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Archive for 31 diciembre 2009

sólo hay perros

Sólo hay perros. En la media hora que camino ida y vuelta sólo hay perros. Algunos hombres riegan sus jardines, niños se mojan en los pasajes, grandes señoras con gordas piernas esperan la fresca en sus livinges a puertas abiertas, pero lo que realmente hay son perros. Con el mentón aplastado contra la acera y las patas hacia delante –así como aburridos-, con la cabeza asomada por debajo de un portón –a uno se le veía sólo la nariz-, y durmiendo como muertos en el medio de la vereda, sólo veo el imponente ocio de los perros y nada más.

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“A todos los seres humanos que amo. Les deseo sufrimiento, desconsuelo, enfermedad, abusos, indignidades. Les deseo que no les sea desconocido el profundo autodesprecio… la tortura de la desconfianza ante sí mismo, y la miseria del vencido. No les tengo ninguna compasión… porque les deseo lo único que hoy puede comprobar… si alguien tiene valor o no: que se mantengan firmes”

(Slacker, Richard Linklater)

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dentista

A las ocho y treinta abajo. Recuerdo haberle estado gritando a un perro de mierda que a las tres de la mañana había decidido no dejarme empezar a dormir. Llevo al dentista a mi hermano, por eso temprano. En el camino imagino lo peor, que llorará, que gritará, que tendré que entrar y hacer algo, que la secretaria me pedirá algún papel, pero sólo leo El reparto de lo sensible de Ranciere que debo devolverle a Bruno, quizá envuelto, para navidad. La sala de espera queda contigua a mi sala de espera de cuando iba al dentista. Nos turnamos, yo venia el año pasado, y ahora le toca a mi hermano. Nunca antes me había dado cuenta que había un pasillo que conectaba ambos dentistas. La dentista con sus ayudantes hablan como si nadie las escuchara, como si mi hermano fuese de otro país (el de los niños, posiblemente, o el país de los pacientes), como si la puerta no estuviese abierta y yo estuviese mirando el libro sin leer nada, muy atento a la conversación que están teniendo sobre la monotonia de la vida. Mi hermano sale, finalmente, sin mayor rasguño, y en menor tiempo de lo esperado. Se nos queda un polerón. Lo espero abajo. Quizá debería haber subido con él, alguien podría haberlo raptado desde el ascensor, pero mi mamá es la que piensa así. Mientras tanto, abajo del edificio, me dedico a mirar gente y a adjudicarle vidas simples, sin ningún atisbo de conciencia literaria o política. Luego pasamos a la feria: paltas, tomates, frutillas, pomelos, papas, etc. Al mediodía almorzamos en una comida rápida. Hace tiempo que no comía un italiano gigante, papa fritas, y toda esa basura. El día está gris, helado y es mentira que el centro está atiborrado de gente. Un ventanal gigante me muestra desde el segundo piso Camilo Enríquez, la calle más céntrica y premoderna de Curicó.
(23.12.09)

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ganas sin alguien

Estoy aburrido y con ganas de llamar a alguien. Pero no sé a quién. Son las ganas. Las ganas sin un alguien. Las ganas sin alguienes deberían llamarse entre ellas y dejarnos tranquilos.

(13.12.09)

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Cenamos los tres, o sea comemos, no sé para qué la solemnidad de “cenar”, si las longas incluso se nos caen al suelo mientras las asamos. Las recogemos, lavamos, y volvemos a poner. He puesto una gringedad absoluta con los subgufer nuevos para que los vecinos crean que somos como los flanders: canciones de navidad de Ella Fitzgerald. Pero la sacamos. Algo más suave, dice mi mamá: Bill Evans entonces. Estamos los tres: madre más sus dos hijos. El momento, como mínimo, amerita apagar la tele, y en vez del usual tragar mirando para abajo, un comer conciente y dedicado. Y termina siendo bonito, una ceremonia laica que celebra esta reciente comunidad. El niño Jesús es la excusa y está bien, total en el fondo a nadie le interesa dogmáticamente, o sea hay amor y esas cosas, pero a fin de cuentas ya nadie necesita de algún mito originario sobre cómo y porqué hay que amar o considerar a los otros. La cristología es entretenida, La Última Tentación de Cristo es bacán, Armando Uribe y su religiosidad problemática es un tema atendible, incluso entrar a una iglesia y quedarse allí sigue siendo una experiencia estética que amerita ser reflexionada, sí, pero el sentido común ya va en el camino genéricamente hegeliano de celebrar las virtudes inmanentes de la religiosidad: más el religare que sus fetiches, más la actividad histórica de volverse Dios -que no es sino la actividad de los Hombres de ser un Pueblo que consigue representarse a sí mismo de una manera satisfactoria- que la teleología histórica de alcanzar un dios que ya es, neoliberalmente, es decir, cada hombre por separado y según sus propios meritos, según su propia competitividad espiritual. Siguen habiendo idiotas fetichistas que van a misa, compran santos, hablan empíricamente de la Biblia, reprenden niños por proferir ingeniosas burlas a la iglesia, y repiten ritos vacíos, sin embargo no hay que haber estudiado ninguna carrera humanista para darse cuenta de que la mayoría de los que dicen ser cristianos son buenas personas (o tratan) que no tienen un concepto adecuado que unifique y de sentido a sus acciones (entonces se agarran del concepto más universal y probado). La experiencia moderna oscila entonces entre el nihilismo (en sus variedades patéticas, festivas, cómicas, etc) y la identificación rápida, suspendiendo así el ejercicio de la comunidad, su constitución, rechazándola por ser la antesala del mal, es decir, de la libertad de negarse al otro, de decirle que no, de ser su “no”. Mi mamá es un claro ejemplo de este primer grupo de cristianos seculares. Habla constantemente de “la energía”, de la relatividad de que el que la lleva sea Jesús o Buda o Superman, lo cual, en navidad, en esta comida específicamente, ha quedado traducido a una reflexión sobre nosotros mismos, este año, nuestros miedos, proyecciones, etc., algo perfectamente razonable que me anima a creer que estas fechas, lejos de ser fechas simbólicas y vacías, son un ejercicio de comunidad. Y eso se le aplica a todas las celebraciones: son arbitrarias, claro, pero generan una discusión acerca de la practica histórica misma que se ha generado alrededor de esta arbitrariedad, una cuestión media tautológica pero qué se le va a hacer, si como que así aparece el sentido.

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plaf, plaf, chap

Soñé que andaba con la Eileen en el ARCIS y me daban ganas de hacer caca. Estábamos en el sector de las mesas de pin pon. Al costado de donde piden las paletas, de lado y pegado a la muralla había un water, totalmente al aire libre. Yo le decía que mejor hacia caca ahí, que me esperará, porque los otros baños estaban muy lejos y era una caca cortita no más. Pero no era así. Se sentaba en una mesa a leer a Salinger. Yo me demoraba cada vez más y comenzaba a sentirme aproblemado. Andaba, obviamente, mucha gente alrededor, y se me salían peos fuertes, y el sonido de la caca cayendo al agua, plaf, plaf, chap. En algún momento había pensado que era de lo más natural cagar ahí pero me daba cuenta que no.

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