bajo en ese terminal de Camilo Henríquez que nunca uso. Atrás quedó la librería y su locura culiá navideña. Mi bolso está forrado con huincha aisladora porque, justo antes de salir, se me rompió el cierre principal. Paso a dejarlo a una reparadora. Trasvasijo todo en bolsas grandes que saqué anteriormente de la librería. Dejo pagado. Las niñas que atienden me miran y se ríen mientras echo calzoncillos, cables y libros indistintamente a las bolsas. Camino a duras penas hasta el terminal. Entro sudando a la farmacia. Mi padre me da agua. Dejo las bolsas y las separo por contenidos. Envuelvo un par de cosas que faltaban. Salgo de nuevo. Dejo tres bolsas y me voy con una llena de regalos. Paso a dejarlos donde mi tía Carmen. Me voy rápido porque tengo hambre y porque pareciera ser que, hasta que no llegue a casa y me bañe y me extienda en la cama, no pararé de sudar. Vuelvo a la farmacia. El sol está alto y no existe sombra alguna. Mi papá me lee unos estados de facebook de un amigo. La primera parte está bien, pero luego dejo de escuchar. Más agua. Una pequeña puesta al día y parto de nuevo. El centro está lleno y las bolsas me hacen ancho y lento y yo suelo ser un excelente caminador. Rápidamente agarro un colectivo. Me bajo en los negocios y compro unas cosas que me encargaron para la cena. Más bolsas. Los tirantes de la mochila se me caen y tengo que hacer unos movimientos ridículos para nivelarlos. Las zapatillas van desabrochadas y bajo ninguna circunstancia dejaré todo en el suelo y me las abrocharé y volveré a tomar todo. Llego arrastrándome a casa. Madre me mira con ternura. Me desplomo sobre el sillón y me tomo tres vasos de agua de Curicó.

*
“¿Por qué hago mejor y más fácilmente los versos cortos que los largos, las cosas difíciles que las fáciles? Siempre por una misma causa: porque no me atrevo a moverme sin dificultades, a mostrarme sin velos (…) Me adivino pero no me apruebo. Temo ser grande y no temo ser ingenioso. Mi esfuerzo muere, satisfecho de poder, sin llegar hasta querer. Preparo siempre y no realizo nunca. La conclusión de todo esto es: curiosidad”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

*
Se va la lavadora. Ya se irá el refri. Mi ropa sucia en una esquina junto a una poza. Las cosas de la cocina apiladas junto al lavaplatos sin llave de agua. Se empezó a romper lentamente y luego ya la llave era una cosa aparte, muerta, a un costado del lavaplatos. Día libre y ni en easy ni en homecenter venden el repuesto, cosa que da lo mismo, porque luego con J y P descubrimos que parte de la llave que se salió quedó atascada en la base y lo único que resta por hacer es comprar el sistema completo y olvidarse de todo y pagarle a un gasfíter. Como si no tuviera que pagar quinientas lucas para defender la cagá de tesis. Como si no tuviera que empezar a comprar artefactos para este departamento vacío, vaciado, pobre. Se acerca la quincena y aún no aparece arrendatario. Este puto diciembre está tratando de decirme algo y solo pienso en que si este mes fuera una persona le daría una buena patada en la cabeza. Son puras leseritas resolvibles una por una, sí, pero el conjunto es sumamente odioso. ¿Qué necesidad hay de que ocurra todo esto justo en el mes en que más trabajo tengo? ¿Por qué no viene nunca la simpleza que busco? Pienso en ese poema de Bukowsky, el cordón del zapato. Cuánta razón tiene.

*
“Cuando reflexiono en lo que sería de mí sin las distracciones del estudio, sin el olvido de mí mismo, sin la vida del pensamiento y sin el reflejo tranquilo de la ciencia, no puedo dejar de considerar que el fondo de mi vida es la tristeza”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

*
El moonbeams de Bill Evans
y el vientecito de la noche
casi que lo solucionan todo.

*
Un vaso de cerveza,
una piedra, una nube,
la sonrisa de un ciego
y el milagro increíble
de estar de pie en la tierra
(J. Teillier)

*
Tres cuarenta y cinco a eme. Voy a dormir una mierda pero al menos escribí, leí y vi una película.

*
“Parezco un jesuita frustrado. Mi cara delgada e inexpresiva no revela inteligencia ni intensidad, ni nada, sea lo que fuere, que la eleve sobre la marea muerta de las otras caras”. (F. Pessoa, Libro del desasosiego)

*
Noche cualquiera. El vino blanco empieza a hacerse habitual. ¿Una botella a la semana, es decir, dos copas una noche y dos copas la que sigue, me convertirán progresivamente en el bebedor que nunca he sido? Se lava la loza mejor. Se echa la ropa a la lavadora mejor. El sueño llega más rápido. Avanzo flotando por la casa. Un salud hacia los edificios apagándose desde el balcón. Aguante el vino blanco súper helado.

*
Amanece
cual
amenaza.

*
Paso al ARCIS a ver mi situación de tesista rezagado y encuentro pura Inhospitalidad. En las murallas, en los rostros, incluso en el gato que creo que es el mismo de siempre, la sensación de que 100 años les han pasado por encima. Mientras espero en el tercer piso miro a una profesora y sus dos alumnos. Escribe con plumón directo sobre el ventanal. Un tercer alumno llega atrasado. Leo y observo la escena y siento que nos fuimos justo antes que todo acabara.

*
“Yo también descubrí allí algo, sentí algo de lo que no quería hablar. Por ejemplo, que todas nuestras ideas humanistas son relativas. En situaciones extremas, el hombre, en realidad, no tiene nada que ver con cómo lo describen en los libros. A hombres como los que aparecen en los libros, yo no los he visto. No me he encontrado a ninguno. Todo es al revés. El hombre no es un héroe. Todos nosotros somos vendedores de Apocalipsis. Los grandes y los pequeños”. (Voces de Chernóbyl, Svetlana Alexievich)

*
Parece normal pero al acercarme hay algo en su mirada. Cuando ya pasan dos horas y sigue en la librería tomando al azar un libro tras otro, dejándolo donde sea y anotando frenéticamente cosas en un papel, nos damos cuenta que hay una condición especial allí. Tanteamos, nos acercamos, le conversamos, pero no hay caso. Con pinta de universitario recién llegado de provincia, dice ser un importante abogado. De a poco me acerco. En un momento se aleja y veo que en la carpeta no solo ha anotado algunos de nuestros nombres y cosas que hemos dicho mientras lo sondeamos, sino frases al azar sacadas de las contratapas de los libros, nombres de directores de cine, y un par de garabatos. Cuando ya van más de dos horas con el mismo jueguito ya deja de ser divertido.

*
Por las noches
siempre
sus calcetines de perrito
al fondo
de la cama.

*
“¿La vida estriba esencialmente en la educación del espíritu y de la inteligencia, o en la educación de la voluntad? ¿Y la voluntad radica en la fuerza o en la resignación? Si el objeto de la vida está en inducir al renunciamiento, entonces vengan enfermedades, trabas, sufrimientos de todas clases. Si el objeto está en mostrar el hombre completo, entonces es preciso respetar su integridad. Provocar la prueba es tentar a Dios. En el fondo, el Dios de la justicia me oculta al Dios del amor. Más bien tiemblo que confió”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

*
Sueño con mi colegio en Curicó. Por algún motivo habemos muchos ex alumnos y comienza una inundación monumental. Se me ocurre que hay que subir al techo, pero nadie me sigue. Desde lo alto veo como se ahogan algunos. Casualmente se ahogan aquellos que siempre me cayeron mal. Los que no han muerto están arriba conmigo. El agua no ha llegado al segundo piso, donde hay una cocina y artículos básicos de sobrevivencia. Comenzamos a vivir allí.

*
“Caminemos hasta vencer la niebla”. (Teillier)

*
Me miento. Esto ya no funciona. No soy alguien que llega y escribe. No soy alguien que llega a su casa, saca una copa de vino, se pone una bata, y escribe. Hago cualquier otra cosa menos escribir. Barro, sudo, duermo, recorro el sillón con la mano arrastrando pelos de gato, me tomo media botella de vino y miro por el balcón, duermo de nuevo, me quejo, me quejo, me quejo. Por último, si leyera en la misma medida que adquiero libros, pero ni eso. ¿Quién quiere escribir si no tiene otra cosa que decir distinta a esta cosa que es la misma cosa que les pasa a todos los que lenta y calladamente empiezan a cansarse de todo? Al menos estoy viendo una película cada noche. El calor es el estúpido más grande del universo. Se cree la gran cosa por eso de dar vida. Solo las noches tienen sentido. Los libros tirados sobre la cama como el niño que no ha sabido escoger un solo juguete y se ha traído la caja entera y finalmente se ha aburrido. ¿Por qué alguien querría escribir? Todo me empuja a no hacerlo. Los ojos quieren cerrarse. El cuerpo quiere estirarse. La mente quiere masticar algo previamente diseñado para ser gozosamente engullido. Y así, justamente como me carga que ocurra, escribo que últimamente no puedo escribir como quiero.

*
EXTRACTOS DE CORRESPONDENCIA CON O:

[O / 18.06.15]
Esta tarde, en la calle un niño disfrazado de hombre araña bailaba una canción de los Bee gees entre los autos. Ahí estaba la realidad haciendo acrobacias en el aire, renunciando a sus enunciados claros y concluyentes. Es así como de pronto te descubres buscando consuelo en la idea de que todo es ridículo. Todo lo que ocurre en mi presencia, queda marcado por mi apatía. Los movimientos se ralentizan, pierden su complejidad, su contingencia. Todas estas imágenes de personas que se duermen dentro de mí. Me pregunto en qué momento me enamoré tanto de la inercia.

(…)

Un hombre de 31 años se suicidó hace unos días con cianuro. Dejó cartas, detalladas instrucciones para no lastimar a nadie. Se encerró en su dormitorio porque tal vez las cosas duren más en la oscuridad. Es la muerte que cae dentro de la vida como una piedra en un estanque con un silencio ensordecedor. ¿Hasta cuándo esta hebra de luz que no sabemos de dónde viene se quedará con nosotros?
El fracaso de los días como tutor inevitable. Qué lejos estamos de la comprensión de la angustia. Qué lejos de la bondad y el amor. Un hombre que lo intentó todo, que lo dio todo, decide morir porque morir quizá sea la última manera de dar más.
Hace frío y el gas se acabó hace rato: la paz obligatoria de una estufa y una abuela, escribes tú. ¿Cómo perdonar ser sólo lo que se es?

(…)

Apago la luz del pequeño cuarto y me quedo escuchando el ronquido del conserje que duerme con la cabeza hundida sobre una caja aplastada de galletas.

También yo me aburro y me arranco y me quedo.

Escríbeme.

[R / 15.07.15]
El ojo izquierdo tiritando hace días. Los días se llenan y nos llenan y los pequeños forados que se abren o que con fórceps abrimos terminan siendo un descampado funcional al masticamiento general del mundo. Así que necesito esto. Extenderme en esto. Recostarme en esto. Volverlo pasto. Esto que, de puro cotidiano y sagrado, se ha ganado un word que procedo a adjuntarte en vez de escribir en el correo mismo, a ver si te parece, a ver si de aquí en adelante lo pingponeamos y lo hacemos crecer -que crezca para que el individuo disminuya en nosotros.

(…)
Mi pregunta entonces es: ¿Nos junta o nos dispersa esa ternura? ¿Por qué no basta con aquello? Seguramente porque yo mismo, que aparentemente pertenezco a una clase más o menos privilegiada, oscilo entre la lucidez melancólica y el mal humor del ciudadano promedio. El otro cuesta. Solo la debilidad comunica y nadie quiere mostrarse débil.
Escribir es dejarse débil y seguir avanzando.

Pienso en tu hombre araña. Lo veo. Se me viene a la mente una foto de mi hermano chico disfrazado de hombre araña para algún evento del jardín infantil. El traje le queda suelto y su pose, considerando que se trata del hombre araña, es demasiado rígida. La foto misma esta ajada y rayada. La época en que fue tomada también.

(…)

Esa hebra de luz. Ese tipo. Los noticiarios a veces me liquidan. ¿Ese es el caso en el que su mujer o alguna mujer que encontró el cuerpo casi muere también? Decide morir porque morir quizá sea la última manera de dar más. Claro, me hace sentido. A él también, pero quedo lejos, tan lejos. Me aferro a la hebra ingénita, siempre me he aferrado. Me dicen que porque soy tauro estoy cerca de la tierra, de la negatividad, de la maquinaria caótica que reproduce lo vivo. Veo a la muerte trabajando, sí, pero no consigo vivirla, hablarle, padecerla. Si los distintos nombres de la luz y los sistemas de creencias que la circundan y te ayudan a permanecer firme no le hablan a ese hombre, a esa desesperación, ¿qué derecho tengo yo de coquetearle a la muerte? Si aún no invento una palabra nueva que zurza un poco esa desesperación, si aún no conseguimos fabricar luz a martillazos, ¿cómo voy a dar el solitario salto heroico hacia lo oscuro?; me aferro a la hebra porque pretendo averiguar desde la voluntad lo que otros no han podido desde la inteligencia. Y así es como, día tras día, no muero.

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