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Archive for the ‘inmanencia’ Category

octubre

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“Creo que si el universo es una catástrofe tranquila, se escriben libros para destruir de forma invisible, sin el escándalo de la destrucción”. (R. Olavarría, Alameda tras las rejas).

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Llegué a la mitad de Un bárbaro en Asia por la mañana y ahora, siendo las tres de la tarde, llevo ya una hora leyendo los Cuadernos de Cioran y, de nuevo, cabeceando. ¿Qué espero conseguir con todo esto? Acá en el trabajo creen que estudio, que soy joven, que en mi tiempo libre hago un magister o qué se yo; mientras sirva para que me dejen tranquilo, pueden creer lo que quieran, total, ni yo mismo entiendo la finalidad de todo esto. Me jacto de robarle tiempo al trabajo para leer y cultivarme, pero al final del día lo único que tengo es un conocimiento separado, escindido; un hueso que todas las noches entierro en este patio. Todo esto es como un río de voces que, aunque refresca, no coincide con la vida. Y si, en una confusión que ni me hunde ni me salva, insisto en hacer caber aquí lo vivido y lo leído, lo soñado y lo padecido, es porque no se me ocurre qué otra cosa hacer, de qué otra manera acercar una cosa a la otra. Todo esto, más que un proyecto o una voluntad lanzada firmemente hacia el futuro, no es más que la incesante afirmación y transcripción de ese desfase.

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“Cuando leo, tengo la impresión de «hacer» algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar a la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable”. (Cioran, Cuadernos 1957-1972).

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Tres horas por delante sin nada que hacer. D volvió a faltar: llevó a su gato al veterinario y pude sacar mi parte de los pliegos sin ningún problema. Leo el diario de Olavarría y cabeceo. ¿Qué tan indecente sería poner unas colchonetas para dormir siesta en los tiempos muertos del trabajo? Me pregunto cuándo me irán a pagar mis primeros días sueltos de septiembre. Paso por afuera de la oficina de esta mujer, la busco con la mirada, siempre parece enojada u ocupada. ¿Por qué siempre me cuesta tanto pedir lo que me corresponde?

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¿Estará bien si traigo un rompecabezas al trabajo? No puedo leer más de una hora seguida sin buscar alguna excusa para levantarme o sin que me ataque un sueño que pareciera ser más yo que yo mismo y gracias a ello crecer y derrotarme a cada intento mental de contrarrestarlo.

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Sábado. Toda la tarde oliendo las distintas cepas de los vecinos a través de la ventana. Tipo diez, echado leyendo a Carver, quedo ante una cena entre amigos en la que, de entrada, se sacan un hookah y comen pastelitos y cometen errores de volados y parece que el protagonista, pese al relajo ambiental, estuviera siempre interiormente apartado y alejado, sin nunca entenderse por qué, cuestión que, ya que Carver es Carver, termina importando bien poco, o mejor aún: es todo lo que ocurre en el cuento. Así que fumo por escrito y como a las once de la noche parto caminando a encontrarme con G al Il Successo que está cerrado, entonces volvemos caminando y, cosa rara, encontramos una mesa desocupada al fondo de la Terraza y, mientras esperamos, pienso que esta es una de las cosas que más me gustan: estar esperando comida con alguien que quiero.

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De nuevo le creí que iba a venir el domingo. De nuevo no vino. Ordené, me bañé, hice té de tetera e incluso escogí unas canciones que iban a sonar casualmente cuando llegara. Pero no me alcanza para reclamar nada. No calza con lo poquito que somos (un poquito que es entero y perfecto dentro de su leve ser). A lo más, una sensación ambiental de ridículo, un quedar con ganas de nada o no saber pasar a lo que sigue. En el fondo, tomo lo que me da, cuando sea que me lo de, y no la culpo, porque es el espejo exacto de lo que yo mismo puedo dar en este momento, de modo que todo este lloriqueo no vale nada y queda anulado en sí mismo.

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“Siento que el amor en las condiciones de mercado actuales es impracticable. Ya no somos artesanos, ni maestros talabarteros, escultores, zapateros no poetas, somos empleados fiscales siempre esperando un ascenso o que nos den una oficina más grande”. (R. Olavarría, Alameda tras las rejas).

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Se me acabaron los podcast. Me aburrí de Cioran. Me aburrieron los sueños de Perec. Me aburrieron incluso estos últimos poemas de Carver. Se acabó el plan de datos y la tarde avanza lento a la espera de la revisión de las carreras. Escribo aquí, en un papel suelto y no en el cuaderno nuevo, porque siento que todo está feo. No mal, ni triste; feo. Ando feo. La ropa anda fea. El rostro resfriado está feo. La somnolencia general está fea. Esta letra misma está fea. Y así.

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Ayer: todo el día frente a esta cagá de computador. Es todo un poco más difícil sin D, quien ya definitivamente tiró licencia para luego renunciar. Salí con el cuello adolorido y en el metro peleé con dos hueones en distintas estaciones. Quiero creer que no soy yo el problema. Cuando ya voy de vuelta todos mis movimientos son pausados y eso me enfrenta a los que, aún al final de la jornada, corren para entrar a un vagón que pasa cada dos minutos y que nisiquiera viene lleno. Llego enojado a la casa. Como siempre, no consigo abrir la puerta. Dejo mis hueás y salgo a vender mi ejemplar de Leñador, que me gustó, pero no tanto como para conservarlo. Aprovecho el vuelo y me junto con D que está de cumpleaños. Está con un tal Freddy Merkén y otra niña. Me trajo un pedazo de torta y a mí se me quedó su regalo en la casa. Bebo como desgraciado, como alguien que quiere sacarse rápidamente el día de encima. Hablamos casi todo el rato de Bojack, Louie, Horace and Pete y las acusaciones de abuso contra Louie que seguro en unos días más saldrán a la luz con contundencia. Al final las niñas se van por un lado y nosotros por el otro. Casi que se me había olvidado lo grato que es conocer gente nueva.

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Empiezo los Poemas a la muerte de Emily Dickinson en el trabajo y recién en la página cincuenta aparece uno que me gusta. Lo dejo en pausa y me paso (en el reader) a los Cuadernos de Cioran en donde, a modo de insistencia, y ya en la primera página, aparece citado este verso de Emily: I felt a funeral in my brain. Lo tomo como una señal y vuelvo, de nuevo, a sus poemas.

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Murió el Divino Anticristo. Vi el bulto a través de la reja cerrada, a primera hora del día, saliendo con mi papá que anoche vino a una reunión. Él vio a un vagabundo cualquiera muerto y yo vi mis primeros años en esta ciudad, cada sábado despertado por el ruido del carro, mirando por la ventana, preguntándome quién será esa señora.

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Ayer en la tarde nos juntamos con A, fumamos en el Parque O’Higgins, nos pusimos al día de este último mes en que nos habíamos alejado, miramos desde lejos la fila del MAC (un show de luces al que supuestamente queríamos ir) y, en vez de entrar, decidimos cruzar la ciudad caminando y fumando. Ya a la medianoche, ebrio y en casa, me quedo en el living un rato, usufructuando del cumpleaños de mi compañero de departamento: bebo más, fumo más, me hago el chistoso, ataco la nutrida tabla de quesos, salames y demaces y me guardo. Pongo Mindhunter y me duermo, como nunca, con el notebook encima.

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Domingo. Despierto a las ochotreinta, parto al super y gasto las últimas cinco lucas que me quedan en huevos, pan, yogurt blanco y algo para el almuerzo. Creo que nunca en la vida había estado en un supermercado un domingo a esta hora. Quedo con una luca en la billetera y mil seiscientos en la cuenta rut. Paso toda la mañana en el word, traspasando los papeles con anotaciones y citas acumuladas en la semana. Por la tarde: podar aún más estos últimos tres años (ya rechazados amablemente) para, bajo la sugerencia de N, mandarlos a esta otra editorial que, según me dice, da ciertas libertades en torno a la portada, la contratapa, el prólogo y todas esas cosas.

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“Mi artículo sobre la Utopía, publicado en el número de julio de la NRF, es tan malo, que he tenido que acostarme”. (Cioran, Cuadernos 1957-1972).

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G, el otro montajista que me va diciendo cada día lo que hay que hacer, no ha llegado. Si me ha llamado o guasapeado no lo sé (nuevamente me han bloqueado el celular por deudas). Llevo ya una hora dando breves sorbos de café y leyendo Un bárbaro en Asia. Me cuesta entender que me paguen por esto. Todos en la oficina parecieran estar trabajando, pero no siento ni expreso culpa alguna: si no estoy haciendo nada es porque aún requiero de instrucciones. Aparte, Michaux escribe como alguien que no le debe nada a nadie y desaparezco un poco de mi propio escritorio.

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“Todo lo que me impide trabajar me parece bien y cada uno de mis instantes es una escapatoria. Si me examino sin complacencia, la huida de la responsabilidad, el miedo a tenerla, aunque sea ínfima, me parece el rasgo dominante de mi carácter. Soy desertor en el alma. Y no por casualidad veo en el abandono, en todo, la marca distintiva de la sabiduría”. (Cioran, Cuadernos 1957-1972).

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Cada vez me convenzo más de que no es el estilo ni el intelecto el que escribe. Es una manera de caminar y de observar e, incluso, una manera de mantenerse callado. O, como dice Levrero: “Escribir no es sentarse a escribir; ésa es la última etapa, tal vez prescindible”. Leo Un bárbaro en Asia y, al igual que en los trópicos de Miller, siento que no estoy ante alguien que haya llevado a cabo un trabajo, una rumiada traducción de una experiencia individual a una más universal sino ante alguien que no ha tenido más remedio que hacer coincidir su experiencia –sea cual sea ésta- con la escritura. Párrafos cortos y precisos, impresiones brutas –“¿quién más idiota que el hindú idiota?”. Un ojo ajeno pero sin el cedazo occidentalizante. Una descripción geográfica de Asia que va llenando todo el cuadro mental como en una (buena) pornografía marvelística aparejada a una lectura más psicologica o espiritual que transmite una pasmosidad digna de los solitarios personajes de Tsai Ming-liang o Wong Kar-wai -dice Michaux sobre los hindúes que ve atiborrando las calles: “De pie, los ojos parecen de hombres acostados”, y, más adelante, sobre la manera que tienen estos de tumbarse en cualquier sitio, agrega: “¿Es posible acaso preveer donde un gato va a echarse?. ¿Quién consigue en la actualidad apuntar a tanto flancos sin que se le noten las costuras a cada uno de los programados intentos por achuntarle al clima moral de la época? A quien sepa, que me cuente dónde podría estar el Henry Michaux de hoy en día.

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Todas estas últimas noches han sido iguales: llego del trabajo, ordeno todo, como algo, me hago un té y me plantó a podar y reordenar un word al que no he conseguido ponerle otro título que “2014-2017”. Cuando llego a la parte de la ruptura se me humedecen los ojos y paso de largo al mes que sigue.

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La fuerza débil de todo lo que soñamos en nuestras oficinas

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¿La veré este fin de semana? ¿Qué película quiero ver a la noche? ¿Sabré largarme a tiempo de esta ciudad y sus ritmos?
Nunca estoy en el sitio en el que estoy.

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Nada que hacer en la imprenta. Intento unos pésimos poemas. Le escribo a todos por guasap. Planeo el fin de semana. Leo la antología de Uribe. Contesto un dm de OO como si fuera parte de nuestras correspondencias que nunca continuamos. Apenas salga de aquí partiré a buscar el Diario de Ruíz. Y todo eso, que no es mucho pero tampoco es nada, es lo que ha pasado hoy.

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Domingo. Releo lo escrito este mes y me encuentro con que casi la mitad es un mero compendio de los días. ¿De qué me sirve saber lo que hice si ya lo hice? Lo borro todo, o casi. Tanto aquí como en tuiter, me averguenzo cuando me descubro mero notario de mí mismo. Conversábamos recién con D y S acerca de ante quién o ante qué uno escribe (o dibuja, en el caso de ellas) y parece que quedamos en que el instante de la traducción hacia otro es algo que uno siempre mira de reojo. Estar aburrido en el trabajo no debería ser motivo suficiente para venir a soltar aquí las mismas cuestiones de siempre. La vida enumerada no debería ser suficiente, nunca.

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septiembre

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“Hay que pensar en contra de uno mismo y vivir en tercera persona”. (R. Olavarría).

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Viernes 1. Ebrio a la segunda lata de cerveza, seguramente porque hoy solo desayuné un yoguyogu de mora y aguanté la tarde a puras frutas. Mezcla de pereza, pobreza y un ridículo ánimo monástico. Ahora son casi las diez de la noche y, como que no quiere la cosa, dejo un arroz con papas haciéndose. Igual con algo de cariño, es decir, con ajo y cúrcuma. No hay nadie en casa. No prendo las luces y dejo que la tardenoche entre y lo iguale todo. Termino mi lata sentado en el balcón. Miro los edificios de Lira y pienso lo mismo de siempre: soy incapaz de asimilar todas esas vidas allí amontonadas y desconozco las consecuencias de aquello. Prenderé las luces cuando ya esté la comida. Pondré música. Ordenaré. Haré té en la tetera y me conformaré, como todas estas noches, con el justo y eterno panorama de escoger una película que me lleve a alguna parte.

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El desamparo de una madre al teléfono. “¿Cuándo me va a tocar un buen hombre?”. Apelo al azar y la contingencia. Le digo que aún es joven. Que estar solo también está bien. Le digo todo eso, pero en el fondo aceptaría quedarme todo un día de pie en la oscuridad y sin comer con tal de que encontrara a alguien que la quisiera y la acompañara de verdad.

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Hablo con J que va en su colectivo talquino. Conversamos harto últimamente. Le pregunto si va a salir a la noche y qué espera de aquello. Le cuento lo que he comido y leído en el día. Le pregunto qué ha comido y leído él. Si sigue saliendo con la misma chica. Le damos vuelta a la relación entre redes sociales y la inflación de lo que sea. Por algún motivo ambos andamos soñando con meteoritos, tsunamis y demaces. Nunca nos despedimos.

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Corriendo por Pocuro veo a la distancia que asaltan a un cabro. Igual que como hace un año presencié a una enfermera siendo despojada de su celular, veo al ladrón interceptar al sujeto desde atrás, un leve forcejeo, tres zancadas y huir en un auto que estaba a la espera. Me parece tan amariconado -en el sentido no heteronormativo del término- tan de ladrón charcha, asegurado y moderno. Los imagino vendiendo el cel, comprando jales y luego yendo a la disco. Supongo que por lo mismo, o en el fondo porque sí, o porque el cuerpo simplemente lo permitía en ese momento, corro como enajenado tras el auto, por último para ver la patente. El cabro, envalentonado, corre conmigo. Pero el auto se pierde y no alcanzamos a ver nada. Vuelvo a la casa cojeando, producto de un pinchazo al gemelo derecho que le oculté al asaltado y a todos los que estaban cerca viendo la inútil hazaña.

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Miércoles 6. Termino Trópico de capricornio tomando té en cama. Me fui tapando de a poco, pero al menos no me quedé dormido. Terminé también Momento por favor de Cociña (me dejó una sensación muy grata y matizó mi adolescente rechazo a La Familia). Ya cortaron la calefacción centralizada y volví a darle uso a los guantes, las pantis y las bufandas. Sigo en plan de mandarme un gran desayuno y no almorzar nada. Ayer se sacaron unos choripanes para el partido de Chile con Bolivia y me di por pagado. Así ando viviendo y no me importa nada. K me cuenta que recoge las sobras de cuando se retira la feria y solo pienso en las stories de ciertas personas que van a bares o restoranes dos o tres veces a la semana. ¿Soy un resentido? Como sea, la mancha de agua (filtración de la tina, supongo) avanza lentamente por el pasillo. Pero nadie hace nada. Es como una película de terror antigua pero, en vez de gritos destemplados, contemplación y tedio. ¿Por qué tiene que ocurrir esto justo cuando intentamos abandonar este lugar? Si me quedara fuerza, tendría rabia. Si tuviera plata, haría algo. Apenas noté lo que pasaba empecé a repetirme mentalmente: “Los acontecimientos son inocentes, lo que ocurre no me ocurre”. Después medité un poco (y me di cuenta que siempre termino visualizando a un pequeño hombre con una escoba parado en el centro exacto de la cabeza y barriendo ideas y sentimientos: tres barridas hacia la derecha y tres barridas hacia la izquierda).

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Reiterados sueños en los que pincho pero no pasa nada. Ni besos, ni sexo; solo el texto del preámbulo, la mirada que busca y hace como que no, ese momento en el que cabe todo porque aún nada tiene un significado concreto. Puede ser una mujer en un tumulto o solamente un nombre. Luego: perderse, buscarla, atrasarse, huir, teletransportarse a un nuevo escenario y ya no saber volver. Eso o casas con demasiadas habitaciones. Quedar de juntarse en un lugar, sentir (en el sueño) esa certeza y luego darse cuenta que esa es toda la información: un lugar y la forma de una certeza. O también: llegar al lugar del encuentro, acercarse a una silueta, pero ya no es ella. En el sueño de hoy: nos tomamos la mano con G (quien me gustó hace muchos años). Es una fiesta. Hay un rincón con luces rojas. Terminamos ahí. Se recuesta al lado. Apoya su cabeza en mis piernas. Entrelazamos los dedos. Y eso es todo.

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Todos, pero absolutamente todos estos últimos días, un mail en el que me preguntan si ya estamos listos para largarnos de este departamento reculiao.

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“Me conformo con un poquito de gloria, la justa para no parecer un imbécil en mi pueblo”. (Jules Renard, Diario 1887-1910).

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Día de la mudanza. Nos entregan las llaves en la tarde y empiezo a acarrear algunas cajas. Me mando tres latas de cerveza, cuatro empanadas, una lata de cocacola y un superocho durante los dos horas que dura el ajetreo. Despierto valiendo nada. Intento vomitar, pero no puedo. Intento cagar, pero tampoco sale nada. Nunca me había pasado. Empiezo a pensar que si de aquí a la noche no consigo evacuar de algún modo tendrán que meterme un tubo en el hoyo y con ese horrible pensamiento, y acompañado de RSB que vino a apoyar, sigo subiendo cajas. Nos estamos cambiando solo un piso más arriba, pero aun así todo es un padecimiento. RSB termina sustituyéndome en todo. A las 2 yazco en cama. Duermo y algo se repara. Consigo cagar. Todos están ordenando y moviendo cosas. Camino a la farmacia me detienen dos acomodadores de autos. Que los inmigrantes les están quitando los trabajos. Que los colombianos son todos ladrones. Que lo único bueno son las minas. Están sentados tomando vino. Y alrededor todos los inmigrantes quieren su trabajo. Siento que voy a vomitar en cualquier momento, pero no me dejan irme. Digo puras amarilleces y zafo. Al llegar acá, noto que no hay ni agua caliente para bañarse ni gas para cocinar mi arroz de enfermo. Por alguna razón, la corredora no ha hecho la única labor que tenía: asegurar que los anteriores arrendatarios hubiesen pagado las cuentas. Sucio y hambriento, opto por leerlo todo como parte de la comedia en que se ha convertido mi vida. Me baño con agua helada. Me arriesgo a unas minisopaipillas que hicieron aquí. Me acuesto a ver The office y doy por terminado el día.

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“Ahora me interesa consignar todo lo que se omite en los libros. Nadie utiliza los elementos del aire que dan dirección y, en algunos casos, motivación a nuestras vidas. Parece que solo los asesinos reciben de la vida lo que aportan. El lugar y el tiempo sobre los cuales sopla el viento exige violencia. Los amores se consumen rápido. Y los únicos aportes en el mundo provienen del campo de la entomología y el estudio de las formas de vida en zonas abisales. Un golpe en la puerta interrumpe esta desidia, voy y vuelvo”. (Alameda tras las rejas, Rodrigo Olavarría).

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Estoy seguro que la anterior frase –solo los asesinos reciben de la vida lo que aportan- es de Dostoievski o Bukowski. También estoy seguro que el autor lo sabía. Pero no importa, queda tan bien dentro del párrafo que en serio no importa.

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“He aquí el día, es preciso ya mentir”. (Amiel, Diario íntimo).

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Primer día en el nuevo trabajo que me ha conseguido D. No puedo darme el lujo de gastar dos pasajes al día así que me voy caminando: una hora exacta escuchando a Paulsen. Había olvidado las mañanas, todos estos rostros limpios, nuevos y somnolientos. Me junto con D antes de llegar, en parte porque no sé dónde queda la imprenta, pero más que nada para no llegar solo. Rápidamente me doy cuenta que lo que hay que hacer es lidiar con márgenes que se corren, palabras que se achican o desaparecen y un saber caballístico del que todos están ya impregnados. Nadie habla nada. Nadie me pregunta nada. Un ambiente de tecleo y toses. Es como subirse al metro, pero sin avanzar hacia ninguna parte y con muchos escritorios. Solo un par se presenta y hago lo mismo. Siento que, pese a todo, las condiciones están dadas para construirse una grata indiferencia.

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Segundo día de trabajo. Ya sé hacer algunas cosas, pero sigo sin saber cuándo hacerlas exactamente. La mañana pasa rápido amigándome con el Pagemarker. No entiendo ni la mitad de todo esto que estoy haciendo, pero me conformo imaginando lo obvio: en un mes más el desconcierto dará paso al tedio y desde allí, como siempre, empezaré a soñar despierto. Siento que hoy todos están un poco más habladores y me arrepiento de mi primera impresión. A las dos, y por vez primera, un tiempo de ocio declarado. Quizá en dos horas más llegue el material nuevo que hay que ingresar a la revista. D trabaja en sus monos. La espío y envidio mucho su cuaderno-diario, la combinación de dibujo y escritura; que allí, de algún modo, esté su vida, sus días y que, incluso de lejos y de reojo, se vea tan bonito. Nos acordamos de Garfield, de Orson y su granja, de Babar. Pero por algún motivo no conseguimos recordar qué tipo de aventuras tenían.

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Me gusta la voz de G, compañero de montaje. Se acerca a D y, no sé si porque estoy siempre al lado de ella, todo se lo dice en un tono muy blando y sugestivo. Incluso si nos hemos equivocado en algo, nos reconviene con mucho cuidado y lentitud.

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Me detengo en los nombres de algunos caballos. “Sujeto”, “Algo puede ocurrir”, “Ruido blanco”, “Tiempos mejores”, “Me dormí pensando”. Tienen algo que no sabría definir. Un aire a nombres de botes o pueblos olvidados. Pienso, como contraparte, en los nombres de las mascotas y la manera en que esos nombres funcionan como extensión de los gustitos del dueño.

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Todo lo que hice esta mañana, en estricto orden: llegar atrasado (me confundí con los vagones verdes y rojos en la hora pick), empezar el libro de ilustraciones de Lisa Hanawalt (productora en Bojack) que me pasó D, reescribir y reagrupar el listado de quehaceres en un nuevo cuaderno, pelear durante dos horas con el Pagemarker, ganarle y retomar Clumsy de J. Brown, almorzar un baguet y tres panqueques con manjar, dormir una siesta de veinticinco minutos en el pasto, volver al escritorio y agarrar, por vez primera, un libro de Piglia (El último lector).

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Empiezo El último lector en uno de los largos tiempos muertos y no dejo de pensar en todo lo que me falta por leer. Me gustaría fijarme con violencia al presente, como un clavo con conciencia de sí mismo y de su entorno. A mi costado una señora usa su tiempo muerto en el solitario. El resto scrollea en sus celulares. Debería dejar de calcular cuántos libros caben en una vida. Quisiera poder volver a leer como fin en sí mismo. Dejar de lado los pasitos al interior de la infinita tarea.

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D faltó en la mañana. Llegó ahora a las cuatro, me trajo brazo de reina, las diez lucas que me debía y Un bárbaro en Asia, que le cambiaré por el diario coreano de Solano. Seguimos compartiendo escritorio. Ya aprendí las cosas básicas así que puedo no estar tan atento a sus movimientos en el computador. Y quizá por lo mismo, y porque la oficina del editor a cargo está justo detrás de nosotros, es que empiezo a escribir esto: porque para alguien que lleva recién una semana trabajando, esto pareciera tener más legitimidad que leer cómics en el tablet, que es lo que he estado haciendo las últimas dos horas. Desde fuera, escribir parece algo serio, algo que incluso podría llegar a tener alguna relación con el trabajo –no con éste, pero sí con algún trabajo-. Tengo la impresión que mientras esté aquí, para bien o para mal, este diario empezará a crecer.

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De las ocho a las once aeme escucho a Paulsen. Me gusta el ritual. La voz de Mirko Macari es una cosa tan rara. Como nunca lo he visto, lo imagino como El Pingüino interpretado por Danny DeVito. D faltó de nuevo y como va a renunciar a fin de mes parece que ya todo da un poco lo mismo. Terminamos la revista al mediodía y vuelvo a Piglia. Me salto todas los spoilers del Diario de Kafka que aún tengo ahí en el cerro de pendientes. Todo lo que dice de Kafka está muy bien, pero preferiría que se mandara luego sus tesis propias. Sigo leyendo desde la ansiedad y ya no sé cómo darme un mazazo que me deje haciendo las mismas cosas, pero desde el reposo mental. Me convenzo con que terminando un par de libros más esta semana quedo más o menos al día. ¿Al día con qué? ¿Con Goodreads? Ni idea.

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Almuerzo con las dos señoras que trabajan aquí. Repiten la última palabra de cualquier frase que digan con un matiz extraño y se supone que eso es gracioso. Solo hablamos de comida. Les cuento que alcancé a tomar leche de vaca cuando chico, que el lechero pasaba los domingos. Les cuento que mi abuela me mandaba pan con plátano de colación, y así. D me ha prevenido: que no me abra mucho con ellas, que son cahuineras y le cuentan todo a la jefa. En cualquier caso, he llegado mientras comen y me he ido antes que terminen. Lleno el termo con café y, como todos estos días, me quedo unos veinte segundos mirando por el ventanal del baño hacia una pequeña terraza vecina en la que un abuelo, supongo que a modo de sobremesa, toma el té, con un diario sobre la mesa, rodeado de plantas, siempre solo, nunca con el diario en las manos, solamente estando ahí.

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Sábado. Doy con unos extractos del nuevo diario de Olavarría y, cosa que no pasaba hace tiempo, me veo amablemente impulsado a retomar esto. Un cielo blanco luminoso y el recientemente descubierto Harold Budd sonando. Cliché, pero efectivo. Lo que resta del día ya está trazado, tejido en una hebra de siestas, lecturas y películas. A ratos pienso que estaría bien compartir esta somnolencia con alguien, pero al final me digo que todo se traduce en la misma sensación de cuando, en los sueños, me enamoro de un cuerpo sin nombre o de un nombre sin cuerpo.

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agosto

Terminator 2 Judgment Day - James Cameron (1991)17

“Por lo menos el oficio de escritor es el único en el que se puede, sin caer en el ridículo, no ganar dinero”. (Renard, Diarios).

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Empiezo a podrirme un poco. Un desasosiego físico, el mismo que ataca por la noche, pero ahora por las tardes. Me quedo en el balcón mirando no sé qué. Ordeno tanto que luego ya no queda nada que ordenar. Julio está por terminar y no tengo nada: ni trabajo, ni depto. Ya no veo a nadie. No puedo. Hace unos días vino L que está en las mismas. Intercambiamos miserias, fumamos y vimos la última temporada de Black mirror. Solo me alcanza para eso. Hay un cansancio de la presencia, de los bordes, como si ya no hubiera nada que sacar hacia afuera o como si el gesto de sacar o de sacarse de sí mismo hacia los otros se hubiera agotado del todo. Sé que aburro, pero me digo que es cosa de seguir escondido y esperar para volver a una versión más razonable de mí mismo. Salgo a comprar y miro a la gente con exagerada detención, me demoro adivinándoles ocupaciones, de dónde vienen, a dónde van. Es ridículo, pero siento que si hicieran lo mismo conmigo podrían adivinar inmediatamente que hace más de dos meses que no hago nada y que, de algún retorcido modo, los envidio.

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Escribo y leo más, pero, salvo para hacer crecer este diario, no sirve de mucho; al final del día sigue siendo lo mismo: insomnio y pensamientos oscuros.

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Ganas de cerrar todas las redes sociales que curiosamente son las mismas que sirven para estar más o menos visible, hacer contactos y, eventualmente, encontrar trabajo; las mismas en las que me volcaré después, cuando vuelva a sentir la absurda legitimidad de quien se gana la vida.

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“Trabajar para vivir es más idiota aún que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión «ganarse la vida» como sinónimo de «trabajar». En dónde está ese idiota”. (Pizarnik, Diarios).

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Momentos de escritura sin heroísmo alguno. Escribir como algo que uno hace antes o después de cortarse las uñas o masturbarse. Rayados en una muralla que a la larga igual se derrumba. Dejo anotadas frases en este word con una pereza que es la misma que comanda estos días. Oraciones inconexas, ladrillos para cuando haya ganas de construir algo. Así como si hubiera que ajustar o más bien ajusticiar los días, sintonizarlos bien, sean lo que sean los días, amarrarlos con esta pitilla, ¿para qué?, para quedar al día con el amo invisible que soy yo mismo en el futuro. Un amo arbitrario que, por ejemplo hoy, borra de un manotazo cuatro días de su vida porque no se acuerda qué mierda quería decir con aquellas frases ni empezadas ni terminadas.

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En el insomnio visito todos los futuros posibles.

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“Tengo la voluntad tímida, pusilánime, temerosa. Sólo me atrevo a afirmar mis ideas, las cosas desinteresadas, pero no mi personalidad”. (Amiel, Diario íntimo).

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Consigo despertar al mediodía –anoche: dos vasos de pisco con hielo acostado viendo Terminator- y parto a cobrar el cheque del finiquito. De ahí paso a la Manantial a ver a V, le pido que me guarde el diario de Oyarzún que salió hace poco, examinamos las novedades y, como siempre, caemos en la añoranza de cuando todos éramos relativamente felices en la Librería Desconocida. Falta un montón para que sea hora de juntarse a almorzar con G así que me dejo caer en una banca en la Plaza de la constitución y abro Los mecanismos de la ficción. Leo alrededor de una hora, intercambiando entre tres posiciones, una de las cuales me deja mirando directo hacia el perfil de un señor que perfectamente podría haberse sentado en cualquiera de las dos bancas contigua – y, como no lo hizo, a cada cambio de postura me detengo dos o tres segundos extras en su rostro-. En algún momento un abuelo se acerca a la estatua de Allende, se acerca tanto que tropieza con unos arreglos florales que van a dar al piso, intenta recogerlos y al agacharse su bolso se desliza, choca con su cabeza y también termina en el suelo. ¿Por qué estas pequeñas situaciones me entristecen tanto?

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“La torpeza deviene de una conciencia de ser observado, y esta, de concederle una importancia exagerada a las personas y al mundo que habitamos: nos creemos mucho menos de lo que somos, y esto es lo que nos atemoriza y nos impele a romper el jarrón en mitad de la visita; creemos, entonces, que estamos destinados a la falta de afecto, de reconocimiento, y quisiéramos no que la tierra nos tragara, sino convertirnos en otro, en aquel que sepa aprovechar la mínima parte correcta de nuestra naturaleza”. (Andrés Caicedo).

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Soñé que estaba en el litoral central presenciando una pelea entre muchos enanos. En el intento de separarlos terminaba con un corte en la pera. A falta de espejo, preguntaba en varias partes y todos me decían que era un corte merecedor de puntos. Andaba con este mi celular actual, es decir, sin internet y sin la posibilidad de hacer o recibir llamadas, así que me perdía durante horas, solo, buscando un hospital. Me movía por calles que eran basicamente basurales. Daba la impresión de ser domingo. En un circo (al que entraba de golpe, arrancando de una estampida de animales que no alcancé a ver) un hombre vestido de carnicero me decía, en tono despectivo, “niñita”; me hacía desfilar (¿), sacaba fotos de mi herida y al final me regalaba diez lucas. En una farmacia una mujer muy colorina y con una cabeza excesivamente redonda me pasaba la lengua por la herida y la hemorragia paraba. Quería que me siguiera lamiendo, pero, según me indicaba, el procedimiento era estrictamente para fines cicatrizantes. Lo único que sacaba en limpio de todas mis interacciones era que tenía que tomar una micro a San Antonio. Al final ya me daba cuenta que era un sueño, que en realidad no tenía ningún corte y, por lo mismo, me entregaba al curso de las cosas, que no sé cuál haya sido, porque hasta ahí recuerdo.

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Los domingos del cesante están bien porque uno se siente parte de algo. Viene la familia de C y almorzamos a dos mesas. Me dejo ser, participo de la sobremesa, tiro tallas, sigo historias de personas que no conozco pero que, durante ese instante, existen más y mejor que yo.

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Me dice que va a llegar temprano, que tiene que hacer unos trámites y va a llegar a seguir durmiendo conmigo en la mañana. No la veo hace semanas, ya casi ni hablamos y, en el fondo, nada de eso importa, porque una y otra vez compruebo lo fácil que nos resulta abrazarnos y volvernos dóciles. No hay nervios de nada ni cálculo alguno: inmerso en esta niebla, todas las emociones se mueven dentro del mismo rango.

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“Indiferente como un buey que no se ha podido vender en la feria”. (Renard, Diarios).

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Es extraño como llega un punto en que, para bien o para mal, todo deja de importar. Noto que recibiendo platas que no sabía que merecía, vendiendo mis libros y estando muy quieto, me queda aún lo suficiente como para llegar a fin de mes sin mayor problema. El desasosiego de las tardes ahora es solo una bruma general que, vista desde dentro, se parece a cualquier punto de partida. Algún trabajo aparecerá, algún departamento aparecerá. Vuelvo a correr casi todas las noches y es como darle un reinicio al día. Todo tiene un poco más de sentido cuando llego sudado y ardiendo.

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“Cuando uno habla de su felicidad debe ser discreto, y confesarla como si fuese un robo”. (Renard, Diarios).

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Me gusta cómo se ríe de sus falsas tetas puntudas. Mete la mano en el espacio que deja el sostén y dice: “es mentira, todo esto es una mentira”.

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Alejado de los días de los otros. De la temporalidad misma. De las calles. De las bocinas. De los titulares de los diarios. De la chilena comunión en el cansancio. Alejado, sobre todo, de la aparentemente fundamental sensación de “volver a casa”, día tras día –y pienso en esa rutina de Seinfeld, cuando dice que todo lo que hacemos lo hacemos solo para tener una excusa para volver a casa-.

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Jueves 10. Despierto pasadas las dos de la tarde: me amanecí viendo todos los capítulos de OVNI con Patricio Bañados.

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Soñé que caía un meteorito. Convencidos por los noticiarios que invitaban a presenciar el espectáculo en familia, veía como lentamente todo se iba a la mierda. La bola de fuego se deshacía en su caída horizontal, pero no del todo. Segundos después del impacto, un estruendo como de cien camiones chocando a la vez y, acto seguido, viniendo desde lejos y creciendo cada vez más, una ola gigante, no de fuego, sino de espeso humo negro. La miraba por la ventana, con obscena felicidad. Todo seguía intacto pero, según decían las noticias, no era recomendable salir de casa. Pero aquí un detalle: esta casa en la que estábamos tenía la capacidad de desplazarse a un sitio seguro ante cualquier amenaza, lo cual, ante una niebla que aparentemente cubría toda la tierra, nos llevaba a un nuevo problema: la casa, en incesante movimiento, terminaba por no estar en ninguna parte.

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Tengo que venir revisar aquí al calendario del computador para saber qué día es, en qué día estoy.

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Miércoles 23. Son las diez de la noche y solo he desayunado (tres huevos a la copa, sin pan, y café). No he salido de la pieza en todo el día. No me he bañado. No he escuchado voz humana alguna. Fui a Clases de marxismo con Pérez Soto via youtube y el resto del tiempo he estado revisando y clasificando libros en formato digital. Caí en la pasta base de epublibre.org, específicamente en las categorías de diarios y poesías.

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“Todo es como los ríos, obra de las pendientes”. (Antonio Porchia)

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junio-julio

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“A partir de cierta edad se escribe porque es lo único que uno ha aprendido a hacer”. (Enrique Lihn).

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Sueño que estoy en medioriente, extranjero declarado, huésped de una familia de no más de cuatro integrantes. La sensación ambiente es como de estar en la mente de un condenado a muerte que ha conseguido estirar su percepción del tiempo y vivir allí. Pero saber que todos aquí viven así, a la espera, me calma, me iguala. El hombre de la casa, que no soy yo sino un sujeto de barba espesa, porta siempre una metralleta. Pero también toma mucho té. La mezcla de ambas cosas me da una buena sensación. En sus ojos, en las esporádicas miradas que me da, hay una locura que me protege, que nos protege. Hay gente que me busca, pero no sé por qué. En repetidas oportunidades me esconden en un húmedo sótano en el que leo un idioma que no debería saber leer. De tanto en tanto miramos los bombardeos desde la ventana como erráticas y falsas puestas de sol que, según escruto en los rostros de la familia, no dan ni para lamentarse. La mirada aérea –porque estamos casi en la punta de un cerro- propone unas especies de edificios de no más de tres pisos amontonados o más bien incrustados unos con otros. Y abajo, conectando estas viviendas que más bien parecen containers en vertical, túneles, puentes y pasillos; delgados y enrevesados pasillos que supongo mi mente ha elaborado basada en todos los capítulos de Homeland que vi hace años. Pasillos por los que me veo huyendo o simplemente transitando. No recuerdo mi propósito ni quiénes me persiguen. En algún punto me bajo de un taxi en movimiento y dejo todas las maletas dentro –estoy despistando a alguien-, entro a un almacén y uso una salida secreta –muy a lo Carrie Mathison-, desemboco en unos alcantarillados, avanzo a ciegas, me canso, la luz del persecutor se acerca cada vez más, entonces me planto en seco, me giro, lo miro y, muy en paz, le pido que sea un balazo certero, en la frente.

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Jueves 1. Dos semanas a Playas blancas. Atrás queda el playstation-pastabase, el wifi y los amigos. Atrás queda, sobre todo, el trabajo. Según mis cálculos tengo dos o tres meses para disciplinar el ocio, es decir, distribuirlo todo entre escribir, leer, correr y ver películas. Como siempre, A solo podrá quedarse un par de días a la semana. No duermo nada en el bus y, en cambio, conversamos todo el trayecto sobre cierta derechización en la cultura. Entonces llegamos. Una especie de taxi de la zona nos acerca a la cabaña. Dejamos todo a la entrada y voy sacando y ordenando lentamente mis piltrafas mientras A conversa con uno de los maestros que hace poco terminaron la terraza. Tanteo el terreno, tanteo sus conversaciones y resuelvo que, una vez que ya esté todo acomodado, no habrá problema con sacarse uno. Me siento a enrolar y al maestro se le encienden los ojos. Algunas personas de la zona le dijeron a A que el amigo tenía problemas con el alcohol y así nos lo confirma. Sin embargo, la terraza está perfecta y, de algún modo, conversar con extraños es dar oportunidades sin saber bien por qué. El sol se pone y echamos humo y empiezo a adivinar la simpleza de los días venideros.

 

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Claramente es este el tipo de noticias que van a ir marcando mis días acá: en la mañana entró un pajarito a la cabaña –me quedé quieto y lo dejé pasearse por las piezas- y ahora, siendo las doce con cuarenta y cuatro minutos, acaba de entrar una abeja gorda y gigante cuyo nombre desconozco.

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Mismo viernes. Almuerzo porotos descongelados. Caigo en una siesta y despierto con las últimas luces de la tarde. Salgo a correr por la playa, parando una y otra vez para sacar una excesiva cantidad de fotos de la puesta de sol y las gaviotas y la transición de colores que lo cubre todo. Ya de noche, bañado y con unas tres capas de ropas encima, ataco el último pito -apoyado en el umbral de la puerta abierta y con todas las luces apagadas, como si ya llevara años viviendo aquí-.

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Corro por la arena casi desarmándome. Como en las pesadillas, siento cada músculo de las piernas dándolo todo y consiguiendo un avance mezquino. El cielo ya pasó de los vivos tonos violáceos a un celeste ocre y cansado. Me acerco al borde de las olas y me alejo en un zigzag que no es más que el sondeo constante de arena firme. La negrura cae sobre todo menos sobre el mar y su breve luz. Unos tipos vestidos de karatecas o boxeadores entrenan a lo lejos en las dunas y simulo descansar para sacarle algunas fotos. ¿O simulo sacar una foto para descansar? Como sea, ayer quince minutos, hoy veinte, y así, de a poco, subiendo. Llego hasta estos ridículos condominios al final de Playas Blancas, los bordeo, descanso las piernas avanzando por una especie de maicillo y me devuelvo de nuevo por la arena donde, finalmente, me tumbo y elongo.

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“Búsquese a sí mismo. Encuéntrese a sí mismo. Luego desaparezca consigo mismo”. (Ismael Velázquez Juárez, Sea un arma).

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Los días pasan rápido pero las noches se resisten. Una especie de “¿y qué vamos  a hacer hoy?” que me asalta apenas entro a la cabaña oscura y silente. Dejo que siga sonando el podcast sobre Logan que comencé en la tarde, termino de elongar y hago flexiones sobre el suelo de madera. Citan La carretera de McCarthy –que casualmente estoy leyendo antes de dormir todas estas noches- y pese a que nunca he oído reír a este sujeto, estoy de acuerdo en todo lo que dice: Logan es una road-movie, un western y la historia de un viejo boxeador que da su última pelea. Bañado y ridículo, es decir, solo con camiseta y pantis, circulo ordenando tazas, ropas y cosas. Lo importante es moverse y mover cosas y ni reprimir ni liberar la ansiedad. Prendo un ratito una pequeña estufa eléctrica y me chanto tres pares de calcetines. Pongo la tetera. Calcetín sobre la panty y luego calcetín sobre el buzo. Camiseta, polera, suéter, chaleco, bufanda y una frazada enrollada encima. Dejo prendida la luz de esa pieza que me da miedo. Dispongo los objetos que necesitaré cerca sobre la mesa y me hago un trono de mantas, almohadas y cobertores en el colchón-sofá-sillón. Entonces ahí, cuando me detengo, y aunque ya se me haya ocurrido qué hacer, viene algo aquí dentro y me pregunta: ¿Y qué vamos  a hacer hoy?.

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“Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida”. (Cormac McCarthy, La carretera).

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Extrañamente los días se hacen cortos. Quizá demasiado cortos. Aunque me duerma temprano, no consigo poner un pie en el suelo antes de las diez. Los días se parecen pero, a diferencia de la repetición enajenada de la ciudad y el trabajo, ésta es una repetición libre y escogida. Por las noches salgo a fumarme un pito a la playa o a al altillo, luego vuelvo y entro como un gusano a este trono de mantas y cojines que armé en una de estas camas del living y veo alguna película; después, ya tipo una de la mañana, me voy a la cama y leo La carretera. Siento que hace años que no leía algo tan rudo y envolvente. Anoche leí escuchando Swans y fue como mucho.  A veces despierto en medio de la noche y me da miedo alargar el brazo para ver la hora en el cel y vuelvo a dormirme. La única vez que me baño en el día es cuando llego de correr, así que por las mañanas simplemente salgo de la cama, me pongo un chaleco, la bufanda y dos pares de calcetines más. Desayuno afuera, saco el parlante chico, uso el sol, saco la mesa, ventilo, me estiro, me instalo. Dejo todo amontonado en el lavaplatos y me planto en la parte baja de la terraza, ya lejos del sol, a teclear. Intento almorzar antes de las tres para reposar algo antes de salir a correr tipo seis. Quizá nunca en toda mi vida había comido tan decentemente durante tantos días seguidos. Algunas tardes, si la siesta llama con fuerza, acudo. Pongo mi alarma de pajaritos. Mato el tiempo de transición entre la pereza y la actividad con alguno de estos programas de conversación política que descargué antes de venirme. Lavo toda la loza. Elongo. Y justo cuando el sol empieza a ponerse, salgo a correr. Subiendo diez minutos cada día, avanzo por la arena, desde Playas Blancas hasta el fin de la Quebrada los ciruelos, ida y vuelta, una y otra vez.

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Lunes. Se abre la posibilidad de conseguir con un contacto de la zona aquello que se ha acabado. Estudio detenidamente el trayecto en Google Maps y parto caminando hacia el Quisco. Primero por la playa, luego levemente perdido entremedio de unos pasajes y finalmente por la carretera, todo esto junto a un perro del sector que por alguna extraña razón ha decidido que debía acompañarme. A medida que dejamos Playas blancas van apareciendo nuevas pandillas de perros. Lo que tienen en común todas estas pandillas es que nos odian. Mi perro me defiende o se defiende y aprendo que, si mantengo el paso firme, no pasa nada. De todos modos llevo piedras en los bolsillos y un palo al hombro. Es como ir pasando etapas en las que se repite una y otra vez la misma dinámica: un solitario perro explorador avisa a la jauría de nuestra presencia y aparecen perros desde todas partes, gruñendo y rodeándonos. Algunos perros atacan o hacen como que atacan, a veces nos siguen durante cuadras enteras y durante alguna de estas etapas sencillamente pierdo de vista a mi heroico escolta. Llegado ese punto –aquel en el que me cierran el paso, me miran a los ojos y ya no basta con simular indiferencia y mantener un paso firme- reboleo el palo por el aire y le doy unas patadas al suelo como si bailara un perezoso flamenco. Y funciona. En ningún momento se produce contacto alguno entre los perros y mi cuerpo. Aprendo que todo esto tiene un 80% de componente simbólico y solo hay que interpretar bien cierto rol.

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Llego donde Z, pero mi perro no puede entrar porque dentro hay otros perros que seguramente se comportarán como todos los otros perros que hemos ido dejando en el camino. Desde la ventana de la cocina lo miro echado junto a una retroexcavadora a las puertas de la casa. ¿Lo hace por mí o por sí mismo? Como sea, hacemos hambre, nos ponemos al día, intruseo la casa, dejo lavando un poco de ropa que traje, cuando Z no me está mirando le doy sorbos a una leche condensada que tiene en una repisa, hasta que almorzamos lentejas y me doy cuenta que me siento demasiado embotado y volado como para emprender la travesía de vuelta. Z prepara café y fumamos de nuevo. Innecesario, por supuesto. El miedo a la travesía empieza a tornarse ansiedad por enfrentarla, así que apuro todo, meto la ropa húmeda en una bolsa que echo en mi mochila y parto, esta vez por una ruta alternativa que consiste basicamente en bajar directamente hacia la playa y luego enfilar derecho hasta Playas blancas.

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“En el fondo soy timorato y colmado de deseos, tengo la pasión de la independencia sin tener su fuerza: desconfiado, temeroso, sensible, dotado de una inmensa facultad de sufrir y de gozar, tengo miedo del amor, de la vida y de los hombres, porque de todo ello siento una necesidad violenta”. (Henri-Frédéric Amiel, Diario íntimo).

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Desde que llegué de la playa que no escribo nada. Un mes entero y contando. O en realidad un solo largo día, sin cortes, sin tregua mental; un largo día en el que me escondo y duermo y deformo los horarios y veo películas como enfermo y no leo ni, menos aún, escribo. Supongo que todo empieza cuando mi amigo de hace diecisiete años (pongámosle X) me juega una mala pasada con este departamento y paso sin transición alguna de un ánimo legítimamente vacacionístico a la presión de tener que encontrar hogar y trabajo en un tiempo determinado; o cuando me doy cuenta que mi cv tiene una sola página y que quien no trabaja no existe; o cuando noto, sin demasiados aspavientos, que la vida, así, tan dispuesta a ser meramente sobrevivida y sobrellevada, no me tienta para nada. Cesante y sin ninguna claridad acerca de lo que viene, paso de la inestabilidad a la negación de un modo que puede rastrearse más o menos así: diarrea intermitente durante las primeras dos semanas –y aprovecho el envión para alimentarme como monje-; falsos intentos por volver a correr; mails de X en los que me doy cuenta que algo se rompió para siempre; llantos raros y cortos mirando por el balcón; terminar series que había dejado a medias –y así siento que completo algo-; imposibilidad de proseguir por la vía de la ternura con quien tampoco sé si iba a alguna parte; el playstation como escape y, muy esporádicamente, amigos que vienen y me dicen cosas. Amigos que me dicen que me devuelva a Curicó, por ejemplo. Amigos que me dicen que sea escritor, o que de ningún modo lo sea. Después, mucho después, el mismo fin de semana en que Chile pierde la final con Alemania y Piñera se perfila como el próximo presidente de este país reculiao, figuro vomitando en Curicó. Entonces vuelvo a comer como monje. El cansancio en la noche es distinto cuando todo lo que uno ha comido en el día es un pocillo de arroz blanco y pan de molde casi quemado con gotas de aceite. Somatizo e intento comunicarme con esa somatización. Devolverle a la enfermedad su metáfora de mierda. Convertirla en otra cosa. No lo consigo, obviamente. Pero de todos modos intento seguir con el plan original, el que había antes que este período de ocio escogido se transformara en ocio culposo, ajeno y exteriormente determinado. Entonces salgo a correr por la alameda y llego hasta el río Guaiquillo. Mando un resumen de mis últimos tres años de diario de vida a una editorial. Me someto a una tarde entera de constelaciones familiares en la que en algún punto me veo llorando y sonándome en el hombre de un extraño que representa a mi padre. Empezamos Breaking bad con mi hermano chico. Me insta a que vea Vikingos. Vemos The Truman show. Vemos un montón de películas que ahora olvido. Fumo con sus amigos veinteañeros. Cualquier cosa que diga les parece ingeniosa. Hablo con madre en su trono de cojines y siempre saco algo en limpio. Miro la lluvia furiosa desde la ventana y no consigo que un perro que siempre está en la ventana de en frente me mire como yo lo miro. Camino y camino por Curicó. Busco cualquier excusa para salir al centro por las tardes. Me ahorro el colectivo y saco fotos. Me encuentro en la calle con un primo que está metido en drogas feas. Intento algunas palabras. Le suelto todas mis miserias a modo de ofrenda –y parece que, en todo orden de cosas, es lo único que sé hacer bien-. Algunos días abro este word casi como empujándome pero gana una y otra vez el tedio y las ganas de no verme a mí mismo. Y luego, como si sirviera de algo, estoy en Santiago de nuevo. Me preguntan si ya encontré trabajo. Me preguntan si ya encontré departamento. Si supieran toda la debilidad y toda la torpeza social que uno va acumulando; si supieran cómo crece ese monstruo cuando uno se aleja de todo durante mucho tiempo. Lavo la loza que no es mía porque últimamente no aporto nada para el almuerzo y la once. Hago el aseo del baño una vez a la semana. Atosigo a la gatachica con besos y abrazos. Hago un excell con todo lo que sé que nunca voy a leer y empiezo a vender mis libros. Trato de ordenar el caos a través de papelitos y tickets. Nos damos cuenta que hay varios departamentos en arriendo en este mismo edificio. Empiezo a contestarles con menos desfase a los amigos. Todo sigue donde mismo pero como que algo cambia. Finalmente me pagan el finiquito. Dejo que la plata se junte en la cuenta rut y pienso que si me quedo muy quieto y sigo comiendo arroz no se va a gastar. Decido que la marihuana ya no me hace tan bien. Lo decido cuando la marihuana se acaba. Vuelvo a leer. Boto fotocopias viejas. A me dice estoy abajo y bajo y nos sentamos en una banca al lado del Anticristo y chorreamos más que hablamos. Me cuenta de sus clases a los presos. Me cuenta que el maestro de la playa se subió por el chorro. Terminamos, como siempre, compartiendo sueños de huida. Nos abrazamos largo y casi lloro. La vida está difícil por todas partes y mientras algunos apenas sobreven uno se arroga este curioso derecho de, además, hacerlo con sentido.

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“Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo”. (Cormac McCarthy, La carretera).

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mayo

2017-05-14 13.42.20 1514678256665376863_1348763868

 

“Si pudiera tomar nota de mí misma todos los días sería una manera de no perderme, de enlazarme, porque es indudable que me huyo, no me escucho, me odio y si pudiera divorciarme de mí no lo dudaría y me iría”. (Pizarnik, Diarios)

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Pese a que mi provisoria libertad está a menos de dos semanas y ya no hago casi nada y miento y evado y basicamente no valgo nada, odio mucho esta librería. Es sábado, mañana es el día de la madre y está ridículamente repleto. Fuera llueve y la gente entra goteando. Goteando, desordenando, necesitando, pidiendo. Todo es muy natural para ellos y yo solo imagino un futuro en que no haya que estar más de la mitad de la vida en un lugar culiao a merced de una lluvia o un goteo eterno de gente. A ratos la puerta nisiquiera alcanza a cerrarse y entran uno tras otro, muy cómodos, comiendo helado, hablando despreocupadamente por celular, llenándolo todo de familias, coches, niños, gente, gente, gente; cuánto los odio y cuan poca culpa tienen. Pero los desprecio. No hay otra palabra. Si soy justo con lo que siento en cada hora pick es ese –justificado o no- el único sentimiento que me embarga.

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¿Qué es este miedo de cuando suena el timbre? Saco lentamente una cruz que no sé por qué tenemos allí colgada y veo por la mirilla y como no hay nadie vuelvo a Fargo, entonces suena de nuevo, me levanto, abro y ahí está P y su cabeza pegada a la puerta que llega justo al límite donde se acaba la visión. Su melena tan linda, su polerón que siempre me gustó. Me siento feo y sucio y gordo y tomamos té y mientras conversamos se me olvida que me siento feo y sucio y gordo. Hago caca y me baño. Me gusta como, después de todo, podemos ser normales. Le pido que me muestre a su nuevo pololo. Le digo que es una mezcla entre yo y J y me arrepiento inmediatamente de decirlo. Decidimos que hay que cortarme el pelo y mientras me lo corta le desclasifico cierta información relativa a mi única relación (fallida) de este último tiempo. La gatachica –un acontecimiento para mí- descubre el agua del lavamanos. Le pega con sus patitas, la mira, se da vueltas y de a poco mete la boca. Me miro al espejo y es como lo mismo pero más rectangular. Una cabeza rectangular y una barba que termina en punta y que corto para que todo sea rectangular. Aquí me cortaba la barba, aquí nos lavábamos los dientes. La leve nostalgia. El breve recuerdo. El peso amable de lo que fue verdadero y ya no es.

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“Es el significado de la vida emocionarse sobre alguien, genuinamente sentirse interesada en lo que dice, tratar de hacerlo sentir interesado en lo que dices tú, hacer sus cuerpos tocarse, luego cagarla de alguna forma, tener una discusión larga en la que hablan de muchas cosas pero en realidad no hablan de nada aunque se dicen a ustedes mismos que han llegado a alguna clase de resolución, verlo menos en fiestas, escribirle cosas y arrepentirte, circular por deseo y odio hacia él pero sentir que cualquier cosa hacia él se sienta injustificada, intentar interesarte en otras cosas o personas, tener largos periodos de tiempo sola sentada en tu cama, mirando por la ventana y preguntándote cómo es que llegó a ser tan tarde, antojarte contacto físico, antojarte a alguien validando tu existencia a través de mostrar interés en ti, quizás emborracharte sola algunas noches y quedarte dormida en la tina, despertarte e ir al trabajo el día siguiente?”. (Megan Boyle, Cómo darle sentido a una vida que no tiene sentido).

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Si bebemos, nos besamos y, a veces, si no bebemos, también. Hasta ahora nunca nos hemos besado de pie. No como corresponde, al menos. Se lo comenté el otro día y me dijo que tenía razón. Es extraño como algo que uno no sabía que iba a crecer, crece, frente a uno, como una planta regada con la humedad que destila uno mismo siendo hervido a través de días miserables y nulos. Nos parecemos más en la manera de ir tropezando que en la de ir avanzando en la vida. Todo lo pierde. Todo lo rompe. Todo lo olvida. Antes no la miraba desde lejos ni me ponía a pensar cosas. Se lo dije así mismo. La desordenada ética de sencillamente decirlo todo.

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“Si trato de escribir de mí es para conjurarme”. (Pizarnik, Diarios).

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Como ya no me importa nada y como históricamente nunca he sido de los que faltan o tiran licencia, decido irme una hora antes y así ponerle las cosas más fácil a A que me espera en el litoral, en algún punto cercano a un lugar que luego me daré cuenta que nadie conoce: la Laguna el Peral. Pero todo esto empieza antes y, por supuesto, empieza mal: saliendo de la librería hago una llamada de prueba y noto que mi celular se fue a la chucha; ya no solo no tengo internet sino que tampoco puedo hacer o recibir llamadas. “No registrado en la red”, dice. Googleo algunas soluciones posibles, pero nada. Estos conchesumadres me deben haber bloqueado el celular por segunda vez. Asumiendo que conseguiré contactar con A en algún teléfono público, parto al terminal con la vaga indicación de bajarme en esa laguna que, a todo esto -y como signo de lo que viene-, el tipo de la boletería desconoce. Saco el pasaje, pero no me fijo que el bus está a punto de salir. Llamo a A desde un teléfono público, escucho unos cinco o seis tonos mientras miro fijamente al que debería ser mi bus y lo dejo. Me digo que verá la llamada perdida y sabrá que más o menos a esa hora salí. Subo y me duermo. Despierto y noto que solo hay un conductor y nada más. Digo, hay más pasajeros, estoy yo, está el conductor, pero no hay un auxiliar. Algunas personas empiezan a bajarse y aprovecho el envión para ir hacia la cabina y decirle al conductor donde pretendo bajarme. Pero el amigo no sabe nada. ¿La laguna el peral? Chuta, le digo, más confundido que molesto, y vuelvo a mi asiento, decidido a meterle conversa a cada persona del bus si es necesario. ¿Cómo nadie va a saber dónde queda una LAGUNA? No es un pasaje, no es un árbol, no es un puente o una animita, es una LAGUNA. Un hombre que es como Mayimbú con terno o más bien como el villano de Daredevil me dice que queda pasado Isla Negra y siento que ya tengo algo. Caminar por horas nunca ha sido un problema. Me semiduermo y el bus llega a destino y, como bien dice el conductor, ésta es la última parada: El Tabo. El conductor sabe que no sé dónde mierda estoy y se hace el loco. Camino hacia cualquier parte. Salgo de su visión. Es una LAGUNA. Debería simplemente aparecer si camino en la dirección adecuada. Doy con la ruta por la que venía el bus y simplemente sigo. Dejo pasar varios grupos de gente antes de preguntar. No todos me dan confianza. Cuando paso cerca de ellos simulo ser alguien que conoce al dedillo la zona; sea cual sea esa actitud, la intento. Paro en un almacén. Una señora está cerrando las cortinas. Me dice que solo debo seguir por la carretera y, cuando, luego de agradecerle, he avanzado algunos metros, me dice “caminando no va a llegar” y yo le digo “llegaré”. Hay un paradero cerca, pero no quiero que la señora vea que le hice caso. ¿Por qué no podría llegar caminando? ¿Creerá que soy un santiaguino que anda todo el día en taxi? Me alejo de su visión y me quedo en un paradero que es un faro en la oscuridad. A los minutos llega un tipo, aparece también un colectivo, y simplemente se sube. Maldigo callado y empiezo a sentir que quizá no debería haber venido, no así al menos, tan improvisadamente. Echo una mirada alrededor y me digo que si no encuentro a A (sería muy razonable que me hubiera esperado un rato y, dada la ausencia de confirmación, se hubiera devuelto) entraré a uno de esos hoteluchos, me fumaré un pito, veré una peli en el notebook y luego mañana ya veré qué hago. Pero pasa una micro. Subo, pago, me siento muy cerca del conductor y le pregunto si sabe dónde queda mi laguna. Y no sabe. No tiene puta idea. Y creo que se molesta un poco con mi manera de bajar la cabeza medio derrotado. Le cuento que estoy incomunicado, que nisiquiera puedo googlear y que basicamente dependo de la información de los carteles y la que puedan darme las personas. Entonces sucede: mientras voy pegado al ventanal leyendo todos los carteles, se sube un cabro de unos veinte años, un cabro de la zona que sabe exactamente dónde está la hueá de laguna. Agradecido, me bajo en el cartel que la anuncia y me digo que simplemente caminaré el tramo que dure la laguna de ida y vuelta hasta la medianoche y si A no aparece en ningún punto de ese gran tramo podré decir que al menos lo intenté. Entregado a lo que sea, prendo un pito en la carretera. Avanzo por el borde. Nunca he caminado por una carretera sin imaginar que un camión me despedaza. Imagino que si al menos una vez al día me imagino muerto construyo una especie de vacuna contra la muerte en su versión más abrupta y ridícula. Hacia mi derecha aparece algo que debería ser un lago. ¿Por qué nadie sabía? Como sea, avanzo y a lo lejos veo un paradero y un tipo allí parado. A medida que me acerco noto que no es un tipo sino que es A que dice mi nombre. Finalmente respiro y dejo caer los brazos. Nos abrazamos, le resumo mi odisea, caminamos. La miro -pantalones anchos, chaqueta ruda y gorro negro de ladrón- y me dice que para ella, aquí, de noche, es más seguro salir así, vestida de hombre.

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Arroz con pescado y silencio. A lee unas fotocopias tumbada en una de las camas que están a los costados de la mesa principal y se nota mucho que no necesita nada, que la acumulación de días aquí, sumado a lo que ella ya es, la volvieron del mismo material amable del que está hecha esta cabaña y lo que la rodea. Me baño y me sorprende cómo busco el ruido, los estímulos, algo que llene todos los tiempos muertos. A me cuenta que se pasa los días leyendo, escribiendo y paseando. La casa es pequeña, compacta, acogedora y con vista al mar. Aplicamos un té, unas fumadas, un resumen de nuestros días, y salimos a caminar. Avanzamos unas tres playas y cuando volvemos traemos una estela de perros que fue creciendo a lo largo del camino. Cerramos bien todas las ventanas, agarramos unas mantas y ponemos The big Lebowsky en el notebook. La vi una sola vez hace como siete años, igual que ahora, fumando cada vez que el Dude fuma. A se va a dormir a la mitad de todo y yo me quedo ahí, cagándome de la risa.

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Un pequeño temblor me invita a levantarme y mear y volver a dormir. Soñé que extraterrestres gigantes (exactamente como Alien, pero del porte de Godzilla) invadían aquí, pero aquí no era esto sino una comunidad de la cual no recuerdo nada salvo el número (éramos 7). La cosa empezaba así: primero los árboles se agitaban y luego, lentamente, emergía esta tremenda alimaña. Creo que la escena, el ángulo y el ritmo general de todo era el mismo de los primeros capítulos de Lost, cuando no recuerdo si era el oso polar o el jabalí o la cosa de humo que avisaba de su presencia a través de los árboles doblándose. El caso es que, en vez de abducirnos a nosotros, se llevaban a todos los perros. Y más que eso no recuerdo. Luego ya despierto de verdad y A, que recibió una llamada de último minuto relativa a su tesis, se prepara para irse y dejarme aquí, solo, a mis anchas.

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Tres huevos a la copa, un pan con tomate, café y un batido de espirulina que tiene un montón de propiedades que olvido en el instante mismo en que A me las recita. Al silencio lluvioso de la mañana se le suman las Goldberg variations y quizá por eso quedo clavado en la terraza, contemplando un paisaje que no me molestaría repetirme hasta el último de mis días. Saco algunas fotos. Lavo alguna loza. Ordeno mis cachureos. Le robo un poco del wifi de emergencia para avisar que llegué bien. Me paseo hurgando cada rincón, tanteando el terreno, abriendo ventanas, reconociendo enchufes, doblando mantas, barriendo. Ya con la segunda taza de café, me instalo, cambio a Bach por Bártok y empiezo a darle a esto.

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Escribo como hasta las cinco. Finiquito marzo y abril, husmeo el refri, la alacena y parto a buscar algún negocio para completar el almuerzo y salvar el desayuno de mañana. Pero lo que hago en realidad es caminar hacia la playa que queda más cerca de lo que creía, sacar fotos y, al igual que cuando fui a Lipimávida en marzo, buscar algún poste o piedra o lo que sea que me sirva como punto de referencia por si me pierdo en la homogeneidad de las dunas. En el negocio encuentro a una señora de edad cercada por rejas. Imagino que ya ha tenido demasiadas experiencias de mierda y, por lo mismo, exagero la calma en mi voz e intento que note que no soy de temer. El modo en que decidí vestirme quizá no ayude mucho, pero lo que importa es que ella vea que lo intento. Vuelvo con unos panes, ramitas de queso, queso, una cebolla y leche con chocolate. Unos gatitos que ya había visto en el camino, dispuestos así muy como perros en la fachada de una casa, ahora se me acercan como endemoniados. Quieren lo que hay en la bolsa, sea lo que sea. Saltan, maúllan, trepan, arañan. Les suelto unos pedazos de pan a cambio de unas fotos y sigo. Pasa una niña corriendo por este camino de tierra y por dentro me prometo que apenas renuncie todo cambiará y me pondré en forma y escribiré un montón y, al final, ojalá después de la Copa Confederaciones, encontraré un trabajo

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Seis y media de la tarde y ya está oscuro. Cociné y almorcé escuchando un viejo debate entre Carlos Pérez y Miguel Vicuña acerca de qué tipo de cosa o experiencia o ámbito era la filosofía. Vicuña muy en tono poético-periférico y Pérez, como siempre, más universal, ordenado y argumentativo. Aparecen al final las preguntas de algunos de mis compañeros. Recuerdo la secreta envidia que me daban todos los que conseguían hablar durante más de 30 segundos sin enredarse o sin perderse dentro de sí mismos. Pero todo se matiza cuando escucho a X que, durante dos largos minutos, dice una misma cosa, como las imágenes en loop que ponen en el noticiario. Cae la noche y cierro ventanas y cortinas. No llevo nisiquiera un día entero solo y ya siento que quizá debería hablar con alguien, con quien sea. Hay aquí un dispositivo de internet que es solo para emergencias y ya lo he usado como tres veces, durante no más de cinco minutos cada vez, para fines que objetivamente no eran una emergencia. A ratos los perros construyen un coro sostenido de ladridos, entonces salgo a mirar y constato solo un puñado de luces prendidas. ¿Quién es toda esta gente? Hablábamos anoche con A acerca de qué tipo de cosa podría terminar siendo para nosotros vivir aquí. Proyecto mentalmente esta existencia un par de meses. Saldría a correr todas las mañanas. Comería pescado dos veces a la semana. Escribiría todas las noches. Tendría un amigo de setenta años. El elástico de esta soledad que vive al fondo de todo finalmente cedería y finalmente vería de qué estoy hecho. Siento que nunca había sabido tan bien qué es lo que quiero. La noche me trae su extrañeza y yo le contesto saliendo a echarle un poco más de humo al humo.

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“Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual –yo no tengo placeres, solo tengo hambre y sed- ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconciente, como quien no quiere la cosa”. (Pizarnik, Diarios)

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Hasta que renuncié a la Librería Desconocida. Quedaban como cuatro días pero lo adelanté todo (y les pareció bien, porque hace rato que ya no me querían allí). Aparte de que M colapsó y renunció, los amiguitos allí arriba habían comenzado un stalkeo que solo ayudó a aumentar la tensión: “es un mal elemento que enrarece el ambiente”, “su actitud incita a las malas conductas”, y así. Desde el colegio que no escuchaba esas boludeces pero, a la vez, ya lejos del mundanal ruido, no puedo negar que era justo lo que necesitaba oír. ¿Qué se supone que haga uno? ¿Comerse la mierda como si me estuvieran haciendo un favor por dejarme estar allí? ¿Aferrarse al trabajo como un salvavidas porque así está la cosa en Shile? ¿Decirle a los vendedores nuevos que todo está fabuloso, que es mentira que las metas son inalcanzables y sencillamente se gana el mínimo, que es mentira que antes teníamos descuentos, que no hay hostilidad en los tratos, que es casualidad no más que no haya sindicato, que todo esto va a cambiar prontamente? Cualquiera puede meterse a averiguar el nivel de rotación laboral en lo que va del año. Cualquiera puede recopilar esta misma información y documentarla. Cualquiera podría averiguar si hay algún querellado por motivos que nisiquiera voy a mencionar. Cualquiera podría, incluso, hacer la arqueología de la Librería Desconocida en el período de la dictadura. Que lo diga yo aquí es un detalle. Yo mismo no importo nada. De hecho, ¿quién lee esto? Diez o veinte personas. Lo único que me diferenciaba del resto de mis compañeros es que yo tenía tuiter y lo usaba. Entonces, ¿qué esperaban que pasara, si en vez de mejorar las condiciones, iban uno por uno, comprando la comodidad u hostilizando según conviniese? Ojalá que alguno de los amiguitos esté leyendo esto, porque aquí les va lo último que tengo para decir, y es un consejo que no tiene ironía alguna: nunca paguen menos que la competencia, sean por último de esos capitalistas que hacen las cosas bien, cópienle a las otras librerías, cópienles descaradamente, no pasa nada, cambien el lenguaje, usen las redes sociales, cambien el logo, contraten unos cm millenial, hagan concursos, lean la cuenta de tuiter de Eterna Cadencia como si fuera un manual de buenas costumbres e ingenio, tírense algún extracto de un libro y que la gente adivine y gane algo, busquen la horizontalidad, pero en serio: acérquense a la gente y córtenla con el rollo de que venden una experiencia, tengan ofertas, por el amor de dios, alguna vez hagan ofertas que no sean las que las editoriales mismas les fuerzan a hacer, tengan alguna pizarrita en la que cada día un vendedor pueda escribir la cita del día o recomendar un libro, vuelvan al origen, al libro mismo, saquen un podcast sobre libros, ábranse de verdad a la comunidad, si un universitario quiere dejar unos flyers déjenlo, no pasa nada, no se va a transformar todo en una casa okupa, consigan que las pequeñas editoriales vuelvan a creer en ustedes, por último desechen ciertas áreas, no pueden abarcarlo todo, no en este momento quizá, traigan de vuelta al querido FR y saquen a ese otro personaje siniestro, revitalicen la editorial Nascimento, por último bajo otro nombre, publiquen a los poetas chilenos, tomen riesgos, sáquense alguna lectura de poesía dos veces al año, vuelvan aún más al origen, comprendan de verdad el amor por los libros y todo lo que ello implica, actualicen el sistema, permitan que los clientes accedan a la devolución de su dinero si les sobra cuando hacen un cambio, consideren que sus jefes de local y vendedores están ahí día a día dando la cara por cuestiones con las que no necesariamente están de acuerdo y recuerden que los clientes los tratan como si ellos crearan las reglas y asuman que, si no hacen esto, si no comienzan luego a girar con la rueda cultural, a la larga les van a pasar por encima.

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Salgo sin desayunar a Ñuñoa a buscar el libro de Megan Boyle recién salido del horno. Incluso teniéndome a mí mismo en la pantalla del celular como un punto azul que se mueve dentro del mapa me paso de largo un par de veces. Recibo el libro, lo meto dentro del cortaviento y me devuelvo con la lluvia. En el camino veo a G apoyado en una mampara, despidiéndose de alguien, lo saludo, me hace pasar, es su taller, una casona que es un conjunto de talleres, un parrón, techos altos, muy bonito todo, tanto que le digo que me siento en Curicó, no estoy seguro si lo estoy interrumpiendo así que sigo, me despido, salgo, caigo en la fuente Múnich, un schop y un churrasco italiano que en el fondo es una hallulla y está todo muy rico pero igual podría haber cierta normativa al respecto, pero hay cosas más urgentes, obviamente, mientras espero comienzo con Boyle y no me defrauda. La lluvia arremete dentro de su levedad, empiezan a retirar algunas sillas y mi shop, sumado al ayuno, empieza a hacer lo suyo.

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Llego a casa y P llega a la colita y justamente me pregunta si me queda alguna colita pero me queda más que una colita. Fumamos mientras nos movemos, mientras largamente llegamos y nos sacamos de encima objetos, bufandas, bolsas. Aprovecho el envión y me aplico con el aseo del baño como si cada rincón importara mientras P cocina unos fideos con carne de verdad picada y todo esto parece de verdad un hogar.

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Un asco de living pero la inesperada extensión del regaloneo de la mañana y un compilado de mambos que alguien puso en tuiter me dan la fuerza para, muy pero muy lentamente, restablecer el suelo, los sillones, la cocina, todo. Cuando se va, un beso de pie, como corresponde, es decir, como si tuviéramos 20 años.

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Desayuno a la una y almuerzo a las seis. Sea cual sea la hora a la que me acueste me demoro dos o tres horas en caer. A ojos cerrados y dando vueltas como un pescado, pienso en el futuro, en el próximo trabajo, en los próximos compañeros que seguro no van a estar a la altura de los que dejé. Todo va siendo llenado con X-files, Los Soprano, el play, el sillón y las vicisitudes propias de la casa. No escribo nada. No leo nada. Una visita por día. Nada de dinero. Unos porotos remojándose hace tres días. La pereza de salir en busca de zapallo. Supongo que estoy en una especie de transición.

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“Pero aún me parece tan absurdo, tan irreal que yo tenga que trabajar para vivir”. (Pizarnik, Diarios).

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abril

Oslo, 31. August - Joachim Trier (2011)

“La debilidad humana me interesa como contrapartida a la expansión exterior de la persona, al comportamiento agresivo frente a otras personas y frente al mundo, al deseo de someter a otros a las propias intenciones, con el fin de autoafirmarse”. (Andrei Tarkovsky, Esculpir en el tiempo).

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Día libre, despierto de la siesta y veo un audio de M: a los de la central de distribución (alías Bodega) se les desfondaron unas cajas con devoluciones que había hecho y han mandado mails y se han quejado y han hecho de la eventualidad una tragedia que busca culpables, razones, sanciones. Me gustaría alguna vez verme cara a cara con alguno de estos mierdas, preferentemente en el estado en que me encuentro ahora, recién salido de la siesta, con mi polera apolillada y explicarles muy tranquilamente, muy a lo Big Lebowski, que la responsabilidad es mía, que yo embalé esas devoluciones (al igual que decenas de otras que sí llegaron a destino) y que cuentan con todo mi apoyo para la creación de una Central de Certificación de Cajas (en adelante, C.C.C.) que estudie científicamente los dispositivos cartonísticos para así rebajar la taza de destrucción y merma del producto durante su traslado. Porque ese es el lenguaje que les gusta, porque así, mientras siguen siendo la cadena de librerías más charcha de Chile, te presionan y te mantienen en una situación constante de hostilidad mental; porque les gusta la dinámica del informe, la hueaita colegial, la prosternación alumnil ante el inspector. Por fuera mantienen su retórica de difusión cultural y genuino interés por la palabra escrita, pero por dentro no hay más que una estructura muerta, viciada, sin una puta gota de sangre, llena de hueones que no sabrían valorar un poema ni aunque les cayera como un piedrazo en la cabeza. Pero nisiquiera es ese el problema: seguro hay muchas empresas exitosas comandadas por incultos poéticos y de todo tipo; el problema es cuando quieres hacer creer que te importa, que realmente crees en los libros, que realmente sientes que en algún periodo de tu vida los libros te salvaron de un peligro indeterminado pero real y te interesa que más gente pueda sentir eso; el problema es cuando te inventas toda una maquinaria para fabricar esa aura que cualquiera que haya estado un par de años dentro sabe que es una mentira, una construcción, pero no una construcción histórica, como la que ejercen con lentitud los pueblos sobre sí mismos, sino una construcción que vive sin poder alcanzarse a sí misma en su concepto, una construcción que, como todos los sueños de la modernidad, choca una y otra vez contra sus propios lemas y, lo más ridículo de todo, una construcción que nisiquiera funciona bien dentro de la misma lógica del capitalismo humanizado. Entonces aprendes a dominar el triste arte de simplemente mantenerte en pie y dar la pelea apelando a la masividad, juntas a algunos pésimos publicistas -¿existirá acaso otra clase de publicistas?- y algunos otros expertos en el maravilloso y mágico mundo del retail y durante largos años, a través de un dominio del mercado que –oh, casualidad- se afianzó en dictadura, haces crecer esta maquinaria y, efectivamente, las cosas empiezan a resultar: engordan los bolsillos, tus vacaciones mejoran, las editoriales empiezan a amontonarse como palomitas alrededor de la banca del jubilado, miras alrededor y, era que no, muchos cargan las bolsas con tu logo y, sin importar qué haya dentro de esas bolsas, te sobas el estómago y llamas a eso difusión cultural. Como sea, insinúan la posibilidad de que debamos correr nosotros con los costos de los libros estropeados por dicho colapso y, estando las cosas como están, no me importaría copiar y pegar esto mismo a modo de respuesta. Digo, si es que aún necesitan una, estos tristísimos señoritos.

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Par de días libres. Me pongo al día con el corazón de la casa. Voy a la feria. Le doy unos colores al refri. Compro un poemario de un griego desconocido en la Proa y me arrepiento. Compro un cómic titulado Sack el tristón y también me arrepiento. Al llegar de la feria se me rompe la rueda del carrito y me alegro, pues lo normal en el guión de mi vida sería que se me hubiera roto allá, totalmente cargado y lejos de casa. Respaldo las películas en los discos externos hasta casi dejar vacío el compu. Duermo y duermo y duermo y todas las siestas tienen la misma estructura: busco a la gatachica, me la echo al hombro, me tumbo y la dejo en la cama, me estiro y se sube a mi espalda, me amasa la cabeza y me duermo. Hago el aseo de la cocina. Fumo. Riego. Circulo reubicando cosas, doblando y guardando frazadas. Habito los rincones. Hago jugos naturales. Invento tés. Me dicen que vea Legion y la veo. Me dicen vamos a comer unos pastelitos y voy. Traspaso al diario algunas citas. Solo puedo sentarme frente al computador cuando la casa está ordenada. Un vientecito amable juguetea con la cortina que a su vez juguetea con la gatachica que a su vez juguetea con mi impulso por hacerle fotos. Con tuiter y facebook cerrados se abre otro tipo de tiempo, es decir, otro tipo de retroalimentación. Escribo más. Escribo esto. Despierto a la hora de la callampa, me visto y almuerzo con R y G en unos chinos. Ante los amigos, dice Canetti, “ejercitamos nuestras fanfarronadas, nuestras prepotencias, nuestras vanidades; ante ellos nos presentamos peores y mejores de lo que realmente somos”. Dejamos a R en su trabajo que queda al lado de un castillo, sabiendo de antemano que habrá que inventar un par de bromas respecto a aquello. G me acompaña a buscar una ferretería. Somos dos hombres comiendo helados mientras caminan por la alameda y lo sabemos. Le digo que necesito ir a dormir siesta a mi casa y él se va a la suya y eso es la amistad y así van estos días.

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“Me convertí en una figura de libro, en una vida leída. Lo que siento está (sin que yo me lo proponga) sentido para que se escriba que se sintió. Lo que pienso enseguida está puesto en palabras, mezclado con imágenes que lo deshacen, abierto en ritmos que son cualquier otra cosa. De tanto recomponerme me destruí”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Me leo y me asqueo. Esta manía de contarlo todo. De alegrarme porque consigo hacerle caso a la mejor parte de mí durante dos o tres días y luego ya me pierdo. Reescribo y borro por aquí y por allá. La torpe conciencia de querer ser querido. El avance moral a tropezones. El confuso límite entre contar las propias miserias y adornarlas. La verdad última de estos días es que no lo estoy consiguiendo. Hago las cosas que se supone que me gustan pero las alterno mal. El playstation es mi pasta base. Sigue rebotándome en la cabeza, sobre todo mientras estoy en el trabajo, la palabra retroalimentación. Siento que necesito crear y colaborar y alejarme de todos estos libros que están tan muertos como los señoritos de terno que llenan el local a la hora pick. Necesito sacarme de cuajo de la mera reproducción de la vida. Necesito un ajuste que no sé desde dónde viene pero que seguro no es desde aquí.

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“Hace mucho tiempo que no sólo no escribo, sino que nisiquiera existo. Creo que apenas sueño. Las calles no son sino calles para mí. Hago el trabajo de la oficina sólo con conciencia de que lo hago, pero no diría sin distraerme; por detrás de esa conciencia estoy, no meditando sino durmiendo, otro siempre”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Hace algunos días con M, al final o al comienzo de un típico día de mierda, nos escupimos la mano y prometimos que para esta navidad ya no estaríamos en la librería. Me sentí bien. Como teniendo las riendas de algo. Como si efectivamente uno pudiese tomar decisiones que, miradas de cerca, no son decisiones sino manotazos que apartan la maleza y abren el paso -hacia dónde.

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Sábado por la noche. Por culpa de Ismael Velázquez Juárez y su Lugares y no lugares para caer muerto en Richard Brautigan (o por culpa de J, que me mandó el pdf) termino divagando en https://poesiamexa.wordpress.com. Miro las fotos de los autores y descargo sus poemarios si algo en ellos me hace creer que podríamos ser amigos. Robo unos cuantos epígrafes para echarlos aquí. Intento tres veces un poema que en realidad son solo las ganas de ser alguien que escribe un poema un sábado por la noche. Tengo un té maravilloso que no sé de qué es, una gatachica que prefiere dormir incómoda en mis piernas antes que en la alfombra y la sensación de que todo va a estar bien ahora que empieza a ser temporada de buzo por las noches. La lavadora se fue a la mierda y no me enfurecí como otras veces. Todo sigue donde mismo, pero me envuelve una fina capa de absoluta indiferencia. Si supiera de qué está hecha seguro me esforzaría por mantenerla y reforzarla y todo se arruinaría. Me hago un pito con todas las colas sobrantes y el hachis del moledor. Le daré una paliza al Atlético de Madrid y luego veré alguna película ruda.

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Quizá deba conformarme con a veces necesitar cosas simples y dármelas de manera simple y seguir el secreto hilo de las experiencias como quien mira pasar un tren

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Días sin notificaciones de ningún tipo. Días en los que en el guasap solo habla la familia y, por la mañana, el menú del día. La cómoda sensación de ir hundiéndose y desapareciendo, incluso para sí mismo. Me pregunto si, de seguir así, podría desaparecer del todo, es decir, de todos.

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Puntapié inicial para un cuento que seguramente nunca escribiré: profe de cárcel ex preso político decide amotinarse junto con los presos.

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“El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme bien cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”. (Pizarnik, Diarios).

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Demasiada ansiedad como para ver alguna película. Hace algunas noches puse la última de Ozon y no duré ni cinco minutos. Y lo mismo con las lecturas: pausadas las novelas monumentales, salto de un poemario a otro buscando el charchazo que necesito. Picoteo dos o tres libros cada noche. De mis sueños no sé nada. Simplemente me apago y me prendo. En realidad ya no aguanto las noches. Algo que no sé qué es empieza siempre tipo diez: la sensación de que algo debería suceder, una manera de sentirse como mirando por el balcón pero sin estar en el balcón, la sensación de estar todo el rato como a punto de cruzar una calle pero no cruzar nunca. De noche, es como si hubiera que hacer justicia y no alcanzo, no puedo: acostarse y cerrar los ojos es un punto seguido que da la sensación de estar mal puesto, pero lo uso una y otra vez porque esta narrativa a la que estoy sometido lo exige. Días y días, párrafos y párrafos, seguir y seguir. Me haría bien un sueño lúcido, pero no me lo doy. Me harían bien un montón de cosas y supongo que escribo para saber cuáles son prioritarias. Hablo cada vez menos con los pocos que mantenía contacto. Eso es algo nuevo. Llego con la batería al sesenta por ciento a casa y, si extiendo mentalmente el presente, adivino cierta curva de lejanía que me apenaría menos si me sentiría conectado de verdad con alguien. Me adentro en una lejanía seria y administrable ante la que nadie se espanta. Y quizá busco el espanto, el hastío. Alejarme de todo lo que sea inmediatamente transparente y expuesto; alejarme de todo lo que está tan a la mano que no dan ganas de apretarlo o abrazarlo.

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“Nuestra vida de adultos se reduce a dar limosnas a los otros. Vivimos todos de la limosna ajena. Desperdiciamos nuestra personalidad en orgias de coexistencia”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Si le gusto a alguien siempre hay un desajuste que no tiene que ver con la falsa modestia. Ya sea porque no me gusto del todo, porque ando conmigo siempre o porque no solo estoy conciente sino que afirmo con alevosía el desorden sentimental en el que actualmente vivo, ocurre que la sorpresa –la declaración-inevitablemente construye algo o más bien abre un forado y quedo nuevamente frente al punto de partida que, en el fondo, es siempre un único y mismo lugar.

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Ordeno los closets y boto un montón de basura porque así también hago espacio en mí mismo. Me hago creer que moviendo los sillones y pasando la aspiradora y dejando todo reluciente me darán más ganas de tumbarme a leer en el sillón, pero la tarde se me va jugando PS3 y durmiendo siesta. Hay una fuerza extraña que acelera el paso del tiempo en los días libres y, a medida que llega la noche, me enojo y, por encima de ese enojo, me enojo de nuevo por ser tan tonto y enojarme siempre de lo mismo.

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Cumplo 34. Simone Weil y Mainländer murieron a esa edad. La primera por exceso de vida y el segundo por falta de ésta. Yo, ni santo ni nihilista, viviré hasta los noventa. Sobre ahora: a diferencia de cuando cumplí 30 y cerré todas las redes sociales y me hundí en Curicó, ya no me siento tan miserable. Aprendí que cualquiera vive o sobrevive y se rodea de un cúmulo de representaciones que son reforzadas y sostenidas dentro de unas reglas generales con las que todos parecieran muy cómodos. Y, habiendo ya tenido un poco de eso, sé bien que lo que a mí me interesa es otra cosa. Que aún me queda lejos. Y no puedo sino prometerme a mí mismo que nunca será tarde.

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Listo con Joachim Trier. Por ahora, solo tres películas (que todos deberían ver). Me gusta esa austeridad que lo pone, por la similitud de los temas, como el reverso casi perfecto de Woody Allen. Me gusta que no haya adorno alguno en el sufrimiento del personaje que en sus dos primeras películas es el mismo escritor deprimido ante el que uno en ningún momento puede darse el lujo de decir pero mira qué bonito sería deprimirse y ser un escritor noruego. Me gusta cómo no llega ninguna mujer a salvar al personaje y cómo el suicidio y el tedio se vuelven un paisaje que no te suelta nisiquiera en las escenas en que el hueón va a una fiesta y se besa con alguna niña. Y el freno que le pone a todas las discusiones intelectuales es hermoso porque te recuerda cómo es que habla uno cuando, eventualmente, tiene discusiones medianamente interesantes. Todas los diálogos que Woody Allen habría estirado hasta el hastío son, en Trier, enviones que chocan contra el tedio de lo cotidiano.

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Salgo del trabajo hacia la oscuridad helada de un pasaje adornado con toda la basura del día y camiones de todo tipo a punto de dejar o recoger mercadería y un puñado de estudiantes de música alargando la jornada y veo por ahí a S que me dice que está esperando a un amigo que no llegó. Iban a fumar y le digo bueno aquí estoy yo. No me gusta mucho fumar en la calle, pero me gusta este pasillo feo, lleno de camiones con mercadería, empleados y cosas estúpidas. Se siente bien apoyarse en la muralla a fumarse un pito y ver crecer el humo y confundirse con la niebla y sentirse así como al final del primer capítulo de Better call Saul o de cualquiera de estas películas que empiezan con un empleado fumando en un pasaje sin salida.

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marzo

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“Tener un hogar es volverse vulnerable. No solo a los ataques de los demás, sino a las masacres que nos hacemos nosotros mismos y que nos hacen sentir alienados”. (James Wood, Lo más parecido a la vida).

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Martes 29. Llego a Lipimávida en la camioneta del hijo del chofer del bus que no tenía permiso para seguir más allá de Duao, o algo así. Dos pasajeros más del bus me acompañan en el transbordo. Se conocen entre todos, pero no se jactan. Sus nombres propios aparecen al final, luego de los nombres de ciertas aves que desconozco. Algo invita a dejarse ser en la manera que ellos son. Hablamos del crecimiento de la zona y del fin de la temporada de veraneo. Quiero decir, ellos hablan y yo apruebo con la cabeza. Eventualmente, llegamos, llego, me bajo, los perros vienen corriendo, han crecido y solo distingo al que ahora es como Lassie; luego: las llaves, la pieza, mear y lanzar la mochila sobre la cama. Esparzo mis cachureos, me baño y parto hacia el comedor. Había olvidado que tocan una campana avisando que la cena está lista. Había olvidado, también, que ser servido me da un pudor que se traduce en unos agradecimientos muy desproporcionados que, seguramente, me hacen pasar por alguien tímido (que lo soy, supongo, pero ellos lo creen por los motivos errados). Mi mesa está junto al ventanal que da al mar y, de no ser por una numerosa familia situada en medio de todo, sería la única persona aquí. Al entrar intento un contacto visual, una entrada amena, algo que de una leve dirección para los próximos días, para las próximas veces en que nos topemos, pero nada, básicamente son cuicos y, como me enteraré luego, el padre de familia es un capitán de carabineros. Afuera, la negrura y el mar presente como un televisor mal sintonizado; aquí, elevado unos cuantos metros sobre el nivel del mar, un comedor que es como un faro con calor, comida y silencio. No hay ninguna música ambiental y solo unos leves murmullos llegan desde la cocina. Inevitablemente termino escuchando a esta familia: él y el otro hombre de la mesa, como siempre, cuentan una historia, su historia que, de algún modo es, también, la historia familiar. Todo lo que escucho allí me aleja de la especie humana: patria, honor, perseverancia, familia, rigor, crianza, valores. Las mujeres intervienen como el inevitable coro de una pésima canción: anécdotas, notas sobre la correcta alimentación de los niños y diversos apoyos temáticos para la historia, la de él. Ha empezado desde abajo y ahora es capitán de carabineros y todos están muy orgullosos de todos y a veces la felicidad es saber que no soy ellos.

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Al igual que todas las primeras noches de los últimos dos años que he venido a esta residencial, salgo a fumar luego de la cena. Salgo a fumar a la carretera, en parte para que no le den color aquí, en parte porque me gusta ese cosquilleo que da el miedo, ese inevitable ir mirando los matorrales, solo intermitentemente iluminados, imaginando formas, animales, cuerpos tumbados y confundidos en la sombra quién sabe por qué insondables motivos. De ida y vuelta voy sacando fotos con una linterna de ciclista profesional que me prestó C y siento que es como hacer trampa (eso es lo que pienso mientras camino, la verdad última es que de diez fotos ocho fueron una mierda). No pasa nadie, no pasan autos, nisiquiera ladran los perros; me detengo, entonces, sin ninguna vergüenza, a sacar fotos, a buscar ángulos; me agacho, me acerco, juego. Cada vez que saco una foto se me quita un poco el miedo. Un miedo que, en cualquier caso, busco, así que no tiene mayor poder sobre mí. O al menos así me convenzo y, ya que estoy solo en la pieza en medio de la nada escribiendo esto, debería dejar ese pensamiento hasta ahí. El caso es que ya no voy por las orillas, sino por el medio de la carretera. Ese es todo el poder que tiene sobre mí el miedo, el mismo que a los siete o diez años me decía que me alejara de los bordes de la cama, el mismo que aún hoy, después de ciertas películas de terror, me hacen apurar el paso cuando vuelvo del baño. De vuelta entro por la parte trasera de la residencial: no quiero toparme con ese capitán de carabineros y su familia. Podría ocurrírseles invitarme a sentarme con ellos y quizá no sabría decir que no. Es extraño entrar a esta pieza y constatar mi rápida colonización del lugar: los libros, las zapatillas, un sector de snacks, incluso un pequeño escritorio con el notebook, los parlantes y una pequeña linternita. Y así es como llego al momento presente: encima de la cama hecha, tecleando esto, suena Madness, tengo café aún tibio que traje de Curicó en un termo prestado (gracias C), me comí un pastelito, y espero que se vaya a acostar el capitán de carabineros ese para fumar de nuevo y ver el último capítulo de The walking dead en una cama cuyas sabanas y frazadas y cubrecamas son, por sí mismas, todo el sur que necesito.

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Pero en el fondo, así bien en el fondo, ¿no será que solo vengo a leer, escribir, sacar fotos y meterme un par de veces al mar?

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“¿Qué podría hacer para mí mismo? Me refugiaría en un granero, en compañía de arañas y ratones, decidido a encontrarme, pronto o tarde, muy de frente a mí. Pienso guardar silencio y atención completa en esta hora, en la hora siguiente y en el tiempo que vendrá. La vida más vivida de que la historia da cuenta, consistió siempre en retirarse de la vida, en lavarse las manos, comprender la mediocridad y rehusarse al acomodo”. (Henry David Thoreau, Diarios).

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Miércoles 1. A las 9 desayuno a la cama. Vergüenza y genuflexión ante la señora que, a todo esto, es la misma señora de cuando veníamos la gran familia y éramos como cincuenta y por las noches los primos íbamos al bosque y el hijo del dueño nos hablaba de los brujos de la zona. Trago todo y duermo un par de horas más. Salgo, sin bañarme, a leer, pero termino entretenido con los perros y, ahora que hay wifi, con el cel. Termino Me acuerdo de Brainard y empiezo Sueño de trenes. Aquí todo el rato es primavera y otoño, alternadamente. Las nubes avanzan en bloques enormes, haciendo del sol una cosa amable, algo que, pese a su fuerza, pide permiso.

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Aún me cuesta dejar de pensar en la librería. Justo en este momento algún idiota debe estar dejando un libro al revés o, peor aún, traspasando libros de una sección hacia otra, porque sí, no porque no recuerden de dónde lo sacaron -sé exactamente cuándo les sucede eso y cuando no, vivo allí, lo sé-, sino porque es más fácil y ya vendrá otro a arreglarlo. Saber que estoy solo hasta el sábado me da cierta presión. ¿Y si me quedara hasta el domingo? Entro el martes. Y así divago. Y lo dejo, porque se trata justamente de dejar todos estos pensamientos de lado.

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Después de almuerzo, a la playa. Encuentro un perro nuevo. También una gaviota muerta y un niño que aparece de la nada y me pregunta qué mierda es eso (efectivamente, se ha parado junto a mí y me ha dicho: “¿Qué mierda es eso?”). Saco una foto en la que salen los tres y le digo algo que seguramente está errado: es una gaviota y ha muerto porque es vieja. El niño se va y el perro me sigue. Intento unas fotos a diversos pájaros pero salen malas. Troto un rato por la arena dura, esquivando las olas, el perro me acompaña e intento pasarlo y lo logro pero inmediatamente me saca metros de ventaja y todo es como esas escenas románticas en que ambos están vestidos de blanco. Cansado, me tumbo en la arena. Decido que debo meterme al mar, así que vengo a buscar mi toalla y vuelvo. Dejo las zapatillas, la camisa y el cel en la arena. No hay ningún alma a la vista. Tanteo y entro de a poco y a los cinco minutos ya estoy vuelto mono, chocando olas como quien derriba puertas, tirándome de espalda, siendo arrastrado hasta la orilla y volviendo una y otra vez al ataque. Pero tampoco soy tan confiado y dejo que el mar me avise del único modo en que podría hacerlo: cada vez que, pese a mis esfuerzos por avanzar hacia el área en que rompen las olas, comienzo a ser arrastrado a la orilla, me dejo llevar –porque así la mar lo quiere- y camino hasta el punto en que mi toalla es visible, echo un vistazo general y vuelvo corriendo, dando zancadas, para lanzarme como un proyectil contra el bloque espumoso. No sé si me aburro o me canso o me da frío, el caso es que considero que ya es suficiente y vuelvo. Me pego una remojada falsa y me meto a la piscina. La cruzo un par de veces. No tiene ningún sentido. Después del mar y su vitalidad, es como una broma. Me ducho y pienso “me estoy arreglando para cenar solo, salir a fumarme un pito a la playa de noche y volver a ver una película acostado”.

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Jueves 2. Luego del desayuno y de volver a dormirme y volver a despertar, salgo de excursión: la misma ruta de siempre, caminando por la orilla de la playa hasta chocar con los cerros, encaramarse por las rocas, encontrar el caminito y seguir. Esta vez, a diferencia de años anteriores, me encuentro a las cabras ahí mismo, en la arena, a los pies del cerro, masticando unas especies de algas. Les saco algunas fotos y cuando empiezo a subir, suben conmigo. Parapetado tras unas rocas, busco una toma en la que se vean las cabras, el cerro y, de fondo, la extensión de la playa. ¿Tendría una experiencia más pura si no existieran todas estas mediaciones? J, vía tuiter, me insta a ello.

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Viernes 3. Anoche entró un bicho, una bola negriazul, dura y ruidosa, tonta y loca como polilla pero con un aspecto que no daban ganas de acercarse. Entró como a las tres de la mañana y me pude dormir pasado las cuatro. Y cuando digo que entró más bien quiero decir que sacó las alas a esa hora, porque quizá ya estaba dentro y, si mal no recuerdo, en la tarde ya lo o la había expulsado, cuestión que, en conjunto, me llevó a una especie de insomnio-miedo en el que me puse a imaginar que el bicho en cuestión podría ser como el Tue Tue o algo así. Cada vez que me levantaba se escondía hasta que, sigilosamente, logre empujarla y meterla en el cajón del velador (que aún no abro).

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Sábado 4. Llega carta de L y la echo al reader. Por la mañana veo unos documentales y por la tarde, luego de almorzar, me llevo un espumante a la piscina. Unas vueltas a la cancha pateando una pelota y jugando con los perros para entrar en calor, luego unos chapuzones y la copa burbujeante en la orilla de la piscina. Estar ebrio bajo el agua es otra cosa. Los eucaliptus bailan y quieren decirme algo. Frank ocean sale por los parlantitos que traje. Me paso al yacusi y leo la carta de L y sigo bebiendo. Siento que no merezco todo esto, pero aquí estoy.

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“Me termino Assassin’s Creed. Me decepcionó un poco el final. Maté al tipo que destruyó mi tribu y causó la muerte de mi mamá. Después de una larga persecución en donde los dos salimos heridos, encuentro a mi enemigo sentado en un bar, tomándose su última cerveza mientras se desangra. Me emociona un poco la imagen: tomándose una última cerveza a la espera de la muerte. Espero el gran discurso de odio por parte de mi personaje, pero simplemente lo mira y le clava un cuchillo en el corazón. Me hizo falta más rabia, por último un “por mi madre” o el cliché “púdrete en el infierno”. Pero está bien, creo. Quizá el silencio es lo peor que puedes darle a alguien que se está muriendo. Te cuento que hoy me propuse ver películas y así fue. Vi cuatro: Blue Valentine, Incendies, Une femme est une femme, y Candy. O sea, Candy la veré ahora. Son las cinco de la mañana, estoy en mi cama con un vaso de cocacola y una fuente con doritos. ¿Qué piensas de mí?”. (L).

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“Todo ya está escrito y lo que llamas escribir es ir quitando palabras”. (Agustín Fernández Mallo)

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7 de Marzo. Algo anda mal. No estoy puesto en los días. Aquí está el cuerpo, sí, pero yo estoy esparcido, escindido, difuminado. Un desfase que es la acumulación de una serie de desfases. Debería volver a meditar pero, como siempre que lo escribo, suelo no hacerlo, porque así soy: me conformo con darme lecciones por escrito. Una sensación parecida a la de los veinte, como de ir caminando en la bruma o más específicamente como de haber aprendido a aparentar cierta seguridad y hasta cierto gusto con esta manera de avanzar dando manotazos en el aire, viendo con suerte a dos metros de distancia, conformándose con un escenario en el que el 80% pareciera ir también gustoso avanzando así (o al menos aparentándolo). Que mañana vuelva a trabajar es un detalle. Entraré en la dinámica del ocio merecido. Bromearemos sobre cómo somos explotados. Anhelaré, como corresponde, la cerveza de la noche. Me aferraré al pequeño perímetro, seguiré amoblándolo con mis mierdecillas, me arrastraré serio entre la bruma y diré que eso que abarcan mis manos es la vida. Por qué en el fondo, ¿no es eso lo que se espera de uno?

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“Cuando la pereza te hace infeliz, tiene el mismo valor que el trabajo”. (Jules Renard, Diarios).

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Día conchetumare, día reculiao y, pese a todo, al final, por la noche, venzo. La cosa empezó así: como al mediodía, un hueón claramente jalado entra como un torbellino, directo hacia mí, con su hija casi colgando del brazo. Recuerdo haberlo atendido ayer, pero me hago un poco el loco y sigo buscando el libro de Soledad Fariña por el que me preguntaron por teléfono. Entonces llega. Me interpela. Me dice que le vendí libros que él no quería. Las venas en su cuello están a punto de estallar. Tira los libros sobre el mesón. Su hija mira hacia arriba el triste espectáculo. La miro –e incluso la apunto, así como intentando que se dé cuenta que quizá podría mejorar su actitud ante ella- pero nada: casi que se encoge de hombros en un gesto de “así es el papá”. La nube de caos que arrastra este sujeto es notoria y aparece M para ayudarme. Termino con lo del teléfono y vuelvo. Ocurre que, efectivamente, erré con un título: me pidió Matilda y le di Matilde. Pero no alcanzo a asumir el error ni a darle posibles soluciones. No alcanzo a nada. El hueón es una basura, un derroche de adjetivos y rictus. Aletea, babea, me increpa, sonríe, simula estar controlado pero no le sale, la gente se da vuelta a mirarlo y, de pasada, a compadecerme; rápidamente llega a decirme garabatos y a hueviarme por mis lentes (debería cambiarlos, ya que le di mal su cagá de libro, dice), M me insta a que mejor salga por un buen rato hasta que este tontoculiao se vaya, y así lo hago, no sin antes soltarle un amoroso “tenemos harta energía pareceee”. Salgo y me compro un helado en el Yogen Fruz y me voy a mi escondite del segundo piso del mol. En el camino un amigo de N que estaba ahí presenciando el show me dice que no debería dejar que me traten así y casi se me caen unas lágrimas, ¿por qué? Me siento y lloro un poco. Nisiquiera sé bien por qué. ¿Dónde leí que uno empieza llorando por una cosa y termina llorando por todo? Como sea, pena, rabia, un poco por mí, por sentir que estoy allí expuesto a lo que sea o más bien quién sea, pero también pena por esa niña, pensar que debe vivir con esa alimaña culiá, respetarlo, amarlo; pensar que esa plasta le va a enseñar las hueás básicas de la vida; imaginar que ese culiao igual es Chile y la escena se repite infinitamente en todos los otros lugares de mierda que también son Chile. Obviamente, como el héroe del desfase que soy, empiezo a pensar posibles respuestas, bromas hirientes e inteligentes que podría haberle dicho.
Me quedo casi una hora afuera. Un guardia viene a verme, se para a unos metros, dice algo por su aparato y se va. Exagero la nota, sí, pero en el fondo sé que lo merezco. Cada trabajador insultado debería tener toda la tarde libre. Todos y cada uno de los que trabajamos aquí llevamos una acumulación de situaciones arbitrarias y tensas que se resuelven, una y otra vez, en contra de nosotros que, por supuesto, y como nos lo recuerdan cada día, somos los que decidimos que los textos escolares no tienen devolución o que lo que sobra al hacer un cambio de libro no es reembolsable. Entonces vuelvo, atravieso esta estúpida puerta cuyo sonido odio. No alcanza a pasar ni media hora y ocurren dos eventos que se agregan, cual mierda a la mierda, al acontecimiento del jalado: 1) una señora horrible que me increpa porque no la atendí en el momento exacto en que ella lo requería (y yo estaba con otra señora) y 2) otra horripilante vieja más (de esas con accesorios que suenan y ridículos vestidos de gala) reclamando porque los libros están ahí a la intemperie, ABIERTOS Y USADOS. “Deberían darse el tiempo de sellarlos todos”, “Deberían hacer bien su trabajo”, and so on, and so on. ¿Sabrá esta señora cuánto ganamos? ¿Sabrá que somos dos personas menos de lo habitual? ¿Sabrá que solo dos de los que estamos hoy aquí conocemos al dedillo la librería y las otras dos saben casi lo mismo que un cliente y es en medio de eso que debemos lidiar con toda esta mierda? ¿Sabrá –y esto sí que es importante- que existen otras señoras que vienen en otros momentos del día y que, usando el mismo tono venenoso de quien cree estar cuidando sus derechos, nos dice que CÓMO ES POSIBLE QUE LOS LIBROS ESTÉN CERRADOS? Les importa un pico. Esa es la única verdad. Sencillamente les importa un pico pensar de verdad una situación concreta, desmenuzarla, rastrear el largo hilo del conflicto, sumar fuerzas y actuar a la altura de la situación. Lo veo en las calles cuando los automovilistas tocan todos juntos la bocina como los individuitos que son. Lo veo en la fila del banco cuando el tontito de siempre se pone a reclamar si hay una cajera nueva que es lenta. Una agresividad desordenada, despolitizada e individual. Una especie de Fernando Villegas que todo shileno lleva metido en la cabeza y que basicamente los insta a ver individuos flojos detrás de cada problema estructural o, si se quiere, político. Salgo de nuevo, disparado, lejos, de un solo portazo, me apoyo en el frontis y miro pasar los autos. Miro pero no miro. No me doy cuenta pero estoy meneando la cabeza, negando no sé qué. Odio cada centímetro de todo esto. Yo sé que no todo tienen la culpa, pero eso es lo que construido este lugar en mí. Soy la piedra y el cincel de la rutina hizo una figura que es cualquier cosa. Pero algo ha cambiado. Eso es bueno. Algo tocó fondo hoy y lo sé: prefiero el riesgo de la cesantía a seguir levantándome para venir a este lugar de mierda. Me harté de las sorpresitas de cada día. Me harté de cada rincón de esta puta librería. Ya no me importa nada y estoy dispuesto a irme a los combos con el próximo hueón que me toque la oreja. Me iré. Antes o justo cuando empiece la Copa Confederaciones, me iré y dejaré de andar dando pena y no tengo la menor idea de qué es lo que viene y no me importa.

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“Me quejo, y acabo de ver a un niño con una pierna de madera y que golpeaba el suelo con rabia por no poder seguir a los otros chicos”. (Jules Renard, Diarios).

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Por la noche, contra todo este día de mierda, salgo a correr. Bajo el ritmo frenético de los primeros discos de Bad religión y los Dead Kennedys, corro. Como enfermo, como si estuviera en la guerra, como si animales extraños me persiguieran. Me lavo, boto, purgo. Caigo rendido al final del Bustamante. Me digo que todo va a estar bien y que tomar decisiones negativas también cuenta como tomar decisiones. Cierro facebook y tuiter. Me prometo que voy a escribir y leer más. Hago como que algo nuevo empieza. Y entonces algo nuevo empieza.

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“Trabajas todos los días. Te tomas la vida en serio. Crees fervorosamente en tu arte. Pero no serás nada. (…) Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada”. (Jules Renard, Diarios).

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