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diciembre

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“Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo”. (Alejandra Pizarnik).

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Diciembre: las hordas de semejantes, las horas extras, ordenar veinte cajas de libros y un hueón afuera pegado al ventanal enojado porque no abrís más temprano, los pies, la mente, la repetición, en serio los pies, ardiendo, la lengua que al final del día ya se traba de tanto repetir las mismas mierdas, el cansancio, las falsas satisfacciones con las que intento remediar ese cansancio. Diciembre: el tedio, cenar solo, la circularidad de todo, el carácter festivo chileno que en el fondo solo viene a rellenar o redirigir una histórica tristeza, una extraña pena de simplemente caminar por Santiago a las nueve de la noche y sentir que todos obtuvieron lo que pudieron y no lo que querían. Diciembre: el compañero nuevo y su irrefutable cara de ahueonao, su manera de decir FELIZEZ FIEZTAZ a cada cliente, su voz de joven Gumucio pero sin la gracia de éste, la fomedad abismante del prójimo en general, el ímpetu de esa fomedad, la confianza en sí mismo del sacohuea de polera Polo metida dentro del pantalón, el desplante de todos aquellos que sienten que el mundo está ahí para servirlos, el individuito empoderado que reclama solo cuando le afecta a su perímetro pero no le da para leer la complejidad del trabajo asalariado, la suma de todos los rostros de las cajeras, la nula empatía entre explotados. Diciembre: la rapidez y la efectividad de todo lo que importa un pico, el mismo diagnóstico de un crecimiento económico aparejado de una también creciente invalidez espiritual, los villancicos, las decoraciones, las notas periodísticas, la reorientación mediática del deseo, Luis Miguel, los matinales, los cuicos y sus diseños y la siutiquización de lo que sea, la metodicidad del simulacro, mirar hacia el horizonte y sentir que no estamos ni cerca de construir nuevos rituales. Diciembre: el inhabilitante calor, la densidad aplastante del aire, los incendios, morir lentamente esperando la luz verde, un acuario de aire denso en el que paseamos como gallinas decapitadas, los taxistas, la soledad parlanchina de los taxistas, los conchasdesumadres de los taxistas y su manera de pasar a un milímetro de tus piernas sobre todo en Diagonal Paraguay con la Alameda. Diciembre. Y luego enero. Y luego todo de nuevo: enfrentar cientos de personas al día que en el fondo no necesitan nada más que ser escuchadas -y aquí dentro no hay espacio para nada que no se asemeje a un derrumbe de piedras-, intentar empezar a juntar plata para mi futuro de eremita, intentar averiguar qué cresta pasó con el traspaso de ARCIS a la Universidad de Chile, defender la tesis, hacerme todos los exámenes postergados, ir al dentista, bajar de peso, volver a correr, publicar, leer más, leer mucho más, poner otro estante para los libros, y esperar con ansias marzo, la primera semana de marzo y esta vez ya no tres sino unos cinco días en mi Hostal de Lipimávida.

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“Una parte de mí necesita desmoronarse, es nuestro secreto, sabemos que necesitamos venirnos abajo, no hay mejor trazado que una vida propia, y para que sea propia debo derrumbarla”. (Malú Urriola).

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Cuando vengo al baño veo los pies del tipo del aseo. A través del rabillo de una puerta entreabierta, los tobillos casi morados del haitiano que vino a probar suerte. Varias veces al día lo pillo ahí tendido, durmiendo, en un banquillo de madera. Me muevo despacio. No quisiera despertarlo ni, menos aún, que me viera espiándolo y pensara que estoy pensando que él no debería hacer eso. Me gusta que la gente no trabaje mientras está en el trabajo. Desde que estoy en esta librería que ya no puedo quejarme de la lentitud de nadie que esté “sirviéndome”. Incluso cuando la cajera del metro me enrostra su tedio y me mira con ojos muertos y nisiquiera me saluda, lo tomo como viene. ¿Desde dónde podría uno exigir algo? No entiendo por qué debería el mundo servirme.

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“Amo mis partes vencidas”. (Malú Urriola).

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Necesito estar bajo el agua y que en la superficie suene Miles Davis y mirar hacia arriba y ver pasar un avión. Necesito llegar a la hora de las noticias, abrir una cerveza y ver que han robado un camión con pollos para repartirlo en alguna pobla. O que Claire Denis o Isabelle Huppert aparezcan en la hostal de Lipimávida y caminemos sin hablar y corramos por las mañanas. O que haya una oleada de fantasmas en las calles y haya caos y luego calma y todos estén en sus casas reflexionando el respecto. Necesito más apertura en mis encierros. Alguien con quien armar un rompecabezas y dormir siestas. Dejar de pensar qué significaría y cuándo correspondería emprender una nueva relación. Necesito dejar de revisar y reordenar imágenes antiguas los domingos por la noche. Quizá necesito no estar en casa los domingos por la noche. Apropiarme de la luz de la ebriedad, trasladarla hacia otros sitios. O también: estar mirando por la ventana a las dos a eme y ver una luz que se mueve hacia atrás y hacia adelante y quedar paralizado y sentir que mi mente se expande o al revés que el límite simplemente se borra y adquirir dos o tres intuiciones acerca de Dios, el espacio y el tiempo. Necesito que la vida empiece a congraciarse. Que el fuego reevalúe su itinerario. Que los perros empiecen a defenderse. Necesito que llegue un tipo de abrigo negro a la librería y me convenza de que tenemos que resolver un misterio y sentirme como Mulder. O estar, no sé cómo –porque ya ni salgo-, en un karaoke, y que pongan Just friends de Chet Baker y cantarla de principio a fin sin siquiera mirar la pantalla. Necesito tener un sueño premonitorio en el que visualice cada paso a seguir para largarme de esta puta ciudad y no contarle a nadie y durante los próximos cinco años seguir todo al pie de la letra y conseguirlo. Necesito que lo que me necesite también necesite de ese mismo modo otras cosas. Necesito quedarme un poco más en esa sensación liberadora en la que caigo cuando empiezo a pensar que todos moriremos y es justo que así sea.

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“Dicho quizá de otro modo: comprendí que debía dejar de pensar en avanzar, y también, de paso, dejar de preguntarme qué significaba avanzar y quién tenía que avanzar”. (EVM)

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17:40. No he podido leer nada, pero es que nada. Salen tres y entran tres. Salen dos y entran cinco (“Ir al mall es como darse un baño de gente desconocida, te inmovilizas por un momento, la gente pasa y te atraviesa”1). Y así. 18:26. Leve calma. Como el mal alumno, me voy bien al fondo de la sala a tratar de pasar desapercibido. Ni siquiera leo. Trato de enfocar la vista en cualquier punto al azar y dejar que avancen los minutos. Odio los viernes. El movimiento del mundo me parece un error.

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Soñé que estaba en una especie de gimnasio, en alguna especie de evento, cuando de pronto entran tipos no sé si con máscaras pero al menos con algún tipo de uniforme o de uniformidad y, lo más importante, claramente armados. Nos están secuestrando o algo así. Se escuchan bombazos y ajetreo afuera. Reviso el cel y es una cosa más o menos global: diversas células terroristas toman rehenes en las distintas capitales del mundo. El caos va dando paso a una sorpresiva comprensión. Nos juntan, nos sientan, hasta nos traen algún brebaje y, uno de ellos, uno de alto rango supongo, comienza a explicarnos la misión que tienen: son una especie de colectivo global de Inmanentistas. Hartos de la religión y de todo tipo de trascendencia comercializable –y obviamente, más que subjetivamente hartos, sino que ya con argumentos acerca de cómo es justamente esto lo que tiene arruinado al mundo en lo cultural, en lo económico, en todo- han emprendido la tarea de una transformación violenta y radical, sujeto a sujeto, de la cosmovisión imperante. Por lo mismo, y luego de que nos hayan forzado a beberlo, nos avisan que el brebaje que nos han dado es una de estas drogas potentes que purgan. Un viaje interior medio a la fuerza. Mientras surte efecto, circulan distintos personajes que nos van relatando su experiencia personal en el grupo. Ex cristianos, ex empresarios, etc. Y hay cierta borrosidad en toda esta parte. Recuerdo sí cierto ambiente como de reality. Mucho ejercicios físico, mucha competencia, mucha charla; todo esto, claro está, en un contexto medio de guerrilla y adoctrinamiento. No sé si nos hemos quedado a vivir en el gimnasio o qué. Lo cierto es que, en lo secreto, empieza a acomodarme la situación (recuerdo con exactitud un momento en el que, cerca de un stand en el que están repartiendo jugos o algo así, me meto en una conversación sobre la doctrina misma que nos tiene ahí a todos juntos y, con puras ganas de quedar bien ante ellos, digo que Nietzsche decía que “el alma no existe y solo hay el sistema nervioso”). Ahora que escribo esto no estoy tan cierto de que lo haya dicho Nietzsche y, si lo dijo, jamás recordaré dónde. El punto es que ya no hay que trabajar, ya no hay que planear nada en la vida: tal y como dice esta Buena Nueva, hay que mantener el deseo atado al presente, “volverlo ancho”, crear una nueva temporalidad en base a un nuevo tipo de comportamiento. Hay un ambiente muy de la casona esa de El club de la pelea. Sin embargo, la cosa no puede ser tan perfecta. Existen unos bandos contrarios. Budistas rebeldes, católicos rebeldes y, sobre todo, fundamentalistas rebeldes. Me encantaría recordar bien esta parte del sueño pero solo me queda la sensación vaga de estar repasando estrategias –alguien nos señalaba con mucho respeto la existencia de estos grupúsculos de resistencia- y luego ser atacados, parapetarse, quizá sosteniendo un arma –y la sensación de no saber cómo mierda dispararla.

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Picoteo una biografía de Thelonious Monk que me prestaron. Me aburre y sigo. Toda la mañana con las cartas de Kafka en la mano. Las paseo. No leo nada. La gente, la gente, la gente. ¿Qué pasa con este viernes? ¿Por qué me parece tan detestable toda esta gente que no tiene culpa de nada? ¿Cómo no soñar con los caminos de tierra de Teillier?

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Me pasan ridiculeces como ésta en el día: decido que debo limpiar los lentes, me dirijo a la mochila en busca del estuche con el pañito, pero cuando llego ya olvido a qué venía, entonces saco la pasta de dientes y el cepillo y parto al baño, pero ya en el baño, con los utensilios olvidados en el bolsillo, solamente meo y me mojo la cara y me devuelvo y recién ahí me acuerdo qué se supone que iba a hacer en un principio.

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“Eres libre allí donde no te aman”. (Canetti)

CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

L
Me sorprende sobre todo la estupidez de estos mosquitos que no tienen cómo saber o cómo alertarse entre ellos sobre el peligro de seguir las luces de esta casa porque mueren todos asados en esta paleta eléctrica. Deberían inventarse sus mitos. Qué tristeza, qué existencia tan vacía. ¿Los mosquitos pensarán que soy estúpida por no seguir la luz? ¿Pensarán que mi vida es un despropósito total? ¿Sentirán tanta felicidad mientras están dando vueltas alrededor de la luz, como si tomaran cerveza con amigos? BUENO, así como ellas nacen y dan vueltas alrededor del a luz nosotros NOS ENAMORAMOS Y MORIMOS. La desventaja de vivir más. En fin, cada especie tiene el derecho sobre su increíble estupidez y ninguna estupidez es menos valiosa. Me atrevería a decir que la de ellos es más importante porque la ejercen con total seguridad.

(…)

Me he dado cuenta que nadie sabe muy bien cómo reaccionar o qué decirme, como si en ese “literatura” que digo media tímida y sonriendo, súbitamente dijera que vivo en la calle o que estoy embarazada y en la pasta base (…) Cuando mi hermana me presenta a sus amigos es siempre lo mismo: se miran entre ellos, hacen esa pausa vacilante y, como si nada, vomitan las preguntas clichés que me gustaría no responder. Uno se da cuenta cómo los desconocidos intentan penetrar, ponerte en algún lugar que encaje (qué estúpido enigma debe ser uno para esas gentes, sobre todo porque uno es silencioso y no se abre ni se expande como las personas carismáticas) (…)Y es así siempre: “Ah, literatura… ¿y ahí qué haces? ¿Lees? ¿En qué vas a trabajar? Oye, tengo un proyecto de novela, ¿me la editarías? TÚ DEBES SER BUENA PARA LA LETRA”. En esos momentos pienso en cómo me gustaría escupirles la cara y empezar a correr o salir volando de allí con la ayuda de alguna fuerza cósmica o con la fuerza de mi propia apatía y seguir gritando insultos mientras voy alejándome por los aires (y seguir escupiendo desde lo más hondo de la garganta).

(…)

Una no actúa como de verdad quisiera sino que sonríe, pone cara de bonita y de simpática para disfrazar el inmenso odio que nace o que está ahí siempre (y que no es culpa de ellos porque uno mismo es su obstáculo, su roca negra) y ese repetir el discursito, la proyección que no es pesimista pero tampoco la gran cosa. “Trabajaré en una editorial, en un diario, corregiré textos, publicaré libros”. Jamás me creo lo que respondo de mí misma en público. Yo siento que miento, que repito un monólogo, que adorno el futuro como uno se arregla en la mañana: a la fuerza, de mala gana y para que los demás piensen que tengo algo claro, que sé para dónde va la cosa, cuando en realidad no es así, que no me interesa -por ahora- trabajar en una editorial, ni en el diario. Contar a los demás lo que yo espero de mí es también un intento de convencerme a mí misma. Tantas cosas que se quedan ahí, que yo sé que no tengo ganas de hacer y que al final del día no cambian. Y esa desesperanza de que no juntaré ganas o fuerza para hacer todo lo que vivo proyectando. ¿Por qué es tan difícil no querer hacer nada? ¿Por qué no se puede querer no tener planes?

(…)

Se me ocurre que ante todas esas preguntas de qué quiero para mi futuro me gustaría decir NADA NO QUIERO HACER NADA, pero si tuviera que responder más sinceramente en serio: me gustaría evadir la zona de los cuerpos rápidos y los gestos duros, trabajar en algo que no consuma todo el tiempo y el espíritu, tener compañeros simpáticos y que me sobre tiempo suficiente para escribir y arreglar todo lo que se arruina en uno al estar en donde no se quiere estar. Eventualmente, encontrar no sé cómo una fuente de ingresos, complementar -como dijiste- con la escritura, y así despojarse definitivamente del ritmo de todo lo que se siente que está mal. Este párrafo es ingenuo pero es más o menos cómo me siento hoy.

(…)

No puedo imaginar a Kafka escribiendo en un estado de tranquilidad así como nosotros; o sea sí, puedo verlo en esa hamaca balanceándose con su vaso de leche, pero no creo que la escritura -que tanto amaba- le haya traído paz alguna, sí un descanso momentáneo, como el vómito en un estado febril, pero no más que eso. ¿Por qué luchar tanto y, como tú me dijiste, por qué ese miedo que lo hace tropezar y estremecerse ante Milena? Se me aparece toda su cara sudorosa en primerísimo primer plano, las venas palpitando frente a la hoja y los boca apretadísima implorando por decir lo que quiere decir. Estoy exagerando. También me pregunto, ¿qué le escribirá tanto esa Milena que lo hace sufrir? Me habría gustado saberlo. Al final, uno no es tan desgraciado si tiene a alguien a quién escribirle, ¿o no? O simplemente no se es desgraciado si se pueden encontrar las palabras y empezar. ¿Qué pasa cuando ya no se puede escribir más, se empieza a morir o, al revés, se deshace uno de ese ‘deber’ y vive? Creo que a Kafka le da terror la distancia que existe entre la podredumbre del cuerpo físico y la intensidad de la representación del discurso escrito. Recuerdo que le decía a Milena que no se hiciera mucha ilusión porque él sólo era un tipo flaco con una sonrisa en los labios y nada más, nada en él le recordaría a la persona profunda y ¿elocuente? de sus cartas. Yo creo que tenía miedo de eso, que la reacción de Milena fuera de pura decepción ante su cuerpo enfermo y débil.

(…)

Con mi gusto por Levrero está medio claro por dónde va la cosa: me llega más la torpeza y la dificultad del camino. Cuando no se manifiesta la fisura me da esa sensación de rechazo que me produce la gente muy guapa según los estándares: “¿Y esto qué es? ¿Tiene un corazón, alguna vez lloró o se le cayó el pan con mantequilla al revés?”. Sobre todo miedo y, un poco, sólo un poco de ganas de ser así igual, de lograr la armonía. ¡Pero no, por favor! Nada más extraño que alguien que sabe ser melancólico y escribir lo justo. ¿Cómo se sabe que se está escribiendo todo lo que se necesita escribir? Soy tan insegura con lo que escribo, si tú imprimieras este mail y le prendieras fuego yo entendería.

R

Allí donde dices tu pusilanimidad yo siento una extraña ternura. Allí donde te preguntas por qué es tan difícil no querer hacer nada, yo veo el impulso que hace que nazcan las cosas que nos gustan, del modo que nos gusta, al ritmo que nos gusta. Siento que no querer hacer nada es el estado ideal del ser humano. No querer hacer nada en el sentido de saber que, bueno, sí, hay que hacer ciertas cosas para no terminar en una esquina meado y agitando un tarrito de nescafé. Pero no es necesario engrandecer nada de aquello. Lo que trato de decir es que debería uno poder hacer las cosas con la voluntad media anulada, pero no en el sentido de una desafección adolescente o un nihilismo adulto contemporáneo, sino más bien sabiendo que la inversión “correcta” de la propia energía va más por el lado de la resta que de la suma, o sea, que uno no es eso, que aunque todo alrededor nos invite a la identificación inmediata la labor “espiritual” consiste en sacarse y casi diría que rescatarse de ahí, en recogerse a sí mismo como niño enfermo del colegio un lunes por la mañana e insistir, desde la cama, viendo monitos y tomando un segundo desayuno, en que ya, sí, uno es lo que hace, pero a la vez, uno es TODO lo que hace, no esa cosa específica con la que el ego busca galardonarse (familia, hijo, auto, publicaciones, doctorado, etc.), sino la relación de todas y cada una de las cosas que se hacen (y también de las que dejamos de hacer). Pero esa relación -que, a su vez, solo tiene sentido en relación con las otras vidas- solamente se cierra con la muerte, de manera que, hasta antes de eso, y aunque suene muy jipi, solo estamos siendo. Y a mí me calma eso: estar siendo. En medio de egos que crecen como rascacielos, ser mero pasto. No se trata de excusar la propia pereza y adornarla de budismo barato, se trata de saber separar bien un no-hacer escogido de cierto no-hacer que le cae a uno encima, cuestión que solo se logra si uno asume bien que, de todo aquello que el mundo te exige, hay una pequeña porción con la que uno sí está de acuerdo, porción que se agrega a la que uno, ante sí mismo, se exige, de manera que, querámoslo o no, SÍ hay un deber que, solo en parte, coincide con el que nos enrostra el mundo. El problema, supongo, es que uno a veces se convence de que, eso que quiere, no lo quiere tanto. ¿Añoras habitar las mañanas? ¿Preferirías no tener insomnio? ¿Te urge publicar prontamente o puede esperar la cosa? ¿Tenías ganas de trabajar este año o en el fondo te acomoda esta situación que te empujó a quedarte en casa? Ahí, un único juez posible, “dentro” de uno, lejos del intelecto, una leve inclinación que hay que estar dispuesto a reconocer y aceptar. E insisto: tengo una relación intuitiva muy buena con esta especie de dt interno, pero, ya lo sabes, como equipo soy una mierda y bebo antes de los partidos y hago autogoles y a veces ni entreno. Pero lo intento. Una y otra vez, me perdono y lo intento. Así que de nuevo, ¿sirve de algo todo esto que te digo? Con todas las distancias correspondientes a nuestros contextos, intuyo que estamos en un momento parecido y no puedo sino animarte tal y como me animo a mí mismo –justo anoche vi ese capítulo en que Bojack se va en la volá de la autoyuda y me sentí tan identificado cuando se preguntaba si acaso realmente nunca era tarde para cambiar (pero en el caso de nosotros yo digo que estamos bien enfocados y solo restan unos pequeños ajustes).

(…)

Y voy a tener que seguir escribiéndote aquí en borradores de gmail no más. Te voy a decir la verdad de anoche: me fumé una gran cola (maldito C, ¿para qué me regala?) y caí de nuevo en la pasta base del playstation (lo había guardado y lo volví a instalar). No me hace ni una gracia contarte esto, pero he leído ya tu carta y no puedo sino hacerle honor a esta cruda honestidad. Mi plan era despertar de la siesta, salir a correr y comenzar con tu carta, quizá ver alguna peli y terminar el día leyendo en cama. Pues bien, nada de eso sucedió, la siesta se me alargó y desperté muy tarde y lento y flácido y, como ya te contaba, me comí un coso de ravioles familiar casi entero a lo largo del día.

(…)

Un día casi totalmente exento de notificaciones. El triste gesto de sacar el celular y buscar no sé qué. Ya no me da el internet como para ver fotos y videos de gatitos o perritos así que ni reviso tuiter. Me acuerdo como al principio me parecían unos enajenados los que necesitaban tener internet en el celular. Hará cuatro o cinco años no más. Hablando sobre qué haríamos de ganarnos el loto L me dice que cerraría todas las redes sociales y recorrería el mundo. Yo le digo que no cerraría nada y me iría una buena temporada a mi residencial favorita en Lipimávida (no es que conozca otras, solo me acostumbré a esa). Y bueno, eso: empleados como cualquiera soñando dentro de un mall. (L es Luciano, uno de mis dos jefes que también son mis amigos. L tiene 40 pero vive como alguien de 20. Supongo que por eso nos llevamos bien. Es como un señor Burns pero del Bien. Muy lento, una cara media extraña, cierto amaneramiento que en un comienzo me hizo creer que era gay).

(…)

No avanzo linealmente. Martillo aquí y allá como si fuera una estatua o una pintura. Pongo una capa y luego lo dejo para poner la segunda capa en otra parte. Me acuerdo de algo que quedaría mejor allá tres párrafos hacia arriba y vuelvo. En el camino veo que dejé otra cosa incompleta y la relleno. O también vengo a sentarme con la certeza de que ahora sí que empezaré en orden, tema por tema, pero se me hace inevitable contar mis nimiedades. Siento que te escribo mejor cuando el día es todo mío.

(…)

Retomo. Ahora sí que retomo. No sé si entiendo bien qué nos pasa con la pulcritud en general. Supongo que uno adivina ciertas ansias que tiene el mundo por tratar que todo parezca un puto set de televisión cuando la verdad es que la precariedad asoma como los calcetines sucios que uno esconde si vienen visitas imprevistas. Me acuerdo que antes las casas en las teleseries se parecían, no sé si a las casa de uno, pero quizá sí a las casas de uno justo en el segundo después de que se les ha hecho un aseo total. La pulcritud en las personas no sé si me gusta tanto. Desconfío de las barbas perfectamente delineadas y cuando estoy ante alguien que viste bien me pregunto cómo lo hacen, qué han tenido que dejar de lado para convertirse en estas estatuitas andantes.

(…)

Sabís que justo hoy en la mañana una compañera nos mostraba uno de estos videos de ejecuciones en hd y cámara lenta en medioriente y CON CHA DE SU MA DRE qué manera de explotar esas cabezas, qué manera de saltar esas ojos, qué horrible y asqueroso y triste, pero bueno, independiente de la vileza de todo y de cómo estos seres ahora se legitiman con las mismas herramientas del Espectáculo, pensaba yo, mientras la tienda comenzaba a llenarse de imbéciles tipo once de la mañana, pensaba, digo, en que hay algo que no me calza en el diseño de la VIDA, onda, si la hueá es tan sagrada e importante y si se supone que todos deberían tener la oportunidad de, como dice la parábola esa, sembrar su semilla en tierra fértil y ver crecer sus virtudes, ¿por qué entonces uno mejor no es inmortal, digamos, así como hasta los cincuenta años al menos? Pero bueno, es obvio que allí hay un mensaje, una señal de arbitrariedad cósmica atroz.

(…)

“¿Por qué creo me importan tan poco y a la vez quiero impresionarlos?”. Tu pregunta me queda rebotando. Es una sensación bastante conocida. Pienso en mis compañeros del colegio, en cuánto me gustaría -pese a que no lo admito- que vieran que conseguí un lugar en el mundo, y no cualquier lugar, sino justo el que quería y que, casualmente, no tiene nada que ver con ellos –y esto último no para solazarme en mi DIFERENCIA sino para que, de una vez por todas, vean que REALMENTE uno no buscaba lo mismo que ellos y era por eso, y no porque uno fuera un engreído, que no participé en ninguna de esas reuniones de exalumnos. Antes sentía que teniendo un trabajo adquiriría cierta legitimidad, ahora ya no basta y siento que debería tener alguna cosa publicada –empezar a concretar lo que se supone que quiero sea el hilo conductor de mi vida productiva. Obviamente, y siguiendo la misma lógica, luego, cuando ya tenga algo serio publicado, va a ser otra cosa la que voy a querer. Y así, ¿hasta desear la muerte?

(…)

Y ya me hiciste reír. Te imaginé volando como un superhéroe de la apatía. Como alguien que, tal y como dices, anda por ahí juntando odio y más encima tiene el poder de escupir desde las alturas y, todo esto, con el piyama o buzo con el que sales en esa foto de tuiter (me gusta un montón ese tuit: la tenida para salir y luego los trapos con los que uno anda por su casa, solo) Así que sí, sería hermoso que todo este desprecio nos diera alguna especie de rendimiento extra. Por mi parte, me conformaría con la capacidad de teletransportarme a lugares inhóspitos. Eso o esta cosa que hace este niño de Game of thrones de irse a blanco y tomar posesión de un animal y ver el mundo a través de él.

(…)

Yo tampoco sé explicar nada muy bien sabís, o sea, ahora último quizá, con la repetición del trabajo y la simulación de cierta seriedad y la construcción de un personaje de sí mismo, he podido, no sé si explicarme mejor, pero al menos salir del paso. Pero te entiendo y aún me pasa que, cuando me preguntan por qué no publico nada si escribo tanto, solo balbuceo y doy excusas (algunas de ellas bastante ciertas). Y lo mismo cuando alguien -que sé que no va entender (y quizá esa presuposición sea justamente el problema)- me pregunta por qué escribo: mascullo y puro devalúo esto que, ambos ya lo sabemos, importa de verdad. El punto con todo esto es que, por ejemplo si me encontrara con algún ex compañero de colegio en la calle (con su esposa y un coche con un hijo; ya todos están en esa) y éste me preguntara en qué ando, yo solo le diría que trabajo en una librería y, quizá mentiría un poco y diría que estoy juntando plata para no sé qué y por supuesto que ni le mencionaría que escribo, que no publico nada pero escribo, que no gano plata, que nadie me lo pide, pero insisto e insisto, año tras año, engordando unos words que no tienen ninguna función claramente verificable. Por otra parte, siempre hay un asunto más ¿fenomenológico? de fondo: el hecho de que uno no es un solo uno: “Si tomase en cuenta a todos los personajes, cuando me preguntasen «cómo estoy», debería responder: «Normal, con una tendencia al bien, con una cuota de mal, con un poco de tranquilidad que se transforma en euforia y a veces en depresión, para volver a estar contenta». Pero finalmente siempre me inclino por el clásico «bien, ¿y tú?»”2.

(…)

Correr es como escribir. Para ambos no se requiere de nadie y cualquiera puede empezar desde cero, sabiendo que, por muy malo que sea, tiene toda la vida por delante para conseguir algo. Un cuerpo, un lápiz, y avanzar como uno sepa no más.

(…)

Llegué cargado como burro (trato de gastar bien la plata cuando la tengo y quedar con lo justo para no gastar en tonteras) y empecé Oro. Quizá debería enfocarme solo en este tipo de cosas y dejar todas las novelas gordas para después. Después, cuando esté más maduro y paciente. Por ahora solo quiero estar en la cabeza de los otros, hurgar las alegrías que no son las obvias, las penas y las tonteras que no son las que salen en las teleseries y la publicidad –que a estas alturas son como lo mismo. ¿Por qué me importa tanto el texto de la intimidad?

(…)

Lunes 10, 13:57 pm. Me comí dos completos y un café de desayuno-almuerzo. Ayer me junté con M (de la librería), fuimos a la Primavera del libro (me compré una antología de poesía bengalí), bebimos, fumamos, comimos, le di una paliza en el PS3 y terminamos viendo Bojack Horseman. Desde ayer al almuerzo hasta hoy, solo he comido completos. Italianos, tomate mayo y ahora, el último -nos acabamos una mayo entera-, solo con tomate. No me siento bien al respecto (me dices que trato bien a mi cuerpo y yo aquí trato de nivelar las cosas y contarte la firme). Seguro que hoy salgo a correr. Temprano, ojalá, porque a la noche llega otro amigo, J, de Talca, a reportear no sé qué evento para no sé qué medio (me traerá Junkopia, un pequeño librito en el que, junto a otro ser -que se llama Rodrigo y no soy yo-, publicaron una serie de poemas o haikus y creo que también una que otra foto)

________________
*Las citas 1 y 2 pertenecen a Oro de Ileana Elordi.

octubre-noviembre

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CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

L
Estoy leyendo las cartas de Éluard (a Gala). ¿Qué onda las cartas que manda el sujeto enamorado? Sé que Barthes tiene muchas respuestas. Éluard le escribe a Gala que no deje de amarlo o se matará. Se queja de que ella le escribe poco y él con suerte llena una plana, ¿con qué cara? Me aburre que sean cartas para hacer preguntas concretas: (“¿compro este cuadro? ¿De qué color quieres la tela?”). Me encuentro desvergonzada quejándome de cartas ajenas. Esas sí tienen una funcionalidad meramente comunicativa, creo.

(…)
Después de almorzar, todos tendidos en los sillones como focas al sol, y la televisión que hace un ruido que apenas compite con la forma en que cada uno se elimina del mundo a través del sueño, de ese echar la cabeza hacia el lado y deslizarse entre el sueño que no alcanza a ser tan profundo como para dejar de escuchar. Estar muy dentro de uno y a la vez pendiente de todo aquí afuera. Es lindo ese yacer sin presión por lo próximo, estar no más, sentir que el día puede perpetuarse en ese momento livianito. Mucho calor sí. Igual no es el peor calor que he sentido. Yo releo tu carta y con cada ramita que esbozas se me ocurren árboles. Tampoco quiero salir del bosque. Mi papá ve que soy la única despierta y me dice “está rara la película”, yo le respondo que no puedo explicarla porque no estoy viendo. Es de unos chinos. Se duerme también. Él nunca entiende las películas, cuando sí la entiende, dice “¡qué buena la película!”.

(…)

Yo estoy agradecida de esto porque tú ya sabes que uno en realidad no escribe todo lo que le gustaría escribir y que, en vez de escribir, se piensa más sobre el deber de hacerlo. Al final uno deja que los días se acumulen y es tan fácil entregarse a otras cosas a ese cansancio inmediato a las películas o a la tele o al estar no más y soportar. Así que este juego nos forma un hábito casi patológico pero saludable. Debo decir que estas cartas reemplazan casi por completo la escritura de un diario. En el diario siento que estoy sola contándome cosas a mí misma y creo que por eso el tedio es rápido, pero aquí estás tú en ese horizonte y escribir adquiere otra fuerza.

(…)

Pero toda la gente de este mundo debería amar un poco el silencio y encontrar allí una cosa maravillosa. Todo el mundo debería callarse un poco y quedarse muy quieto. No entiendo cómo, al igual que tú, soy tan penca para la meditación y esas cosas si se supone que estoy de acuerdo con todo lo que exija estar mudo y quedarse en blanco. Quizá es la sensación del deber hacer lo que mata la voluntad, quizá para nosotros no sea tan simple como hacer el ejercicio sino llegar allí no sé cómo, por suerte, por impulso. Hallarse de repente en el camino, sin forzar nada.

R
Viernes por la noche. El parque Bustamante lleno. La primavera, la juventud y la promesa de noches que podrían traer algo de suerte. Los miro y me pregunto si acaso yo no buscaba algo así las pocas veces que me empujaba a mí mismo a salir. Me acuerdo de esa época (la de los veinte) y como que siempre sentía que me estaba perdiendo algo. Allí donde yo no estaba, allí estaban pasando las cosas. Allí donde yo no estaba, allí estaban las conversaciones interesantes. Ahora, lejos de todo eso, pienso un poco en todo lo que les depara la noche y me alegro de ser yo: entre estar a la una a eme haciendo cola en una botillería y estar aquí solo viendo una película o escribiéndote no hay donde perderse. Estoy en un punto que ya no tiene vuelta: el poco tiempo que sobra hay que usarlo a la perfección. Y bueno, tercera vez que “empiezo” a correr en los últimos meses y parece que ahora sí que sí voy en serio. Llego hasta Irarrázaval y vuelvo. Sin música porque los últimos audífonos que compré no valen nada y se resbalan de las orejas. Ya no soy el de antes eso sí. Todos me pasan. Pero mantengo mi ritmo. Soy fiel a esta precariedad que sé que lentamente puede ir mejorando.

(…)

Quizá no nos volvamos mejores personas solo por el hecho de conocernos mejor, pero al menos exploramos ciertos temas que nos insisten y nos merodean como moscardones y, por así decirlo, nos tenemos más a la mano y quedamos más cerca de modificarnos, si viene al caso. Aparte, ¿cómo no va a ser lindo gastar párrafos en otro, aquí y ahora, porque sí, en este mundo en el que todo lo que no obedece a un cálculo o a una finalidad determinada no vale nada? Con lo que me dices, sé que, al menos en ese punto, estamos juntos. Para mí los días a veces se transforman en una fuerza maligna que me aleja de todo lo que necesito desarrollar o de todo lo que necesita golpes de silencio y esto, que suele ocurrir por las noches, es una guarida entre las zarzamoras.

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Creo que al principio de todo uno escribía así como ante el mundo. La etapa griega, le llamaría, porque uno, adolescente, de verdad encontraba algo medio mágico y escribir era como HACERLE ALGO a la realidad, como tener una conexión directa con el ser. Al menos por mi parte, escribía como quien ora. Si dios estaba siempre sapeando, ¿por qué esto, el gesto de detenerse y ahondar, de prestarse todo y salirse un poco del tiempo, no iba a ser algo atendible para ese ser omnisciente husmeador de la bondad? Obviamente se me pasó y los otros tomaron lentamente el lugar de Dios. Creo, así a grandes rasgos, que uno nunca escribe solo ni, menos aún, para sí mismo. Lo que no supone que el reverso de esto –escribir estrictamente desde sí y solo para los otros- sea LA verdad. Supongo que uno pasa por momentos. Que hay semanas o meses o años en los que uno escribe como quien caga, o sea, por la necesidad de sacar fuera y analizar y exorcizar. Pero –y éste, creo, podría ser mi estado actual de la escritura- también se escribe como adivinando cierta carrera de relevos, cierto deber de la ternura, cierto contagio que debe colonizarlo lentamente todo. Es una fe bien rara ésta que uno le tiene, más que a las palabras mismas, a la complicidad de quienes escriben sabiendo que hubieron otros antes, y que vendrán más, y que lo que importa es esta comunidad silenciosa y la construcción de una especie de poder débil. O como dice mí –de cariño más que de posesión- Simone Weil: “Todo cuanto en mí es valioso procede sin excepción de más allá de mí, y viene, no como don, sino como préstamo que debe ser renovado sin cesar”.

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Las manchas, manchas son. Pero yo sé que no tengo razón en un montón de cosas. He consultado y la mayoría de la gente normal cambia sus sabanas más de una vez al mes. Yo desde que terminé que no las cambio. No le veo el punto. No quiero impresionar a nadie. Las huelo y huelen a sabanas, o a nada, a suelo, a mundo. Hay cosas que la gente ve como suciedad y yo no puedo. Si algo se me cae al suelo voy y me lo como. Denante se me cayó un poco de huevo en la mesa de la cocina y usé la boca como aspiradora. O, por ejemplo, si estoy fumando y me cae un poco de ceniza en un pantalón oscuro, simplemente la esparzo y desaparece. O si estoy en la cocina y hay que revolver un té, ¿por qué simplemente no usar la cuchara que está en el lavaplatos y que yo mismo usé hace algunas horas? ¿Acaso toda la podredumbre del mundo atacó mientras yo no miraba?

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Miento para estar solo sabís. Esto solo lo intuyen algunos pocos de mis amigos y, a riesgo de aparecer ante ti como el raro que soy, lo confieso así sin más: evado, omito y miento con tal de poder quedarme en casa, sin nadie que me moleste. Si supieras la paz que da saber que el timbre no va a sonar, que nadie va a llamar, que no hay que salir a ninguna parte. Por ejemplo, ahora que se acumularon muchos días en los que no pude hacerme cargo ni de mí ni del computador ni de las cosas de la casa, he tenido que dejar ciertos mensajes de guasap ahí no más, sin ver, porque intuyo que son para sondear si estoy en mi día libre. A otro amigo tuve que decirle que ya había llenado el día, que mejor la próxima semana. Lo que no he dicho es que he llenado el día conmigo mismo, con esto, con la necesidad de dormir siesta, salir a correr y, la única parte más socialmente legítima, la necesidad de hacer algo de aseo.

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A F, que me escribió anoche, y ahora de nuevo, aún no le contesto. Pero él me conoce hace como 15 años y me va a entender cuando le cuente. R en cambio no me conoce tanto. Me cae bien y siempre que pasaba a buscar a mi ex al café (trabaja allí) nos quedábamos conversando. Había redescubierto un amigo del pasado y con el término de mi relación me alejé de ahí. Así que le contesté recién y creo que el miércoles voy a ir a verlo y a jugar Go (se cambió hace más de un mes ya, él, su hijo y la madre de éste, a un depto. muy cerca de aquí y aún no lo conozco; así soy, pero a la vez, parece que así está un poco la cosa, ¿o no? Digo, ¿quién ve con frecuencia a tus amigos?)

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Pero ya, vuelvo a algo que subrayé del mismo párrafo que estaba atacando antes de estas digresiones (siempre creí que era “disgresiones”, pero no): “El descaro de ser más o menos feliz”, me gustó eso, como que lo relaciono con el escritor que ya se sabe, con el que no siente ninguna vergüenza de su privilegiada posición y anda chocando copas como si nada. Uno prefiere el escritor inseguro, transpirado, feo incluso, el que nunca termina de acomodarse, el que aún mantiene fresco el pudor de ser un escritor y no un trabajador de mierda mal pagado como el 80% de Chile.

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La mejor manera de limpiar el baño es hacerlo en el momento menos esperado. Ir al baño a mear y empezar de pronto a sacar el cloro y simplemente hacerlo. Son los pensamientos de limpiar los molestosos. Cuando termino ya es hora de hacer almuerzo. C ya partió haciendo unas hamburguesas de soya y a mí me toca el arroz (con cúrcuma y papas y sería). Lo curioso, y esto es algo que me ha pasado con cada roomate que he tenido (y han sido montones), es que, en los días en que uno se supone debe descansar, yo corro, voy de allá para acá, traslado cosas, sudo, mientras que el compañero en cuestión, digamos C ahora mismo, está en el balcón fumando un cigarro, muy echado para atrás y, luego de almorzar, en su cama con su mac viendo algo en Netflix. ¿Y yo? Recién ahora, a las cinco con cinco minutos de la tarde, vengo a volver a sentarme aquí. Sé que mi problema es que tengo muchas cosas: cosas que son objetos concretos y cosas inmateriales que viven aquí en el computador. Lo que estuve haciendo todo este rato, aparte del baño y el almuerzo y su posterior café, fue ponerme a ordenar los libros, apartar todos los diarios, epistolarios y cuestiones de ese tipo y ponerlos en una torre aquí en el escritorio. Saqué también del librero del living todo lo relacionado con budismo y fantasmas y cuestiones místicas y lo acomodé en la parte superior de uno de los libreros chicos de la pieza (que me había prometido dejar así, espacioso, pero bueh); siento que así, teniendo ese material más cerca, podré volver a acercarme al huidizo sótano del inconciente y lo oculto. Y dejé también un montón de libros en un cajón del mueblecito del baño (cómics, ensayos, unos sueños de Fogwill; puras cuestiones en las que se puede avanzar de dos o tres páginas)

(…)

Denante en la cocina C me hizo ver algo que había pasado por alto: En el frasco del arroz integral se están criando unas polillas. No sé si venían con el arroz o, en algún momento que lo dejé abierto, se les ocurrió irse a vivir ahí, mezcladas con los granos de arroz, rebotando en los muros de vidrio, ridículas como ellas solas. Sabís que sentí algo que, más que asco, fue como pena. O una especie de pena-asco. Pero más pena, sí. ¿Cómo hay existencias tan inútiles? ¿Cómo no estudian un poco EL LUGAR EN EL QUE VAN A PASAR EL RESTO DE SUS MISERABLES VIDA? Mire que irse a vivir adentro de un frasco, las muy tontas. ¿Cómo la naturaleza permite que pasen este tipo de cosas? ¿Cuántos cientos o miles de años llevan las polillas viviendo en la tierra? ¿Para llegar a esto? Es muy triste si uno se detiene a pensarlo.

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¡Lo conseguí! Y eso que no me mentalicé ni nada. ¿Será porque hemos sacado el tema aquí o porque me traje los libros más “espirituales” a la pieza? Aunque no alcancé a volar tanto, puta que valen esos tres segundos. Fue más o menos así: estaba aquí mismo en el computador, ordenando carpetas, catalogando la música, cuando paf, empieza a sonar una canción que yo no he puesto, entonces me digo “meh, debe ser un error, algo que justo se estaba descargando y terminó y se reprodujo así por defecto”. Así que apago el equipo. Y empieza otra música. Y ahí me pego el alcachofazo: ¿no que yo estaba durmiendo? Lo primero que hago es abrir la puerta y salir al living. Me siento como la cosa de humo en Lost. Avanzo por el living como por la jungla y me encuentro cara a cara con la gatachica -¿me habré encontrado de verdad con ella que en esos momentos estaba efectivamente en el living o todo es mera representación? Todo en mí me dice que DE VERDAD era yo o una comitiva más nubosa de mí mismo que salió de excursión por la casa-; la molesto un poco, me acerco, quiero entender su reacción, la dejo de espaldas y le hago asi brrr en la guata como a las guaguas. Luego la dejo y enfilo hacia el balcón, pero mientras rajo la malla para salir volando, despierto, pero no del todo. Podría decirse, con más exactitud, que me devuelvo a la terminal que soy yo mismo en la cama, ni despierto ni dormido, muy conciente de todo, entonces me apronto a intentarlo de nuevo y, como siempre que la cosa parte en la cama, me derrito hacia el suelo, como si no tuviera huesos ni fuerza y ¡pium!, esta vez sí resulta (¿quizá porque he omitido la parte de rajar la malla protectora y sencillamente la he atravesado?), salgo volando por encima de este edificio en construcción aquí en frente, dos o tres segundos maravillosos, la vista como masticando el entorno y luego nada, de vuelta a la terminal, pero esta vez ya más despierto que dormido y con la gatachica que, delicada, avanza desde los pies de la cama hacía mi cabeza.

(…)

Supongo que intento hacer con las fotos lo mismo que aquí escribiendo: amontonar y amontonar y esperar que, al final, la relación de todos los apuntes entre sí digan lo que había que decir. Pero claro, la fotografía no es un mero texto y por lo mismo a veces reviso mi instagram y me da vergüenza y borro algunas fotos.

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Ando leyendo una cosa que se llama Postdata que es como una historia de la Correspondencia, cómo y en qué contexto surgieron las primeras cartas, cómo el fenómeno se fue masificando, cómo se pasó del ámbito diplomático y público hacia lo íntimo y privado, muchos ejemplos de cartas famosas, y así. Muchas cosas que se suponen que son serias me dan risa, esa suerte de amaneramiento que había que tener, todas esas palabritas cuando había que escribirle a una autoridad. No recordaba que hubiera tantas maneras de prosternarse y, al revés, de enseñorearse, así por escrito. Y según dice aquí este tipo (Simon Garfield, el autor) recién con Montaigne se produce un quiebre y la cosa se relaja un poco más. Montaigne desconfiaba de las cartas que “no tienen sustancia sino un bello entramado de palabras corteses”. Hay otra carta muy chistosa (por lo llorona) de Erasmo de Rotterdam en la que le escribe a no sé quién quejándose de que él escribe pero no recibe nunca nada de vuelta (“¿Te queda algún resquicio de sentimiento fraterno o han huido de tu corazón todos los recuerdos de tu Erasmo?). Y lo más mejor de todo son algunos ejemplos que se dan sobre las maneras más adecuadas de comenzar una carta a alguien importante. Cito uno, con nuestros nombres en la zona punteada: “A L, por la divina gracia, resplandeciente de ciceroniano encanto, R, siempre suyo y sometido a sus entregadas enseñanzas, expresa la servidumbre con un corazón franco”. ¿Bonito no? Deberíamos intentarlo.

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Me da un poco de rabia mirar la hora y ver que ya son las 20:25. Si salí a las 18:00, ¿por qué recién puedo venir a sentarme y empezar a escribirte? Porque pasé al súper, porque acomodé cada cosa en su lugar correspondiente, porque me agaché a recoger unas basuras y vino la gatachica y me acosté en el suelo y la dejé subirse y me quedé allí unos largos minutos, porque me puse a jugar con el frasco del arroz apolillado (agitándolo y dejando a todas las polillas sepultadas y viéndolas luchar para volver a la superficie), y así. En mi imaginación a las siete ya estaba aquí, escribía algo así como una hora, y luego ya a las nueve volvía del ejercicio. Como sea, hoy va a ser lo mismo que todas estas noches: salir a correr y tomarme esa pócima mágica mientras te sigo escribiendo. Y quizá terminar una película que empecé ayer, Reprise, sobre dos jóvenes escritores noruegos, una banda punk, un amorío frustrado, un escritor deprimido, and so on, and so on

(…)

Así que sí, igual imagino al lector anónimo, pero sabís que siempre los imagino como súper pocos, sobre todo porque nunca le creo mucho a las estadística que tira el wordpress, porque que alguien de click en alguna entrada no significa que la haya leído hasta el final, de hecho nisiquiera significa que haya leído una sola palabra: yo mismo a veces entro a blogs al azar y, o los cierro inmediatamente por feos, o leo en diagonal y con eso me basta para saber que no hay nada para mí allí, y creo que lo mismo se aplica para mí, lo que me da un porcentaje quizá no menor de gente que llega a mi wordpress y, no sé, encuentra que el rosado de los bordes es ridículo, o, como me dijo hace poco alguien con quien no hablaba hace años: “lo último que escribiste es tan de niñita”. Así que como que me escudo un poco en eso y en que igual ya nadie se da la paja de leer blogs. Todo eso, sumado, da una especie de anonimato del tipo “qué tanto, puedo escribir lo que sea, si ya nadie lee ni el diario”. Pero por sobre eso creo que hay otra especie de anonimato: el de esconderse en la acumulación de lo exposición de sí mismo: así como cuando en el colegio, sin querer, me meaba los bordes del pantalón y, para pasar piola, me mojaba mucho el pelo y la camisa y me salpicaba entero, camuflando el pipi con manchas de agua, bueno, así mismo siento que quedan camufladas las posibles vergüenzas o debilidades o penquedades de uno. Visto así, con esa metáfora de mierda, el pudor ya no es la gran cosa. El pudor es para los que dos o tres veces al año sueltan alguna infidencia, no para nosotros, que estamos enfermos. Así que no, no tenía idea que me leías. Y sí, hay un puñado de seres (que conozco y otros que no) que sé que leerán y supongo que igual los tengo presentes (algunos, cuando pasan meses y no subo nada, hasta me lo exigen). Pero, por fuera de todo eso, yo diría que igual hay una preocupación por el texto mismo, porque no se me pase alguna falta de ortografía, por no redundar, por no ser como tanto blog culiao fome desde la primera hasta la última letra, casi que diría que hay una preocupación por entregar un “buen producto” (y por cierto que hay un montón de vanidad en esto: a esta edad y, salvo una mísera crónica en Ciudad fritanga, sin ninguna publicación que me respalde, no puedo permitirme tener un blog al lote, con textos sin revisar, con intimidades meramente íntimas -que son las que tanto me aburren-) (No me gusta cómo quedó esto último pero, siguiendo tu ejemplo, no lo voy a retocar. Siento que expongo algo que nisiquiera me he dicho bien a mí mismo, a saber, si de verdad me interesa publicar en serio alguna vez. Y creo que sí, que obvio, que quiero, pero siempre hay un pero –deberíamos hablar mucho de esto próximamente- y, por sobre todo, la pereza de intentarlo y, por debajo de todo, lo obvio: el miedo a pasar desapercibido).

(…)

Y bueno, socialmente igual suelo ser el que dice las frases más cortas, o las que hacen que todos se queden mirando en silencio. Siempre las historias que cuentan los otros se me hacen infinitas. Siempre siento que yo la habría resumido mejor. El problema es que, una y otra vez, cuando me da por contar alguna anécdota o lo que sea, la mayoría se queda así como “Y, ¿eso era todo? Quizá resumo mucho. O me cuido de no aburrir. Me cuido demasiado. Además, creo que no tengo capacidad de remate y, a veces, hablo como escribo, es decir, solo constatando algo, poniéndolo ahí encima, sin sacar ningún aprendizaje o conclusión al respecto. Por lo mismo, muchas veces opto por guardarme mis comentarios.

(…)

Esto me recordó unos cuantos subrayados que tengo por aquí y que, como si no supiera que llevo ya quince páginas, procedo a pegar aquí: “Todo esto en verdad hace sufrir un poco, pero tan malo no puede ser si uno está en condiciones de describirlo con tanto detalle” (palo de Valery a Pascal a raíz de los Pensées). “Quien se desprecia a sí mismo, aun se respeta a sí mismo como alguien que se desprecia” (Nietzsche). “Para crear me destruí; me exterioricé tanto dentro de mí que no existo más que exteriormente” (Pessoa). “Que un escritor se convierta en alguien no hace sino degradarlo a la condición de limpiabotas” (Robert Walser). “Hay que describir bien lo mediocre” (Flaubert)

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Me pasa eso mismo con las cartas: si se ponen utilitarias, me aburren. Antes pesaba más la funcionalidad, entonces la mamá de Proust le pregunta si ha comido bien, si se ha tomado sus remedios, si sigue escribiendo, y así, sin jamás reírse de sí, sin el tenso diálogo interno que uno lleva consigo mismo. Sin embargo, y pese a esa explicación, me sigue quedando ese mismo vacío que apuntas: si las cartas eran privadas, ¿por qué no daban rienda suelta a todas las pequeñas vergüenzas y miserias? La época, supongo. Cuando hasta lo privado estaba infectado de cierto ánimo público. O la nula conciencia de que, a la larga, todo iba a ser publicable.

(…)

Los comerciales en los que la gente baila son los peores. Me dan ganas de pegarles a todos. Hasta a las abuelas y los niños. Mire que bailando adentro de un supermercado o en plena calle. “Qué amargado”, me diría mi mamá. Mi mamá, a la que de a poco he ido intentando explicarle que HAY HUEONES QUE ESTUDIAN PARA CAGARSE DE MANERAS SOFISTICADAS A LA GENTE. ¡Hijos de la puta freudiana! Perdón. Debes saber que soy el tipo de persona que, solo en una habitación, no duda en gritarle a la tele. Así que sí, cómo no, concuerdo con todo lo que dices y solo agregaría una mirada más global del asunto: ¿te imaginai que va a pensar la humanidad en unos 100 años más acerca de todas estas artes funcionales? Uno, desde ya, vive con esa vergüenza futura, pero no porque seamos unos adelantados, sino porque estamos bajo un sistema de producción de la realidad que, como dices, es un poder que mueve todo siempre hacia la novedad como un plato caliente. Mi pronóstico de la situación -¿estética?- del mundo es categórico: tan cierto como que ambos moriremos alguna vez es el hecho de que todas esas artes funcionales van a perecer y, si conseguimos no seguir revolcándonos en nuestra misma mierda hasta extinguirnos definitivamente, estoy confiado en que habrá algo que las sustituya (confío un montón en el cine y la fotografía y la literatura; incluso en todas las otras artes que no frecuento). Y sabís qué más: ese algo -lo que debería venir luego de la muerte de esas artes funcionales- será algo como esto o no será nada: lo que se suponía que no importaba, la comunidad secreta de lo absurdo y el dolor y los errores; esa extraña intimidad que circunda siempre a la miseria y que, lo siento por los ateos, tiene algo que ver con ciertas intuiciones fundamentales del cristianismo (sin la parte de la Inquisición, las iglesias y todo eso) y en realidad de todas las religiones, ¿qué otra cosa, sino eso, esa piedad sin apellido alguno, podría ser el pegamento que ayude a que, finalmente, dejemos de venderla como humanidad?. No me preguntes exactamente en qué tipo de sociedades e instituciones futuras estoy pensando, solo sé que, si hay algún sentido –un sentido en sí mismo de la finitud y no un hipotecarse hacia otras existencias abstractas- tiene que ver con esta complejísima construcción de una comunidad que –tarde, pero bueh- empieza a podarse a sí misma y a tener conciencia de su autoproducción.

(…)

Siento que ya no me convertí en un adulto. Solo me importa esto y todo lo que tenga que ver con esto: la vida representada, desarrollar lo aparentemente inútil, la lenta construcción de un hacha con la cual machacar el mundo. ¿Para qué querría emprender? Una editorial o una librería propia serían las únicas opciones. Pero de eso sí que estoy lejos. Siento que todo lo que escribo termina donde mismo. En los periodos que dejaba de escribir era un poco por eso: intentaba que pasará el tiempo y así volverme un poco otro y ya no terminar diciendo lo mismo de siempre. Pero siempre termino quejándome contra mí mismo. EN FIN.

(…)

Recién una mujer entró y preguntó qué teníamos de Zambra y le dije la verdad: que, lamentablemente –usamos harto esa palabra en la librería para aparentar que nos importan los clientes-, no nos quedaba nada, entonces la tipa, notoriamente molesta, se dio media vuelta y simplemente se fue y, justo antes que se fuera, le solté un chauchau que, ironías aparte, es lo que les digo a todos cuando salen. No soy el guardián de las costumbres, pero igual uno reconoce ciertas maneras dañinas de comunicarse con el otro. Un evento de esos al día no es nada, el problema es cuando se te juntan tres o cuatro o hasta diez idiotas de ese tipo. Pero para qué voy a redundar en eso.

agosto-septiembre

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“El acto de escribir consiste en hacer que la vida –sin importar lo mediocre– sea similar a un espejo, pues la gracia consiste en el poder reflectante y no en la calidad del espectáculo reflejado”. (Oro, Ileana Elordi).

*
Nunca tengo tanto sueño como cuando no estoy en casa. Nunca tengo tantas ganas de escribir como cuando estoy lejos del notebook. Nunca tengo tantas ganas de estar acostado y cómodo y con un té leyendo como cuando estoy lejos de aquí. Así que algo pasa aquí. Algo ocurre cuando entro a esta casa. Algo me coloniza apenas pongo un pie aquí dentro. Algo sucede cuando me saco la mochila y redistribuyo las cosas y me pongo ropa cómoda. ¿Por qué no he vuelto a meditar si, pese a lo que balbucean mis prejuicios materialistas, me hacía tan bien? ¿Por qué no he vuelto a correr? ¿Por qué me ofrecen escribir una columna y siento, contra todo lo que encarna este diario, que no tengo nada sustancial que decir? Soy una cosa afuera de la casa y otra dentro. Ahora por ejemplo, ¿debería seguir escribiendo a partir de estas mismas quejas de siempre o, como suele suceder, debería dejarlo y ponerme a respaldar las últimas películas bajadas (de las cuales veré con suerte el 10%) y empezar a errar en internet, seguir viendo si encuentro en bandcamp más bandas parecidas a la música de Stranger thing y luego salir al balcón y fumar, adivinar siluetas en el edificio del frente y prender el playstation y continuar esa Copa del mundo con Chile mientras C trabaja en no sé qué en su mac en el living escuchando su música que igual me gusta? Hay un asco raro. Eso es importante. Una cosa que no es ni física ni mental. Un pensamiento del cuerpo o una sensación de la mente. Por eso abrí este párrafo: empezó hoy en la tarde, en la librería, cuando se les ocurrió la genial idea de cortar el aire acondicionado y tuve que volver a comprarme un migranol, entonces el dolor cesó, pero otra cosa, otro estado que no sabría cómo calificar (y que, mientras escribo y me tomo un agua de toronjil, persiste), suplantó al dolor de cabeza y luego me acompañó todo el trayecto, primero escuchando los problemas de N y sus interpretaciones forzadamente filosóficas de hueás que se zanjan cambiando uno mismo -pero quién es uno para venir y, cual Pedro Engel, decir eso en una conversación- y luego, ya solo, por Bellas Artes, enfilando por Rosal, Lastarria y todo eso, caminando rápido, como perseguido, preso de una especificación o más bien una materialización o escenificación del asco, ese desprecio que ni siquiera entiendo muy bien, ese inusitado odio a los sombreros, a los estilos perfectamente delineados, a los zapatitos perfectos, a los rostros y a los cuerpos que se saben, que andan por ahí sabiéndose y contorneándose y todo esto mezclándose con el ánimo generalizado de sábado por la noche como una publicidad de no sé qué, en fin, camino rápido, a algunos tipejos me dan ganas de empujarlos así como sin querer o hacerles zancadillas, pero sigo y en el unimarc ya me siento a salvo, casi en casa y, ahí, exactamente en Portugal con Marcoleta, cuando empiezo a pensar qué voy a llegar a hacer, sé cuál es problema: si voy odiando todo es porque, aparte de la odiabilidad misma de la realidad, voy concentrado en la inutilidad de mis propias elecciones, revisando y recitando como un mantra, uno tras otro, mis intereses, mis gustitos y mis supuestas aptitudes, y así, de golpe, como sucede unas cuantas veces al año, todo me parece vano. Todo lo leído, todas las películas vistas, todo lo escrito. Todo aquello que me gusta defender se me rebela, bajo la premisa casi física del aburrimiento, como un artilugio más, como un sombrero o algo que uno se echa encima no solo por la virtuosidad o radicalidad del objeto sino, también, y cómo no, para gustar, para calzar, para participar, y es así cómo el asco se asienta: si esta es la verdad de este sábado por la noche, no tendría por qué no ser la verdad verdadera, el fundamento último que hay que encarar por el resto de los días. Pero si ni siquiera consigo hacerme caso a mí mismo y escribir y hacer ejercicio y comer y dormir bien, ¿cómo voy a encarar esa verdad verdadera fundamento último de todo? Sé que hay un ciclo, algo que vengo repitiendo toda la vida y que consiste en que, llegado este punto, aprendo alguna pequeña cosa, algún pequeño desprendimiento, alguna ínfima destrucción del yo, para después volver a lo mismo e incorporar esta leve luminosidad en el pedregoso caos que uno es. Y así, como los países, como la humanidad misma, avanza uno: ridículamente de a poco, sabiendo que lo mejor sería simplemente apartarse, romperse y esperar. Y mientras se espera, seguir haciendo lo único que uno sabe: farfullar aquí, así, y seguir revisando a los que hablaron más bonito y claro que uno.

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Escribir es una fiesta. Quieto, sentado y solo, pero una fiesta.

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“Se me ocurrió que las rutinas de una persona soltera tienen una recursividad subrepticia: mi panorama de soltero un viernes es ir a nadar, tomar cerveza y leer hasta dormir. Y estoy soltero precisamente porque mi panorama de un día viernes es: ir a nadar, comprar cerveza y leer hasta que me duerma”. (Whatsapp de J).

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“En los mejores momentos de mi vida, siempre creo que estoy haciendo sitio dentro de mí, más sitio todavía. Acá quito nieve con una pala, más allá levanto un trozo de cielo que se había desplomado; hay lagos superfluos, los dejo desaguar –salvando, eso sí, los peces-; han proliferado nuevos bosques, en ellos suelto manadas de monos, todo está en pleno movimiento, sólo que nunca hay suficiente sitio; jamás pregunto: para qué; jamás siento: para qué; solamente tengo que hacer siempre más y más sitio, y mientras pueda hacerlo, mereceré mi vida”. (Canetti, Apuntes 1).

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Hacer todo sin voluntad. ¿Qué diferencia habría? Hacerlo todo correcta y perfectamente, pero a la vez, completamente ausente. Separarse de los días, en los días. Ir construyendo una reserva de energía. Sin ningún propósito, esconderse cada vez mejor. Pero esconderse hacia afuera. No decaer ni elevarse. Sin levantar sospechas, interpretar un rol y guardarse para cuando sea que sintamos el llamado.

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“Uno quisiera escribir tanto como sea necesario para que las palabras se presten vida unas a otras, y tan poco como para poder tomarlas en serio uno mismo”. (Canetti).

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Este lento crecer
trae una rara
felicidad.

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“Los días se diferencian, pero la noche tiene un único nombre”. (Canetti).

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Cuando llego y me dispongo frente al escritorio y prendo la luz de la pieza y prendo el computador y la radio y la lámpara todo muy ágilmente y sincronizado con otros movimientos afines como ponerse el chaleco y las pantuflas me siento como cuando en las películas muestran al piloto en su cabina preparándose para hacer partir el avión.

 

CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

Uno actúa como si internet fuera a acabarse. Sería bueno que pasara igual. Al menos por un tiempo. Así tendrían sentido nuestras tremendas bases de datos. Las películas es lo que más cuesta ordenar. Las categorías se superponen, algunas no sé si ponerlas en terror o en su director correspondiente. Todo el resto es fácil, incluido uno mismo: los poemas, el diario (un word por año), las cosas de la u (por año tb) los intentos de cuentos o novelas, y así. Hablar de carpetas es la nerdidad absoluta, ¿o no? Pero importa, lo cierto es que se invierte un montón de tiempo ahí. Y uno al final se convierte un poco en eso. Yo acumulo las palabras desconocidas en un word hace más de dos años. Nisiquiera he hecho el intento de buscarles el significado.
[R, 12 sept].

Sí sí, siempre que hago descargas tengo algo así en mente, “cuando haya un terremoto muy fuerte y ya no quede nada más, voy a tener material suficiente para entretenerme hasta morir y dar a los demás”, pero después pienso que el computador también moriría en esa supuesta catástrofe. Y si no es el pc, la electricidad. O yo. En fin. Siento que confío más de la cuenta en ese disco duro. Creo que eres más ordenado contigo mismo que yo. Los poemas y demás escritos los voy dejando por ahí como prendas uno se saca y va tirándolas en cualquier parte de la casa. Todos en una carpeta “Escritos”.

(…)

¿Cuantas páginas tiene ese word con las palabras? Eso también es prometerse algo. Yo las voy juntando en una libreta y me digo que algún día me forzaré a usarlas todas en un poema.

Te iba a contar que apareciste en una parte de un sueño que tuve anoche, lo anoté rápido, te lo copio: Soñé que me pasabas una carpeta con manuscritos de no sé qué cosas y cuando tocaba las hojas salía una voz, murmuraban lo que tenían escrito. Yo te preguntaba si acaso se callaban alguna vez y tú me decías que con el roce de los dedos se activaban. Muy touch todo.
[L, 12 sept].

Me hizo más gracia el hecho de que hayamos decidido (en teoría, porque se ve que no lo hemos hecho ni estamos cerca) hacer algo con todas esas palabras desconocidas que juntamos. Mi idea era hacer un cuento que no podría quedar malo, porque sería un ejercicio formal, algo forzado que, inevitablemente, quedaría ridículo y pretencioso, con una trama que sería solo una excusa para usar esas palabras raras, como cuando uno le inventa un cuento a la rápida a un niño y sale cualquier descalabro; y no, no son más que una plana de word: pongo el nombre del libro y entre paréntesis hacia el lado todas las palabras desconocidas.

Opino que hay que seguir acumulando y, eso sí, ir perfeccionando las categorías para que el orden ocurra “solo” (si soy ordenado conmigo mismo es porque inventé todas las categorías en la época en que tenía todo el tiempo del mundo; luego ya fue ir echando cada cosa en su lugar).

(…)

Intenté llevar un diario del celular pero todo termina en tuiter. Antes, cuando no tenía tuiter, escribía más. Como que ahora las ideas, de pura costumbre, ya me vienen en 150 caracteres (o cuántos sea, ni me acuerdo). Entonces hay que forzar un poco los párrafos. Guardarse algunas cosas. Plantarse frente al word. Aquí, a ti, y con cierto poeta de Talca con el que nos escribimos “cartas” al mail, me resulta increíblemente fluido. Ante sí mismo siempre es otra cosa. Se me hace que tu sueño es como una mezcla de esto (escribirnos harto) y quizá haber mencionado nuestro fracaso con los readers. ¿Has tenido sueños lúcidos? Son una droga. Cuando tienes uno, o una seguidilla de varios, quieres más. Antes cuando meditaba me pasaba más. En fin. Ya me alargué de nuevo y desde que empecé a escribir que muero de frío pero no hago nada al respecto, porque me llevó la escritura y no quise pararme a cerrar la ventana. Ojalá soñar hoy.
(Opino que mi uso de los paréntesis es pésimo y excesivo, pero bueh).
[R, 13 sept.]

*
Me dio risa lo del cuento, recordé que en primer año de U, en un taller de cuentos, me esforzaba mucho en escribir con puros adjetivos que recolectaba de Lovecraft. Me quedaban pastiches sin sentido, pretenciosos y con hartas palabras que para mí eran raras y elegantes. Lo mismo en la poesía. Qué pajarona. Con los años se quedó atrás todo eso, cuando escribo poemas no sé si estoy hablando o escribiendo, ya no sé oscurecer o hacer juegos con el lenguaje, en fin. Me voy por cualquier rama. Igual me resulta fácil escribirte. (Aquí un paréntesis para que no sientas que eres el único que los ocupa. Cuando mencionaste los cuentos para niños me acordé que cuando era chica mi papá, por años, me contó la misma historia antes de dormir. Su pie forzado eran las tortugas y el entorno familiar. Siempre los mismos protagonistas, la misma tradición y motivación de los personajes, pero no importaba. A veces viajaban, se peleaban o ni él sabía qué pasaba. Un relato que era siempre el mismo, que era lo único que tenía en la hoja y sólo le hacía pequeñas modificaciones. Ni siquiera le gustan las tortugas.

(…)

Una vez soñé que estaba reunida con unos tipos que quería mucho en torno a una fogata, y yo sabía que era un sueño, así que intentaba convencerlos de que ellos no iban a existir más al despertar. Era extraño pensar lúcida y a la vez sentir ese cariño tan grande que no venía de afuera, que se generaba ahí dentro. Ellos no entendían, me decían que ese lugar era lo único que conocían y me daba mucha pena, cuando sentí que despertaba me despedí de todos llorando. También sueño constantemente que me persiguen dinosaurios (?). En plena persecución me doy cuenta que no tiene mucho sentido, que en el otro mundo ya no existen, así que les empiezo a hablar y nos hacemos amigos. Todos los dinos son muy simpáticos, nunca me llevé mal con ninguno.
[L, 13 sept.]

*
“Escribir usando adjetivos de Lovecraft”. Reí. Pero es que así uno parte. Cuando –de nuevo, en Curicó, donde había una sola pequeña librería dentro del único mall de la ciudad- leía a Benedetti porque era lo único que podía encontrarse, uno escribía como Benedetti. Después en el colegio, cuando un cabro de un curso más arriba me prestó unas obras completas de Huidobro, me puse a hacer poemas de ese tipo. Y así, luego con Bukowski, escribía mis primeros años de universidad en tono lúgubre, con mucho punto seguido, copiando algunas palabras, copiando incluso el tono específico del tedio que, a la larga, terminó pareciéndose a la realidad. Después ya juntai más referencias y la jugüera que es uno mismo hace la mezcla y sale algo que, con suerte, no se parece a nada (porque, en el fondo, se parece a todas, y son muchas como para que alguien se dé cuenta).

(…)

En parte por ese mismo miedo a perder los escritos, pero también por la enfermedad de la catalogación y el orden, he pasado todo esto a un Word, lo que llevó a que, en vez de irme por un tubo como en los mensajes anteriores, me fuera por varios tubos, respondiendo como suelo hacerlo cuando no quiero dejar nada en el aire, o sea releyendo la “carta” anterior y dejando los tópicos hacia abajo para luego desarrollarlos uno por uno y armarlos como un rompecabezas. No sé si está resultando tan bien como lo anterior, pero como sea. Lo bonito es que copié y pegué todo (en este word que bauticé LR) y antes de cada misiva (en realidad antes y después y entremedio, así que tuve que editar) quedó nuestro avatar, lo cual, dada nuestras fotos tan adultas y representativas (¿), le da gran seriedad al asunto.

(… )

Es porque la vida es aburrida, por eso, si hay ruidos en casa, salimos en medio de la noche provistos de un cuchillo (“provistos”, ¿he pronunciado siquiera esa palabra alguna vez?). Recuerdo que sobre todo en Curicó, en la casa de mi abuela, cuando vivía como con 5 mujeres y se escuchaban ruidos extraños en el patio, yo agarraba el bastón de mi abuelo (que por entonces veía como una especie de cetro mágico) y partía envalentonado, por delante de las mujeres, hacia el patio. En el fondo sabía que nunca pasaría nada y que, en el peor de los casos, el posible husmeador sentiría el ruido, vería las luces, y huiría hacia las casas vecinas.

(…)

A modo de contextualización: te escribo en mi día libre. Si no es en el computador siento que no estoy escribiendo en serio. Además, uno siempre quiere encontrar el momento propicio y anoche tenía la mente colonizada por unos problemas. Tomé, cuando comenzaba a escribirte, uno de los desayunos más pencas de la vida: un sobre de quacker saborizado vencido con menos de un vaso de leche que era todo lo que quedaba, un café normal, y dos pan pitas con palta, también vencidos, secos y completamente destrozados (culpa de su delgadez y de un descongelamiento mal ejecutado). Espero quererme más con el almuerzo que, por lo que veo, y como suele suceder en los días libres, será a la hora de once, lo cual, también como siempre, dará paso a la siesta, que es una de las mejores partes del día.
[R, 14 sept.]

Una vez soñé con un volcán y descubrí una pifia: en sus esquinas, el volcán terminaba abruptamente y tenía los límites de la pantalla del computador. Y era una imagen que yo -en el sueño- recordaba haber visto en el computador. Me reí ahí mismo. No podís ser tan chanta, mente, para tomar una foto estática con los límites evidentes y pretender que me lo crea. Creo que mi inconsciente castigó esa burla desvergonzada haciéndome ir a la casa de ex. Todo tiene sentido.
[L, 15 sept.]

Esto conlleva una ansiedad parecida a la de las series, solo que un poco menos patológica –y casi que me arriesgaría a decir saludable-, ya que no solo estamos recepcionando y contemplando estos episodios random de nuestra cotidianidad, sino que de algún modo los estamos produciendo, o reproduciendo, o interpretando y, aparte, tiene esto también un poco de juegos de rol, de ida y vuelta, de estar como cambiando láminas de un álbum, cómodamente sentados delante de la mesa de los días, con un turno cada uno para lanzar su superpoder (pero aquí, en este intercambio -y quizá en todos-, la única fuerza viene de la debilidad, del error, de lo inútil, de lo confuso y lo onírico, de todo lo que es totalmente contrario a un superpoder y, por lo mismo, no hay gran claridad sobre la meta ni, menos aún, sobre la posibilidad de un vencedor.

Canetti lo dice así: “Muchos han tratado de captar su propia vida en su coherencia espiritual (…) Me gustaría que algunos la presentasen también en sus fisuras. Éstas, al parecer, pertenecen más a todos, y cada cual puede sin problemas sacar de ellas aquello que le concierne”. Creo que nos viene bien eso.

(…)

Cuatro páginas está bien pos. La verdad, te leo de un tirón. Como un flan o una panacota o huevos a la copa, no sé masticar ni pausar y solo después, en las segundas y terceras pasadas, “degusto”. Aquí me exorcizo de todas esas lecturas lentas y tediosas y esforzadas en las que ando metido: Pynchon se me volvió inleible, incomprensible; Onfray redunda en ejemplos y no arriesga ni una teoría que lo rompa todo; las cartas de Proust a su madre no traen la ternura y la torpeza que esperaba; la correspondencia de Crumb rebosa de detalles sobre cómics antiguos que no conozco ni, al menos en lo inmediato, me interesa conocer; incluso las cartas de Emar a su amada están repletas de códigos que solo ellos entienden). Así que convengamos que esto, por lo bajo, le va ganando, al menos desde mi parte, a muchos otros consagrados. En cuanto a esta carta en particular -y tomando en cuenta  que recién estoy en el preámbulo y que ahora voy a parar para empezar con Lost y seguir después y así sucesivamente hasta mañana quizá- tengo la impresión de que voy a exagerar y las ramas del word van a seguir creciendo (y no tengo ningún apuro en salir de este bosque).

(…)

Para mí esto es como una conversación con refuerzos. Pero el refuerzo es uno mismo. Uno mismo que, por escrito, viaja en el tiempo y dice más de lo que usualmente diría.

(…)

Una y algo a eme. Releo para retomar y creo que uso mucho el “al menos”. Quedamos como en el séptimo capítulo de Lost. Y la tarde fue eso: carne, cerveza, Lost y una siesta. Mi hermano habla con su polola en el living. Me pidió un poco de privacidad. Están como terminando y todo esto es nuevo para mí. Anoche se puso a llorar y sentí que era uno de esos momentos en que uno debe saber muy bien qué hacer, qué decir. Esos momentos en los que te escindís y te mirai a ti mismo y pensai “¿Qué irá a hacer este hueón? ¿La irá a vender?”. Nunca lo había visto llorar por una niña. “Todo este año ella ha sido el único motivo para levantarme a ir a la cagá de colegio”, me decía. Así que lo dejé un rato. O sea, lo dejé, estando yo ahí, frente a él. Contemplé y le dije un par de cosas que seguramente le supieron a obviedades. O no. No sé. Creo que no le dije nada del tipo “conocerás muchas mujeres”, o “aún no conoces el amor de verdad”, ni ninguna de esas frases que se dicen desde la acumulación de experiencia. La verdad, no me acuerdo muy bien que le dije. Luego, cuando ya se le pasó, y al volver de la cocina con unos tés, le di unos palmotazos leves en la espalda y un beso en la cabeza y alguna frase que también olvido ahora, pero que me salió “de corazón”. (Mientras termino este párrafo noto, por los tonos de voz y las risas, que parece que se están desterminando)

(…)

Envidio cuando en las películas se mandan cartas. Quizá no haya el esfuerzo y la demora que dices pero hay esta demora de encontrar el momento preciso para escribir, y este no saber qué cosa nueva, que extraña ramificación hará el otro. De algún modo lo que importa es la deriva, o más bien la forma de la deriva -que también es una especie de texto o metatexto- y, poniéndose un poco más exquisitos: lo bonito es cómo son estas mismas derivas las que, a través de uno, conversan (y una vez más, siento que a Levrero le gustaría hincarle el diente a este punto; o a mí mismo, aquí o donde sea). Importa también lo explÍcito, obvio, la parte estrictamente funcional y comunicativa, pero siento que el impulso que nos hace seguir –aquí y en general, en la escritura y quizá en todo- tiene más que ver con este otro aspecto más impersonal y trascendente.

(…)

La forma misma y los soportes bajo los que son dichas las cosas que todos deberíamos saber llevan en sí mismos una cosmovisión fracasada, que no le habla a nadie, que no conquista nada, que no alimenta ningún espíritu, que es pura autoreproducción. Y así la cosmovisión que se supone que uno “representa”, que se supone que se ve en tuiter, en las marchas, y en algunos libros, es subsumida y presentada como una posibilidad más. A veces siento un odio tan real y grande contra la publicidad y ciertos programas de televisión. A veces me siento tan adolescente y fuera de todos los códigos. Pero sé que estoy bien. Sin creerme la gran cosa y sabiendo que seguramente no voy a cambiar nada, sé que uno no está solo y es larga la lucha. Y silenciosa, sobre todo.

(…)

Pero nada. No recuerdo nada de lo que soñé. Cada vez que despierto, y antes de mirar el reloj del velador, hago el ejercicio de adivinar la hora. Siempre ando cerca. Son casi las dos ya y vamos en el capítulo 11. Se llevaron a Claire. Charlie quedó mudo. Volvió Said, con la noticia de que podrían existir unos Otros. Sawyer y Kate nadan juntos en un lago que encontraron. Locke encontró la escotilla. Ahora sí que está empezando todo.
En la medida en que avanzamos en la serie la alfombra va llenándose de basura, la mesa de platos, la loza sucia va creciendo y mi buzo-pijama va ensuciándose. Quizá sea hora de bañarse y ordenar un poco las cosas.

(…)

Reí con eso de matarse en las pesadillas como quien se escabulle de una fiesta a la mala. Obvio que también lo he hecho (“total es un sueño”, se dice uno a sí mismo; pero entonces, ¿por qué otras veces ese mismo “total es un sueño” nos envalentona? A veces creo que esas presencias malignas no son meras proyecciones momentáneas de uno y por eso uno decide huir, porque, en el fondo, intuimos que hay un peligro real allí) ¿Has muerto en sueños (involuntariamente, no escapando a conciencia en tus abismos fabricados)? ¿Viste el día de la marmota? Si te cuento lo que me recordaste de esa película y no las has visto aún te la arruinaría. Creo que igual me perturba un poco el hecho de que siendo yo alguien tan interesado en estas cosas tenga tan pocos sueños reveladores que incentiven alguna especie de búsqueda, personal o teórica. Seguro que va por ahí con lo que me dices. Pero a la vez, nisiquiera lo intento tanto, y eso es lo raro. De algún modo, por debajo de todo, siento que “lo merezco” y me conformo y espero, entonces quizá por eso mismo es que no lo merezco. ¿Has intentado alguna vez tener sueños en conjunto? ¿Viste Waking life o Paprika?

Me carga como, si no se le trae a colación constantemente, lo inconciente se va hundiendo en el olvido. Supongo que es una cosa cultural. Mantenemos la basura y lo oscuro bien por debajo de la alfombra. Y yo, en particular, soy muy como las hueás o muy perezoso como para conducirme por la senda que se supone te mantiene cerca de todo aquello. Sigo sin meditar. Estos días he comido para la miseria. Y ya no anoto más mis sueños por la mañana, básicamente por una especie de venganza contra mi inconciente que, según yo, podría ser más generoso, es decir, más invasivo. ¿Cómo no se va a dar cuenta que le estoy dando permiso para que emerja? ¿Cómo voy a ayudarlo si no me ayuda? Yo siempre necesito un empujón. Para empezar cualquier cosa, siempre necesito aparecer allí como si no se me hubiera ocurrido a mí.

(…)

Tengo la impresión que sí, quiero creer que sí, que todas esas cosas existen o van a existir. Si en los sueños, cuando podemos, modificamos escenarios y cuerpos a voluntad, es porque está dentro de las leyes de ese mundo, y creo que aquí, aunque hay unas reglas, existen un montón de excepciones que podrían ir estirándose lentamente. No me niego a creer que hay monjes que levitan. No me niego a los fantasmas. No me niego a los extraterrestres. No me niego a la posibilidad de que los sueños lleven, a través nuestro, una “conversación” con lo real. Reconozco la monotonía de lo real, pero en modo alguno me rindo ante su firmeza. Es cosa de adentrarse un poco en la física cuántica y meterle un poco de budismo zen para notar que todo esto a los que nos aferramos es de una fragilidad brutal.
[L, 18 sept.]

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“Nada mata el alma con tanta rapidez como la sed de gustar a los hombres”. (Gorki, Cuentos de rebeldes y vagabundos)

*
Murió un conserje. Pusieron el aviso junto al listado con los deudores y demases informaciones de uso público. Lo supe un día en la mañana, lo olvidé durante el día y luego, por la noche, antes de subir al ascensor, volví a saberlo. Intenté imaginarme cuál de los 4 o 5 era. Asumí que era el más viejito, hasta que un día lo vi ahí, vivo, y estuve a punto de preguntarle, pero no lo hice. ¿Para qué necesitaba saberlo? ¿Qué le iba a decir luego de individualizar al sujeto? Pasan más días y me convenzo de que es una cuestión que va más allá del morbo. Necesito saber o, más específicamente, hacer la experiencia, sentir, incorporar. Así que una noche llego y me planto en la recepción y aparece uno de los conserjes jóvenes y le digo algo parecido a esta divagación introductoria que pongo aquí. Uno medio pelado, medio gordito, me dice. Le dio un ataque al corazón mientras iba manejando. Asiento, entiendo, pero no es suficiente. Entonces se le ilumina la ampolleta, aprieta unos botones en el teclado de las cámaras de vigilancia, la gira hacia un punto intermedio entre él y yo y se pone a retroceder la grabación hasta el último turno del fallecido. Con el dedo me apunta la cabeza pelada del hombre. Ése era, me dice. Lo veo ayudando con las bolsas del supermercado a unas señoras. Lo veo simplemente sentado. Regando unas plantas. Hojeando un diario. Lo miro y la muerte no tiene nada que ver con todo aquello. La pena es esa incongruencia. Ver un cuerpo en movimiento y luego la arbitrariedad, el despojo, la verdad última. Comento alguna obviedad para ocultar que me importa, que me produce algo. En silencio seguimos viendo la pantalla, cual precario funeral de cine mudo.

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De nuevo un sueño relacionado con los techos de las casas. Toda la gente ahora vive en los techos de sus casas. No entiendo si está inundado o qué, el caso es que no se puede bajar. Nos trasladamos de techo en techo. Intercambiamos víveres. La gente empieza la construcción de sus casas encima de las otras casas que, por motivos que no comprendo, ya no pueden ser habitadas.

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“¿Por qué nunca se ha pensado en admitir como ejercicio religioso (dejando a un lado la confesión y la dirección espiritual) las conversaciones entre dos o tres? No ya charlas, sino conversaciones mantenidas con el máximo de concentración”. (Simone Weil, Cuadernos)

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Odio porque amo y amo porque sí.

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Hace tiempo que noto en algunos cierta tendencia a rechazar o mirar en menos a quienes comparten información sobre las distintas luchas políticas por redes sociales. Los oigo y les leo decir que la revolución ya no fue, que quieren puro alumbrar, que no van a cambiar nada. Y tienen razón: la revolución, al menos en los términos que se dio en el siglo pasado, seguramente no vuelva a ocurrir; hay quienes buscan alumbrar, figurar, identificarse desesperadamente, sí; y seguramente las estructuras fundamentales de la política permanezcan invariables durante los próximos cincuenta años. Tienen razón, pero solo tienen razón, porque las redes sociales, cuando mucho, construyen o direccionan un sujeto colectivo. El resto, la acción, ocurre allí fuera, en los juegos de fuerza, en las estrategias, en las tomas, en la violencia del día a día. En Francia unos sindicalistas han cortado la luz para actos del gobierno y para ciertas empresas y han restituido el servicio para los sectores más pobres. Me entero de eso en el muro de P y luego, salvo mi emoción y estas dos líneas, no pasa nada. ¿Hace eso mella a la hermosura de tal gesto colectivo? No, porque es un trabajo lento y, sobre todo, porque no se trata de mí, ni de los likes. Aunque desde la voluntad y los textos me sienta parte de todo aquello, conozco perfectamente mi lugar y su discreta resonancia. No arriesgo el pellejo contra los pacos, no ayudo a los sindicatos, no tengo ningún proyecto colectivo subversivo y sin embargo, comprendo y valoro la importancia de los que luchan y, en menor grado, de los que difunden la lucha. Incluso si –cuándo no- el camarín está dividido y hay quienes miden su radicalidad como quien se mide el pico; incluso si esto se hace con los únicos medios que están a mano (los del Espectáculo), uno se reconoce al interior de esta radicalidad, porque no solo se trata de un cálculo racional, se trata también de la voluntad, del horizonte al que uno apunta aunque vaya perdiendo. Por lo mismo, encuentro mucho más ahueonao al que traiciona su voluntad y se resta por pudor a parecer alumbrado que aquel que, efectivamente, por ignorancia, oportunismo o por lo que sea, alumbra y genera esta especie de páginas sociales de la subversión que tanto detestan los santos de la radicalidad. ¿Cómo no va a ser preferible eso antes que cualquiera de las otras identificaciones que propone el tono monocorde del noticiario? Prefiero que mi hermano conozca un poco de la lucha estudiantil en Chile y el mundo –y que se ponga una pañoleta, me importa un carajo- antes que siga viendo a esas cagás de youtubers.

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“Los movimientos radicales ya no pueden permitirse una zambullida irreflexiva en la acción por la acción. Nunca hemos tenido mayor necesidad de reflexión teórica y de estudio que hoy, cuando el analfabetismo político ha alcanzado proporciones impresionantes y la acción se ha convertido en un fetiche como fin en sí mismo. Tenemos también una gran necesidad de organización – y no del caos nihilista de los egocéntricos auto-indulgentes en el que la estructura de cualquier tipo es considerada como “elitista” y “centralista”. La paciencia, el trabajo duro del compromiso responsable con la labor cotidiana de construir un movimiento, debe ser valorada por sobre el drama de las prima donnas que siempre están dispuestas a “morir” en las barricadas de una “revolución” distante, pero que son demasiado elevadas para involucrarse en las aburridas tareas de difundir las ideas y sostener una organización”.
(Murray Bookchin, Rehacer la sociedad)

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Entra Tito Beltrán a la librería. Su ego primero y él a la cola. Va con una mujer embarazada, unos 15 o 20 años menor que él. La librería está casi vacía así que él se queda con nosotros en el mesón y la mujer va hasta el fondo, a la sección infantil. Su rostro es como una mentira, como un comercial de algo exitoso y triste. Todos los famosos saludan como si uno fuera el famoso. Es raro eso. Se anticipan, supongo, y lo que tratan de dar a entender es que son “gente como uno”. El problema con esta anticipación es que, en caso que uno no conozca al famoso en cuestión, éste queda como un engreído. Pero en fin, hace eso, se presenta muy ameno, muy cercano, pero su idiotez supura lentamente e invade el perímetro. Casualmente teníamos puesta la Beethoven así que, apenas entra, bromeo y le digo que lo hemos visto desde lejos y hemos querido parecer cultos. Pero no nos sigue. Es, como el 90% de la gente que no sabe callarse, alguien que trae un repertorio predeterminado. Parte hablándonos unos cinco minutos acerca de cómo no le gusta casi nada de la música clásica. Luego, de algún modo, nos cuenta cuando cantó para la reina de Inglaterra. Y ahí ya se lanza. Que su auto es mejor que el de Vidal. Que no sé quién chucha una vez lo invitó a tomar once. Su mujer, desde el fondo de la librería, lo nota. Debe estar acostumbrada a la misma rutina. Lo llama desde lejos. Nos mira como pidiendo perdón. El tipo acude y vuelven con un par de libros para niños. Yo ya no puedo seguir escuchando y me he alejado unos metros. Entran unos sujetos solo para sacarse unas fotos con el cantante. Tito rebosa de sí mismo y se expande hacia el resto del universo.

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“La plenitud del ser es idéntica a la nada en el pensamiento abstracto, pero no mientras se huye de la nada y se dirige uno al ser. Existen la nada de la que se huye, y la nada hacia la que se va”. (Simone Weil, Cuadernos)

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No hago nada de lo que me he prometido hacer este día libre. En vez de ponerme a arreglar las notas a pie de página de la tesis, tomo desayuno en cama viendo el comienzo de la segunda temporada de Fear the walking dead. He despertado un poco antes del mediodía y no puedo sino afirmar tal decisión, pues uno de los momentos más importantes del día libre son esos segundos en que uno despierta a la hora que siempre suena el despertador y abres la cortina y ves todo ese movimiento y recuerdas que podrás restarte y, como si fuese una respuesta posible al ajetreo del exterior, sigues durmiendo. Así que afirmo la decisión de perder la mañana. Alguien razonable podrá decirme que tengo que desechar opciones, escoger, canjear horas de sueño por el deber. Pero no. Yo lo quiero todo. No estoy dispuesto a desechar nada. El segundo café me lo traigo al escritorio, donde me pongo a respaldar las últimas películas bajadas y ordenar un par de carpetas. Reviso tuiter. Ordeno la pieza. Lavo toda la loza. Pongo unas canciones que me posteó G. Me tumbo y dejo que las gatas vengan a posarse encima (en realidad hago ruidos, las llamo, y vienen). Luego, camino a la cocina, me hago cargo de algo que omití las tres veces anteriores que pasé: hay que volver a armar la improvisada mesa de centro porque las gatas la botaron en algún punto de la noche. Vuelta a poner la base de libros, vuelta a poner la tabla. Entonces recuerdo que hay que lavar ropa. Hago eso. Miro por el balcón. No tengo ganas de salir y mezclarme, no tengo nada de ganas de ir al supermercado a comprar cebolla y cilantro para hacer estos estúpidos cochayuyos. ¿Para qué los compré? Intento comer sano pero soy un desastre. Ni mi voluntad ni mis tiempos ni mis habilidades prácticas me juegan a favor. Entro al baño y termino el tercer cuento de Pizzolatto. A ratos es como Carver pero con una pistola en la mano. Abro el Word de la tesis, pero recuerdo que puse la lavadora al comienzo del día y me digo que es mejor trabajar habiendo cumplido ya las labores básicas del hogar. Pero la lavadora quiere hueviarme, el día quiere tocarme los coquitos, y la hueá simplemente ya no funciona. Intento ponerla en modo enjuague o centrifugado, pero nada. Hurgo el aparato buscando una solución como lo haría un simio que intenta arreglar un robot. Me rindo. Traigo el puto tiesto para la puta ropa. Me mojo los pies. Mojarse los pies es una verdadera mierda. La echo toda a la tina para que escurra. Trato de sacarle toda el agua que pueda a los pantalones que debo usar mañana y los cuelgo. En el transcurso hacia el balcón, vuelvo a mojarme los pies y le pego un combo a una muralla y las gatas me miran y siguen durmiendo. Con el error que tira la pantalla de la lavadora anotado y los papeles que encontré, llamo al servicio técnico. No me contestan. Siento que no puedo hacer absolutamente nada hasta que no me haga cargo. Son más de las tres y he sido tragado por la hermosa contingencia doméstica. Pierdo el tiempo un rato. Empiezo a notar que no alcanzaré a hacer mucho si pretendo salir a tiempo a encontrarme con P, a las 1730. Me paro de golpe y vuelvo a llamar. Esta vez contestan. Puede venir alguien, sí, pero no tengo la boleta. Tengo todo menos la boleta. Tengo la guía de despacho. Tengo el Acta de recepción de productos. Tengo la poliza de garantía. Pero no tengo la boleta. Sin eso, me dice la niña, no sacamos nada. Entonces ahora debo ir a Ripley, conseguir esta boleta, volver a llamar y ver si pueden venir en 16 días mías, porque no hay ninguna otra coincidencia entre mis días libres y los días en que ellos pueden venir. Corto. Dos semanas sin lavar ropa. Día culiao perdido. Tendré que volver a pedir ayuda, que me laven la ropa mis amigos. Cierro el Word de la tesis. Ya no queda ánimo para eso. Pienso en mis próximos cuatro días de trabajo. En mi incapacidad para resarcir la estupidez del día por las noches. En cómo nisiquiera he conseguido comprarme esas zapatillas que vi baratas por internet. En cómo sigo siendo tragado día tras día.

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Idea para emprendimiento: un nivelador de ánimos a la entrada de la librería. El sujeto es escaneado al entrar y se le aplican unos leves golpes de corriente para modificar el ánimo. Al salir, si así lo desea, se le devuelve a su estado anterior.

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“Considero el aislamiento como la ley física que gobierna el universo: la masa atrae a la masa porque lo natural no es la singularidad de las cosas, sean éstas conscientes o dejen de serlo, y la unidad básica de la vida no es uno, sino dos. Se forman planetas y lunas, y la gente permanece en ellos porque hay algo en el cosmos que intenta no quedarse sin compañía”. (Nic Pizzolatto, La profundidad del mar amarillo)

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Siempre traigo más libros de los que alcanzo a revisar. Espero mucho de mis venidas a Curicó. Debería aprender que solo alcanza para dos o tres cosas y conformarme con eso. Debería asumir que acá resulta inevitable dormir menos de 9 horas, y que las noches son para ver películas, de manera que solo existe ese transcurso entre el mediodía y cuando ya oscurece. Ha llovido con furia aquí. Un solo largo día trazado por siestas y lluvia. Ayer apenas amainó un poco y fui caminando donde Bruno. Su patio, su perra, unas fumadas y una conversada de rigor. Envidio su patio, todas sus plantas están gigantes. Si quiere tomate saca un tomate de allí mismo. Si quiere ají o ciboulette o cilantro, lo mismo. Se instala a ver Farhenheit 451 (para una clase que debe hacer el lunes) y yo, que ya la vi hace poco, alterno entre Schnitzler y un Audax vs San Marcos de Arica. Durante casi un par de horas en las que quizá me dormí un poco, no cruzamos palabra alguna y pienso que esto y ninguna otra cosa es la amistad. Vuelvo adivinando y esquivando pozas en la oscuridad de las faldas del cerro Condell.

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“Si cultivas con excesivo mimo el jardín secret de tu alma, puede llegar a hacerse demasiado exuberante, a desbordar el espacio que le corresponde y, poco a poco, a invadir otras regiones de tu alma que no estaban llamadas a vivir en secreto. Y así puede ser que tu alma entera acabe convirtiéndose en un jardín cerrado y, pese a su esplendor y su perfume, sucumba a su propia soledad”. (A. Schnitzler)

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Había abierto aquí. Me había hecho un café. Había puesto música y todo, pero llegó C y me dijo: “¿Ash vs Evil dead en el retroproyector?”, y cagué.

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Tercer día de vacaciones y no sé si lo esté haciendo bien. Recién agarro esto. Recién abro el Word del diario y el de la tesis. Recién, siendo casi las cinco de la tarde y a minutos de tener que salir. Anoche: el segundo tiempo en diferido de Colombia Paraguay y tres partidos con Chile en el PES 2016, luego tres capítulos de Fear the walking dead (aburridos, incongruentes, ridículamente sin zombies y copiando malamente la lógica de la segunda temporada de TWD) y el último que me quedaba de Game of thrones; y todo esto bajoneando esos putos suflés de queso que sobraron del partido de Chile con Argentina. Entonces duermo once horas de corrido, despierto y quedo expuesto a la dictadura del ocio, del ocio como arte, del ocio como disciplina. Pero la verdad es que soy un pésimo monje para esta religión que me he inventado. Despierto cerca de las dos, como en la época en que odiaba mi floja voluntad. Ordeno y limpió y dejo todo tal y como quedó ayer, cuando hice aseo general de la casa. Siento que evado. Que cada cosa que hago es parte de la evasión. Que incluso todo aquello que DEBO hacer puede formar parte de la evasión. Entonces medito. Recuerdo lo bien qué se sentía cuando lo hacía y me siento, pongo la alarma en cinco minutos y medito. El ruido del mundo está aquí dentro. Tengo calles entre la nariz y los ojos. Una micro baja por la garganta. La familia hablándome en la nuca. Todos los quehaceres y proyectos y miedos y deseos murmuran y dicen YO y paso, simplemente paso por encima. Pasar, pasear y mirar, sin juzgar. No me interesa qué digan los expertos en interioridad; para mí se trata de eso que decía Millán en sus diarios de muerte: “Deslizarse por la superficie adecuada, patinar por el satén sin ambiciones por persistir. Sin deseos de quedarse en alguna parte. Pasar, ir pasando de esto a lo otro. Pasar sin pasar a llevar, sólo rasguñando el hielo”. Así que me hundo en la urbe mental, me deslizo, pongo atención a cada reclamo y desisto de todos y cada uno de los desarrollos racionales que, creyendo tener vida propia, intentan solucionarme. La mente es una poza en la que siempre, si uno mete un palo hasta el fondo y revuelve, emerge algo a la superficie. En este caso, y como si fuera un mantra, todo se me ha reducido a dos palabras, a dos hojas flotando en la poza: el texto y la bondad, es decir, esto, seguir con esto, escribir, insistir en lo inútil, pero también abrirme, ir hacia el otro, centrado siempre en esa intuición que me acompaña desde que busqué dirección aquí dentro.

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“Las relaciones humanas de todo tipo siempre acaban extinguiéndose, igual que el propio individuo. Pero esas relaciones muertas raramente son enterradas a tiempo, y se pudren al aire libre. Eso es lo que inunda de un olor tan desagradable la atmósfera de la sociedad, del mundo entero”. (A. Schnitzler)

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Madre llega del trabajo. Me comenta que V, su novio, ha quedado con un amigo en vez de juntarse con ella. Me dice, con incredulidad, que ha sido por una cuestión de trabajo, pero que de todos modos le afecta, porque ella viene recién llegando de la playa, y lo mínimo sería que le otorgase una media horita. Me cuenta todo esto esperando que yo solo afirme, que le diga que tiene razón y que él está equivocado. Pero no puedo. No me sale. Le digo que quizá sea cierto que está en una reunión de trabajo, y que el hecho de que aquella reunión sea justo en el momento en que ella cree que deberían haberse visto no merece ningún juicio apresurado. No le gusta lo que oye. Me insiste en que, si uno quiere, se hace el tiempo.

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“Fuga hacia adelante. Escribir más, seguir escribiendo lo que sea, a como dé lugar, no importa a qué costo, da lo mismo el resultado. Fuga hacia adelante versus retroceso en busca del retoque”. (Gonzalo Millán)

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Panorama de martes: Chile-Panamá, Argentina-Bolivia y empezar con Master of none.

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Sin calefacción alguna aquí en Curicó, me construyo un trono de frazadas. Nisiquiera almuerzo. Muerdo una manzana que me aburre y la dejo. ¿Cómo alguien podría comerse una manzana con tanto frío? Al mediodía vi el documental de Susan Sontag y el resto del día ha sido escribir y escribir. Comparto la ansiedad de Susan Sontag pero la aplaco con puras tonteras. Me cuesta un montón leer más de media hora de corrido. Estas y todas las vacaciones siempre son una especie de juicio de mí ante mí. Dejar el PS3 en Santiago ha sido una muy buena elección en ese sentido. Se me hielan los pies y lo único que se me ocurre es apretujar un cubrecama en el rectángulo que queda bajo el escritorio. Me inserto allí como un gusano y me envuelvo. Tapo a mi hermano que se durmió aquí al lado. El wifi se corta y, como siempre que ocurre, me digo que es por algo. Madre aún no llega y hay que lavar la loza. Creo que apenas llegue saldré a comprar pastelitos, o lo que sea que me diga que quiera. Me acuerdo de ese año que fracasé en todo y tuve que devolverme a vivir aquí y, salvo correr por las tardes y trabajar en la tesis y ver películas por las noches, no había nada más que hacer y me encargaba de la casa, de hacer las camas, de lavar la loza, de ir a la feria. Era bonito y triste. Madre llegaba y yo estaba en la mesa del comedor, escribiendo. Comenzaba a sonar la teleserie, comenzaba a salir toda la información del día desde su boca, entonces era el momento de apagar el computador y escuchar, y tomar once, y estar.

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“No quiero ver a nadie. Necesito soledad. Desearía estar en un lugar desolado, o en una clínica. Dormir bien, tener un florero con violetas frescas, fumar poco y beber limonada. No llorar ni reír. Tomar en serio mis apuntes y mis libros. ¡Oh, cómo deseo vivir solamente para escribir!”. (Alejandra Pizarnik, Diarios)

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Jueves. Duermo tres horas. Una inquietud fisiológica me bota de la cama. Hace sueño pero de algún modo la mente está despierta. Un pan con huevo, un vaso de leche y subtitular y traspasar al disco externo las películas bajadas durante la noche. Spielberg, Ridley Scott, James Cameron, David Fincher. La idea es ir completando filmografías e ir revisando ciertos clásicos de ciencia ficción con mi hermano. Son casi las siete de la mañana. Madre y hermano en sus labores preparativas para salir hacia el mundo. Las ventanas absolutamente empañadas. Se van y vuelvo a acostarme. Mi cuerpo se demora exactamente 3 minutos en producir un calor sobre el que me duermo. Despierto a minutos del mediodía. Como ha sucedido todos estos días, despierto como si hubiera sido un crimen dormir, como si no hubiera tiempo que perder. Unas galletas de agua con quesillo y orégano y un café y un documental corto sobre Manuel Rojas. Unas hojeadas a los matinales. La sobremesa o, para ser más exactos, la sobresillón, se alarga viendo Master of none. Escribo un rato. Muy poco rato: el blanco intenso del Word sumado al frío me tumba. Luego de la siesta: cardiólogo. Me parece increíble que haya gente en las calles con este frío. Una señora vendiendo sopaipillas, perdida en la niebla, es una heroína. Ese viejito vendiendo paraguas, otro héroe. Pillo a mi hermano en el camino. Me acompaña. Cuando salgo de la consulta lo veo durmiendo desparramado sobre su mochila. Ningún mal evidente en el cuerpo, y sin embargo, exámenes y exámenes y más exámenes. Entramos a un mol que no conocía. Hay un ajedrez gigante y jugamos. Pierdo. En realidad abandono. Me come la dama y me amurro. Un señor con bastón se había sentado recién a mirarnos y al irme me siento mal por él. Nos zampamos una hamburguesa. Una mentira de hamburguesa. En la pantalla gigante están pasando Titanic. Le comento a mi hermano que el que dirige esta película también dirige la película que vimos anoche, Alien 2. Volvemos al ajedrez, esta vez a una mesa llena de tableros normales. Nos reciben con amabilidad, alargan la mesa para que quepamos mejor. Un hombre le enseña cómo jugar a un niño que supongo es su hijo. Se le ve un poco tenso. Mientras mi hermano arrasa conmigo, pienso en lo frustrante que es tratar de enseñar algo que a uno se le da naturalmente. Cuando nos paramos para irnos y luego de cruzar un par de palabras amistosas con el encargado del sector ajedrecístico noto que hay dos tipos jugando Go. Desde que se me aparece en el 90% del cine asiático que veo que me tinca hacerme de un tablero. Me acerco a ellos y anoto el nombre de la página donde los venden. Me pregunta si sé jugar y les digo que en las películas parece un juego bastante interesante. Emergemos hacia la niebla. Decidimos caminar. Enfrentar lo frío y lo denso. Me compro una de esos cuellos tipo bufanda que se cierra en sí misma, de manera que hay que darle dos vueltas y envolverse no solo el cuello sino que parte de la nuca, lo cual está muy bien. Pensé que eran para mujeres, pero ahora recuerdo que M usa uno negro y se le ve bien. La caminata hacia casa adquiere un tono simbólico. Un momento de hermanos. Hago eco de todo lo que, atosigada, me ha pedido mi madre que le transmita a mi hermano. Que el estudio, que el orden, que los platos sucios hay que ir a dejarlos a la cocina. Traduzco aquello a una cuestión más amena y horizontal. Le digo que yo mismo, pese a tener cierta estabilidad e independencia, soy un desastre. Le explico que una habitación ordenada y limpia ayuda un montón en términos anímicos, y así. La hamburguesa de mentira nos dejó con la bala pasada así que entramos a un lugar que promete los italianos más gigantes de Curicó. Pedimos uno gigante para los dos. Ya en casa, lo partimos. Nos parapetamos en mi manta nueva. Unos cafés. En la tele el Titanic se hunde. Luego, Ecuador vs Estados Unidos y, si queda tiempo, Alien 3. Creo que ha sido un bonito día, sí.

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“Me veo obligado ya a admitir que la ansiedad es mi estado genuino, ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación”. (C. Connolly)

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Salgo a correr al mediodía. Un perro enojado me sigue y en el camino ya deja de estar enojado y me acompaña durante un tramo de la carretera. De las casitas que empiezan a aparecer cada vez más espaciadas por el borde no emerge ruido alguno, solo humo. Avanzo menos que otras veces porque, para variar, perdí la constancia. De vuelta, a un ritmo vergonzosamente lento, paso a la verdulería y a la carnicería: plátanos, alcachofas, zapallo, cebolla, pollo y dos longanizas. La mujer que atiende se me queda mirando. “¿Cómo puedes echar tanto vapor?”, me dice. Troto de vuelta a casa con las bolsas rebotando. Saco la llave de donde la dejé escondida (no tengo bolsillos). El resto de la tarde se irá entre Master of none, el Word, alguna siesta y, para coronar, el partido de Chile.

febrero-marzo

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“Cada vez escribo más largo, y en tiempos más espaciados, para cada vez menos lectores, y con menor éxito”. (Mario Levrero)

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El día no acaba nunca. Ya son las once y nisiquiera he vaciado la mochila, ni me he bañado, ni he comido, ni he abierto una cerveza, ni puesto música, ni nada. Llevo más de una hora intentando que las gatas se tomen sus remedios. Estoy en calzoncillos en la cocina, intentando imaginar cómo es que lo hacen las madres, los padres, día a día, posponiéndose, desapareciendo lentamente, incorporándose como sangre y huesos y músculos a disposición de la maquinaria del cuidado, de lo inmediato, de lo urgente. Sé que las quiero, sé que, mientras dure el tratamiento, ellas serán primero, y sin embargo, sigo sin comprender cómo alguien querría escoger esta senda para darle sentido a su vida. ¿No era que se trataba de abarcar más, de cambiar las cosas en grande o al menos intentarlo? ¿Qué es ese orgullo de encabezar una familia? ¿Qué es ese orgullo de ocuparse de lo inevitable? La gatagrande vomitó la pastilla diluida en agua. Luego fui yo el imbécil que la diluyó en excesiva agua, y allá se fue otra pastilla más. Intento cocinar para mañana y hacerme cargo de estas niñas. En el horno unas longas, un poco de carne molida en agua caliente, y los fideos en la olla. Sobre la mesa, soltando un audio de wathsapp tras otro, el celular con consejos de P y M sobre la mejor manera de enfrentar esta compleja situación. Revuelvo, escucho, lavo la loza, pico las longas, decido no abrir mi cerveza hasta que todo lo básico esté resuelto. Mientras la gatachica merodea y mordisquea de a poco su porción, la gatagrande, encerrada en el patio de la cocina (porque no puede ocurrir que uno se coma el remedio de la otra) nisiquiera mira su comida y solo se dedica a intentar salir. Revuelvo la cebolla en el sartén y con el pie detengo sus intentos de huida. El celular se vuelve loco y lo apago. De pronto estoy como un baterista intentando seguir el ritmo del mundo, de este mundito. Pero son muchos tambores y platos. Si no funciona esta última vez, si la gatagrande vuelve a vomitar el remedio, simplemente me rendiré, y lo intentaré de nuevo mañana. Termino de cocinar y me asomo hacia el living. El espectáculo es triste: la gatachica está en medio de todo con su cono de la vergüenza, sentada, mirando hacia un punto fijo en el suelo. Cuando termino de cocinar, sigue donde mismo.

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“Qué se yo si ciertas cosas las vivió Kafka o las viví o las soñé yo; ahora me perturban como mías aunque no las recuerde”. (Mario Levrero)

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Sueño que somos casas, que ya no hay sujetos sino casas. Dónde vivimos ahora -¿”dentro” de personas?-, no tengo idea, pero el asunto es que todos andamos por ahí siendo casas, con cuerpo de casas, con cabezas de casa, y así. Solo recuerdo esta pequeña “escena”: me encuentro con J en la calle. Se manifiesta preocupado por su situación interior, es decir, por la situación de los individuos que viven allí dentro. Hablamos bajo, casi murmurando, para que no nos oigan las personas dentro nuestro.

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“Las cadenas de la Humanidad torturada están hechas de papeles de oficina”. (Kafka)

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La novela que empecé hace años no vale nada. Un tipo en una casa en Valdivia. Una vida simple. Gente que llega. Gente que se va. ¿Por qué es tan difícil hacer que sucedan cosas? Seguramente porque ya me acostumbré a esto, aquí, así, el área chica de lo insípido y lo contingente. Así que volví a escribirle un nuevo comienzo que se transformó en un cuento que tampoco terminé. ¿Qué es esta enfermedad de no atreverse a terminar nada? Luego de dos años, sigo metiéndole citas a la tesis que aún no defiendo. En fin.

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“La vida es una distracción permanente que nisiquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae”. (Kafka)

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Odiar una ciudad es estúpido. Lo que digo cuando digo que odio Santiago es que odio la repetición infinita del trayecto desde mi casa al trabajo. La forzada intimidad de los matinales. El semáforo de mierda de Diagonal Paraguay con la Alameda que ya lleva meses dando conteos falsos e intentando hacer que atropellen a alguien. El sol directo. Los anuncios publicitarios contrastados con lo real. La ausencia absoluta de sombras, de árboles. De nuevo el sol. La cercanía obligada con el prójimo por las mañanas. El ascensor lleno. La circulación naturalizada de los cuerpos. Intuir día tras día que algo está profundamente mal, que la mitad de estas personas desearía estar en cualquier otra parte. Luego, ya casi llegando a la librería, en la moneda, los putos carabineros y su marcha de los sábados. Toda la pompa de ese perímetro. La mierdosa marcha militar, policial, o lo que sea. El silencio y la expectación de los transeúntes. Y para darle un poco más de absurda legitimidad al espectáculo, los turistas, la profunda estupidez de los turistas agolpados sobre la moneda como si allí estuviera ocurriendo algo. Sus ropitas de Indiana Jones. Sus carnes rosadas. Sus imponentes cámaras para retratar qué. Y siempre, comándandolos, algún imbécil con personalidad de mimo. Cuando digo que odio Santiago es esto lo que odio. Que la mitad de los autos sean taxis. La violencia automovilística. La violencia peatonal. La violencia ciclística. Los mismos hueones de siempre gritándole a las minas, enrostrándole en la cara y en el cuerpo una imposibilidad a la que no le ven otra salida. Y los quioscos, y los titulares de las revistas y los diarios en los quioscos. Y el hecho de que el 80% de la contingencia es producida allí, así, en medio de un basural de sentido, en medio de una conciencia política nula, en medio de la naturalización buena onda del modelito económico que nos va agarrando los huevos lentamente. Si llego a decir alguna vez que odio Santiago, es eso lo que odio.

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“El afable arcaico no necesita ninguna «ventana» para dirigirse fuera de sí mismo, pues él no habita ni casa ni castillo. No tiene ningún interior desde el que hubiera podido o querido interrumpir ocasionalmente (…) La afabilidad arcaica no brota de la plenitud o la interioridad o de la mismidad, sino del «vacío» (…) El vacío es una indiferencia amistosa”. (Byung-Chul Han, Filosofía del budismo zen)

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¿Quién es ese hombre que se enfada porque cuando me requiere voy con el tacho de la basura entre las manos y le digo “a la vuelta” y, al volver, omitiendo su enfado, lo abordo con un “dígame” y hace como que no me escucha? ¿De qué está hecha toda esta gente que en vez de trabajadores a veces ocupados ve afrentas personales? ¿Qué se supone que haga, qué se supone que sienta, qué tipo de relación se supone que tenga con toda esta horrible humanidad que, antes que el correlato material del trabajo, ve solo sujetos a disposición? Su ternito, sus zapatitos, su recortada barba, su puta corbata desentonando pero a la vez haciendo juego. Un montón de distancia dentro de la misma especie. Cuando noto que se hace el indiferente no se me ocurre otra cosa que decir en voz alta “bueno, voy al baño”. ¿Por qué simplemente no lo encaro y le explico que hay un montón de trabajo aquí? Porque el trabajo te enseña a perpetuar unas relaciones incoloras e indoloras. Suaves y frágiles y olorosas como un pétalo de rosa. Cualquier conflictividad debe ser apaciguada sin entrar en la argumentación interna. Todo debe ser enfrentado como si fuera un puto estelar de televisión. Eso es lo que quieren todos estos maricas del espíritu. Quieren construir un mundo de efectividad que engorde y engorde y aplaste cualquier fisura de infamiliaridad.

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“¿Quién será capaz de comprender del todo estos tres hechos inconcebibles: que existe, que es él y no otro y que antes no existía y un día dejará de existir”. (A. Schnitzler)

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Quisco.
Llegamos cerca de las 11pm. Una guagua duerme y dos adultos ven los óscares. Nos sumamos. Un vasito de cola de mono que es como un postrecito. Me tomo tres. Nos acomodamos en la cama, en el suelo, en una silla. Lentamente comienzo a sentir que estoy de vacaciones, que puedo dejar vagar la mente, no anticipar el próximo movimiento. Hago saber que soy material disponible, que me moveré hacia donde sea que todos decidan ir por estos días.

Un episodio de The office antes de dormir. Pero no se puede dormir. El cubrecama se pega a la piel, la siesta pasa la cuenta, afuera hay un carrete, la cama es muy chica para los dos. Como a las 6am despierto a mear y recuerdo un sueño o partes de éste:
Un terremoto. Corro por huérfanos buscando alguna explanada sin edificios que puedan caerse encima. Luego estoy en Brasil, perdido, buscando a un grupo de personas con las que se supone que ando pero que no recuerdo quiénes son. Entro y salgo de varios locales. En todos hay una música que invita a quedarse. Edu Lobo, Caetano, Maria Bethania. Finalmente, en una disco, están mis compañeros de la librería, al fondo, como gángsters apostados en unas mesas llenas de panes con mortadela. N, que nisiquiera me mira, engulle un sándwich tras otro.
Ya fuera, en la calle, supongo que aún en Brasil, le digo en perfecto inglés a una gringa: el cielo está arriba pero el infierno está en todas partes. Acto seguido, a metros delante nuestro, un camión atropella a un caballo. La escena es horrible e intento escapar, pero las veredas comienzan a enangostarse y pareciera ser que, de pronto, hay obras en construcción por todas partes, de modo que hay que avanzar a través de fierros y estructuras. Y más no recuerdo.

Paseo por algarrobo. Fotos de rigor. En la micro hacia allá una señora igual a Cecilia Vicuña (si me dicen que está viviendo en el litoral, era ella) me increpa y me dice que no la he dejado pasar. El caso es que estoy estirándome para pagar el pasaje al ayudante del conductor que va unos cuatro metros por delante y ella, sin que yo aún lo note, intenta pasar. Me dice que tres veces me pidió permiso. Le explico que solo la oí esta última vez, que antes recién estaba pagando y acomodando las cosas. Voy entre otras dos personas, pegado al borde del asiento, y le pregunto que para dónde quiere que me corra. La cosa sube de tono desde su parte, que soy un falto de respeto, que me creo no sé qué. A esas alturas, habiendo ella ya pasado hacia el área más cercana a la puerta de bajada de la micro y supuestamente habiendo superado el conflicto, ya solo atino a decirle que en modo alguno me interesa faltarle el respeto a una señora. Le hablo pausado. Lo intento. Durante unos segundos siento que sería muy adecuado pasarle la mano por la cabeza, un par de toquecitos, como a un perro, haciéndole notar que, pese al hervidero del asunto, estoy haciendo el intento de no dejar escapar ni un ápice de hostilidad hacia ella. Como mucho, ha sido una desinteligencia, le digo (decido que no es apropiado tocarle la cabeza). Cuando me dice que mejor ya no le dirija la palabra, me giro hacia P, que me mira con cara de no entender nada. La posible Cecilia Vicuña se baja pasados cinco minutos de todo este embrollo. Nisiquiera era urgente que bajara exactamente durante esos segundos que ella juzgó apremiantes. La micro sigue avanzando y unas niñas que presenciaron la discusión hablan pestes de la mujer. Quisiera quedar intacto ante eso, ante todo, pasar a lo que sigue, pero siento una pequeña victoria en los comentarios de las desconocidas. Me voy todo el camino masticando una sensación extraña, una pesadez que siempre dura más de lo que uno quisiera. Solo al llegar a la playa y zamparme dos empanadas de mariscos se me olvida todo y empiezo a pensar que qué divertido sería si realmente fuese Cecilia Vicuña.

Salimos a mirar la puesta de sol. Jugamos a que somos como todas las otras parejas y quizá, por lo mismo, terminamos siendo como todas las otras parejas. Poniendo una mano cada uno, formamos un corazón (así como Vidal cuando hace goles, o como los pendejos en redes sociales) dentro del cual enmarcamos la puesta de sol. ¿En serio querís que suba esta foto?, me dice. Es obvio que es una cita sobre alguien que haría una foto así con toda naturalidad. ¿Pero si se entendiera que REALMENTE hemos hecho una foto así? Supongo que por eso no la subimos. Durante los minutos que demora el sol en aparecer nítido y diluirse bajo el mar, unas cuantas parejas más, dispersadas entre las rocas y la arena, se sacan selfies de todo tipo. P le saca una foto a eso, que también, por qué no, es una selfie de lo que somos.

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“Nueva manera de escribir, por tanto de sentir”. (R. Bresson)

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Lipimávida.
Tres días solo en mi hostal.
Hay un negocio como a 15 minutos me dice Ch, que se ha quedado sola en la cocina. Le he llevado los platos y, como siempre que me dejo decir lo primero que se me ocurra, le he preguntado si acaso “ha ocurrido algo asombroso este último tiempo”. Nada ha pasado, obviamente. “La vida tranquila”, remato y salgo, habiendo previamente avisado que saldré a comprar. La verdad, esperaba que me contara alguna historia de fantasmas o brujos. Mi idea era alcanzar a pillar las últimas luces del día, pero entre el vaciamiento y ordenamiento del bolso y la distribución de mis cachivaches por la habitación ya se hizo de noche. Prendo una cola y emprendo camino. Me detengo ante un bosque y unas sombras tenebrosas pero la foto perfecta ocurre solo en mi visión del asunto. Voy alternando entre ambos bordes del pequeño espacio peatonal de la carretera porque a ratos el camino simplemente se cierra. Como los esporádicos autos, soy también una luz que avanza con un solo foco que se prende y se apaga a la altura de la boca y suelta un humo que es inmediatamente asimilado a la bruma general. La oscuridad trazada de pronto por las luces de un auto que pareciera venirse encima otorga un vértigo importante a la solitaria expedición. El mar y estos pájaros cuyo nombre no googlearé (porque solo tengo el internet del cel) son el único ruido de fondo. Una bondad ominosa lo circunda todo. Quizá tenga que ver con cómo aquí el hombre se ha hecho presente pero sin hacerse notar. Cómo la vida se ha instalado a un nivel de la mera sobrevivencia.
En el negocio compro un encendedor, una leche con frutilla grande, un hobby y un rocklets naranjo. La cena fue bastante discreta y, con las dos siestas de hoy (una por bus tomado), dudo que me duerma antes de las doce.
De vuelta doy con un par de lugareños: el leve silencio, ese extraño respeto por el que pasa, por el que no se sabe si volverás a ver; el saludo con la cabeza, parecido a como mueven el cuello los caballos, y seguir el camino.

Construí un pequeño escritorio aquí, en este mueble que supuestamente es para la ropa. Llego del paseo y escribo. Por el parlantito, Liszt. Lo único que se echa de menos es un hervidor a la mano.

¿Qué me asusta de este silencio? De pronto me veo sentado en el borde la cama, la música se acabó hace algunos minutos y aún quedan unas cuantas horas para dormir, Extraña sensación esta, una especie de encierro en lo abierto. Era justo lo que buscaba. La misma sensación de cuando, a los 18, llegué a vivir a una pensión en la que solo tenía radio y libros y el escape escritural a través del word.
Me evado y pongo una de Villeneuve, Polytechnique, una película corta, en blanco y negro, sobre la matanza de la Escuela Politécnico de Montreal en 1989. No es el mejor ánimo para antes de dormir así que compenso con un capítulo de Curb your enthusiasm en el cual Larry David descubre con alegría que gracias a la muerte de su madre ahora puede zafarse de todos sus compromisos sociales. Muy George Constanza todo.
El sueño perfecto, de corrido. Apenas despierto, el diseño del día en la mente. El impulso infantil de tener el control total.
Desayuno viendo el primer tiempo del Arsenal vs Barcelona que traje en el disco externo. Me encargué de no saber el resultado ni ver imágenes al respecto.
Poco antes de las 11 salgo a correr. La idea es llegar a ese gran cerro que cierra el paso al final de Lipimávida y volver, sin parar. Una bonita idea, porque nisiquiera consigo llegar de ida: las zapatillas se me hunden incluso en la parte compacta de la arena. Pensé que iba a ser como correr por el pasto pero más bien se parece a como uno corre en los sueños. Además, para ir por allí debo ir atento a las olas y más de una vez, para evitar mojarme, tuve que aplicar una velocidad para la que no estaba listo. Me devuelvo caminando y pensando en todas las fotos que voy perdiendo por haber dejado el cel en la residencial.
Bañado y abrigado y con una corona en frente me dispongo en el altillo. Avanzo lentamente en Leñador. Por un instante creí que iba a ser igual de costoso que La vida instrucciones de uso, pero aquí las largas descripciones muestran de reojo una vida, un puñado de vidas, las de los leñadores. Me habría gustado más que la extensión de los párrafos descriptivos fuera la de los párrafos subjetivos y viceversa, pero eso quizá tenga más que ver con una fijación.

Acabo de darme cuenta que el padre de la familia que justo ahora se va yendo es un trabajador de la Feria Chilena del Libro. El trabajo me persigue, pienso. Hago un tuit al respecto pero lo borro. Corroboro que sea él y lo abordo. Una conversación completamente intrascendente que propicié solo porque sabía que luego de que se fueran ya no quedaría ni un alma en toda la residencial.

Por la tarde el segundo tiempo del Arsenal Barcelona. Luego una larga siesta y al yacusi. El cuerpo tibio y una llovizna en el rostro.

Ruidos extraños por la noche. Cada cinco minutos, el mismo sonido, como de una silla siendo movida un par de centímetros. A ojos cerrados y tapado hasta la cabeza, intento encontrar explicaciones racionales para aquel ruido. No hay ninguna conexión de esto con el ruido, pero empiezo a sentir que hay alguien en la habitación. No recuerdo la última vez que tuve tanto miedo, pero sí recuerdo cierta argumentación del miedo, algo que viene de antes, algo que he hablado con otras personas y que tiene que ver con que uno tiene el poder de abrir todas las puertas, todos los pasadizos, todas las fisuras. Todos los mundos que hay en este mundo están allí, a la espera de un pequeño giro o exceso del pensamiento, y eso, ese encuentro, podría ocurrir con o sin la venía de uno.
A las 3 am prendo la luz y así se queda, hasta que despierto a las 9, cuando traen el desayuno. Engullo y sigo durmiendo hasta el mediodía.
Por la mañana consigo lo que no conseguí ayer: corro sin parar hasta el cerro. La arena pesa. La carrera es contra la voluntad y el impulso de detenerse. De vuelta me vengo caminando. Un vapor lo cubre todo. Me guía el ruido del mar y la errante linea del oleaje. Pájaros que aún no sé nombrar aparecen desde una nube para entrar en otra. Avanzo a tientas. De nuevo me maldigo por no haber traído el cel.
Después de almuerzo subo el cerro. Intento llegar más lejos que las veces anteriores, pero el pequeño camino se cierra. Esta vez no me encuentro ni con cabras ni con seres humanos.
Me devuelvo caminando y sacando todas las fotos que no saqué en las pasadas anteriores.
Almuerzo y a jugar con unos perros. Espero que pase un rato para ir a meterme al mar. La playa está vacía. Chalas y polera en la arena y yo corriendo hacia el agua. Simplemente me lanzo de cabeza hacia la primera ola que veo. El cuerpo se tempera rápidamente. A las olas más chicas las embisto con una especie de empujón lateral, como cuando en las películas alguien derriba una puerta. Empiezo a recordar cómo era. Espero el segundo antes de que la ola se cierre y la experiencia coincide con el recuerdo: me tiro un piquero justo en la parte curva y lisa antes que estalle todo y salgo airoso por el otro lado. Lo repito una y otra vez. Miro hacia la arena y mis ropas están a una media cuadra de distancia de donde empecé. Rectifico nadando. En algún punto solo veo mar y me quedo en esa sensación. Me hundo. Me dejo. Y sigo nadando, siempre por el sector previo a donde rompen las olas, siendo levantado una y otra vez. Dejo que la marea me devuelva a la arena y vuelvo a la carga. Nadie me está viendo. Salto. Me doy vueltas de carnero. Juego.

Vuelvo y me lanzo a la Piscina. 20 minutos y ya me aburrí. Sigo con Lovecraft, sigo con otra corona. Aún queda la mitad del día.

Última noche. Llega un pasajero nuevo y me imagino que es un asesino en serie. Lo pusieron dos piezas más allá. Podría comenzar conmigo. La ventana está abierta y podría entrar por allí. Su idea sería partir por el eslabón más fuerte y desde allí ir asesinando hacia abajo.
Esta noche no voy a ir al negocio a buscar algo para el hambre de la medianoche. Me voy a conformar con los plátanos y duraznos que me quedan. Me propuse terminar de escribir estos días y lo conseguí. Tengo que escoger muy bien la película de esta noche si, y no leer a Lovecraft antes de dormir: no quiero volver a tener ese miedo de mierda de anoche.

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“Crecíamos así, despreciando a la juventud de las grandes ciudades, que imaginábamos como un rebaño sin nervio; éramos los «duros» de provincias, cazadores, jugadores de billar, fanfarrones, orgullosos de nuestra rudeza intelectual, escarnecedores de toda retórica patriótica o militar, lentos al hablar, frecuentadores de burdeles, despreciativos con todo sentimiento amoroso y desesperadamente sin mujeres”. (Italo Calvino, Ermitaño en Paris)

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Fecha importante para la producción diarística: descubrí una aplicación del celular que transcribe fielmente lo que le digo (hay que modular muy bien, tiene uno que otro error y hay que agregarle la puntuación, pero aún así es una cuestión maravillosa). Ahora puedo ir leyendo desde el reader o desde lo que pille en la librería y dictándole inmediatamente las citas al celular. Luego, en casa, las corto y pego al Word directo desde el mail.

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“Que los sentimientos causan los acontecimientos no a la inversa”. (R. Bresson)

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P se va temprano y quedo despierto. Me enfoco toda la mañana en la novela. Le Agrego dos capítulos cortos y ahora sí que todo cierra. No va hacia ninguna parte pero al menos lo que hay no tiene fisuras. Cuarenta páginas que son como cualquier película indie con unos pequeños toques de violencia. Ahora solo falta que pase algo. Que alguien esté en peligro. Que algún ominoso absurdo lo cubra todo. La otra noche vimos la última de Sebastián Silva, Nasty Baby, en la que una pareja homosexual intenta tener un hijo a través de una amiga íntima y todo es muy hipster y penoso (el protagonista fracasa promocionando un videoarte de él mismo y otros caracterizados como guaguas) y al final todo da un giro, el embarazo pasa a segundo plano y el personaje principal termina asesinando en su propia ducha a un vagabundo loco del barrio. Quizá podría hacer algo así.

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“La Iglesia se me convirtió gradualmente en una tortura, pues allí se hablaba abiertamente —casi diría: desvergonzadamente— de Dios; lo que Él quiere, lo que El hace. La gente se exhortaba a experimentar aquel sentimiento, a creer en aquel misterio, del cual sabía yo que era la verdad más profunda, la más íntima, la que no existen palabras para expresarla. Sólo podía deducir de ello que aparentemente nadie conocía este misterio, ni siquiera el sacerdote; pues, de lo contrario, nunca hubiese podido arriesgarse a revelar públicamente el misterio de Dios ni a profanar tan indecible sentimiento con los sentimentalismos de mal gusto. Yo estaba seguro de que éste era un camino equivocado para llegar a Dios, pues sabía, por experiencia, que esta gracia sólo es otorgada a quien cumple incondicionalmente la voluntad de Dios. También esto se predicaba ciertamente en la Iglesia, pero siempre en el supuesto de que la voluntad de Dios fuera conocida por la revelación. Por el contrario, a mí me daba la impresión de ser de lo más desconocido. Me parecía como si en realidad hubiera que averiguar diariamente la voluntad de Dios”. (C. Jung)

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Soñé con fantasmas
en la derrumbada
casa curicana.
El verano ha sido asaltado
por las nubes.
Me levanto animado.

*
Siempre es así: mientras saco las cosas de la mochila y me baño y ordeno y voy de acá para allá como loco, la gata chica me espera afuera de la pieza, afuera de la cocina, afuera del baño, siempre con la cabeza asomada en un constante “¿Ahora sí?, ¿Ahora sí?, ¿Ahora sí?,”. Ya al final, como a la medianoche, cuando ya estoy quieto y sobre la cama y a punto de ver alguna película, entra corriendo, salta sobre la cama, un par de maullidos de aviso (“permiso aquí vengo yo como cada noche”, supongo) y se acomoda encima, se alarga toda, luego se achica, los ojos semicerrados, un poco de baba cayéndole desde la boca, y sus lentos intentos por tocarme la cara con su pata.

*
Año nuevo. Sin embargo,
mi cabaña ruinosa
sigue siendo la misma.
(Issa)

*
Una horrible película en el cine.
Una nube de humo sobre la ciudad.
Y la sensación de que soy una broma.

*
Tomé pullman bus así que me bajo en ese terminal de Camilo Henríquez que nunca uso. Atrás quedó la librería y su locura culiá navideña. Mi bolso está forrado con huincha aisladora porque, justo antes de salir, se me rompió el cierre principal. Paso a dejarlo a una reparadora. Trasvasijo todo en bolsas grandes que saqué anteriormente de la librería. Dejo pagado. Las niñas que atienden me miran y se ríen mientras echo calzoncillos, cables y libros indistintamente a las bolsas. Camino a duras penas hasta el terminal. Entro sudando a la farmacia. Mi padre me da agua. Dejo las bolsas y las separo por contenidos. Envuelvo un par de cosas que faltaban. Salgo de nuevo. Dejo tres bolsas y me voy con una llena de regalos. Paso a dejarlos donde mi tía Carmen. Me voy rápido porque tengo hambre y porque pareciera ser que, hasta que no llegue a casa y me bañe y me extienda en la cama, no pararé de sudar. Vuelvo a la farmacia. El sol está alto y no existe sombra alguna. Mi papá me lee unos estados de facebook de un amigo. La primera parte está bien, pero luego dejo de escuchar. Más agua. Una pequeña puesta al día y parto de nuevo. El centro está lleno y las bolsas me hacen ancho y lento y yo suelo ser un excelente caminador. Rápidamente agarro un colectivo. Me bajo en los negocios y compro unas cosas que me encargaron para la cena. Más bolsas. Los tirantes de la mochila se me caen y tengo que hacer unos movimientos ridículos para nivelarlos. Las zapatillas van desabrochadas y bajo ninguna circunstancia dejaré todo en el suelo y me las abrocharé y volveré a tomar todo. Llego arrastrándome a casa. Madre me mira con ternura. Me desplomo sobre el sillón y me tomo tres vasos de agua de Curicó.

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“¿Por qué hago mejor y más fácilmente los versos cortos que los largos, las cosas difíciles que las fáciles? Siempre por una misma causa: porque no me atrevo a moverme sin dificultades, a mostrarme sin velos (…) Me adivino pero no me apruebo. Temo ser grande y no temo ser ingenioso. Mi esfuerzo muere, satisfecho de poder, sin llegar hasta querer. Preparo siempre y no realizo nunca. La conclusión de todo esto es: curiosidad”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Se va la lavadora. Ya se irá el refri. Mi ropa sucia en una esquina junto a una poza. Las cosas de la cocina apiladas junto al lavaplatos sin llave de agua. Se empezó a romper lentamente y luego ya la llave era una cosa aparte, muerta, a un costado del lavaplatos. Día libre y ni en easy ni en homecenter venden el repuesto, cosa que da lo mismo, porque luego con J y P descubrimos que parte de la llave que se salió quedó atascada en la base y lo único que resta por hacer es comprar el sistema completo y olvidarse de todo y pagarle a un gasfíter. Como si no tuviera que pagar quinientas lucas para defender la cagá de tesis. Como si no tuviera que empezar a comprar artefactos para este departamento vacío, vaciado, pobre. Se acerca la quincena y aún no aparece arrendatario. Este puto diciembre está tratando de decirme algo y solo pienso en que si este mes fuera una persona le daría una buena patada en la cabeza. Son puras leseritas resolvibles una por una, sí, pero el conjunto es sumamente odioso. ¿Qué necesidad hay de que ocurra todo esto justo en el mes en que más trabajo tengo? ¿Por qué no viene nunca la simpleza que busco? Pienso en ese poema de Bukowsky, el cordón del zapato. Cuánta razón tiene.

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“Cuando reflexiono en lo que sería de mí sin las distracciones del estudio, sin el olvido de mí mismo, sin la vida del pensamiento y sin el reflejo tranquilo de la ciencia, no puedo dejar de considerar que el fondo de mi vida es la tristeza”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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El moonbeams de Bill Evans
y el vientecito de la noche
casi que lo solucionan todo.

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Un vaso de cerveza,
una piedra, una nube,
la sonrisa de un ciego
y el milagro increíble
de estar de pie en la tierra
(J. Teillier)

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Tres cuarenta y cinco a eme. Voy a dormir una mierda pero al menos escribí, leí y vi una película.

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“Parezco un jesuita frustrado. Mi cara delgada e inexpresiva no revela inteligencia ni intensidad, ni nada, sea lo que fuere, que la eleve sobre la marea muerta de las otras caras”. (F. Pessoa, Libro del desasosiego)

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Noche cualquiera. El vino blanco empieza a hacerse habitual. ¿Una botella a la semana, es decir, dos copas una noche y dos copas la que sigue, me convertirán progresivamente en el bebedor que nunca he sido? Se lava la loza mejor. Se echa la ropa a la lavadora mejor. El sueño llega más rápido. Avanzo flotando por la casa. Un salud hacia los edificios apagándose desde el balcón. Aguante el vino blanco súper helado.

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Amanece
cual
amenaza.

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Paso al ARCIS a ver mi situación de tesista rezagado y encuentro pura Inhospitalidad. En las murallas, en los rostros, incluso en el gato que creo que es el mismo de siempre, la sensación de que 100 años les han pasado por encima. Mientras espero en el tercer piso miro a una profesora y sus dos alumnos. Escribe con plumón directo sobre el ventanal. Un tercer alumno llega atrasado. Leo y observo la escena y siento que nos fuimos justo antes que todo acabara.

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“Yo también descubrí allí algo, sentí algo de lo que no quería hablar. Por ejemplo, que todas nuestras ideas humanistas son relativas. En situaciones extremas, el hombre, en realidad, no tiene nada que ver con cómo lo describen en los libros. A hombres como los que aparecen en los libros, yo no los he visto. No me he encontrado a ninguno. Todo es al revés. El hombre no es un héroe. Todos nosotros somos vendedores de Apocalipsis. Los grandes y los pequeños”. (Voces de Chernóbyl, Svetlana Alexievich)

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Parece normal pero al acercarme hay algo en su mirada. Cuando ya pasan dos horas y sigue en la librería tomando al azar un libro tras otro, dejándolo donde sea y anotando frenéticamente cosas en un papel, nos damos cuenta que hay una condición especial allí. Tanteamos, nos acercamos, le conversamos, pero no hay caso. Con pinta de universitario recién llegado de provincia, dice ser un importante abogado. De a poco me acerco. En un momento se aleja y veo que en la carpeta no solo ha anotado algunos de nuestros nombres y cosas que hemos dicho mientras lo sondeamos, sino frases al azar sacadas de las contratapas de los libros, nombres de directores de cine, y un par de garabatos. Cuando ya van más de dos horas con el mismo jueguito ya deja de ser divertido.

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Por las noches
siempre
sus calcetines de perrito
al fondo
de la cama.

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“¿La vida estriba esencialmente en la educación del espíritu y de la inteligencia, o en la educación de la voluntad? ¿Y la voluntad radica en la fuerza o en la resignación? Si el objeto de la vida está en inducir al renunciamiento, entonces vengan enfermedades, trabas, sufrimientos de todas clases. Si el objeto está en mostrar el hombre completo, entonces es preciso respetar su integridad. Provocar la prueba es tentar a Dios. En el fondo, el Dios de la justicia me oculta al Dios del amor. Más bien tiemblo que confió”. (Diario íntimo, Henri-Frédéric Amiel)

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Sueño con mi colegio en Curicó. Por algún motivo habemos muchos ex alumnos y comienza una inundación monumental. Se me ocurre que hay que subir al techo, pero nadie me sigue. Desde lo alto veo como se ahogan algunos. Casualmente se ahogan aquellos que siempre me cayeron mal. Los que no han muerto están arriba conmigo. El agua no ha llegado al segundo piso, donde hay una cocina y artículos básicos de sobrevivencia. Comenzamos a vivir allí.

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“Caminemos hasta vencer la niebla”. (Teillier)

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Me miento. Esto ya no funciona. No soy alguien que llega y escribe. No soy alguien que llega a su casa, saca una copa de vino, se pone una bata, y escribe. Hago cualquier otra cosa menos escribir. Barro, sudo, duermo, recorro el sillón con la mano arrastrando pelos de gato, me tomo media botella de vino y miro por el balcón, duermo de nuevo, me quejo, me quejo, me quejo. Por último, si leyera en la misma medida que adquiero libros, pero ni eso. ¿Quién quiere escribir si no tiene otra cosa que decir distinta a esta cosa que es la misma cosa que les pasa a todos los que lenta y calladamente empiezan a cansarse de todo? Al menos estoy viendo una película cada noche. El calor es el estúpido más grande del universo. Se cree la gran cosa por eso de dar vida. Solo las noches tienen sentido. Los libros tirados sobre la cama como el niño que no ha sabido escoger un solo juguete y se ha traído la caja entera y finalmente se ha aburrido. ¿Por qué alguien querría escribir? Todo me empuja a no hacerlo. Los ojos quieren cerrarse. El cuerpo quiere estirarse. La mente quiere masticar algo previamente diseñado para ser gozosamente engullido. Y así, justamente como me carga que ocurra, escribo que últimamente no puedo escribir como quiero.

*
EXTRACTOS DE CORRESPONDENCIA CON O:

[O / 18.06.15]
Esta tarde, en la calle un niño disfrazado de hombre araña bailaba una canción de los Bee gees entre los autos. Ahí estaba la realidad haciendo acrobacias en el aire, renunciando a sus enunciados claros y concluyentes. Es así como de pronto te descubres buscando consuelo en la idea de que todo es ridículo. Todo lo que ocurre en mi presencia, queda marcado por mi apatía. Los movimientos se ralentizan, pierden su complejidad, su contingencia. Todas estas imágenes de personas que se duermen dentro de mí. Me pregunto en qué momento me enamoré tanto de la inercia.

(…)

Un hombre de 31 años se suicidó hace unos días con cianuro. Dejó cartas, detalladas instrucciones para no lastimar a nadie. Se encerró en su dormitorio porque tal vez las cosas duren más en la oscuridad. Es la muerte que cae dentro de la vida como una piedra en un estanque con un silencio ensordecedor. ¿Hasta cuándo esta hebra de luz que no sabemos de dónde viene se quedará con nosotros?
El fracaso de los días como tutor inevitable. Qué lejos estamos de la comprensión de la angustia. Qué lejos de la bondad y el amor. Un hombre que lo intentó todo, que lo dio todo, decide morir porque morir quizá sea la última manera de dar más.
Hace frío y el gas se acabó hace rato: la paz obligatoria de una estufa y una abuela, escribes tú. ¿Cómo perdonar ser sólo lo que se es?

(…)

Apago la luz del pequeño cuarto y me quedo escuchando el ronquido del conserje que duerme con la cabeza hundida sobre una caja aplastada de galletas.

También yo me aburro y me arranco y me quedo.

Escríbeme.

[R / 15.07.15]
El ojo izquierdo tiritando hace días. Los días se llenan y nos llenan y los pequeños forados que se abren o que con fórceps abrimos terminan siendo un descampado funcional al masticamiento general del mundo. Así que necesito esto. Extenderme en esto. Recostarme en esto. Volverlo pasto. Esto que, de puro cotidiano y sagrado, se ha ganado un word que procedo a adjuntarte en vez de escribir en el correo mismo, a ver si te parece, a ver si de aquí en adelante lo pingponeamos y lo hacemos crecer -que crezca para que el individuo disminuya en nosotros.

(…)
Mi pregunta entonces es: ¿Nos junta o nos dispersa esa ternura? ¿Por qué no basta con aquello? Seguramente porque yo mismo, que aparentemente pertenezco a una clase más o menos privilegiada, oscilo entre la lucidez melancólica y el mal humor del ciudadano promedio. El otro cuesta. Solo la debilidad comunica y nadie quiere mostrarse débil.
Escribir es dejarse débil y seguir avanzando.

Pienso en tu hombre araña. Lo veo. Se me viene a la mente una foto de mi hermano chico disfrazado de hombre araña para algún evento del jardín infantil. El traje le queda suelto y su pose, considerando que se trata del hombre araña, es demasiado rígida. La foto misma esta ajada y rayada. La época en que fue tomada también.

(…)

Esa hebra de luz. Ese tipo. Los noticiarios a veces me liquidan. ¿Ese es el caso en el que su mujer o alguna mujer que encontró el cuerpo casi muere también? Decide morir porque morir quizá sea la última manera de dar más. Claro, me hace sentido. A él también, pero quedo lejos, tan lejos. Me aferro a la hebra ingénita, siempre me he aferrado. Me dicen que porque soy tauro estoy cerca de la tierra, de la negatividad, de la maquinaria caótica que reproduce lo vivo. Veo a la muerte trabajando, sí, pero no consigo vivirla, hablarle, padecerla. Si los distintos nombres de la luz y los sistemas de creencias que la circundan y te ayudan a permanecer firme no le hablan a ese hombre, a esa desesperación, ¿qué derecho tengo yo de coquetearle a la muerte? Si aún no invento una palabra nueva que zurza un poco esa desesperación, si aún no conseguimos fabricar luz a martillazos, ¿cómo voy a dar el solitario salto heroico hacia lo oscuro?; me aferro a la hebra porque pretendo averiguar desde la voluntad lo que otros no han podido desde la inteligencia. Y así es como, día tras día, no muero.