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abril

Oslo, 31. August - Joachim Trier (2011)

“La debilidad humana me interesa como contrapartida a la expansión exterior de la persona, al comportamiento agresivo frente a otras personas y frente al mundo, al deseo de someter a otros a las propias intenciones, con el fin de autoafirmarse”. (Andrei Tarkovsky, Esculpir en el tiempo).

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Día libre, despierto de la siesta y veo un audio de M: a los de la central de distribución (alías Bodega) se les desfondaron unas cajas con devoluciones que había hecho y han mandado mails y se han quejado y han hecho de la eventualidad una tragedia que busca culpables, razones, sanciones. Me gustaría alguna vez verme cara a cara con alguno de estos mierdas, preferentemente en el estado en que me encuentro ahora, recién salido de la siesta, con mi polera apolillada y explicarles muy tranquilamente, muy a lo Big Lebowski, que la responsabilidad es mía, que yo embalé esas devoluciones (al igual que decenas de otras que sí llegaron a destino) y que cuentan con todo mi apoyo para la creación de una Central de Certificación de Cajas (en adelante, C.C.C.) que estudie científicamente los dispositivos cartonísticos para así rebajar la taza de destrucción y merma del producto durante su traslado. Porque ese es el lenguaje que les gusta, porque así, mientras siguen siendo la cadena de librerías más charcha de Chile, te presionan y te mantienen en una situación constante de hostilidad mental; porque les gusta la dinámica del informe, la hueaita colegial, la prosternación alumnil ante el inspector. Por fuera mantienen su retórica de difusión cultural y genuino interés por la palabra escrita, pero por dentro no hay más que una estructura muerta, viciada, sin una puta gota de sangre, llena de hueones que no sabrían valorar un poema ni aunque les cayera como un piedrazo en la cabeza. Pero nisiquiera es ese el problema: seguro hay muchas empresas exitosas comandadas por incultos poéticos y de todo tipo; el problema es cuando quieres hacer creer que te importa, que realmente crees en los libros, que realmente sientes que en algún periodo de tu vida los libros te salvaron de un peligro indeterminado pero real y te interesa que más gente pueda sentir eso; el problema es cuando te inventas toda una maquinaria para fabricar esa aura que cualquiera que haya estado un par de años dentro sabe que es una mentira, una construcción, pero no una construcción histórica, como la que ejercen con lentitud los pueblos sobre sí mismos, sino una construcción que vive sin poder alcanzarse a sí misma en su concepto, una construcción que, como todos los sueños de la modernidad, choca una y otra vez contra sus propios lemas y, lo más ridículo de todo, una construcción que nisiquiera funciona bien dentro de la misma lógica del capitalismo humanizado. Entonces aprendes a dominar el triste arte de simplemente mantenerte en pie y dar la pelea apelando a la masividad, juntas a algunos pésimos publicistas -¿existirá acaso otra clase de publicistas?- y algunos otros expertos en el maravilloso y mágico mundo del retail y durante largos años, a través de un dominio del mercado que –oh, casualidad- se afianzó en dictadura, haces crecer esta maquinaria y, efectivamente, las cosas empiezan a resultar: engordan los bolsillos, tus vacaciones mejoran, las editoriales empiezan a amontonarse como palomitas alrededor de la banca del jubilado, miras alrededor y, era que no, muchos cargan las bolsas con tu logo y, sin importar qué haya dentro de esas bolsas, te sobas el estómago y llamas a eso difusión cultural. Como sea, insinúan la posibilidad de que debamos correr nosotros con los costos de los libros estropeados por dicho colapso y, estando las cosas como están, no me importaría copiar y pegar esto mismo a modo de respuesta. Digo, si es que aún necesitan una, estos tristísimos señoritos.

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Par de días libres. Me pongo al día con el corazón de la casa. Voy a la feria. Le doy unos colores al refri. Compro un poemario de un griego desconocido en la Proa y me arrepiento. Compro un cómic titulado Sack el tristón y también me arrepiento. Al llegar de la feria se me rompe la rueda del carrito y me alegro, pues lo normal en el guión de mi vida sería que se me hubiera roto allá, totalmente cargado y lejos de casa. Respaldo las películas en los discos externos hasta casi dejar vacío el compu. Duermo y duermo y duermo y todas las siestas tienen la misma estructura: busco a la gatachica, me la echo al hombro, me tumbo y la dejo en la cama, me estiro y se sube a mi espalda, me amasa la cabeza y me duermo. Hago el aseo de la cocina. Fumo. Riego. Circulo reubicando cosas, doblando y guardando frazadas. Habito los rincones. Hago jugos naturales. Invento tés. Me dicen que vea Legion y la veo. Me dicen vamos a comer unos pastelitos y voy. Traspaso al diario algunas citas. Solo puedo sentarme frente al computador cuando la casa está ordenada. Un vientecito amable juguetea con la cortina que a su vez juguetea con la gatachica que a su vez juguetea con mi impulso por hacerle fotos. Con tuiter y facebook cerrados se abre otro tipo de tiempo, es decir, otro tipo de retroalimentación. Escribo más. Escribo esto. Despierto a la hora de la callampa, me visto y almuerzo con R y G en unos chinos. Ante los amigos, dice Canetti, “ejercitamos nuestras fanfarronadas, nuestras prepotencias, nuestras vanidades; ante ellos nos presentamos peores y mejores de lo que realmente somos”. Dejamos a R en su trabajo que queda al lado de un castillo, sabiendo de antemano que habrá que inventar un par de bromas respecto a aquello. G me acompaña a buscar una ferretería. Somos dos hombres comiendo helados mientras caminan por la alameda y lo sabemos. Le digo que necesito ir a dormir siesta a mi casa y él se va a la suya y eso es la amistad y así van estos días.

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“Me convertí en una figura de libro, en una vida leída. Lo que siento está (sin que yo me lo proponga) sentido para que se escriba que se sintió. Lo que pienso enseguida está puesto en palabras, mezclado con imágenes que lo deshacen, abierto en ritmos que son cualquier otra cosa. De tanto recomponerme me destruí”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Me leo y me asqueo. Esta manía de contarlo todo. De alegrarme porque consigo hacerle caso a la mejor parte de mí durante dos o tres días y luego ya me pierdo. Reescribo y borro por aquí y por allá. La torpe conciencia de querer ser querido. El avance moral a tropezones. El confuso límite entre contar las propias miserias y adornarlas. La verdad última de estos días es que no lo estoy consiguiendo. Hago las cosas que se supone que me gustan pero las alterno mal. El playstation es mi pasta base. Sigue rebotándome en la cabeza, sobre todo mientras estoy en el trabajo, la palabra retroalimentación. Siento que necesito crear y colaborar y alejarme de todos estos libros que están tan muertos como los señoritos de terno que llenan el local a la hora pick. Necesito sacarme de cuajo de la mera reproducción de la vida. Necesito un ajuste que no sé desde dónde viene pero que seguro no es desde aquí.

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“Hace mucho tiempo que no sólo no escribo, sino que nisiquiera existo. Creo que apenas sueño. Las calles no son sino calles para mí. Hago el trabajo de la oficina sólo con conciencia de que lo hago, pero no diría sin distraerme; por detrás de esa conciencia estoy, no meditando sino durmiendo, otro siempre”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Hace algunos días con M, al final o al comienzo de un típico día de mierda, nos escupimos la mano y prometimos que para esta navidad ya no estaríamos en la librería. Me sentí bien. Como teniendo las riendas de algo. Como si efectivamente uno pudiese tomar decisiones que, miradas de cerca, no son decisiones sino manotazos que apartan la maleza y abren el paso -hacia dónde.

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Sábado por la noche. Por culpa de Ismael Velázquez Juárez y su Lugares y no lugares para caer muerto en Richard Brautigan (o por culpa de J, que me mandó el pdf) termino divagando en https://poesiamexa.wordpress.com. Miro las fotos de los autores y descargo sus poemarios si algo en ellos me hace creer que podríamos ser amigos. Robo unos cuantos epígrafes para echarlos aquí. Intento tres veces un poema que en realidad son solo las ganas de ser alguien que escribe un poema un sábado por la noche. Tengo un té maravilloso que no sé de qué es, una gatachica que prefiere dormir incómoda en mis piernas antes que en la alfombra y la sensación de que todo va a estar bien ahora que empieza a ser temporada de buzo por las noches. La lavadora se fue a la mierda y no me enfurecí como otras veces. Todo sigue donde mismo, pero me envuelve una fina capa de absoluta indiferencia. Si supiera de qué está hecha seguro me esforzaría por mantenerla y reforzarla y todo se arruinaría. Me hago un pito con todas las colas sobrantes y el hachis del moledor. Le daré una paliza al Atlético de Madrid y luego veré alguna película ruda.

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Quizá deba conformarme con a veces necesitar cosas simples y dármelas de manera simple y seguir el secreto hilo de las experiencias como quien mira pasar un tren

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Días sin notificaciones de ningún tipo. Días en los que en el guasap solo habla la familia y, por la mañana, el menú del día. La cómoda sensación de ir hundiéndose y desapareciendo, incluso para sí mismo. Me pregunto si, de seguir así, podría desaparecer del todo, es decir, de todos.

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Puntapié inicial para un cuento que seguramente nunca escribiré: profe de cárcel ex preso político decide amotinarse junto con los presos.

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“El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme bien cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”. (Pizarnik, Diarios).

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Demasiada ansiedad como para ver alguna película. Hace algunas noches puse la última de Ozon y no duré ni cinco minutos. Y lo mismo con las lecturas: pausadas las novelas monumentales, salto de un poemario a otro buscando el charchazo que necesito. Picoteo dos o tres libros cada noche. De mis sueños no sé nada. Simplemente me apago y me prendo. En realidad ya no aguanto las noches. Algo que no sé qué es empieza siempre tipo diez: la sensación de que algo debería suceder, una manera de sentirse como mirando por el balcón pero sin estar en el balcón, la sensación de estar todo el rato como a punto de cruzar una calle pero no cruzar nunca. De noche, es como si hubiera que hacer justicia y no alcanzo, no puedo: acostarse y cerrar los ojos es un punto seguido que da la sensación de estar mal puesto, pero lo uso una y otra vez porque esta narrativa a la que estoy sometido lo exige. Días y días, párrafos y párrafos, seguir y seguir. Me haría bien un sueño lúcido, pero no me lo doy. Me harían bien un montón de cosas y supongo que escribo para saber cuáles son prioritarias. Hablo cada vez menos con los pocos que mantenía contacto. Eso es algo nuevo. Llego con la batería al sesenta por ciento a casa y, si extiendo mentalmente el presente, adivino cierta curva de lejanía que me apenaría menos si me sentiría conectado de verdad con alguien. Me adentro en una lejanía seria y administrable ante la que nadie se espanta. Y quizá busco el espanto, el hastío. Alejarme de todo lo que sea inmediatamente transparente y expuesto; alejarme de todo lo que está tan a la mano que no dan ganas de apretarlo o abrazarlo.

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“Nuestra vida de adultos se reduce a dar limosnas a los otros. Vivimos todos de la limosna ajena. Desperdiciamos nuestra personalidad en orgias de coexistencia”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Si le gusto a alguien siempre hay un desajuste que no tiene que ver con la falsa modestia. Ya sea porque no me gusto del todo, porque ando conmigo siempre o porque no solo estoy conciente sino que afirmo con alevosía el desorden sentimental en el que actualmente vivo, ocurre que la sorpresa –la declaración-inevitablemente construye algo o más bien abre un forado y quedo nuevamente frente al punto de partida que, en el fondo, es siempre un único y mismo lugar.

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Ordeno los closets y boto un montón de basura porque así también hago espacio en mí mismo. Me hago creer que moviendo los sillones y pasando la aspiradora y dejando todo reluciente me darán más ganas de tumbarme a leer en el sillón, pero la tarde se me va jugando PS3 y durmiendo siesta. Hay una fuerza extraña que acelera el paso del tiempo en los días libres y, a medida que llega la noche, me enojo y, por encima de ese enojo, me enojo de nuevo por ser tan tonto y enojarme siempre de lo mismo.

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Cumplo 34. Simone Weil y Mainländer murieron a esa edad. La primera por exceso de vida y el segundo por falta de ésta. Yo, ni santo ni nihilista, viviré hasta los noventa. Sobre ahora: a diferencia de cuando cumplí 30 y cerré todas las redes sociales y me hundí en Curicó, ya no me siento tan miserable. Aprendí que cualquiera vive o sobrevive y se rodea de un cúmulo de representaciones que son reforzadas y sostenidas dentro de unas reglas generales con las que todos parecieran muy cómodos. Y, habiendo ya tenido un poco de eso, sé bien que lo que a mí me interesa es otra cosa. Que aún me queda lejos. Y no puedo sino prometerme a mí mismo que nunca será tarde.

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Listo con Joachim Trier. Por ahora, solo tres películas (que todos deberían ver). Me gusta esa austeridad que lo pone, por la similitud de los temas, como el reverso casi perfecto de Woody Allen. Me gusta que no haya adorno alguno en el sufrimiento del personaje que en sus dos primeras películas es el mismo escritor deprimido ante el que uno en ningún momento puede darse el lujo de decir pero mira qué bonito sería deprimirse y ser un escritor noruego. Me gusta cómo no llega ninguna mujer a salvar al personaje y cómo el suicidio y el tedio se vuelven un paisaje que no te suelta nisiquiera en las escenas en que el hueón va a una fiesta y se besa con alguna niña. Y el freno que le pone a todas las discusiones intelectuales es hermoso porque te recuerda cómo es que habla uno cuando, eventualmente, tiene discusiones medianamente interesantes. Todas los diálogos que Woody Allen habría estirado hasta el hastío son, en Trier, enviones que chocan contra el tedio de lo cotidiano.

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Salgo del trabajo hacia la oscuridad helada de un pasaje adornado con toda la basura del día y camiones de todo tipo a punto de dejar o recoger mercadería y un puñado de estudiantes de música alargando la jornada y veo por ahí a S que me dice que está esperando a un amigo que no llegó. Iban a fumar y le digo bueno aquí estoy yo. No me gusta mucho fumar en la calle, pero me gusta este pasillo feo, lleno de camiones con mercadería, empleados y cosas estúpidas. Se siente bien apoyarse en la muralla a fumarse un pito y ver crecer el humo y confundirse con la niebla y sentirse así como al final del primer capítulo de Better call Saul o de cualquiera de estas películas que empiezan con un empleado fumando en un pasaje sin salida.

marzo

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“Tener un hogar es volverse vulnerable. No solo a los ataques de los demás, sino a las masacres que nos hacemos nosotros mismos y que nos hacen sentir alienados”. (James Wood, Lo más parecido a la vida).

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Martes 29. Llego a Lipimávida en la camioneta del hijo del chofer del bus que no tenía permiso para seguir más allá de Duao, o algo así. Dos pasajeros más del bus me acompañan en el transbordo. Se conocen entre todos, pero no se jactan. Sus nombres propios aparecen al final, luego de los nombres de ciertas aves que desconozco. Algo invita a dejarse ser en la manera que ellos son. Hablamos del crecimiento de la zona y del fin de la temporada de veraneo. Quiero decir, ellos hablan y yo apruebo con la cabeza. Eventualmente, llegamos, llego, me bajo, los perros vienen corriendo, han crecido y solo distingo al que ahora es como Lassie; luego: las llaves, la pieza, mear y lanzar la mochila sobre la cama. Esparzo mis cachureos, me baño y parto hacia el comedor. Había olvidado que tocan una campana avisando que la cena está lista. Había olvidado, también, que ser servido me da un pudor que se traduce en unos agradecimientos muy desproporcionados que, seguramente, me hacen pasar por alguien tímido (que lo soy, supongo, pero ellos lo creen por los motivos errados). Mi mesa está junto al ventanal que da al mar y, de no ser por una numerosa familia situada en medio de todo, sería la única persona aquí. Al entrar intento un contacto visual, una entrada amena, algo que de una leve dirección para los próximos días, para las próximas veces en que nos topemos, pero nada, básicamente son cuicos y, como me enteraré luego, el padre de familia es un capitán de carabineros. Afuera, la negrura y el mar presente como un televisor mal sintonizado; aquí, elevado unos cuantos metros sobre el nivel del mar, un comedor que es como un faro con calor, comida y silencio. No hay ninguna música ambiental y solo unos leves murmullos llegan desde la cocina. Inevitablemente termino escuchando a esta familia: él y el otro hombre de la mesa, como siempre, cuentan una historia, su historia que, de algún modo es, también, la historia familiar. Todo lo que escucho allí me aleja de la especie humana: patria, honor, perseverancia, familia, rigor, crianza, valores. Las mujeres intervienen como el inevitable coro de una pésima canción: anécdotas, notas sobre la correcta alimentación de los niños y diversos apoyos temáticos para la historia, la de él. Ha empezado desde abajo y ahora es capitán de carabineros y todos están muy orgullosos de todos y a veces la felicidad es saber que no soy ellos.

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Al igual que todas las primeras noches de los últimos dos años que he venido a esta residencial, salgo a fumar luego de la cena. Salgo a fumar a la carretera, en parte para que no le den color aquí, en parte porque me gusta ese cosquilleo que da el miedo, ese inevitable ir mirando los matorrales, solo intermitentemente iluminados, imaginando formas, animales, cuerpos tumbados y confundidos en la sombra quién sabe por qué insondables motivos. De ida y vuelta voy sacando fotos con una linterna de ciclista profesional que me prestó C y siento que es como hacer trampa (eso es lo que pienso mientras camino, la verdad última es que de diez fotos ocho fueron una mierda). No pasa nadie, no pasan autos, nisiquiera ladran los perros; me detengo, entonces, sin ninguna vergüenza, a sacar fotos, a buscar ángulos; me agacho, me acerco, juego. Cada vez que saco una foto se me quita un poco el miedo. Un miedo que, en cualquier caso, busco, así que no tiene mayor poder sobre mí. O al menos así me convenzo y, ya que estoy solo en la pieza en medio de la nada escribiendo esto, debería dejar ese pensamiento hasta ahí. El caso es que ya no voy por las orillas, sino por el medio de la carretera. Ese es todo el poder que tiene sobre mí el miedo, el mismo que a los siete o diez años me decía que me alejara de los bordes de la cama, el mismo que aún hoy, después de ciertas películas de terror, me hacen apurar el paso cuando vuelvo del baño. De vuelta entro por la parte trasera de la residencial: no quiero toparme con ese capitán de carabineros y su familia. Podría ocurrírseles invitarme a sentarme con ellos y quizá no sabría decir que no. Es extraño entrar a esta pieza y constatar mi rápida colonización del lugar: los libros, las zapatillas, un sector de snacks, incluso un pequeño escritorio con el notebook, los parlantes y una pequeña linternita. Y así es como llego al momento presente: encima de la cama hecha, tecleando esto, suena Madness, tengo café aún tibio que traje de Curicó en un termo prestado (gracias C), me comí un pastelito, y espero que se vaya a acostar el capitán de carabineros ese para fumar de nuevo y ver el último capítulo de The walking dead en una cama cuyas sabanas y frazadas y cubrecamas son, por sí mismas, todo el sur que necesito.

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Pero en el fondo, así bien en el fondo, ¿no será que solo vengo a leer, escribir, sacar fotos y meterme un par de veces al mar?

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“¿Qué podría hacer para mí mismo? Me refugiaría en un granero, en compañía de arañas y ratones, decidido a encontrarme, pronto o tarde, muy de frente a mí. Pienso guardar silencio y atención completa en esta hora, en la hora siguiente y en el tiempo que vendrá. La vida más vivida de que la historia da cuenta, consistió siempre en retirarse de la vida, en lavarse las manos, comprender la mediocridad y rehusarse al acomodo”. (Henry David Thoreau, Diarios).

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Miércoles 1. A las 9 desayuno a la cama. Vergüenza y genuflexión ante la señora que, a todo esto, es la misma señora de cuando veníamos la gran familia y éramos como cincuenta y por las noches los primos íbamos al bosque y el hijo del dueño nos hablaba de los brujos de la zona. Trago todo y duermo un par de horas más. Salgo, sin bañarme, a leer, pero termino entretenido con los perros y, ahora que hay wifi, con el cel. Termino Me acuerdo de Brainard y empiezo Sueño de trenes. Aquí todo el rato es primavera y otoño, alternadamente. Las nubes avanzan en bloques enormes, haciendo del sol una cosa amable, algo que, pese a su fuerza, pide permiso.

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Aún me cuesta dejar de pensar en la librería. Justo en este momento algún idiota debe estar dejando un libro al revés o, peor aún, traspasando libros de una sección hacia otra, porque sí, no porque no recuerden de dónde lo sacaron -sé exactamente cuándo les sucede eso y cuando no, vivo allí, lo sé-, sino porque es más fácil y ya vendrá otro a arreglarlo. Saber que estoy solo hasta el sábado me da cierta presión. ¿Y si me quedara hasta el domingo? Entro el martes. Y así divago. Y lo dejo, porque se trata justamente de dejar todos estos pensamientos de lado.

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Después de almuerzo, a la playa. Encuentro un perro nuevo. También una gaviota muerta y un niño que aparece de la nada y me pregunta qué mierda es eso (efectivamente, se ha parado junto a mí y me ha dicho: “¿Qué mierda es eso?”). Saco una foto en la que salen los tres y le digo algo que seguramente está errado: es una gaviota y ha muerto porque es vieja. El niño se va y el perro me sigue. Intento unas fotos a diversos pájaros pero salen malas. Troto un rato por la arena dura, esquivando las olas, el perro me acompaña e intento pasarlo y lo logro pero inmediatamente me saca metros de ventaja y todo es como esas escenas románticas en que ambos están vestidos de blanco. Cansado, me tumbo en la arena. Decido que debo meterme al mar, así que vengo a buscar mi toalla y vuelvo. Dejo las zapatillas, la camisa y el cel en la arena. No hay ningún alma a la vista. Tanteo y entro de a poco y a los cinco minutos ya estoy vuelto mono, chocando olas como quien derriba puertas, tirándome de espalda, siendo arrastrado hasta la orilla y volviendo una y otra vez al ataque. Pero tampoco soy tan confiado y dejo que el mar me avise del único modo en que podría hacerlo: cada vez que, pese a mis esfuerzos por avanzar hacia el área en que rompen las olas, comienzo a ser arrastrado a la orilla, me dejo llevar –porque así la mar lo quiere- y camino hasta el punto en que mi toalla es visible, echo un vistazo general y vuelvo corriendo, dando zancadas, para lanzarme como un proyectil contra el bloque espumoso. No sé si me aburro o me canso o me da frío, el caso es que considero que ya es suficiente y vuelvo. Me pego una remojada falsa y me meto a la piscina. La cruzo un par de veces. No tiene ningún sentido. Después del mar y su vitalidad, es como una broma. Me ducho y pienso “me estoy arreglando para cenar solo, salir a fumarme un pito a la playa de noche y volver a ver una película acostado”.

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Jueves 2. Luego del desayuno y de volver a dormirme y volver a despertar, salgo de excursión: la misma ruta de siempre, caminando por la orilla de la playa hasta chocar con los cerros, encaramarse por las rocas, encontrar el caminito y seguir. Esta vez, a diferencia de años anteriores, me encuentro a las cabras ahí mismo, en la arena, a los pies del cerro, masticando unas especies de algas. Les saco algunas fotos y cuando empiezo a subir, suben conmigo. Parapetado tras unas rocas, busco una toma en la que se vean las cabras, el cerro y, de fondo, la extensión de la playa. ¿Tendría una experiencia más pura si no existieran todas estas mediaciones? J, vía tuiter, me insta a ello.

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Viernes 3. Anoche entró un bicho, una bola negriazul, dura y ruidosa, tonta y loca como polilla pero con un aspecto que no daban ganas de acercarse. Entró como a las tres de la mañana y me pude dormir pasado las cuatro. Y cuando digo que entró más bien quiero decir que sacó las alas a esa hora, porque quizá ya estaba dentro y, si mal no recuerdo, en la tarde ya lo o la había expulsado, cuestión que, en conjunto, me llevó a una especie de insomnio-miedo en el que me puse a imaginar que el bicho en cuestión podría ser como el Tue Tue o algo así. Cada vez que me levantaba se escondía hasta que, sigilosamente, logre empujarla y meterla en el cajón del velador (que aún no abro).

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Sábado 4. Llega carta de L y la echo al reader. Por la mañana veo unos documentales y por la tarde, luego de almorzar, me llevo un espumante a la piscina. Unas vueltas a la cancha pateando una pelota y jugando con los perros para entrar en calor, luego unos chapuzones y la copa burbujeante en la orilla de la piscina. Estar ebrio bajo el agua es otra cosa. Los eucaliptus bailan y quieren decirme algo. Frank ocean sale por los parlantitos que traje. Me paso al yacusi y leo la carta de L y sigo bebiendo. Siento que no merezco todo esto, pero aquí estoy.

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“Me termino Assassin’s Creed. Me decepcionó un poco el final. Maté al tipo que destruyó mi tribu y causó la muerte de mi mamá. Después de una larga persecución en donde los dos salimos heridos, encuentro a mi enemigo sentado en un bar, tomándose su última cerveza mientras se desangra. Me emociona un poco la imagen: tomándose una última cerveza a la espera de la muerte. Espero el gran discurso de odio por parte de mi personaje, pero simplemente lo mira y le clava un cuchillo en el corazón. Me hizo falta más rabia, por último un “por mi madre” o el cliché “púdrete en el infierno”. Pero está bien, creo. Quizá el silencio es lo peor que puedes darle a alguien que se está muriendo. Te cuento que hoy me propuse ver películas y así fue. Vi cuatro: Blue Valentine, Incendies, Une femme est une femme, y Candy. O sea, Candy la veré ahora. Son las cinco de la mañana, estoy en mi cama con un vaso de cocacola y una fuente con doritos. ¿Qué piensas de mí?”. (L).

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“Todo ya está escrito y lo que llamas escribir es ir quitando palabras”. (Agustín Fernández Mallo)

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7 de Marzo. Algo anda mal. No estoy puesto en los días. Aquí está el cuerpo, sí, pero yo estoy esparcido, escindido, difuminado. Un desfase que es la acumulación de una serie de desfases. Debería volver a meditar pero, como siempre que lo escribo, suelo no hacerlo, porque así soy: me conformo con darme lecciones por escrito. Una sensación parecida a la de los veinte, como de ir caminando en la bruma o más específicamente como de haber aprendido a aparentar cierta seguridad y hasta cierto gusto con esta manera de avanzar dando manotazos en el aire, viendo con suerte a dos metros de distancia, conformándose con un escenario en el que el 80% pareciera ir también gustoso avanzando así (o al menos aparentándolo). Que mañana vuelva a trabajar es un detalle. Entraré en la dinámica del ocio merecido. Bromearemos sobre cómo somos explotados. Anhelaré, como corresponde, la cerveza de la noche. Me aferraré al pequeño perímetro, seguiré amoblándolo con mis mierdecillas, me arrastraré serio entre la bruma y diré que eso que abarcan mis manos es la vida. Por qué en el fondo, ¿no es eso lo que se espera de uno?

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“Cuando la pereza te hace infeliz, tiene el mismo valor que el trabajo”. (Jules Renard, Diarios).

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Día conchetumare, día reculiao y, pese a todo, al final, por la noche, venzo. La cosa empezó así: como al mediodía, un hueón claramente jalado entra como un torbellino, directo hacia mí, con su hija casi colgando del brazo. Recuerdo haberlo atendido ayer, pero me hago un poco el loco y sigo buscando el libro de Soledad Fariña por el que me preguntaron por teléfono. Entonces llega. Me interpela. Me dice que le vendí libros que él no quería. Las venas en su cuello están a punto de estallar. Tira los libros sobre el mesón. Su hija mira hacia arriba el triste espectáculo. La miro –e incluso la apunto, así como intentando que se dé cuenta que quizá podría mejorar su actitud ante ella- pero nada: casi que se encoge de hombros en un gesto de “así es el papá”. La nube de caos que arrastra este sujeto es notoria y aparece M para ayudarme. Termino con lo del teléfono y vuelvo. Ocurre que, efectivamente, erré con un título: me pidió Matilda y le di Matilde. Pero no alcanzo a asumir el error ni a darle posibles soluciones. No alcanzo a nada. El hueón es una basura, un derroche de adjetivos y rictus. Aletea, babea, me increpa, sonríe, simula estar controlado pero no le sale, la gente se da vuelta a mirarlo y, de pasada, a compadecerme; rápidamente llega a decirme garabatos y a hueviarme por mis lentes (debería cambiarlos, ya que le di mal su cagá de libro, dice), M me insta a que mejor salga por un buen rato hasta que este tontoculiao se vaya, y así lo hago, no sin antes soltarle un amoroso “tenemos harta energía pareceee”. Salgo y me compro un helado en el Yogen Fruz y me voy a mi escondite del segundo piso del mol. En el camino un amigo de N que estaba ahí presenciando el show me dice que no debería dejar que me traten así y casi se me caen unas lágrimas, ¿por qué? Me siento y lloro un poco. Nisiquiera sé bien por qué. ¿Dónde leí que uno empieza llorando por una cosa y termina llorando por todo? Como sea, pena, rabia, un poco por mí, por sentir que estoy allí expuesto a lo que sea o más bien quién sea, pero también pena por esa niña, pensar que debe vivir con esa alimaña culiá, respetarlo, amarlo; pensar que esa plasta le va a enseñar las hueás básicas de la vida; imaginar que ese culiao igual es Chile y la escena se repite infinitamente en todos los otros lugares de mierda que también son Chile. Obviamente, como el héroe del desfase que soy, empiezo a pensar posibles respuestas, bromas hirientes e inteligentes que podría haberle dicho.
Me quedo casi una hora afuera. Un guardia viene a verme, se para a unos metros, dice algo por su aparato y se va. Exagero la nota, sí, pero en el fondo sé que lo merezco. Cada trabajador insultado debería tener toda la tarde libre. Todos y cada uno de los que trabajamos aquí llevamos una acumulación de situaciones arbitrarias y tensas que se resuelven, una y otra vez, en contra de nosotros que, por supuesto, y como nos lo recuerdan cada día, somos los que decidimos que los textos escolares no tienen devolución o que lo que sobra al hacer un cambio de libro no es reembolsable. Entonces vuelvo, atravieso esta estúpida puerta cuyo sonido odio. No alcanza a pasar ni media hora y ocurren dos eventos que se agregan, cual mierda a la mierda, al acontecimiento del jalado: 1) una señora horrible que me increpa porque no la atendí en el momento exacto en que ella lo requería (y yo estaba con otra señora) y 2) otra horripilante vieja más (de esas con accesorios que suenan y ridículos vestidos de gala) reclamando porque los libros están ahí a la intemperie, ABIERTOS Y USADOS. “Deberían darse el tiempo de sellarlos todos”, “Deberían hacer bien su trabajo”, and so on, and so on. ¿Sabrá esta señora cuánto ganamos? ¿Sabrá que somos dos personas menos de lo habitual? ¿Sabrá que solo dos de los que estamos hoy aquí conocemos al dedillo la librería y las otras dos saben casi lo mismo que un cliente y es en medio de eso que debemos lidiar con toda esta mierda? ¿Sabrá –y esto sí que es importante- que existen otras señoras que vienen en otros momentos del día y que, usando el mismo tono venenoso de quien cree estar cuidando sus derechos, nos dice que CÓMO ES POSIBLE QUE LOS LIBROS ESTÉN CERRADOS? Les importa un pico. Esa es la única verdad. Sencillamente les importa un pico pensar de verdad una situación concreta, desmenuzarla, rastrear el largo hilo del conflicto, sumar fuerzas y actuar a la altura de la situación. Lo veo en las calles cuando los automovilistas tocan todos juntos la bocina como los individuitos que son. Lo veo en la fila del banco cuando el tontito de siempre se pone a reclamar si hay una cajera nueva que es lenta. Una agresividad desordenada, despolitizada e individual. Una especie de Fernando Villegas que todo shileno lleva metido en la cabeza y que basicamente los insta a ver individuos flojos detrás de cada problema estructural o, si se quiere, político. Salgo de nuevo, disparado, lejos, de un solo portazo, me apoyo en el frontis y miro pasar los autos. Miro pero no miro. No me doy cuenta pero estoy meneando la cabeza, negando no sé qué. Odio cada centímetro de todo esto. Yo sé que no todo tienen la culpa, pero eso es lo que construido este lugar en mí. Soy la piedra y el cincel de la rutina hizo una figura que es cualquier cosa. Pero algo ha cambiado. Eso es bueno. Algo tocó fondo hoy y lo sé: prefiero el riesgo de la cesantía a seguir levantándome para venir a este lugar de mierda. Me harté de las sorpresitas de cada día. Me harté de cada rincón de esta puta librería. Ya no me importa nada y estoy dispuesto a irme a los combos con el próximo hueón que me toque la oreja. Me iré. Antes o justo cuando empiece la Copa Confederaciones, me iré y dejaré de andar dando pena y no tengo la menor idea de qué es lo que viene y no me importa.

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“Me quejo, y acabo de ver a un niño con una pierna de madera y que golpeaba el suelo con rabia por no poder seguir a los otros chicos”. (Jules Renard, Diarios).

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Por la noche, contra todo este día de mierda, salgo a correr. Bajo el ritmo frenético de los primeros discos de Bad religión y los Dead Kennedys, corro. Como enfermo, como si estuviera en la guerra, como si animales extraños me persiguieran. Me lavo, boto, purgo. Caigo rendido al final del Bustamante. Me digo que todo va a estar bien y que tomar decisiones negativas también cuenta como tomar decisiones. Cierro facebook y tuiter. Me prometo que voy a escribir y leer más. Hago como que algo nuevo empieza. Y entonces algo nuevo empieza.

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“Trabajas todos los días. Te tomas la vida en serio. Crees fervorosamente en tu arte. Pero no serás nada. (…) Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada”. (Jules Renard, Diarios).

enero-febrero

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“Quiero tener un año excepcional, y empiezo levantándome tarde, almorzando demasiado y durmiéndome en el sillón hasta las tres”. (Diario 1887-1910, Jules Renard).

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Empecé a usar las notas de voz del celular en serio. Cuatro o cinco pequeños monólogos al día. Me siento como el agente Cooper. Un agente Cooper de la inutilidad. Al final de cada semana desecho la mitad y la otra la dejo en una carpeta en el escritorio. Imaginaba que cada una de ellas iba a dar pie a sendas reflexiones y extensos párrafos, pero no: la mayoría ha sido transcrita tal y como suena y no habido nada que agregar.

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Pequeñas alegrías que dan los compañeros de librería: ayer N empezó a imitarnos, uno por uno, simulando qué cara y qué movimientos corporales haríamos si nos violaran en la cárcel. Todas las imitaciones le salen más bien parecidas, lo que hace que cada pequeña variación hecha para captar la esencia de cada una de nuestras personalidades sea tan arbitraria como chistosa. Por la tarde, M recuerda que cuando niño leía sobre telequinesis y creía que si lo intentaba podría conseguirlo. Le cuento que antes de The matrix estaba esta película de Travolta, Phenomenon, en la que al tipo le cae un rayo y adquiere ciertos poderes que yo, quizá ya no tan niño, creía poder replicar solo con el poder de la concentración.

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La rúcula detuvo la rapidez de la tarde. Recorro cada tallo como un ciego, sacando las hojas buenas, apartando las negras. No juzgo mi impaciencia; la observo. Deshojo y me deshojo. Caigo del tiempo de la mente hacia el tiempo de las cosas.

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C al celular. Es de noche y contesto: le ha explotado un enchufe, se ha cortado la luz en su departamento y tiene miedo. Salvo indicarle que corte la luz y se duerma y espere a mañana, no se me ocurre bien qué decir, así que, ante su insistente temor, le prometo no solo que nada más va a explotar, sino que mañana hará frío, su pelo olerá mejor que nunca por la mañana y el supervisor no irá.

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Se pregunta Schnitzler: “¿De dónde surge, poeta, tu deseo de describirle las horas preciosas de tu soledad al mundo atento a tus palabras? ¿No será que en el fondo eres más sociable de lo que crees, y además un poco vanidoso?”.

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Cuando no sé qué recomendarle a un cliente simplemente murmuro y me alejo. Lentamente voy dando pasitos hacia atrás, haciendo como que reviso otros libros, haciendo como que lo que él necesita quizá esté en otra parte, dejando que pase el tiempo. Y funciona: encuentran algo por sí mismos o sencillamente se van.

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“El ronroneo de los gatos debería ser un lugar”. (M).

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Por las mañanas me rindo de antemano ante todas las luces amarillas parpadeantes y ante todos los conteos en reversa que impliquen un mínimo de apuro, de esfuerzo: llegar al trabajo jamás va a implicar correr.

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Entre cliente y cliente, aforismos de Canetti.

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La publicidad del Piretanil en la radio Bío Bío me lleva lejos y quisiera hundirme, recostarme y quedarme allí para siempre.

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“No puedo creer que haya dado mi primer beso viendo la película Lego”. (L).

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Cuando la gente empieza a contarme sus vidas o los motivos específicos de por qué está buscando tal o cual libro pongo cara de concentrado, asiento muchas veces con la cabeza, me toco la barba y me preocupo de que la vista no se me desvíe pero, así como se me desvían los pensamientos, se me desvía también la vista y, si pasan más de treinta segundos, me pierdo y lo notan, pero nunca me siento culpable, porque me digo que al menos lo intenté.

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“No hay nada que obligue a vivir, ni nada que desobligue. Todo o casi todo es mentira porque cae o puede caer. Lo único que es fiel es esta sed de algo por lo que vivir. Pero tampoco lo es absolutamente puesto que está entre otras sedes y hambres y se alterna con ellas y puede desaparecer por varios años y reaparecer”. (Diarios, Alejandra Pizarnik).

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A veces pasa por fuera la mujer con la que X tiene intimidad en los estacionamientos y suele pasar con un tipo que supongo es su novio y la miro y ella mi mira y sabe que yo sé y trato de que en mi mirada y en mi saludo no se note que yo sé que ella sabe que yo sé.

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“Me acuerdo de mi primera experiencia sexual en el metro. Había un tipo (me daba miedo mirarlo) que estaba empalmado y no dejaba de rozarse contra mi brazo. Me excité bastante y al llegar mi parada me bajé y me fui corriendo a casa, donde intenté hacer un óleo con mi pene a modo de pincel”. (Me acuerdo, Joe Brainard).

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Semanas llenas. Mes lleno. Pero, a diferencia de anteriores llenitudes, no me quejo. Al revés: las oleadas de pereza al mediodía o después de almuerzo se acaban, dejo de necesitar el café de la mañana, una extraña energía me mantiene en movimiento; es como si volver a ver a los amigos fuese una especie de comida para no sé cuál estómago. Me pasan las llaves y abro y cierro la librería algunos días. La presencia de M ayuda. Saber que se va a comer a cualquier cliente basura que ose esparcir su aura miserable aquí da una tranquilidad impagable. Los días largos se acortan. A ratos simplemente olvido que estoy en el trabajo y eso siempre es bueno. Llevo casi dos meses con el orden de mis secciones estancadas y pretendo que así siga. Es febrero y no pueden pretender que me tome en serio este trabajo. Las metas siguen siendo inalcanzables y nos quitaron todos los beneficios que teníamos; sin culpa alguna podré incluso disfrutar el derrumbe de este segundo hogar. Enajenaciones aparte, no entiendo en qué momento M puede leer tanto. Me recomienda un montón de epubs. Anoto y pierdo el papel. Todos hacemos gala de cuestiones leídas hace años. Quizá pienso mucho en cómo distribuye su tiempo la gente. Quizá nadie esté leyendo nada actualmente y todo sea una farsa, como quizá también sea una farsa el hecho de que mi escogidamente mediocre desempeño laboral no sea funcional a una manera específica de la explotación capitalista. Sea como sea, en la batalla cotidiana, siguen persistiendo los dos o tres sacohueas por día, pero no alcanzan a arruinar nada, porque además de M, también aparecen unas gentes hermosas, abuelas de ojos puros, jóvenes de movimientos lentos e inseguros, un hombre con un perro en brazos, y así, al menos por febrero, los espíritus tristes van perdiendo terreno. Así que, como decía, no sé cómo ni por qué, pero los días ya no se arruinan. Ya en casa, por las noches, me vuelvo un torbellino. Hago un poco de aseo cada noche para así evitar perder horas enteras del día libre. Nunca lavo toda la loza, siempre dejo un poco, y eso me libera (y a las cucarachas también, parece). Hacer ciertas cosas mal me da paz. Salgo a correr. Vuelvo del todo. Subiendo cinco minutos cada vez. Y, dentro de todo: visitas a mediados de semana. Por ejemplo J y su hermano, desde Talca, que se dejan caer después de Jaar, el día en que comienza un apocalipsis de humo en la ciudad que dejaron. Digo que no voy a tomar pero me mando dos Bear Beer de medio litro. Saco unas hojitas y hacemos uno gordo. Ayer llegué y puse boleros y finiquité todo el aseo. Los días en que no hay visitas, siempre una película. Curiosamente alcanzo a todo. Cinco o seis horas de sueño y ningún cansancio. Otro día, otra noche, y es M y una amiga que trabaja en Fantasilandia, unos silencios raros que me hacen fumar y fumar y beber y caigo de los primeros. Otra noche: salgo a correr y de vuelta paso donde F, pero F no está y quien está es C, frente a un notebook pequeñísimo viendo un partido del Colo en un recuadro que no se deja agrandar a pantalla completa, dudando en si quedarse o ir donde su madre. Fumamos. A eso pasé. Y a buscar unas cosas que se me habían quedado. El colo pierde y, volado y con tres chamitos en la mano, me devuelvo trotando a casa.

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“Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan”. (Jules Renard).

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Acabo de ver a una mujer que venía caminando en sentido contrario. Sostenía una marraqueta con las dos manos. Una mano en cada lado de la marraqueta. La marraqueta pegada a su pecho, paralela a su cuerpo. La sostenía como si fuera una guagua a la que, en vez de besos, daba mordidas. Parecía un hámster.

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“Igual me sucede con los afectos y los caracteres que encuentro a mi paso; no creo jamás en una aventura amorosa, en un favor providencial, y me digo siempre: es poca cosa, puesto que se me da; el beneficio está a la altura del beneficiado. Y así, burlándose de sí mismo, fácilmente se hace uno ingrato e hiriente hacia los demás”. (Diario íntimo, Amiel).

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Espero a que lleguen L y P y no puedo hacer nada salvo pasearme, tomar libros, hojearlos, lavar la loza, ordenar el escritorio. L, amiga de hace un montón de años con quien nos vemos cada vez menos. P, amiga de L que siempre me ha gustado desde esa cómoda lejanía que hace que, en el fondo, mi gustar no signifique nada (o al menos nada distinto a mi amor por Isabelle Huppert). A veces alguien siempre se mantiene lejos y, si el curso natural de una relación no produce mayor cercanía, es que así debe ser. Me gustan sus pecas, que hable bajito como Teillier, que haya huido al sur y que tenga una manía media rara de rascarse las axilas, el cuello y las tetas. No sé si sea suficiente, pero es algo, y quizá existan un par de algos, y uno igual deba hacer algo para descubrir si hay algo más que algo en esos algos. Como sea, quedamos de vernos el domingo, pero no resulta, se va a la playa y luego ya se va de Santiago y, como siempre, no da para lamentarse y me digo que así es como debía ser.

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“¡Qué manía, ser ingenioso con la gente cuando en el fondo quieres abrazarla!”. (Jules Renard).

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“Estamos aquí escondidos unos de otros / en los cuerpos como en casas más seguras”. (E. Barquero).

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Sábado. Segundo de dos días libres. Ayer fumé todo el día. Fumar, dormir, despertar, fumar, y así. Bojack Horseman y FIFA 2016. Podría decirse que estoy perdiendo el rumbo pero siento que esto ha sido más bien una decisión. Al menos ahora estoy escribiendo más. Huelo mal. Voy a salir a correr, sí. ¿Saldré realmente? El panorama de la noche: la vuelta de The walking dead

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No sé cómo pude estar tan sociable hace algunas semanas. Ahora mismo no podría ver a nadie porque todo lo que pueda contar son cosas que ya he dicho y que vengo diciendo siempre. La paz por las noches se hace esquiva y me recluyo en la posibilidad de que las películas o los libros me salven o al menos me anulen o me desplacen hacia los sectores oscuros y sordos de mí mismo. Las motivaciones de los otros no me dicen nada. Prender la tele es como salir a la calle. Mis planes son una buena intención que esculpo desde que nací. Una estatua infinita. Una manera de decirse a sí mismo que la vida podría llegar a ser algo distinto de una repetición.

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“17 de marzo. Estoy pasando un mal momento. Todos los libros me hastían. No hago nada. Me doy más cuenta que nunca que no sirvo para nada. Siento que no llegaré a nada, y estas líneas que escribo me parecen pueriles, ridículas, e incluso, y sobre todo, absolutamente inútiles. ¿Cómo salir de esto? Tengo un recurso: la hipocresía. Me quedo horas encerrado y se creen que trabajo”. (Jules Renard).

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Llegan las vacaciones y, como siempre, y sin que esto se traduzca en malestar alguno, no me siento como creía que iba a sentirme. Las visiones de mí mismo escribiendo desde las diez de la mañana hasta la hora de almuerzo, correr todos los días, dejar las películas-basura y empezar a completar filmografías de los directores que de verdad me importan, usar las tardes, salir, ver a Bruno, ir al cerro; quizá debería abandonar todo eso, empezar a afirmar lo que hay y, de una buena vez, dejar de repetir esta misma monserga cada año.
Llego de noche a Curicó, fumamos con mi hermano y un amigo que ha invitado por unos cuantos días (un gamer veinteañero de Viña que se parece a Jay Baruchel). Ponemos Silent hill y caigo en el asombro: no recordaba esta fotografía, ni el soundtrack, ni nada de toda esta hermosa y tétrica y honda blancura. Quizá la vi cuando veía las películas sin detenerme en nada, como mi hermano que, fumado, habla y habla. Y no solo eso: si no está hablando, está en el whatsapp o, como sucedió hoy (y siempre), durmiéndose a la mitad de todo. Le digo que se entregue, pero no me entiende. Entonces terminamos de ver la película en silencio con Baruchel que, a todo esto, tiene esta extraña manía –que confiesa luego de que yo preguntara si a alguno le estaba vibrando el celular: el hueón emite un leve sonido, un estertor sistemático, una especie de teléfono antiguo marcando incesantemente. Si estoy volado -me dice- y pegado en alguna película, no puedo evitar hacer este ruido.
Durante el último tramo de la película mi hermano despierta y balbucea frases del tipo “no si sé todo lo que ha pasado”, “solo tenía los ojos cerrados pero estaba escuchando”, y así. Le digo una y otra vez, con voz calmada –porque lo conozco-, que se vaya a acostar, que no hay problema, que mañana la termina de ver, pero, una y otra vez, se enoja y lo toma como si lo estuviéramos echando por tener lepra o como si nos hubiéramos hecho mejores amigos a su espalda y quisiéramos expulsarlo y fuerza los ojos y se pone en una postura impostada de lucidez y atención que no le dura más de un minuto y se vuelve a dormir de nuevo, absurdo y tierno, en esa misma posición.
De madrugada Baruchel baja, tengo puesto el soundtrack de The revenant y me pregunta si es el soundtrack de The revenant y, sorprendido, le digo que sí. Se sienta frente a la mesa en la que estoy con el notebook, le cuento que estoy respaldando pelis en los discos duros externos, poniendo subtítulos y todo eso, me comenta que también ve muchas películas, que tiene la misma enfermedad de ir bajando todas las nominadas a todos los festivales existentes. De entre muchas que ya olvido, me recomienda Hell or high water (que veremos la noche siguiente).
Los días que siguen se van en siestas, más películas (Hell or high water, Moonlight, Dr. Strange, etc.), traer unos muebles desde la casa de una tía, una ida al estadio con mi papá y sencillamente estar frente al computador, “trabajando” en su orden.

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“Mi carne es un caballo pastando / cuya soledad me aterra si despierto”. (E. Barquero).

diciembre

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“Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo”. (Alejandra Pizarnik).

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Diciembre: las hordas de semejantes, las horas extras, ordenar veinte cajas de libros y un hueón afuera pegado al ventanal enojado porque no abrís más temprano, los pies, la mente, la repetición, en serio los pies, ardiendo, la lengua que al final del día ya se traba de tanto repetir las mismas mierdas, el cansancio, las falsas satisfacciones con las que intento remediar ese cansancio. Diciembre: el tedio, cenar solo, la circularidad de todo, el carácter festivo chileno que en el fondo solo viene a rellenar o redirigir una histórica tristeza, una extraña pena de simplemente caminar por Santiago a las nueve de la noche y sentir que todos obtuvieron lo que pudieron y no lo que querían. Diciembre: el compañero nuevo y su irrefutable cara de ahueonao, su manera de decir FELIZEZ FIEZTAZ a cada cliente, su voz de joven Gumucio pero sin la gracia de éste, la fomedad abismante del prójimo en general, el ímpetu de esa fomedad, la confianza en sí mismo del sacohuea de polera Polo metida dentro del pantalón, el desplante de todos aquellos que sienten que el mundo está ahí para servirlos, el individuito empoderado que reclama solo cuando le afecta a su perímetro pero no le da para leer la complejidad del trabajo asalariado, la suma de todos los rostros de las cajeras, la nula empatía entre explotados. Diciembre: la rapidez y la efectividad de todo lo que importa un pico, el mismo diagnóstico de un crecimiento económico aparejado de una también creciente invalidez espiritual, los villancicos, las decoraciones, las notas periodísticas, la reorientación mediática del deseo, Luis Miguel, los matinales, los cuicos y sus diseños y la siutiquización de lo que sea, la metodicidad del simulacro, mirar hacia el horizonte y sentir que no estamos ni cerca de construir nuevos rituales. Diciembre: el inhabilitante calor, la densidad aplastante del aire, los incendios, morir lentamente esperando la luz verde, un acuario de aire denso en el que paseamos como gallinas decapitadas, los taxistas, la soledad parlanchina de los taxistas, los conchasdesumadres de los taxistas y su manera de pasar a un milímetro de tus piernas sobre todo en Diagonal Paraguay con la Alameda. Diciembre. Y luego enero. Y luego todo de nuevo: enfrentar cientos de personas al día que en el fondo no necesitan nada más que ser escuchadas -y aquí dentro no hay espacio para nada que no se asemeje a un derrumbe de piedras-, intentar empezar a juntar plata para mi futuro de eremita, intentar averiguar qué cresta pasó con el traspaso de ARCIS a la Universidad de Chile, defender la tesis, hacerme todos los exámenes postergados, ir al dentista, bajar de peso, volver a correr, publicar, leer más, leer mucho más, poner otro estante para los libros, y esperar con ansias marzo, la primera semana de marzo y esta vez ya no tres sino unos cinco días en mi Hostal de Lipimávida.

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“Una parte de mí necesita desmoronarse, es nuestro secreto, sabemos que necesitamos venirnos abajo, no hay mejor trazado que una vida propia, y para que sea propia debo derrumbarla”. (Malú Urriola).

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Cuando vengo al baño veo los pies del tipo del aseo. A través del rabillo de una puerta entreabierta, los tobillos casi morados del haitiano que vino a probar suerte. Varias veces al día lo pillo ahí tendido, durmiendo, en un banquillo de madera. Me muevo despacio. No quisiera despertarlo ni, menos aún, que me viera espiándolo y pensara que estoy pensando que él no debería hacer eso. Me gusta que la gente no trabaje mientras está en el trabajo. Desde que estoy en esta librería que ya no puedo quejarme de la lentitud de nadie que esté “sirviéndome”. Incluso cuando la cajera del metro me enrostra su tedio y me mira con ojos muertos y nisiquiera me saluda, lo tomo como viene. ¿Desde dónde podría uno exigir algo? No entiendo por qué debería el mundo servirme.

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“Amo mis partes vencidas”. (Malú Urriola).

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Necesito estar bajo el agua y que en la superficie suene Miles Davis y mirar hacia arriba y ver pasar un avión. Necesito llegar a la hora de las noticias, abrir una cerveza y ver que han robado un camión con pollos para repartirlo en alguna pobla. O que Claire Denis o Isabelle Huppert aparezcan en la hostal de Lipimávida y caminemos sin hablar y corramos por las mañanas. O que haya una oleada de fantasmas en las calles y haya caos y luego calma y todos estén en sus casas reflexionando el respecto. Necesito más apertura en mis encierros. Alguien con quien armar un rompecabezas y dormir siestas. Dejar de pensar qué significaría y cuándo correspondería emprender una nueva relación. Necesito dejar de revisar y reordenar imágenes antiguas los domingos por la noche. Quizá necesito no estar en casa los domingos por la noche. Apropiarme de la luz de la ebriedad, trasladarla hacia otros sitios. O también: estar mirando por la ventana a las dos a eme y ver una luz que se mueve hacia atrás y hacia adelante y quedar paralizado y sentir que mi mente se expande o al revés que el límite simplemente se borra y adquirir dos o tres intuiciones acerca de Dios, el espacio y el tiempo. Necesito que la vida empiece a congraciarse. Que el fuego reevalúe su itinerario. Que los perros empiecen a defenderse. Necesito que llegue un tipo de abrigo negro a la librería y me convenza de que tenemos que resolver un misterio y sentirme como Mulder. O estar, no sé cómo –porque ya ni salgo-, en un karaoke, y que pongan Just friends de Chet Baker y cantarla de principio a fin sin siquiera mirar la pantalla. Necesito tener un sueño premonitorio en el que visualice cada paso a seguir para largarme de esta puta ciudad y no contarle a nadie y durante los próximos cinco años seguir todo al pie de la letra y conseguirlo. Necesito que lo que me necesite también necesite de ese mismo modo otras cosas. Necesito quedarme un poco más en esa sensación liberadora en la que caigo cuando empiezo a pensar que todos moriremos y es justo que así sea.

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“Dicho quizá de otro modo: comprendí que debía dejar de pensar en avanzar, y también, de paso, dejar de preguntarme qué significaba avanzar y quién tenía que avanzar”. (EVM)

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17:40. No he podido leer nada, pero es que nada. Salen tres y entran tres. Salen dos y entran cinco (“Ir al mall es como darse un baño de gente desconocida, te inmovilizas por un momento, la gente pasa y te atraviesa”1). Y así. 18:26. Leve calma. Como el mal alumno, me voy bien al fondo de la sala a tratar de pasar desapercibido. Ni siquiera leo. Trato de enfocar la vista en cualquier punto al azar y dejar que avancen los minutos. Odio los viernes. El movimiento del mundo me parece un error.

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Soñé que estaba en una especie de gimnasio, en alguna especie de evento, cuando de pronto entran tipos no sé si con máscaras pero al menos con algún tipo de uniforme o de uniformidad y, lo más importante, claramente armados. Nos están secuestrando o algo así. Se escuchan bombazos y ajetreo afuera. Reviso el cel y es una cosa más o menos global: diversas células terroristas toman rehenes en las distintas capitales del mundo. El caos va dando paso a una sorpresiva comprensión. Nos juntan, nos sientan, hasta nos traen algún brebaje y, uno de ellos, uno de alto rango supongo, comienza a explicarnos la misión que tienen: son una especie de colectivo global de Inmanentistas. Hartos de la religión y de todo tipo de trascendencia comercializable –y obviamente, más que subjetivamente hartos, sino que ya con argumentos acerca de cómo es justamente esto lo que tiene arruinado al mundo en lo cultural, en lo económico, en todo- han emprendido la tarea de una transformación violenta y radical, sujeto a sujeto, de la cosmovisión imperante. Por lo mismo, y luego de que nos hayan forzado a beberlo, nos avisan que el brebaje que nos han dado es una de estas drogas potentes que purgan. Un viaje interior medio a la fuerza. Mientras surte efecto, circulan distintos personajes que nos van relatando su experiencia personal en el grupo. Ex cristianos, ex empresarios, etc. Y hay cierta borrosidad en toda esta parte. Recuerdo sí cierto ambiente como de reality. Mucho ejercicios físico, mucha competencia, mucha charla; todo esto, claro está, en un contexto medio de guerrilla y adoctrinamiento. No sé si nos hemos quedado a vivir en el gimnasio o qué. Lo cierto es que, en lo secreto, empieza a acomodarme la situación (recuerdo con exactitud un momento en el que, cerca de un stand en el que están repartiendo jugos o algo así, me meto en una conversación sobre la doctrina misma que nos tiene ahí a todos juntos y, con puras ganas de quedar bien ante ellos, digo que Nietzsche decía que “el alma no existe y solo hay el sistema nervioso”). Ahora que escribo esto no estoy tan cierto de que lo haya dicho Nietzsche y, si lo dijo, jamás recordaré dónde. El punto es que ya no hay que trabajar, ya no hay que planear nada en la vida: tal y como dice esta Buena Nueva, hay que mantener el deseo atado al presente, “volverlo ancho”, crear una nueva temporalidad en base a un nuevo tipo de comportamiento. Hay un ambiente muy de la casona esa de El club de la pelea. Sin embargo, la cosa no puede ser tan perfecta. Existen unos bandos contrarios. Budistas rebeldes, católicos rebeldes y, sobre todo, fundamentalistas rebeldes. Me encantaría recordar bien esta parte del sueño pero solo me queda la sensación vaga de estar repasando estrategias –alguien nos señalaba con mucho respeto la existencia de estos grupúsculos de resistencia- y luego ser atacados, parapetarse, quizá sosteniendo un arma –y la sensación de no saber cómo mierda dispararla.

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Picoteo una biografía de Thelonious Monk que me prestaron. Me aburre y sigo. Toda la mañana con las cartas de Kafka en la mano. Las paseo. No leo nada. La gente, la gente, la gente. ¿Qué pasa con este viernes? ¿Por qué me parece tan detestable toda esta gente que no tiene culpa de nada? ¿Cómo no soñar con los caminos de tierra de Teillier?

*

Me pasan ridiculeces como ésta en el día: decido que debo limpiar los lentes, me dirijo a la mochila en busca del estuche con el pañito, pero cuando llego ya olvido a qué venía, entonces saco la pasta de dientes y el cepillo y parto al baño, pero ya en el baño, con los utensilios olvidados en el bolsillo, solamente meo y me mojo la cara y me devuelvo y recién ahí me acuerdo qué se supone que iba a hacer en un principio.

*

“Eres libre allí donde no te aman”. (Canetti)

CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

L
Me sorprende sobre todo la estupidez de estos mosquitos que no tienen cómo saber o cómo alertarse entre ellos sobre el peligro de seguir las luces de esta casa porque mueren todos asados en esta paleta eléctrica. Deberían inventarse sus mitos. Qué tristeza, qué existencia tan vacía. ¿Los mosquitos pensarán que soy estúpida por no seguir la luz? ¿Pensarán que mi vida es un despropósito total? ¿Sentirán tanta felicidad mientras están dando vueltas alrededor de la luz, como si tomaran cerveza con amigos? BUENO, así como ellas nacen y dan vueltas alrededor del a luz nosotros NOS ENAMORAMOS Y MORIMOS. La desventaja de vivir más. En fin, cada especie tiene el derecho sobre su increíble estupidez y ninguna estupidez es menos valiosa. Me atrevería a decir que la de ellos es más importante porque la ejercen con total seguridad.

(…)

Me he dado cuenta que nadie sabe muy bien cómo reaccionar o qué decirme, como si en ese “literatura” que digo media tímida y sonriendo, súbitamente dijera que vivo en la calle o que estoy embarazada y en la pasta base (…) Cuando mi hermana me presenta a sus amigos es siempre lo mismo: se miran entre ellos, hacen esa pausa vacilante y, como si nada, vomitan las preguntas clichés que me gustaría no responder. Uno se da cuenta cómo los desconocidos intentan penetrar, ponerte en algún lugar que encaje (qué estúpido enigma debe ser uno para esas gentes, sobre todo porque uno es silencioso y no se abre ni se expande como las personas carismáticas) (…)Y es así siempre: “Ah, literatura… ¿y ahí qué haces? ¿Lees? ¿En qué vas a trabajar? Oye, tengo un proyecto de novela, ¿me la editarías? TÚ DEBES SER BUENA PARA LA LETRA”. En esos momentos pienso en cómo me gustaría escupirles la cara y empezar a correr o salir volando de allí con la ayuda de alguna fuerza cósmica o con la fuerza de mi propia apatía y seguir gritando insultos mientras voy alejándome por los aires (y seguir escupiendo desde lo más hondo de la garganta).

(…)

Una no actúa como de verdad quisiera sino que sonríe, pone cara de bonita y de simpática para disfrazar el inmenso odio que nace o que está ahí siempre (y que no es culpa de ellos porque uno mismo es su obstáculo, su roca negra) y ese repetir el discursito, la proyección que no es pesimista pero tampoco la gran cosa. “Trabajaré en una editorial, en un diario, corregiré textos, publicaré libros”. Jamás me creo lo que respondo de mí misma en público. Yo siento que miento, que repito un monólogo, que adorno el futuro como uno se arregla en la mañana: a la fuerza, de mala gana y para que los demás piensen que tengo algo claro, que sé para dónde va la cosa, cuando en realidad no es así, que no me interesa -por ahora- trabajar en una editorial, ni en el diario. Contar a los demás lo que yo espero de mí es también un intento de convencerme a mí misma. Tantas cosas que se quedan ahí, que yo sé que no tengo ganas de hacer y que al final del día no cambian. Y esa desesperanza de que no juntaré ganas o fuerza para hacer todo lo que vivo proyectando. ¿Por qué es tan difícil no querer hacer nada? ¿Por qué no se puede querer no tener planes?

(…)

Se me ocurre que ante todas esas preguntas de qué quiero para mi futuro me gustaría decir NADA NO QUIERO HACER NADA, pero si tuviera que responder más sinceramente en serio: me gustaría evadir la zona de los cuerpos rápidos y los gestos duros, trabajar en algo que no consuma todo el tiempo y el espíritu, tener compañeros simpáticos y que me sobre tiempo suficiente para escribir y arreglar todo lo que se arruina en uno al estar en donde no se quiere estar. Eventualmente, encontrar no sé cómo una fuente de ingresos, complementar -como dijiste- con la escritura, y así despojarse definitivamente del ritmo de todo lo que se siente que está mal. Este párrafo es ingenuo pero es más o menos cómo me siento hoy.

(…)

No puedo imaginar a Kafka escribiendo en un estado de tranquilidad así como nosotros; o sea sí, puedo verlo en esa hamaca balanceándose con su vaso de leche, pero no creo que la escritura -que tanto amaba- le haya traído paz alguna, sí un descanso momentáneo, como el vómito en un estado febril, pero no más que eso. ¿Por qué luchar tanto y, como tú me dijiste, por qué ese miedo que lo hace tropezar y estremecerse ante Milena? Se me aparece toda su cara sudorosa en primerísimo primer plano, las venas palpitando frente a la hoja y los boca apretadísima implorando por decir lo que quiere decir. Estoy exagerando. También me pregunto, ¿qué le escribirá tanto esa Milena que lo hace sufrir? Me habría gustado saberlo. Al final, uno no es tan desgraciado si tiene a alguien a quién escribirle, ¿o no? O simplemente no se es desgraciado si se pueden encontrar las palabras y empezar. ¿Qué pasa cuando ya no se puede escribir más, se empieza a morir o, al revés, se deshace uno de ese ‘deber’ y vive? Creo que a Kafka le da terror la distancia que existe entre la podredumbre del cuerpo físico y la intensidad de la representación del discurso escrito. Recuerdo que le decía a Milena que no se hiciera mucha ilusión porque él sólo era un tipo flaco con una sonrisa en los labios y nada más, nada en él le recordaría a la persona profunda y ¿elocuente? de sus cartas. Yo creo que tenía miedo de eso, que la reacción de Milena fuera de pura decepción ante su cuerpo enfermo y débil.

(…)

Con mi gusto por Levrero está medio claro por dónde va la cosa: me llega más la torpeza y la dificultad del camino. Cuando no se manifiesta la fisura me da esa sensación de rechazo que me produce la gente muy guapa según los estándares: “¿Y esto qué es? ¿Tiene un corazón, alguna vez lloró o se le cayó el pan con mantequilla al revés?”. Sobre todo miedo y, un poco, sólo un poco de ganas de ser así igual, de lograr la armonía. ¡Pero no, por favor! Nada más extraño que alguien que sabe ser melancólico y escribir lo justo. ¿Cómo se sabe que se está escribiendo todo lo que se necesita escribir? Soy tan insegura con lo que escribo, si tú imprimieras este mail y le prendieras fuego yo entendería.

R

Allí donde dices tu pusilanimidad yo siento una extraña ternura. Allí donde te preguntas por qué es tan difícil no querer hacer nada, yo veo el impulso que hace que nazcan las cosas que nos gustan, del modo que nos gusta, al ritmo que nos gusta. Siento que no querer hacer nada es el estado ideal del ser humano. No querer hacer nada en el sentido de saber que, bueno, sí, hay que hacer ciertas cosas para no terminar en una esquina meado y agitando un tarrito de nescafé. Pero no es necesario engrandecer nada de aquello. Lo que trato de decir es que debería uno poder hacer las cosas con la voluntad media anulada, pero no en el sentido de una desafección adolescente o un nihilismo adulto contemporáneo, sino más bien sabiendo que la inversión “correcta” de la propia energía va más por el lado de la resta que de la suma, o sea, que uno no es eso, que aunque todo alrededor nos invite a la identificación inmediata la labor “espiritual” consiste en sacarse y casi diría que rescatarse de ahí, en recogerse a sí mismo como niño enfermo del colegio un lunes por la mañana e insistir, desde la cama, viendo monitos y tomando un segundo desayuno, en que ya, sí, uno es lo que hace, pero a la vez, uno es TODO lo que hace, no esa cosa específica con la que el ego busca galardonarse (familia, hijo, auto, publicaciones, doctorado, etc.), sino la relación de todas y cada una de las cosas que se hacen (y también de las que dejamos de hacer). Pero esa relación -que, a su vez, solo tiene sentido en relación con las otras vidas- solamente se cierra con la muerte, de manera que, hasta antes de eso, y aunque suene muy jipi, solo estamos siendo. Y a mí me calma eso: estar siendo. En medio de egos que crecen como rascacielos, ser mero pasto. No se trata de excusar la propia pereza y adornarla de budismo barato, se trata de saber separar bien un no-hacer escogido de cierto no-hacer que le cae a uno encima, cuestión que solo se logra si uno asume bien que, de todo aquello que el mundo te exige, hay una pequeña porción con la que uno sí está de acuerdo, porción que se agrega a la que uno, ante sí mismo, se exige, de manera que, querámoslo o no, SÍ hay un deber que, solo en parte, coincide con el que nos enrostra el mundo. El problema, supongo, es que uno a veces se convence de que, eso que quiere, no lo quiere tanto. ¿Añoras habitar las mañanas? ¿Preferirías no tener insomnio? ¿Te urge publicar prontamente o puede esperar la cosa? ¿Tenías ganas de trabajar este año o en el fondo te acomoda esta situación que te empujó a quedarte en casa? Ahí, un único juez posible, “dentro” de uno, lejos del intelecto, una leve inclinación que hay que estar dispuesto a reconocer y aceptar. E insisto: tengo una relación intuitiva muy buena con esta especie de dt interno, pero, ya lo sabes, como equipo soy una mierda y bebo antes de los partidos y hago autogoles y a veces ni entreno. Pero lo intento. Una y otra vez, me perdono y lo intento. Así que de nuevo, ¿sirve de algo todo esto que te digo? Con todas las distancias correspondientes a nuestros contextos, intuyo que estamos en un momento parecido y no puedo sino animarte tal y como me animo a mí mismo –justo anoche vi ese capítulo en que Bojack se va en la volá de la autoyuda y me sentí tan identificado cuando se preguntaba si acaso realmente nunca era tarde para cambiar (pero en el caso de nosotros yo digo que estamos bien enfocados y solo restan unos pequeños ajustes).

(…)

Y voy a tener que seguir escribiéndote aquí en borradores de gmail no más. Te voy a decir la verdad de anoche: me fumé una gran cola (maldito C, ¿para qué me regala?) y caí de nuevo en la pasta base del playstation (lo había guardado y lo volví a instalar). No me hace ni una gracia contarte esto, pero he leído ya tu carta y no puedo sino hacerle honor a esta cruda honestidad. Mi plan era despertar de la siesta, salir a correr y comenzar con tu carta, quizá ver alguna peli y terminar el día leyendo en cama. Pues bien, nada de eso sucedió, la siesta se me alargó y desperté muy tarde y lento y flácido y, como ya te contaba, me comí un coso de ravioles familiar casi entero a lo largo del día.

(…)

Un día casi totalmente exento de notificaciones. El triste gesto de sacar el celular y buscar no sé qué. Ya no me da el internet como para ver fotos y videos de gatitos o perritos así que ni reviso tuiter. Me acuerdo como al principio me parecían unos enajenados los que necesitaban tener internet en el celular. Hará cuatro o cinco años no más. Hablando sobre qué haríamos de ganarnos el loto L me dice que cerraría todas las redes sociales y recorrería el mundo. Yo le digo que no cerraría nada y me iría una buena temporada a mi residencial favorita en Lipimávida (no es que conozca otras, solo me acostumbré a esa). Y bueno, eso: empleados como cualquiera soñando dentro de un mall. (L es Luciano, uno de mis dos jefes que también son mis amigos. L tiene 40 pero vive como alguien de 20. Supongo que por eso nos llevamos bien. Es como un señor Burns pero del Bien. Muy lento, una cara media extraña, cierto amaneramiento que en un comienzo me hizo creer que era gay).

(…)

No avanzo linealmente. Martillo aquí y allá como si fuera una estatua o una pintura. Pongo una capa y luego lo dejo para poner la segunda capa en otra parte. Me acuerdo de algo que quedaría mejor allá tres párrafos hacia arriba y vuelvo. En el camino veo que dejé otra cosa incompleta y la relleno. O también vengo a sentarme con la certeza de que ahora sí que empezaré en orden, tema por tema, pero se me hace inevitable contar mis nimiedades. Siento que te escribo mejor cuando el día es todo mío.

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Retomo. Ahora sí que retomo. No sé si entiendo bien qué nos pasa con la pulcritud en general. Supongo que uno adivina ciertas ansias que tiene el mundo por tratar que todo parezca un puto set de televisión cuando la verdad es que la precariedad asoma como los calcetines sucios que uno esconde si vienen visitas imprevistas. Me acuerdo que antes las casas en las teleseries se parecían, no sé si a las casa de uno, pero quizá sí a las casas de uno justo en el segundo después de que se les ha hecho un aseo total. La pulcritud en las personas no sé si me gusta tanto. Desconfío de las barbas perfectamente delineadas y cuando estoy ante alguien que viste bien me pregunto cómo lo hacen, qué han tenido que dejar de lado para convertirse en estas estatuitas andantes.

(…)

Sabís que justo hoy en la mañana una compañera nos mostraba uno de estos videos de ejecuciones en hd y cámara lenta en medioriente y CON CHA DE SU MA DRE qué manera de explotar esas cabezas, qué manera de saltar esas ojos, qué horrible y asqueroso y triste, pero bueno, independiente de la vileza de todo y de cómo estos seres ahora se legitiman con las mismas herramientas del Espectáculo, pensaba yo, mientras la tienda comenzaba a llenarse de imbéciles tipo once de la mañana, pensaba, digo, en que hay algo que no me calza en el diseño de la VIDA, onda, si la hueá es tan sagrada e importante y si se supone que todos deberían tener la oportunidad de, como dice la parábola esa, sembrar su semilla en tierra fértil y ver crecer sus virtudes, ¿por qué entonces uno mejor no es inmortal, digamos, así como hasta los cincuenta años al menos? Pero bueno, es obvio que allí hay un mensaje, una señal de arbitrariedad cósmica atroz.

(…)

“¿Por qué creo me importan tan poco y a la vez quiero impresionarlos?”. Tu pregunta me queda rebotando. Es una sensación bastante conocida. Pienso en mis compañeros del colegio, en cuánto me gustaría -pese a que no lo admito- que vieran que conseguí un lugar en el mundo, y no cualquier lugar, sino justo el que quería y que, casualmente, no tiene nada que ver con ellos –y esto último no para solazarme en mi DIFERENCIA sino para que, de una vez por todas, vean que REALMENTE uno no buscaba lo mismo que ellos y era por eso, y no porque uno fuera un engreído, que no participé en ninguna de esas reuniones de exalumnos. Antes sentía que teniendo un trabajo adquiriría cierta legitimidad, ahora ya no basta y siento que debería tener alguna cosa publicada –empezar a concretar lo que se supone que quiero sea el hilo conductor de mi vida productiva. Obviamente, y siguiendo la misma lógica, luego, cuando ya tenga algo serio publicado, va a ser otra cosa la que voy a querer. Y así, ¿hasta desear la muerte?

(…)

Y ya me hiciste reír. Te imaginé volando como un superhéroe de la apatía. Como alguien que, tal y como dices, anda por ahí juntando odio y más encima tiene el poder de escupir desde las alturas y, todo esto, con el piyama o buzo con el que sales en esa foto de tuiter (me gusta un montón ese tuit: la tenida para salir y luego los trapos con los que uno anda por su casa, solo) Así que sí, sería hermoso que todo este desprecio nos diera alguna especie de rendimiento extra. Por mi parte, me conformaría con la capacidad de teletransportarme a lugares inhóspitos. Eso o esta cosa que hace este niño de Game of thrones de irse a blanco y tomar posesión de un animal y ver el mundo a través de él.

(…)

Yo tampoco sé explicar nada muy bien sabís, o sea, ahora último quizá, con la repetición del trabajo y la simulación de cierta seriedad y la construcción de un personaje de sí mismo, he podido, no sé si explicarme mejor, pero al menos salir del paso. Pero te entiendo y aún me pasa que, cuando me preguntan por qué no publico nada si escribo tanto, solo balbuceo y doy excusas (algunas de ellas bastante ciertas). Y lo mismo cuando alguien -que sé que no va entender (y quizá esa presuposición sea justamente el problema)- me pregunta por qué escribo: mascullo y puro devalúo esto que, ambos ya lo sabemos, importa de verdad. El punto con todo esto es que, por ejemplo si me encontrara con algún ex compañero de colegio en la calle (con su esposa y un coche con un hijo; ya todos están en esa) y éste me preguntara en qué ando, yo solo le diría que trabajo en una librería y, quizá mentiría un poco y diría que estoy juntando plata para no sé qué y por supuesto que ni le mencionaría que escribo, que no publico nada pero escribo, que no gano plata, que nadie me lo pide, pero insisto e insisto, año tras año, engordando unos words que no tienen ninguna función claramente verificable. Por otra parte, siempre hay un asunto más ¿fenomenológico? de fondo: el hecho de que uno no es un solo uno: “Si tomase en cuenta a todos los personajes, cuando me preguntasen «cómo estoy», debería responder: «Normal, con una tendencia al bien, con una cuota de mal, con un poco de tranquilidad que se transforma en euforia y a veces en depresión, para volver a estar contenta». Pero finalmente siempre me inclino por el clásico «bien, ¿y tú?»”2.

(…)

Correr es como escribir. Para ambos no se requiere de nadie y cualquiera puede empezar desde cero, sabiendo que, por muy malo que sea, tiene toda la vida por delante para conseguir algo. Un cuerpo, un lápiz, y avanzar como uno sepa no más.

(…)

Llegué cargado como burro (trato de gastar bien la plata cuando la tengo y quedar con lo justo para no gastar en tonteras) y empecé Oro. Quizá debería enfocarme solo en este tipo de cosas y dejar todas las novelas gordas para después. Después, cuando esté más maduro y paciente. Por ahora solo quiero estar en la cabeza de los otros, hurgar las alegrías que no son las obvias, las penas y las tonteras que no son las que salen en las teleseries y la publicidad –que a estas alturas son como lo mismo. ¿Por qué me importa tanto el texto de la intimidad?

(…)

Lunes 10, 13:57 pm. Me comí dos completos y un café de desayuno-almuerzo. Ayer me junté con M (de la librería), fuimos a la Primavera del libro (me compré una antología de poesía bengalí), bebimos, fumamos, comimos, le di una paliza en el PS3 y terminamos viendo Bojack Horseman. Desde ayer al almuerzo hasta hoy, solo he comido completos. Italianos, tomate mayo y ahora, el último -nos acabamos una mayo entera-, solo con tomate. No me siento bien al respecto (me dices que trato bien a mi cuerpo y yo aquí trato de nivelar las cosas y contarte la firme). Seguro que hoy salgo a correr. Temprano, ojalá, porque a la noche llega otro amigo, J, de Talca, a reportear no sé qué evento para no sé qué medio (me traerá Junkopia, un pequeño librito en el que, junto a otro ser -que se llama Rodrigo y no soy yo-, publicaron una serie de poemas o haikus y creo que también una que otra foto)

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*Las citas 1 y 2 pertenecen a Oro de Ileana Elordi.

octubre-noviembre

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CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

L
Estoy leyendo las cartas de Éluard (a Gala). ¿Qué onda las cartas que manda el sujeto enamorado? Sé que Barthes tiene muchas respuestas. Éluard le escribe a Gala que no deje de amarlo o se matará. Se queja de que ella le escribe poco y él con suerte llena una plana, ¿con qué cara? Me aburre que sean cartas para hacer preguntas concretas: (“¿compro este cuadro? ¿De qué color quieres la tela?”). Me encuentro desvergonzada quejándome de cartas ajenas. Esas sí tienen una funcionalidad meramente comunicativa, creo.

(…)
Después de almorzar, todos tendidos en los sillones como focas al sol, y la televisión que hace un ruido que apenas compite con la forma en que cada uno se elimina del mundo a través del sueño, de ese echar la cabeza hacia el lado y deslizarse entre el sueño que no alcanza a ser tan profundo como para dejar de escuchar. Estar muy dentro de uno y a la vez pendiente de todo aquí afuera. Es lindo ese yacer sin presión por lo próximo, estar no más, sentir que el día puede perpetuarse en ese momento livianito. Mucho calor sí. Igual no es el peor calor que he sentido. Yo releo tu carta y con cada ramita que esbozas se me ocurren árboles. Tampoco quiero salir del bosque. Mi papá ve que soy la única despierta y me dice “está rara la película”, yo le respondo que no puedo explicarla porque no estoy viendo. Es de unos chinos. Se duerme también. Él nunca entiende las películas, cuando sí la entiende, dice “¡qué buena la película!”.

(…)

Yo estoy agradecida de esto porque tú ya sabes que uno en realidad no escribe todo lo que le gustaría escribir y que, en vez de escribir, se piensa más sobre el deber de hacerlo. Al final uno deja que los días se acumulen y es tan fácil entregarse a otras cosas a ese cansancio inmediato a las películas o a la tele o al estar no más y soportar. Así que este juego nos forma un hábito casi patológico pero saludable. Debo decir que estas cartas reemplazan casi por completo la escritura de un diario. En el diario siento que estoy sola contándome cosas a mí misma y creo que por eso el tedio es rápido, pero aquí estás tú en ese horizonte y escribir adquiere otra fuerza.

(…)

Pero toda la gente de este mundo debería amar un poco el silencio y encontrar allí una cosa maravillosa. Todo el mundo debería callarse un poco y quedarse muy quieto. No entiendo cómo, al igual que tú, soy tan penca para la meditación y esas cosas si se supone que estoy de acuerdo con todo lo que exija estar mudo y quedarse en blanco. Quizá es la sensación del deber hacer lo que mata la voluntad, quizá para nosotros no sea tan simple como hacer el ejercicio sino llegar allí no sé cómo, por suerte, por impulso. Hallarse de repente en el camino, sin forzar nada.

R
Viernes por la noche. El parque Bustamante lleno. La primavera, la juventud y la promesa de noches que podrían traer algo de suerte. Los miro y me pregunto si acaso yo no buscaba algo así las pocas veces que me empujaba a mí mismo a salir. Me acuerdo de esa época (la de los veinte) y como que siempre sentía que me estaba perdiendo algo. Allí donde yo no estaba, allí estaban pasando las cosas. Allí donde yo no estaba, allí estaban las conversaciones interesantes. Ahora, lejos de todo eso, pienso un poco en todo lo que les depara la noche y me alegro de ser yo: entre estar a la una a eme haciendo cola en una botillería y estar aquí solo viendo una película o escribiéndote no hay donde perderse. Estoy en un punto que ya no tiene vuelta: el poco tiempo que sobra hay que usarlo a la perfección. Y bueno, tercera vez que “empiezo” a correr en los últimos meses y parece que ahora sí que sí voy en serio. Llego hasta Irarrázaval y vuelvo. Sin música porque los últimos audífonos que compré no valen nada y se resbalan de las orejas. Ya no soy el de antes eso sí. Todos me pasan. Pero mantengo mi ritmo. Soy fiel a esta precariedad que sé que lentamente puede ir mejorando.

(…)

Quizá no nos volvamos mejores personas solo por el hecho de conocernos mejor, pero al menos exploramos ciertos temas que nos insisten y nos merodean como moscardones y, por así decirlo, nos tenemos más a la mano y quedamos más cerca de modificarnos, si viene al caso. Aparte, ¿cómo no va a ser lindo gastar párrafos en otro, aquí y ahora, porque sí, en este mundo en el que todo lo que no obedece a un cálculo o a una finalidad determinada no vale nada? Con lo que me dices, sé que, al menos en ese punto, estamos juntos. Para mí los días a veces se transforman en una fuerza maligna que me aleja de todo lo que necesito desarrollar o de todo lo que necesita golpes de silencio y esto, que suele ocurrir por las noches, es una guarida entre las zarzamoras.

(…)

Creo que al principio de todo uno escribía así como ante el mundo. La etapa griega, le llamaría, porque uno, adolescente, de verdad encontraba algo medio mágico y escribir era como HACERLE ALGO a la realidad, como tener una conexión directa con el ser. Al menos por mi parte, escribía como quien ora. Si dios estaba siempre sapeando, ¿por qué esto, el gesto de detenerse y ahondar, de prestarse todo y salirse un poco del tiempo, no iba a ser algo atendible para ese ser omnisciente husmeador de la bondad? Obviamente se me pasó y los otros tomaron lentamente el lugar de Dios. Creo, así a grandes rasgos, que uno nunca escribe solo ni, menos aún, para sí mismo. Lo que no supone que el reverso de esto –escribir estrictamente desde sí y solo para los otros- sea LA verdad. Supongo que uno pasa por momentos. Que hay semanas o meses o años en los que uno escribe como quien caga, o sea, por la necesidad de sacar fuera y analizar y exorcizar. Pero –y éste, creo, podría ser mi estado actual de la escritura- también se escribe como adivinando cierta carrera de relevos, cierto deber de la ternura, cierto contagio que debe colonizarlo lentamente todo. Es una fe bien rara ésta que uno le tiene, más que a las palabras mismas, a la complicidad de quienes escriben sabiendo que hubieron otros antes, y que vendrán más, y que lo que importa es esta comunidad silenciosa y la construcción de una especie de poder débil. O como dice mí –de cariño más que de posesión- Simone Weil: “Todo cuanto en mí es valioso procede sin excepción de más allá de mí, y viene, no como don, sino como préstamo que debe ser renovado sin cesar”.

(…)

Las manchas, manchas son. Pero yo sé que no tengo razón en un montón de cosas. He consultado y la mayoría de la gente normal cambia sus sabanas más de una vez al mes. Yo desde que terminé que no las cambio. No le veo el punto. No quiero impresionar a nadie. Las huelo y huelen a sabanas, o a nada, a suelo, a mundo. Hay cosas que la gente ve como suciedad y yo no puedo. Si algo se me cae al suelo voy y me lo como. Denante se me cayó un poco de huevo en la mesa de la cocina y usé la boca como aspiradora. O, por ejemplo, si estoy fumando y me cae un poco de ceniza en un pantalón oscuro, simplemente la esparzo y desaparece. O si estoy en la cocina y hay que revolver un té, ¿por qué simplemente no usar la cuchara que está en el lavaplatos y que yo mismo usé hace algunas horas? ¿Acaso toda la podredumbre del mundo atacó mientras yo no miraba?

(…)

Miento para estar solo sabís. Esto solo lo intuyen algunos pocos de mis amigos y, a riesgo de aparecer ante ti como el raro que soy, lo confieso así sin más: evado, omito y miento con tal de poder quedarme en casa, sin nadie que me moleste. Si supieras la paz que da saber que el timbre no va a sonar, que nadie va a llamar, que no hay que salir a ninguna parte. Por ejemplo, ahora que se acumularon muchos días en los que no pude hacerme cargo ni de mí ni del computador ni de las cosas de la casa, he tenido que dejar ciertos mensajes de guasap ahí no más, sin ver, porque intuyo que son para sondear si estoy en mi día libre. A otro amigo tuve que decirle que ya había llenado el día, que mejor la próxima semana. Lo que no he dicho es que he llenado el día conmigo mismo, con esto, con la necesidad de dormir siesta, salir a correr y, la única parte más socialmente legítima, la necesidad de hacer algo de aseo.

(…)

A F, que me escribió anoche, y ahora de nuevo, aún no le contesto. Pero él me conoce hace como 15 años y me va a entender cuando le cuente. R en cambio no me conoce tanto. Me cae bien y siempre que pasaba a buscar a mi ex al café (trabaja allí) nos quedábamos conversando. Había redescubierto un amigo del pasado y con el término de mi relación me alejé de ahí. Así que le contesté recién y creo que el miércoles voy a ir a verlo y a jugar Go (se cambió hace más de un mes ya, él, su hijo y la madre de éste, a un depto. muy cerca de aquí y aún no lo conozco; así soy, pero a la vez, parece que así está un poco la cosa, ¿o no? Digo, ¿quién ve con frecuencia a tus amigos?)

(…)

Pero ya, vuelvo a algo que subrayé del mismo párrafo que estaba atacando antes de estas digresiones (siempre creí que era “disgresiones”, pero no): “El descaro de ser más o menos feliz”, me gustó eso, como que lo relaciono con el escritor que ya se sabe, con el que no siente ninguna vergüenza de su privilegiada posición y anda chocando copas como si nada. Uno prefiere el escritor inseguro, transpirado, feo incluso, el que nunca termina de acomodarse, el que aún mantiene fresco el pudor de ser un escritor y no un trabajador de mierda mal pagado como el 80% de Chile.

(…)

La mejor manera de limpiar el baño es hacerlo en el momento menos esperado. Ir al baño a mear y empezar de pronto a sacar el cloro y simplemente hacerlo. Son los pensamientos de limpiar los molestosos. Cuando termino ya es hora de hacer almuerzo. C ya partió haciendo unas hamburguesas de soya y a mí me toca el arroz (con cúrcuma y papas y sería). Lo curioso, y esto es algo que me ha pasado con cada roomate que he tenido (y han sido montones), es que, en los días en que uno se supone debe descansar, yo corro, voy de allá para acá, traslado cosas, sudo, mientras que el compañero en cuestión, digamos C ahora mismo, está en el balcón fumando un cigarro, muy echado para atrás y, luego de almorzar, en su cama con su mac viendo algo en Netflix. ¿Y yo? Recién ahora, a las cinco con cinco minutos de la tarde, vengo a volver a sentarme aquí. Sé que mi problema es que tengo muchas cosas: cosas que son objetos concretos y cosas inmateriales que viven aquí en el computador. Lo que estuve haciendo todo este rato, aparte del baño y el almuerzo y su posterior café, fue ponerme a ordenar los libros, apartar todos los diarios, epistolarios y cuestiones de ese tipo y ponerlos en una torre aquí en el escritorio. Saqué también del librero del living todo lo relacionado con budismo y fantasmas y cuestiones místicas y lo acomodé en la parte superior de uno de los libreros chicos de la pieza (que me había prometido dejar así, espacioso, pero bueh); siento que así, teniendo ese material más cerca, podré volver a acercarme al huidizo sótano del inconciente y lo oculto. Y dejé también un montón de libros en un cajón del mueblecito del baño (cómics, ensayos, unos sueños de Fogwill; puras cuestiones en las que se puede avanzar de dos o tres páginas)

(…)

Denante en la cocina C me hizo ver algo que había pasado por alto: En el frasco del arroz integral se están criando unas polillas. No sé si venían con el arroz o, en algún momento que lo dejé abierto, se les ocurrió irse a vivir ahí, mezcladas con los granos de arroz, rebotando en los muros de vidrio, ridículas como ellas solas. Sabís que sentí algo que, más que asco, fue como pena. O una especie de pena-asco. Pero más pena, sí. ¿Cómo hay existencias tan inútiles? ¿Cómo no estudian un poco EL LUGAR EN EL QUE VAN A PASAR EL RESTO DE SUS MISERABLES VIDA? Mire que irse a vivir adentro de un frasco, las muy tontas. ¿Cómo la naturaleza permite que pasen este tipo de cosas? ¿Cuántos cientos o miles de años llevan las polillas viviendo en la tierra? ¿Para llegar a esto? Es muy triste si uno se detiene a pensarlo.

(…)

¡Lo conseguí! Y eso que no me mentalicé ni nada. ¿Será porque hemos sacado el tema aquí o porque me traje los libros más “espirituales” a la pieza? Aunque no alcancé a volar tanto, puta que valen esos tres segundos. Fue más o menos así: estaba aquí mismo en el computador, ordenando carpetas, catalogando la música, cuando paf, empieza a sonar una canción que yo no he puesto, entonces me digo “meh, debe ser un error, algo que justo se estaba descargando y terminó y se reprodujo así por defecto”. Así que apago el equipo. Y empieza otra música. Y ahí me pego el alcachofazo: ¿no que yo estaba durmiendo? Lo primero que hago es abrir la puerta y salir al living. Me siento como la cosa de humo en Lost. Avanzo por el living como por la jungla y me encuentro cara a cara con la gatachica -¿me habré encontrado de verdad con ella que en esos momentos estaba efectivamente en el living o todo es mera representación? Todo en mí me dice que DE VERDAD era yo o una comitiva más nubosa de mí mismo que salió de excursión por la casa-; la molesto un poco, me acerco, quiero entender su reacción, la dejo de espaldas y le hago asi brrr en la guata como a las guaguas. Luego la dejo y enfilo hacia el balcón, pero mientras rajo la malla para salir volando, despierto, pero no del todo. Podría decirse, con más exactitud, que me devuelvo a la terminal que soy yo mismo en la cama, ni despierto ni dormido, muy conciente de todo, entonces me apronto a intentarlo de nuevo y, como siempre que la cosa parte en la cama, me derrito hacia el suelo, como si no tuviera huesos ni fuerza y ¡pium!, esta vez sí resulta (¿quizá porque he omitido la parte de rajar la malla protectora y sencillamente la he atravesado?), salgo volando por encima de este edificio en construcción aquí en frente, dos o tres segundos maravillosos, la vista como masticando el entorno y luego nada, de vuelta a la terminal, pero esta vez ya más despierto que dormido y con la gatachica que, delicada, avanza desde los pies de la cama hacía mi cabeza.

(…)

Supongo que intento hacer con las fotos lo mismo que aquí escribiendo: amontonar y amontonar y esperar que, al final, la relación de todos los apuntes entre sí digan lo que había que decir. Pero claro, la fotografía no es un mero texto y por lo mismo a veces reviso mi instagram y me da vergüenza y borro algunas fotos.

(…)

Ando leyendo una cosa que se llama Postdata que es como una historia de la Correspondencia, cómo y en qué contexto surgieron las primeras cartas, cómo el fenómeno se fue masificando, cómo se pasó del ámbito diplomático y público hacia lo íntimo y privado, muchos ejemplos de cartas famosas, y así. Muchas cosas que se suponen que son serias me dan risa, esa suerte de amaneramiento que había que tener, todas esas palabritas cuando había que escribirle a una autoridad. No recordaba que hubiera tantas maneras de prosternarse y, al revés, de enseñorearse, así por escrito. Y según dice aquí este tipo (Simon Garfield, el autor) recién con Montaigne se produce un quiebre y la cosa se relaja un poco más. Montaigne desconfiaba de las cartas que “no tienen sustancia sino un bello entramado de palabras corteses”. Hay otra carta muy chistosa (por lo llorona) de Erasmo de Rotterdam en la que le escribe a no sé quién quejándose de que él escribe pero no recibe nunca nada de vuelta (“¿Te queda algún resquicio de sentimiento fraterno o han huido de tu corazón todos los recuerdos de tu Erasmo?). Y lo más mejor de todo son algunos ejemplos que se dan sobre las maneras más adecuadas de comenzar una carta a alguien importante. Cito uno, con nuestros nombres en la zona punteada: “A L, por la divina gracia, resplandeciente de ciceroniano encanto, R, siempre suyo y sometido a sus entregadas enseñanzas, expresa la servidumbre con un corazón franco”. ¿Bonito no? Deberíamos intentarlo.

(…)

Me da un poco de rabia mirar la hora y ver que ya son las 20:25. Si salí a las 18:00, ¿por qué recién puedo venir a sentarme y empezar a escribirte? Porque pasé al súper, porque acomodé cada cosa en su lugar correspondiente, porque me agaché a recoger unas basuras y vino la gatachica y me acosté en el suelo y la dejé subirse y me quedé allí unos largos minutos, porque me puse a jugar con el frasco del arroz apolillado (agitándolo y dejando a todas las polillas sepultadas y viéndolas luchar para volver a la superficie), y así. En mi imaginación a las siete ya estaba aquí, escribía algo así como una hora, y luego ya a las nueve volvía del ejercicio. Como sea, hoy va a ser lo mismo que todas estas noches: salir a correr y tomarme esa pócima mágica mientras te sigo escribiendo. Y quizá terminar una película que empecé ayer, Reprise, sobre dos jóvenes escritores noruegos, una banda punk, un amorío frustrado, un escritor deprimido, and so on, and so on

(…)

Así que sí, igual imagino al lector anónimo, pero sabís que siempre los imagino como súper pocos, sobre todo porque nunca le creo mucho a las estadística que tira el wordpress, porque que alguien de click en alguna entrada no significa que la haya leído hasta el final, de hecho nisiquiera significa que haya leído una sola palabra: yo mismo a veces entro a blogs al azar y, o los cierro inmediatamente por feos, o leo en diagonal y con eso me basta para saber que no hay nada para mí allí, y creo que lo mismo se aplica para mí, lo que me da un porcentaje quizá no menor de gente que llega a mi wordpress y, no sé, encuentra que el rosado de los bordes es ridículo, o, como me dijo hace poco alguien con quien no hablaba hace años: “lo último que escribiste es tan de niñita”. Así que como que me escudo un poco en eso y en que igual ya nadie se da la paja de leer blogs. Todo eso, sumado, da una especie de anonimato del tipo “qué tanto, puedo escribir lo que sea, si ya nadie lee ni el diario”. Pero por sobre eso creo que hay otra especie de anonimato: el de esconderse en la acumulación de lo exposición de sí mismo: así como cuando en el colegio, sin querer, me meaba los bordes del pantalón y, para pasar piola, me mojaba mucho el pelo y la camisa y me salpicaba entero, camuflando el pipi con manchas de agua, bueno, así mismo siento que quedan camufladas las posibles vergüenzas o debilidades o penquedades de uno. Visto así, con esa metáfora de mierda, el pudor ya no es la gran cosa. El pudor es para los que dos o tres veces al año sueltan alguna infidencia, no para nosotros, que estamos enfermos. Así que no, no tenía idea que me leías. Y sí, hay un puñado de seres (que conozco y otros que no) que sé que leerán y supongo que igual los tengo presentes (algunos, cuando pasan meses y no subo nada, hasta me lo exigen). Pero, por fuera de todo eso, yo diría que igual hay una preocupación por el texto mismo, porque no se me pase alguna falta de ortografía, por no redundar, por no ser como tanto blog culiao fome desde la primera hasta la última letra, casi que diría que hay una preocupación por entregar un “buen producto” (y por cierto que hay un montón de vanidad en esto: a esta edad y, salvo una mísera crónica en Ciudad fritanga, sin ninguna publicación que me respalde, no puedo permitirme tener un blog al lote, con textos sin revisar, con intimidades meramente íntimas -que son las que tanto me aburren-) (No me gusta cómo quedó esto último pero, siguiendo tu ejemplo, no lo voy a retocar. Siento que expongo algo que nisiquiera me he dicho bien a mí mismo, a saber, si de verdad me interesa publicar en serio alguna vez. Y creo que sí, que obvio, que quiero, pero siempre hay un pero –deberíamos hablar mucho de esto próximamente- y, por sobre todo, la pereza de intentarlo y, por debajo de todo, lo obvio: el miedo a pasar desapercibido).

(…)

Y bueno, socialmente igual suelo ser el que dice las frases más cortas, o las que hacen que todos se queden mirando en silencio. Siempre las historias que cuentan los otros se me hacen infinitas. Siempre siento que yo la habría resumido mejor. El problema es que, una y otra vez, cuando me da por contar alguna anécdota o lo que sea, la mayoría se queda así como “Y, ¿eso era todo? Quizá resumo mucho. O me cuido de no aburrir. Me cuido demasiado. Además, creo que no tengo capacidad de remate y, a veces, hablo como escribo, es decir, solo constatando algo, poniéndolo ahí encima, sin sacar ningún aprendizaje o conclusión al respecto. Por lo mismo, muchas veces opto por guardarme mis comentarios.

(…)

Esto me recordó unos cuantos subrayados que tengo por aquí y que, como si no supiera que llevo ya quince páginas, procedo a pegar aquí: “Todo esto en verdad hace sufrir un poco, pero tan malo no puede ser si uno está en condiciones de describirlo con tanto detalle” (palo de Valery a Pascal a raíz de los Pensées). “Quien se desprecia a sí mismo, aun se respeta a sí mismo como alguien que se desprecia” (Nietzsche). “Para crear me destruí; me exterioricé tanto dentro de mí que no existo más que exteriormente” (Pessoa). “Que un escritor se convierta en alguien no hace sino degradarlo a la condición de limpiabotas” (Robert Walser). “Hay que describir bien lo mediocre” (Flaubert)

(…)

Me pasa eso mismo con las cartas: si se ponen utilitarias, me aburren. Antes pesaba más la funcionalidad, entonces la mamá de Proust le pregunta si ha comido bien, si se ha tomado sus remedios, si sigue escribiendo, y así, sin jamás reírse de sí, sin el tenso diálogo interno que uno lleva consigo mismo. Sin embargo, y pese a esa explicación, me sigue quedando ese mismo vacío que apuntas: si las cartas eran privadas, ¿por qué no daban rienda suelta a todas las pequeñas vergüenzas y miserias? La época, supongo. Cuando hasta lo privado estaba infectado de cierto ánimo público. O la nula conciencia de que, a la larga, todo iba a ser publicable.

(…)

Los comerciales en los que la gente baila son los peores. Me dan ganas de pegarles a todos. Hasta a las abuelas y los niños. Mire que bailando adentro de un supermercado o en plena calle. “Qué amargado”, me diría mi mamá. Mi mamá, a la que de a poco he ido intentando explicarle que HAY HUEONES QUE ESTUDIAN PARA CAGARSE DE MANERAS SOFISTICADAS A LA GENTE. ¡Hijos de la puta freudiana! Perdón. Debes saber que soy el tipo de persona que, solo en una habitación, no duda en gritarle a la tele. Así que sí, cómo no, concuerdo con todo lo que dices y solo agregaría una mirada más global del asunto: ¿te imaginai que va a pensar la humanidad en unos 100 años más acerca de todas estas artes funcionales? Uno, desde ya, vive con esa vergüenza futura, pero no porque seamos unos adelantados, sino porque estamos bajo un sistema de producción de la realidad que, como dices, es un poder que mueve todo siempre hacia la novedad como un plato caliente. Mi pronóstico de la situación -¿estética?- del mundo es categórico: tan cierto como que ambos moriremos alguna vez es el hecho de que todas esas artes funcionales van a perecer y, si conseguimos no seguir revolcándonos en nuestra misma mierda hasta extinguirnos definitivamente, estoy confiado en que habrá algo que las sustituya (confío un montón en el cine y la fotografía y la literatura; incluso en todas las otras artes que no frecuento). Y sabís qué más: ese algo -lo que debería venir luego de la muerte de esas artes funcionales- será algo como esto o no será nada: lo que se suponía que no importaba, la comunidad secreta de lo absurdo y el dolor y los errores; esa extraña intimidad que circunda siempre a la miseria y que, lo siento por los ateos, tiene algo que ver con ciertas intuiciones fundamentales del cristianismo (sin la parte de la Inquisición, las iglesias y todo eso) y en realidad de todas las religiones, ¿qué otra cosa, sino eso, esa piedad sin apellido alguno, podría ser el pegamento que ayude a que, finalmente, dejemos de venderla como humanidad?. No me preguntes exactamente en qué tipo de sociedades e instituciones futuras estoy pensando, solo sé que, si hay algún sentido –un sentido en sí mismo de la finitud y no un hipotecarse hacia otras existencias abstractas- tiene que ver con esta complejísima construcción de una comunidad que –tarde, pero bueh- empieza a podarse a sí misma y a tener conciencia de su autoproducción.

(…)

Siento que ya no me convertí en un adulto. Solo me importa esto y todo lo que tenga que ver con esto: la vida representada, desarrollar lo aparentemente inútil, la lenta construcción de un hacha con la cual machacar el mundo. ¿Para qué querría emprender? Una editorial o una librería propia serían las únicas opciones. Pero de eso sí que estoy lejos. Siento que todo lo que escribo termina donde mismo. En los periodos que dejaba de escribir era un poco por eso: intentaba que pasará el tiempo y así volverme un poco otro y ya no terminar diciendo lo mismo de siempre. Pero siempre termino quejándome contra mí mismo. EN FIN.

(…)

Recién una mujer entró y preguntó qué teníamos de Zambra y le dije la verdad: que, lamentablemente –usamos harto esa palabra en la librería para aparentar que nos importan los clientes-, no nos quedaba nada, entonces la tipa, notoriamente molesta, se dio media vuelta y simplemente se fue y, justo antes que se fuera, le solté un chauchau que, ironías aparte, es lo que les digo a todos cuando salen. No soy el guardián de las costumbres, pero igual uno reconoce ciertas maneras dañinas de comunicarse con el otro. Un evento de esos al día no es nada, el problema es cuando se te juntan tres o cuatro o hasta diez idiotas de ese tipo. Pero para qué voy a redundar en eso.

agosto-septiembre

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“El acto de escribir consiste en hacer que la vida –sin importar lo mediocre– sea similar a un espejo, pues la gracia consiste en el poder reflectante y no en la calidad del espectáculo reflejado”. (Oro, Ileana Elordi).

*
Nunca tengo tanto sueño como cuando no estoy en casa. Nunca tengo tantas ganas de escribir como cuando estoy lejos del notebook. Nunca tengo tantas ganas de estar acostado y cómodo y con un té leyendo como cuando estoy lejos de aquí. Así que algo pasa aquí. Algo ocurre cuando entro a esta casa. Algo me coloniza apenas pongo un pie aquí dentro. Algo sucede cuando me saco la mochila y redistribuyo las cosas y me pongo ropa cómoda. ¿Por qué no he vuelto a meditar si, pese a lo que balbucean mis prejuicios materialistas, me hacía tan bien? ¿Por qué no he vuelto a correr? ¿Por qué me ofrecen escribir una columna y siento, contra todo lo que encarna este diario, que no tengo nada sustancial que decir? Soy una cosa afuera de la casa y otra dentro. Ahora por ejemplo, ¿debería seguir escribiendo a partir de estas mismas quejas de siempre o, como suele suceder, debería dejarlo y ponerme a respaldar las últimas películas bajadas (de las cuales veré con suerte el 10%) y empezar a errar en internet, seguir viendo si encuentro en bandcamp más bandas parecidas a la música de Stranger thing y luego salir al balcón y fumar, adivinar siluetas en el edificio del frente y prender el playstation y continuar esa Copa del mundo con Chile mientras C trabaja en no sé qué en su mac en el living escuchando su música que igual me gusta? Hay un asco raro. Eso es importante. Una cosa que no es ni física ni mental. Un pensamiento del cuerpo o una sensación de la mente. Por eso abrí este párrafo: empezó hoy en la tarde, en la librería, cuando se les ocurrió la genial idea de cortar el aire acondicionado y tuve que volver a comprarme un migranol, entonces el dolor cesó, pero otra cosa, otro estado que no sabría cómo calificar (y que, mientras escribo y me tomo un agua de toronjil, persiste), suplantó al dolor de cabeza y luego me acompañó todo el trayecto, primero escuchando los problemas de N y sus interpretaciones forzadamente filosóficas de hueás que se zanjan cambiando uno mismo -pero quién es uno para venir y, cual Pedro Engel, decir eso en una conversación- y luego, ya solo, por Bellas Artes, enfilando por Rosal, Lastarria y todo eso, caminando rápido, como perseguido, preso de una especificación o más bien una materialización o escenificación del asco, ese desprecio que ni siquiera entiendo muy bien, ese inusitado odio a los sombreros, a los estilos perfectamente delineados, a los zapatitos perfectos, a los rostros y a los cuerpos que se saben, que andan por ahí sabiéndose y contorneándose y todo esto mezclándose con el ánimo generalizado de sábado por la noche como una publicidad de no sé qué, en fin, camino rápido, a algunos tipejos me dan ganas de empujarlos así como sin querer o hacerles zancadillas, pero sigo y en el unimarc ya me siento a salvo, casi en casa y, ahí, exactamente en Portugal con Marcoleta, cuando empiezo a pensar qué voy a llegar a hacer, sé cuál es problema: si voy odiando todo es porque, aparte de la odiabilidad misma de la realidad, voy concentrado en la inutilidad de mis propias elecciones, revisando y recitando como un mantra, uno tras otro, mis intereses, mis gustitos y mis supuestas aptitudes, y así, de golpe, como sucede unas cuantas veces al año, todo me parece vano. Todo lo leído, todas las películas vistas, todo lo escrito. Todo aquello que me gusta defender se me rebela, bajo la premisa casi física del aburrimiento, como un artilugio más, como un sombrero o algo que uno se echa encima no solo por la virtuosidad o radicalidad del objeto sino, también, y cómo no, para gustar, para calzar, para participar, y es así cómo el asco se asienta: si esta es la verdad de este sábado por la noche, no tendría por qué no ser la verdad verdadera, el fundamento último que hay que encarar por el resto de los días. Pero si ni siquiera consigo hacerme caso a mí mismo y escribir y hacer ejercicio y comer y dormir bien, ¿cómo voy a encarar esa verdad verdadera fundamento último de todo? Sé que hay un ciclo, algo que vengo repitiendo toda la vida y que consiste en que, llegado este punto, aprendo alguna pequeña cosa, algún pequeño desprendimiento, alguna ínfima destrucción del yo, para después volver a lo mismo e incorporar esta leve luminosidad en el pedregoso caos que uno es. Y así, como los países, como la humanidad misma, avanza uno: ridículamente de a poco, sabiendo que lo mejor sería simplemente apartarse, romperse y esperar. Y mientras se espera, seguir haciendo lo único que uno sabe: farfullar aquí, así, y seguir revisando a los que hablaron más bonito y claro que uno.

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Escribir es una fiesta. Quieto, sentado y solo, pero una fiesta.

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“Se me ocurrió que las rutinas de una persona soltera tienen una recursividad subrepticia: mi panorama de soltero un viernes es ir a nadar, tomar cerveza y leer hasta dormir. Y estoy soltero precisamente porque mi panorama de un día viernes es: ir a nadar, comprar cerveza y leer hasta que me duerma”. (Whatsapp de J).

*
“En los mejores momentos de mi vida, siempre creo que estoy haciendo sitio dentro de mí, más sitio todavía. Acá quito nieve con una pala, más allá levanto un trozo de cielo que se había desplomado; hay lagos superfluos, los dejo desaguar –salvando, eso sí, los peces-; han proliferado nuevos bosques, en ellos suelto manadas de monos, todo está en pleno movimiento, sólo que nunca hay suficiente sitio; jamás pregunto: para qué; jamás siento: para qué; solamente tengo que hacer siempre más y más sitio, y mientras pueda hacerlo, mereceré mi vida”. (Canetti, Apuntes 1).

*
Hacer todo sin voluntad. ¿Qué diferencia habría? Hacerlo todo correcta y perfectamente, pero a la vez, completamente ausente. Separarse de los días, en los días. Ir construyendo una reserva de energía. Sin ningún propósito, esconderse cada vez mejor. Pero esconderse hacia afuera. No decaer ni elevarse. Sin levantar sospechas, interpretar un rol y guardarse para cuando sea que sintamos el llamado.

*
“Uno quisiera escribir tanto como sea necesario para que las palabras se presten vida unas a otras, y tan poco como para poder tomarlas en serio uno mismo”. (Canetti).

*
Este lento crecer
trae una rara
felicidad.

*
“Los días se diferencian, pero la noche tiene un único nombre”. (Canetti).

*
Cuando llego y me dispongo frente al escritorio y prendo la luz de la pieza y prendo el computador y la radio y la lámpara todo muy ágilmente y sincronizado con otros movimientos afines como ponerse el chaleco y las pantuflas me siento como cuando en las películas muestran al piloto en su cabina preparándose para hacer partir el avión.

 

CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

Uno actúa como si internet fuera a acabarse. Sería bueno que pasara igual. Al menos por un tiempo. Así tendrían sentido nuestras tremendas bases de datos. Las películas es lo que más cuesta ordenar. Las categorías se superponen, algunas no sé si ponerlas en terror o en su director correspondiente. Todo el resto es fácil, incluido uno mismo: los poemas, el diario (un word por año), las cosas de la u (por año tb) los intentos de cuentos o novelas, y así. Hablar de carpetas es la nerdidad absoluta, ¿o no? Pero importa, lo cierto es que se invierte un montón de tiempo ahí. Y uno al final se convierte un poco en eso. Yo acumulo las palabras desconocidas en un word hace más de dos años. Nisiquiera he hecho el intento de buscarles el significado.
[R, 12 sept].

Sí sí, siempre que hago descargas tengo algo así en mente, “cuando haya un terremoto muy fuerte y ya no quede nada más, voy a tener material suficiente para entretenerme hasta morir y dar a los demás”, pero después pienso que el computador también moriría en esa supuesta catástrofe. Y si no es el pc, la electricidad. O yo. En fin. Siento que confío más de la cuenta en ese disco duro. Creo que eres más ordenado contigo mismo que yo. Los poemas y demás escritos los voy dejando por ahí como prendas uno se saca y va tirándolas en cualquier parte de la casa. Todos en una carpeta “Escritos”.

(…)

¿Cuantas páginas tiene ese word con las palabras? Eso también es prometerse algo. Yo las voy juntando en una libreta y me digo que algún día me forzaré a usarlas todas en un poema.

Te iba a contar que apareciste en una parte de un sueño que tuve anoche, lo anoté rápido, te lo copio: Soñé que me pasabas una carpeta con manuscritos de no sé qué cosas y cuando tocaba las hojas salía una voz, murmuraban lo que tenían escrito. Yo te preguntaba si acaso se callaban alguna vez y tú me decías que con el roce de los dedos se activaban. Muy touch todo.
[L, 12 sept].

Me hizo más gracia el hecho de que hayamos decidido (en teoría, porque se ve que no lo hemos hecho ni estamos cerca) hacer algo con todas esas palabras desconocidas que juntamos. Mi idea era hacer un cuento que no podría quedar malo, porque sería un ejercicio formal, algo forzado que, inevitablemente, quedaría ridículo y pretencioso, con una trama que sería solo una excusa para usar esas palabras raras, como cuando uno le inventa un cuento a la rápida a un niño y sale cualquier descalabro; y no, no son más que una plana de word: pongo el nombre del libro y entre paréntesis hacia el lado todas las palabras desconocidas.

Opino que hay que seguir acumulando y, eso sí, ir perfeccionando las categorías para que el orden ocurra “solo” (si soy ordenado conmigo mismo es porque inventé todas las categorías en la época en que tenía todo el tiempo del mundo; luego ya fue ir echando cada cosa en su lugar).

(…)

Intenté llevar un diario del celular pero todo termina en tuiter. Antes, cuando no tenía tuiter, escribía más. Como que ahora las ideas, de pura costumbre, ya me vienen en 150 caracteres (o cuántos sea, ni me acuerdo). Entonces hay que forzar un poco los párrafos. Guardarse algunas cosas. Plantarse frente al word. Aquí, a ti, y con cierto poeta de Talca con el que nos escribimos “cartas” al mail, me resulta increíblemente fluido. Ante sí mismo siempre es otra cosa. Se me hace que tu sueño es como una mezcla de esto (escribirnos harto) y quizá haber mencionado nuestro fracaso con los readers. ¿Has tenido sueños lúcidos? Son una droga. Cuando tienes uno, o una seguidilla de varios, quieres más. Antes cuando meditaba me pasaba más. En fin. Ya me alargué de nuevo y desde que empecé a escribir que muero de frío pero no hago nada al respecto, porque me llevó la escritura y no quise pararme a cerrar la ventana. Ojalá soñar hoy.
(Opino que mi uso de los paréntesis es pésimo y excesivo, pero bueh).
[R, 13 sept.]

*
Me dio risa lo del cuento, recordé que en primer año de U, en un taller de cuentos, me esforzaba mucho en escribir con puros adjetivos que recolectaba de Lovecraft. Me quedaban pastiches sin sentido, pretenciosos y con hartas palabras que para mí eran raras y elegantes. Lo mismo en la poesía. Qué pajarona. Con los años se quedó atrás todo eso, cuando escribo poemas no sé si estoy hablando o escribiendo, ya no sé oscurecer o hacer juegos con el lenguaje, en fin. Me voy por cualquier rama. Igual me resulta fácil escribirte. (Aquí un paréntesis para que no sientas que eres el único que los ocupa. Cuando mencionaste los cuentos para niños me acordé que cuando era chica mi papá, por años, me contó la misma historia antes de dormir. Su pie forzado eran las tortugas y el entorno familiar. Siempre los mismos protagonistas, la misma tradición y motivación de los personajes, pero no importaba. A veces viajaban, se peleaban o ni él sabía qué pasaba. Un relato que era siempre el mismo, que era lo único que tenía en la hoja y sólo le hacía pequeñas modificaciones. Ni siquiera le gustan las tortugas.

(…)

Una vez soñé que estaba reunida con unos tipos que quería mucho en torno a una fogata, y yo sabía que era un sueño, así que intentaba convencerlos de que ellos no iban a existir más al despertar. Era extraño pensar lúcida y a la vez sentir ese cariño tan grande que no venía de afuera, que se generaba ahí dentro. Ellos no entendían, me decían que ese lugar era lo único que conocían y me daba mucha pena, cuando sentí que despertaba me despedí de todos llorando. También sueño constantemente que me persiguen dinosaurios (?). En plena persecución me doy cuenta que no tiene mucho sentido, que en el otro mundo ya no existen, así que les empiezo a hablar y nos hacemos amigos. Todos los dinos son muy simpáticos, nunca me llevé mal con ninguno.
[L, 13 sept.]

*
“Escribir usando adjetivos de Lovecraft”. Reí. Pero es que así uno parte. Cuando –de nuevo, en Curicó, donde había una sola pequeña librería dentro del único mall de la ciudad- leía a Benedetti porque era lo único que podía encontrarse, uno escribía como Benedetti. Después en el colegio, cuando un cabro de un curso más arriba me prestó unas obras completas de Huidobro, me puse a hacer poemas de ese tipo. Y así, luego con Bukowski, escribía mis primeros años de universidad en tono lúgubre, con mucho punto seguido, copiando algunas palabras, copiando incluso el tono específico del tedio que, a la larga, terminó pareciéndose a la realidad. Después ya juntai más referencias y la jugüera que es uno mismo hace la mezcla y sale algo que, con suerte, no se parece a nada (porque, en el fondo, se parece a todas, y son muchas como para que alguien se dé cuenta).

(…)

En parte por ese mismo miedo a perder los escritos, pero también por la enfermedad de la catalogación y el orden, he pasado todo esto a un Word, lo que llevó a que, en vez de irme por un tubo como en los mensajes anteriores, me fuera por varios tubos, respondiendo como suelo hacerlo cuando no quiero dejar nada en el aire, o sea releyendo la “carta” anterior y dejando los tópicos hacia abajo para luego desarrollarlos uno por uno y armarlos como un rompecabezas. No sé si está resultando tan bien como lo anterior, pero como sea. Lo bonito es que copié y pegué todo (en este word que bauticé LR) y antes de cada misiva (en realidad antes y después y entremedio, así que tuve que editar) quedó nuestro avatar, lo cual, dada nuestras fotos tan adultas y representativas (¿), le da gran seriedad al asunto.

(… )

Es porque la vida es aburrida, por eso, si hay ruidos en casa, salimos en medio de la noche provistos de un cuchillo (“provistos”, ¿he pronunciado siquiera esa palabra alguna vez?). Recuerdo que sobre todo en Curicó, en la casa de mi abuela, cuando vivía como con 5 mujeres y se escuchaban ruidos extraños en el patio, yo agarraba el bastón de mi abuelo (que por entonces veía como una especie de cetro mágico) y partía envalentonado, por delante de las mujeres, hacia el patio. En el fondo sabía que nunca pasaría nada y que, en el peor de los casos, el posible husmeador sentiría el ruido, vería las luces, y huiría hacia las casas vecinas.

(…)

A modo de contextualización: te escribo en mi día libre. Si no es en el computador siento que no estoy escribiendo en serio. Además, uno siempre quiere encontrar el momento propicio y anoche tenía la mente colonizada por unos problemas. Tomé, cuando comenzaba a escribirte, uno de los desayunos más pencas de la vida: un sobre de quacker saborizado vencido con menos de un vaso de leche que era todo lo que quedaba, un café normal, y dos pan pitas con palta, también vencidos, secos y completamente destrozados (culpa de su delgadez y de un descongelamiento mal ejecutado). Espero quererme más con el almuerzo que, por lo que veo, y como suele suceder en los días libres, será a la hora de once, lo cual, también como siempre, dará paso a la siesta, que es una de las mejores partes del día.
[R, 14 sept.]

Una vez soñé con un volcán y descubrí una pifia: en sus esquinas, el volcán terminaba abruptamente y tenía los límites de la pantalla del computador. Y era una imagen que yo -en el sueño- recordaba haber visto en el computador. Me reí ahí mismo. No podís ser tan chanta, mente, para tomar una foto estática con los límites evidentes y pretender que me lo crea. Creo que mi inconsciente castigó esa burla desvergonzada haciéndome ir a la casa de ex. Todo tiene sentido.
[L, 15 sept.]

Esto conlleva una ansiedad parecida a la de las series, solo que un poco menos patológica –y casi que me arriesgaría a decir saludable-, ya que no solo estamos recepcionando y contemplando estos episodios random de nuestra cotidianidad, sino que de algún modo los estamos produciendo, o reproduciendo, o interpretando y, aparte, tiene esto también un poco de juegos de rol, de ida y vuelta, de estar como cambiando láminas de un álbum, cómodamente sentados delante de la mesa de los días, con un turno cada uno para lanzar su superpoder (pero aquí, en este intercambio -y quizá en todos-, la única fuerza viene de la debilidad, del error, de lo inútil, de lo confuso y lo onírico, de todo lo que es totalmente contrario a un superpoder y, por lo mismo, no hay gran claridad sobre la meta ni, menos aún, sobre la posibilidad de un vencedor.

Canetti lo dice así: “Muchos han tratado de captar su propia vida en su coherencia espiritual (…) Me gustaría que algunos la presentasen también en sus fisuras. Éstas, al parecer, pertenecen más a todos, y cada cual puede sin problemas sacar de ellas aquello que le concierne”. Creo que nos viene bien eso.

(…)

Cuatro páginas está bien pos. La verdad, te leo de un tirón. Como un flan o una panacota o huevos a la copa, no sé masticar ni pausar y solo después, en las segundas y terceras pasadas, “degusto”. Aquí me exorcizo de todas esas lecturas lentas y tediosas y esforzadas en las que ando metido: Pynchon se me volvió inleible, incomprensible; Onfray redunda en ejemplos y no arriesga ni una teoría que lo rompa todo; las cartas de Proust a su madre no traen la ternura y la torpeza que esperaba; la correspondencia de Crumb rebosa de detalles sobre cómics antiguos que no conozco ni, al menos en lo inmediato, me interesa conocer; incluso las cartas de Emar a su amada están repletas de códigos que solo ellos entienden). Así que convengamos que esto, por lo bajo, le va ganando, al menos desde mi parte, a muchos otros consagrados. En cuanto a esta carta en particular -y tomando en cuenta  que recién estoy en el preámbulo y que ahora voy a parar para empezar con Lost y seguir después y así sucesivamente hasta mañana quizá- tengo la impresión de que voy a exagerar y las ramas del word van a seguir creciendo (y no tengo ningún apuro en salir de este bosque).

(…)

Para mí esto es como una conversación con refuerzos. Pero el refuerzo es uno mismo. Uno mismo que, por escrito, viaja en el tiempo y dice más de lo que usualmente diría.

(…)

Una y algo a eme. Releo para retomar y creo que uso mucho el “al menos”. Quedamos como en el séptimo capítulo de Lost. Y la tarde fue eso: carne, cerveza, Lost y una siesta. Mi hermano habla con su polola en el living. Me pidió un poco de privacidad. Están como terminando y todo esto es nuevo para mí. Anoche se puso a llorar y sentí que era uno de esos momentos en que uno debe saber muy bien qué hacer, qué decir. Esos momentos en los que te escindís y te mirai a ti mismo y pensai “¿Qué irá a hacer este hueón? ¿La irá a vender?”. Nunca lo había visto llorar por una niña. “Todo este año ella ha sido el único motivo para levantarme a ir a la cagá de colegio”, me decía. Así que lo dejé un rato. O sea, lo dejé, estando yo ahí, frente a él. Contemplé y le dije un par de cosas que seguramente le supieron a obviedades. O no. No sé. Creo que no le dije nada del tipo “conocerás muchas mujeres”, o “aún no conoces el amor de verdad”, ni ninguna de esas frases que se dicen desde la acumulación de experiencia. La verdad, no me acuerdo muy bien que le dije. Luego, cuando ya se le pasó, y al volver de la cocina con unos tés, le di unos palmotazos leves en la espalda y un beso en la cabeza y alguna frase que también olvido ahora, pero que me salió “de corazón”. (Mientras termino este párrafo noto, por los tonos de voz y las risas, que parece que se están desterminando)

(…)

Envidio cuando en las películas se mandan cartas. Quizá no haya el esfuerzo y la demora que dices pero hay esta demora de encontrar el momento preciso para escribir, y este no saber qué cosa nueva, que extraña ramificación hará el otro. De algún modo lo que importa es la deriva, o más bien la forma de la deriva -que también es una especie de texto o metatexto- y, poniéndose un poco más exquisitos: lo bonito es cómo son estas mismas derivas las que, a través de uno, conversan (y una vez más, siento que a Levrero le gustaría hincarle el diente a este punto; o a mí mismo, aquí o donde sea). Importa también lo explÍcito, obvio, la parte estrictamente funcional y comunicativa, pero siento que el impulso que nos hace seguir –aquí y en general, en la escritura y quizá en todo- tiene más que ver con este otro aspecto más impersonal y trascendente.

(…)

La forma misma y los soportes bajo los que son dichas las cosas que todos deberíamos saber llevan en sí mismos una cosmovisión fracasada, que no le habla a nadie, que no conquista nada, que no alimenta ningún espíritu, que es pura autoreproducción. Y así la cosmovisión que se supone que uno “representa”, que se supone que se ve en tuiter, en las marchas, y en algunos libros, es subsumida y presentada como una posibilidad más. A veces siento un odio tan real y grande contra la publicidad y ciertos programas de televisión. A veces me siento tan adolescente y fuera de todos los códigos. Pero sé que estoy bien. Sin creerme la gran cosa y sabiendo que seguramente no voy a cambiar nada, sé que uno no está solo y es larga la lucha. Y silenciosa, sobre todo.

(…)

Pero nada. No recuerdo nada de lo que soñé. Cada vez que despierto, y antes de mirar el reloj del velador, hago el ejercicio de adivinar la hora. Siempre ando cerca. Son casi las dos ya y vamos en el capítulo 11. Se llevaron a Claire. Charlie quedó mudo. Volvió Said, con la noticia de que podrían existir unos Otros. Sawyer y Kate nadan juntos en un lago que encontraron. Locke encontró la escotilla. Ahora sí que está empezando todo.
En la medida en que avanzamos en la serie la alfombra va llenándose de basura, la mesa de platos, la loza sucia va creciendo y mi buzo-pijama va ensuciándose. Quizá sea hora de bañarse y ordenar un poco las cosas.

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Reí con eso de matarse en las pesadillas como quien se escabulle de una fiesta a la mala. Obvio que también lo he hecho (“total es un sueño”, se dice uno a sí mismo; pero entonces, ¿por qué otras veces ese mismo “total es un sueño” nos envalentona? A veces creo que esas presencias malignas no son meras proyecciones momentáneas de uno y por eso uno decide huir, porque, en el fondo, intuimos que hay un peligro real allí) ¿Has muerto en sueños (involuntariamente, no escapando a conciencia en tus abismos fabricados)? ¿Viste el día de la marmota? Si te cuento lo que me recordaste de esa película y no las has visto aún te la arruinaría. Creo que igual me perturba un poco el hecho de que siendo yo alguien tan interesado en estas cosas tenga tan pocos sueños reveladores que incentiven alguna especie de búsqueda, personal o teórica. Seguro que va por ahí con lo que me dices. Pero a la vez, nisiquiera lo intento tanto, y eso es lo raro. De algún modo, por debajo de todo, siento que “lo merezco” y me conformo y espero, entonces quizá por eso mismo es que no lo merezco. ¿Has intentado alguna vez tener sueños en conjunto? ¿Viste Waking life o Paprika?

Me carga como, si no se le trae a colación constantemente, lo inconciente se va hundiendo en el olvido. Supongo que es una cosa cultural. Mantenemos la basura y lo oscuro bien por debajo de la alfombra. Y yo, en particular, soy muy como las hueás o muy perezoso como para conducirme por la senda que se supone te mantiene cerca de todo aquello. Sigo sin meditar. Estos días he comido para la miseria. Y ya no anoto más mis sueños por la mañana, básicamente por una especie de venganza contra mi inconciente que, según yo, podría ser más generoso, es decir, más invasivo. ¿Cómo no se va a dar cuenta que le estoy dando permiso para que emerja? ¿Cómo voy a ayudarlo si no me ayuda? Yo siempre necesito un empujón. Para empezar cualquier cosa, siempre necesito aparecer allí como si no se me hubiera ocurrido a mí.

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Tengo la impresión que sí, quiero creer que sí, que todas esas cosas existen o van a existir. Si en los sueños, cuando podemos, modificamos escenarios y cuerpos a voluntad, es porque está dentro de las leyes de ese mundo, y creo que aquí, aunque hay unas reglas, existen un montón de excepciones que podrían ir estirándose lentamente. No me niego a creer que hay monjes que levitan. No me niego a los fantasmas. No me niego a los extraterrestres. No me niego a la posibilidad de que los sueños lleven, a través nuestro, una “conversación” con lo real. Reconozco la monotonía de lo real, pero en modo alguno me rindo ante su firmeza. Es cosa de adentrarse un poco en la física cuántica y meterle un poco de budismo zen para notar que todo esto a los que nos aferramos es de una fragilidad brutal.
[L, 18 sept.]

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