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Archive for the ‘inmanencia’ Category

agosto

Terminator 2 Judgment Day - James Cameron (1991)17

“Por lo menos el oficio de escritor es el único en el que se puede, sin caer en el ridículo, no ganar dinero”. (Renard, Diarios).

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Empiezo a podrirme un poco. Un desasosiego físico, el mismo que ataca por la noche, pero ahora por las tardes. Me quedo en el balcón mirando no sé qué. Ordeno tanto que luego ya no queda nada que ordenar. Julio está por terminar y no tengo nada: ni trabajo, ni depto. Ya no veo a nadie. No puedo. Hace unos días vino L que está en las mismas. Intercambiamos miserias, fumamos y vimos la última temporada de Black mirror. Solo me alcanza para eso. Hay un cansancio de la presencia, de los bordes, como si ya no hubiera nada que sacar hacia afuera o como si el gesto de sacar o de sacarse de sí mismo hacia los otros se hubiera agotado del todo. Sé que aburro, pero me digo que es cosa de seguir escondido y esperar para volver a una versión más razonable de mí mismo. Salgo a comprar y miro a la gente con exagerada detención, me demoro adivinándoles ocupaciones, de dónde vienen, a dónde van. Es ridículo, pero siento que si hicieran lo mismo conmigo podrían adivinar inmediatamente que hace más de dos meses que no hago nada y que, de algún retorcido modo, los envidio.

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Escribo y leo más, pero, salvo para hacer crecer este diario, no sirve de mucho; al final del día sigue siendo lo mismo: insomnio y pensamientos oscuros.

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Ganas de cerrar todas las redes sociales que curiosamente son las mismas que sirven para estar más o menos visible, hacer contactos y, eventualmente, encontrar trabajo; las mismas en las que me volcaré después, cuando vuelva a sentir la absurda legitimidad de quien se gana la vida.

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“Trabajar para vivir es más idiota aún que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión «ganarse la vida» como sinónimo de «trabajar». En dónde está ese idiota”. (Pizarnik, Diarios).

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Momentos de escritura sin heroísmo alguno. Escribir como algo que uno hace antes o después de cortarse las uñas o masturbarse. Rayados en una muralla que a la larga igual se derrumba. Dejo anotadas frases en este word con una pereza que es la misma que comanda estos días. Oraciones inconexas, ladrillos para cuando haya ganas de construir algo. Así como si hubiera que ajustar o más bien ajusticiar los días, sintonizarlos bien, sean lo que sean los días, amarrarlos con esta pitilla, ¿para qué?, para quedar al día con el amo invisible que soy yo mismo en el futuro. Un amo arbitrario que, por ejemplo hoy, borra de un manotazo cuatro días de su vida porque no se acuerda qué mierda quería decir con aquellas frases ni empezadas ni terminadas.

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En el insomnio visito todos los futuros posibles.

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“Tengo la voluntad tímida, pusilánime, temerosa. Sólo me atrevo a afirmar mis ideas, las cosas desinteresadas, pero no mi personalidad”. (Amiel, Diario íntimo).

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Consigo despertar al mediodía –anoche: dos vasos de pisco con hielo acostado viendo Terminator- y parto a cobrar el cheque del finiquito. De ahí paso a la Manantial a ver a V, le pido que me guarde el diario de Oyarzún que salió hace poco, examinamos las novedades y, como siempre, caemos en la añoranza de cuando todos éramos relativamente felices en la Librería Desconocida. Falta un montón para que sea hora de juntarse a almorzar con G así que me dejo caer en una banca en la Plaza de la constitución y abro Los mecanismos de la ficción. Leo alrededor de una hora, intercambiando entre tres posiciones, una de las cuales me deja mirando directo hacia el perfil de un señor que perfectamente podría haberse sentado en cualquiera de las dos bancas contigua – y, como no lo hizo, a cada cambio de postura me detengo dos o tres segundos extras en su rostro-. En algún momento un abuelo se acerca a la estatua de Allende, se acerca tanto que tropieza con unos arreglos florales que van a dar al piso, intenta recogerlos y al agacharse su bolso se desliza, choca con su cabeza y también termina en el suelo. ¿Por qué estas pequeñas situaciones me entristecen tanto?

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“La torpeza deviene de una conciencia de ser observado, y esta, de concederle una importancia exagerada a las personas y al mundo que habitamos: nos creemos mucho menos de lo que somos, y esto es lo que nos atemoriza y nos impele a romper el jarrón en mitad de la visita; creemos, entonces, que estamos destinados a la falta de afecto, de reconocimiento, y quisiéramos no que la tierra nos tragara, sino convertirnos en otro, en aquel que sepa aprovechar la mínima parte correcta de nuestra naturaleza”. (Andrés Caicedo).

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Soñé que estaba en el litoral central presenciando una pelea entre muchos enanos. En el intento de separarlos terminaba con un corte en la pera. A falta de espejo, preguntaba en varias partes y todos me decían que era un corte merecedor de puntos. Andaba con este mi celular actual, es decir, sin internet y sin la posibilidad de hacer o recibir llamadas, así que me perdía durante horas, solo, buscando un hospital. Me movía por calles que eran basicamente basurales. Daba la impresión de ser domingo. En un circo (al que entraba de golpe, arrancando de una estampida de animales que no alcancé a ver) un hombre vestido de carnicero me decía, en tono despectivo, “niñita”; me hacía desfilar (¿), sacaba fotos de mi herida y al final me regalaba diez lucas. En una farmacia una mujer muy colorina y con una cabeza excesivamente redonda me pasaba la lengua por la herida y la hemorragia paraba. Quería que me siguiera lamiendo, pero, según me indicaba, el procedimiento era estrictamente para fines cicatrizantes. Lo único que sacaba en limpio de todas mis interacciones era que tenía que tomar una micro a San Antonio. Al final ya me daba cuenta que era un sueño, que en realidad no tenía ningún corte y, por lo mismo, me entregaba al curso de las cosas, que no sé cuál haya sido, porque hasta ahí recuerdo.

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Los domingos del cesante están bien porque uno se siente parte de algo. Viene la familia de C y almorzamos a dos mesas. Me dejo ser, participo de la sobremesa, tiro tallas, sigo historias de personas que no conozco pero que, durante ese instante, existen más y mejor que yo.

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Me dice que va a llegar temprano, que tiene que hacer unos trámites y va a llegar a seguir durmiendo conmigo en la mañana. No la veo hace semanas, ya casi ni hablamos y, en el fondo, nada de eso importa, porque una y otra vez compruebo lo fácil que nos resulta abrazarnos y volvernos dóciles. No hay nervios de nada ni cálculo alguno: inmerso en esta niebla, todas las emociones se mueven dentro del mismo rango.

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“Indiferente como un buey que no se ha podido vender en la feria”. (Renard, Diarios).

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Es extraño como llega un punto en que, para bien o para mal, todo deja de importar. Noto que recibiendo platas que no sabía que merecía, vendiendo mis libros y estando muy quieto, me queda aún lo suficiente como para llegar a fin de mes sin mayor problema. El desasosiego de las tardes ahora es solo una bruma general que, vista desde dentro, se parece a cualquier punto de partida. Algún trabajo aparecerá, algún departamento aparecerá. Vuelvo a correr casi todas las noches y es como darle un reinicio al día. Todo tiene un poco más de sentido cuando llego sudado y ardiendo.

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“Cuando uno habla de su felicidad debe ser discreto, y confesarla como si fuese un robo”. (Renard, Diarios).

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Me gusta cómo se ríe de sus falsas tetas puntudas. Mete la mano en el espacio que deja el sostén y dice: “es mentira, todo esto es una mentira”.

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Alejado de los días de los otros. De la temporalidad misma. De las calles. De las bocinas. De los titulares de los diarios. De la chilena comunión en el cansancio. Alejado, sobre todo, de la aparentemente fundamental sensación de “volver a casa”, día tras día –y pienso en esa rutina de Seinfeld, cuando dice que todo lo que hacemos lo hacemos solo para tener una excusa para volver a casa-.

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Jueves 10. Despierto pasadas las dos de la tarde: me amanecí viendo todos los capítulos de OVNI con Patricio Bañados.

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Soñé que caía un meteorito. Convencidos por los noticiarios que invitaban a presenciar el espectáculo en familia, veía como lentamente todo se iba a la mierda. La bola de fuego se deshacía en su caída horizontal, pero no del todo. Segundos después del impacto, un estruendo como de cien camiones chocando a la vez y, acto seguido, viniendo desde lejos y creciendo cada vez más, una ola gigante, no de fuego, sino de espeso humo negro. La miraba por la ventana, con obscena felicidad. Todo seguía intacto pero, según decían las noticias, no era recomendable salir de casa. Pero aquí un detalle: esta casa en la que estábamos tenía la capacidad de desplazarse a un sitio seguro ante cualquier amenaza, lo cual, ante una niebla que aparentemente cubría toda la tierra, nos llevaba a un nuevo problema: la casa, en incesante movimiento, terminaba por no estar en ninguna parte.

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Tengo que venir revisar aquí al calendario del computador para saber qué día es, en qué día estoy.

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Miércoles 23. Son las diez de la noche y solo he desayunado (tres huevos a la copa, sin pan, y café). No he salido de la pieza en todo el día. No me he bañado. No he escuchado voz humana alguna. Fui a Clases de marxismo con Pérez Soto via youtube y el resto del tiempo he estado revisando y clasificando libros en formato digital. Caí en la pasta base de epublibre.org, específicamente en las categorías de diarios y poesías.

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“Todo es como los ríos, obra de las pendientes”. (Antonio Porchia)

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junio-julio

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“A partir de cierta edad se escribe porque es lo único que uno ha aprendido a hacer”. (Enrique Lihn).

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Sueño que estoy en medioriente, extranjero declarado, huésped de una familia de no más de cuatro integrantes. La sensación ambiente es como de estar en la mente de un condenado a muerte que ha conseguido estirar su percepción del tiempo y vivir allí. Pero saber que todos aquí viven así, a la espera, me calma, me iguala. El hombre de la casa, que no soy yo sino un sujeto de barba espesa, porta siempre una metralleta. Pero también toma mucho té. La mezcla de ambas cosas me da una buena sensación. En sus ojos, en las esporádicas miradas que me da, hay una locura que me protege, que nos protege. Hay gente que me busca, pero no sé por qué. En repetidas oportunidades me esconden en un húmedo sótano en el que leo un idioma que no debería saber leer. De tanto en tanto miramos los bombardeos desde la ventana como erráticas y falsas puestas de sol que, según escruto en los rostros de la familia, no dan ni para lamentarse. La mirada aérea –porque estamos casi en la punta de un cerro- propone unas especies de edificios de no más de tres pisos amontonados o más bien incrustados unos con otros. Y abajo, conectando estas viviendas que más bien parecen containers en vertical, túneles, puentes y pasillos; delgados y enrevesados pasillos que supongo mi mente ha elaborado basada en todos los capítulos de Homeland que vi hace años. Pasillos por los que me veo huyendo o simplemente transitando. No recuerdo mi propósito ni quiénes me persiguen. En algún punto me bajo de un taxi en movimiento y dejo todas las maletas dentro –estoy despistando a alguien-, entro a un almacén y uso una salida secreta –muy a lo Carrie Mathison-, desemboco en unos alcantarillados, avanzo a ciegas, me canso, la luz del persecutor se acerca cada vez más, entonces me planto en seco, me giro, lo miro y, muy en paz, le pido que sea un balazo certero, en la frente.

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Jueves 1. Dos semanas a Playas blancas. Atrás queda el playstation-pastabase, el wifi y los amigos. Atrás queda, sobre todo, el trabajo. Según mis cálculos tengo dos o tres meses para disciplinar el ocio, es decir, distribuirlo todo entre escribir, leer, correr y ver películas. Como siempre, A solo podrá quedarse un par de días a la semana. No duermo nada en el bus y, en cambio, conversamos todo el trayecto sobre cierta derechización en la cultura. Entonces llegamos. Una especie de taxi de la zona nos acerca a la cabaña. Dejamos todo a la entrada y voy sacando y ordenando lentamente mis piltrafas mientras A conversa con uno de los maestros que hace poco terminaron la terraza. Tanteo el terreno, tanteo sus conversaciones y resuelvo que, una vez que ya esté todo acomodado, no habrá problema con sacarse uno. Me siento a enrolar y al maestro se le encienden los ojos. Algunas personas de la zona le dijeron a A que el amigo tenía problemas con el alcohol y así nos lo confirma. Sin embargo, la terraza está perfecta y, de algún modo, conversar con extraños es dar oportunidades sin saber bien por qué. El sol se pone y echamos humo y empiezo a adivinar la simpleza de los días venideros.

 

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Claramente es este el tipo de noticias que van a ir marcando mis días acá: en la mañana entró un pajarito a la cabaña –me quedé quieto y lo dejé pasearse por las piezas- y ahora, siendo las doce con cuarenta y cuatro minutos, acaba de entrar una abeja gorda y gigante cuyo nombre desconozco.

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Mismo viernes. Almuerzo porotos descongelados. Caigo en una siesta y despierto con las últimas luces de la tarde. Salgo a correr por la playa, parando una y otra vez para sacar una excesiva cantidad de fotos de la puesta de sol y las gaviotas y la transición de colores que lo cubre todo. Ya de noche, bañado y con unas tres capas de ropas encima, ataco el último pito -apoyado en el umbral de la puerta abierta y con todas las luces apagadas, como si ya llevara años viviendo aquí-.

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Corro por la arena casi desarmándome. Como en las pesadillas, siento cada músculo de las piernas dándolo todo y consiguiendo un avance mezquino. El cielo ya pasó de los vivos tonos violáceos a un celeste ocre y cansado. Me acerco al borde de las olas y me alejo en un zigzag que no es más que el sondeo constante de arena firme. La negrura cae sobre todo menos sobre el mar y su breve luz. Unos tipos vestidos de karatecas o boxeadores entrenan a lo lejos en las dunas y simulo descansar para sacarle algunas fotos. ¿O simulo sacar una foto para descansar? Como sea, ayer quince minutos, hoy veinte, y así, de a poco, subiendo. Llego hasta estos ridículos condominios al final de Playas Blancas, los bordeo, descanso las piernas avanzando por una especie de maicillo y me devuelvo de nuevo por la arena donde, finalmente, me tumbo y elongo.

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“Búsquese a sí mismo. Encuéntrese a sí mismo. Luego desaparezca consigo mismo”. (Ismael Velázquez Juárez, Sea un arma).

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Los días pasan rápido pero las noches se resisten. Una especie de “¿y qué vamos  a hacer hoy?” que me asalta apenas entro a la cabaña oscura y silente. Dejo que siga sonando el podcast sobre Logan que comencé en la tarde, termino de elongar y hago flexiones sobre el suelo de madera. Citan La carretera de McCarthy –que casualmente estoy leyendo antes de dormir todas estas noches- y pese a que nunca he oído reír a este sujeto, estoy de acuerdo en todo lo que dice: Logan es una road-movie, un western y la historia de un viejo boxeador que da su última pelea. Bañado y ridículo, es decir, solo con camiseta y pantis, circulo ordenando tazas, ropas y cosas. Lo importante es moverse y mover cosas y ni reprimir ni liberar la ansiedad. Prendo un ratito una pequeña estufa eléctrica y me chanto tres pares de calcetines. Pongo la tetera. Calcetín sobre la panty y luego calcetín sobre el buzo. Camiseta, polera, suéter, chaleco, bufanda y una frazada enrollada encima. Dejo prendida la luz de esa pieza que me da miedo. Dispongo los objetos que necesitaré cerca sobre la mesa y me hago un trono de mantas, almohadas y cobertores en el colchón-sofá-sillón. Entonces ahí, cuando me detengo, y aunque ya se me haya ocurrido qué hacer, viene algo aquí dentro y me pregunta: ¿Y qué vamos  a hacer hoy?.

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“Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida”. (Cormac McCarthy, La carretera).

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Extrañamente los días se hacen cortos. Quizá demasiado cortos. Aunque me duerma temprano, no consigo poner un pie en el suelo antes de las diez. Los días se parecen pero, a diferencia de la repetición enajenada de la ciudad y el trabajo, ésta es una repetición libre y escogida. Por las noches salgo a fumarme un pito a la playa o a al altillo, luego vuelvo y entro como un gusano a este trono de mantas y cojines que armé en una de estas camas del living y veo alguna película; después, ya tipo una de la mañana, me voy a la cama y leo La carretera. Siento que hace años que no leía algo tan rudo y envolvente. Anoche leí escuchando Swans y fue como mucho.  A veces despierto en medio de la noche y me da miedo alargar el brazo para ver la hora en el cel y vuelvo a dormirme. La única vez que me baño en el día es cuando llego de correr, así que por las mañanas simplemente salgo de la cama, me pongo un chaleco, la bufanda y dos pares de calcetines más. Desayuno afuera, saco el parlante chico, uso el sol, saco la mesa, ventilo, me estiro, me instalo. Dejo todo amontonado en el lavaplatos y me planto en la parte baja de la terraza, ya lejos del sol, a teclear. Intento almorzar antes de las tres para reposar algo antes de salir a correr tipo seis. Quizá nunca en toda mi vida había comido tan decentemente durante tantos días seguidos. Algunas tardes, si la siesta llama con fuerza, acudo. Pongo mi alarma de pajaritos. Mato el tiempo de transición entre la pereza y la actividad con alguno de estos programas de conversación política que descargué antes de venirme. Lavo toda la loza. Elongo. Y justo cuando el sol empieza a ponerse, salgo a correr. Subiendo diez minutos cada día, avanzo por la arena, desde Playas Blancas hasta el fin de la Quebrada los ciruelos, ida y vuelta, una y otra vez.

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Lunes. Se abre la posibilidad de conseguir con un contacto de la zona aquello que se ha acabado. Estudio detenidamente el trayecto en Google Maps y parto caminando hacia el Quisco. Primero por la playa, luego levemente perdido entremedio de unos pasajes y finalmente por la carretera, todo esto junto a un perro del sector que por alguna extraña razón ha decidido que debía acompañarme. A medida que dejamos Playas blancas van apareciendo nuevas pandillas de perros. Lo que tienen en común todas estas pandillas es que nos odian. Mi perro me defiende o se defiende y aprendo que, si mantengo el paso firme, no pasa nada. De todos modos llevo piedras en los bolsillos y un palo al hombro. Es como ir pasando etapas en las que se repite una y otra vez la misma dinámica: un solitario perro explorador avisa a la jauría de nuestra presencia y aparecen perros desde todas partes, gruñendo y rodeándonos. Algunos perros atacan o hacen como que atacan, a veces nos siguen durante cuadras enteras y durante alguna de estas etapas sencillamente pierdo de vista a mi heroico escolta. Llegado ese punto –aquel en el que me cierran el paso, me miran a los ojos y ya no basta con simular indiferencia y mantener un paso firme- reboleo el palo por el aire y le doy unas patadas al suelo como si bailara un perezoso flamenco. Y funciona. En ningún momento se produce contacto alguno entre los perros y mi cuerpo. Aprendo que todo esto tiene un 80% de componente simbólico y solo hay que interpretar bien cierto rol.

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Llego donde Z, pero mi perro no puede entrar porque dentro hay otros perros que seguramente se comportarán como todos los otros perros que hemos ido dejando en el camino. Desde la ventana de la cocina lo miro echado junto a una retroexcavadora a las puertas de la casa. ¿Lo hace por mí o por sí mismo? Como sea, hacemos hambre, nos ponemos al día, intruseo la casa, dejo lavando un poco de ropa que traje, cuando Z no me está mirando le doy sorbos a una leche condensada que tiene en una repisa, hasta que almorzamos lentejas y me doy cuenta que me siento demasiado embotado y volado como para emprender la travesía de vuelta. Z prepara café y fumamos de nuevo. Innecesario, por supuesto. El miedo a la travesía empieza a tornarse ansiedad por enfrentarla, así que apuro todo, meto la ropa húmeda en una bolsa que echo en mi mochila y parto, esta vez por una ruta alternativa que consiste basicamente en bajar directamente hacia la playa y luego enfilar derecho hasta Playas blancas.

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“En el fondo soy timorato y colmado de deseos, tengo la pasión de la independencia sin tener su fuerza: desconfiado, temeroso, sensible, dotado de una inmensa facultad de sufrir y de gozar, tengo miedo del amor, de la vida y de los hombres, porque de todo ello siento una necesidad violenta”. (Henri-Frédéric Amiel, Diario íntimo).

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Desde que llegué de la playa que no escribo nada. Un mes entero y contando. O en realidad un solo largo día, sin cortes, sin tregua mental; un largo día en el que me escondo y duermo y deformo los horarios y veo películas como enfermo y no leo ni, menos aún, escribo. Supongo que todo empieza cuando mi amigo de hace diecisiete años (pongámosle X) me juega una mala pasada con este departamento y paso sin transición alguna de un ánimo legítimamente vacacionístico a la presión de tener que encontrar hogar y trabajo en un tiempo determinado; o cuando me doy cuenta que mi cv tiene una sola página y que quien no trabaja no existe; o cuando noto, sin demasiados aspavientos, que la vida, así, tan dispuesta a ser meramente sobrevivida y sobrellevada, no me tienta para nada. Cesante y sin ninguna claridad acerca de lo que viene, paso de la inestabilidad a la negación de un modo que puede rastrearse más o menos así: diarrea intermitente durante las primeras dos semanas –y aprovecho el envión para alimentarme como monje-; falsos intentos por volver a correr; mails de X en los que me doy cuenta que algo se rompió para siempre; llantos raros y cortos mirando por el balcón; terminar series que había dejado a medias –y así siento que completo algo-; imposibilidad de proseguir por la vía de la ternura con quien tampoco sé si iba a alguna parte; el playstation como escape y, muy esporádicamente, amigos que vienen y me dicen cosas. Amigos que me dicen que me devuelva a Curicó, por ejemplo. Amigos que me dicen que sea escritor, o que de ningún modo lo sea. Después, mucho después, el mismo fin de semana en que Chile pierde la final con Alemania y Piñera se perfila como el próximo presidente de este país reculiao, figuro vomitando en Curicó. Entonces vuelvo a comer como monje. El cansancio en la noche es distinto cuando todo lo que uno ha comido en el día es un pocillo de arroz blanco y pan de molde casi quemado con gotas de aceite. Somatizo e intento comunicarme con esa somatización. Devolverle a la enfermedad su metáfora de mierda. Convertirla en otra cosa. No lo consigo, obviamente. Pero de todos modos intento seguir con el plan original, el que había antes que este período de ocio escogido se transformara en ocio culposo, ajeno y exteriormente determinado. Entonces salgo a correr por la alameda y llego hasta el río Guaiquillo. Mando un resumen de mis últimos tres años de diario de vida a una editorial. Me someto a una tarde entera de constelaciones familiares en la que en algún punto me veo llorando y sonándome en el hombre de un extraño que representa a mi padre. Empezamos Breaking bad con mi hermano chico. Me insta a que vea Vikingos. Vemos The Truman show. Vemos un montón de películas que ahora olvido. Fumo con sus amigos veinteañeros. Cualquier cosa que diga les parece ingeniosa. Hablo con madre en su trono de cojines y siempre saco algo en limpio. Miro la lluvia furiosa desde la ventana y no consigo que un perro que siempre está en la ventana de en frente me mire como yo lo miro. Camino y camino por Curicó. Busco cualquier excusa para salir al centro por las tardes. Me ahorro el colectivo y saco fotos. Me encuentro en la calle con un primo que está metido en drogas feas. Intento algunas palabras. Le suelto todas mis miserias a modo de ofrenda –y parece que, en todo orden de cosas, es lo único que sé hacer bien-. Algunos días abro este word casi como empujándome pero gana una y otra vez el tedio y las ganas de no verme a mí mismo. Y luego, como si sirviera de algo, estoy en Santiago de nuevo. Me preguntan si ya encontré trabajo. Me preguntan si ya encontré departamento. Si supieran toda la debilidad y toda la torpeza social que uno va acumulando; si supieran cómo crece ese monstruo cuando uno se aleja de todo durante mucho tiempo. Lavo la loza que no es mía porque últimamente no aporto nada para el almuerzo y la once. Hago el aseo del baño una vez a la semana. Atosigo a la gatachica con besos y abrazos. Hago un excell con todo lo que sé que nunca voy a leer y empiezo a vender mis libros. Trato de ordenar el caos a través de papelitos y tickets. Nos damos cuenta que hay varios departamentos en arriendo en este mismo edificio. Empiezo a contestarles con menos desfase a los amigos. Todo sigue donde mismo pero como que algo cambia. Finalmente me pagan el finiquito. Dejo que la plata se junte en la cuenta rut y pienso que si me quedo muy quieto y sigo comiendo arroz no se va a gastar. Decido que la marihuana ya no me hace tan bien. Lo decido cuando la marihuana se acaba. Vuelvo a leer. Boto fotocopias viejas. A me dice estoy abajo y bajo y nos sentamos en una banca al lado del Anticristo y chorreamos más que hablamos. Me cuenta de sus clases a los presos. Me cuenta que el maestro de la playa se subió por el chorro. Terminamos, como siempre, compartiendo sueños de huida. Nos abrazamos largo y casi lloro. La vida está difícil por todas partes y mientras algunos apenas sobreven uno se arroga este curioso derecho de, además, hacerlo con sentido.

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“Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo”. (Cormac McCarthy, La carretera).

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mayo

2017-05-14 13.42.20 1514678256665376863_1348763868

 

“Si pudiera tomar nota de mí misma todos los días sería una manera de no perderme, de enlazarme, porque es indudable que me huyo, no me escucho, me odio y si pudiera divorciarme de mí no lo dudaría y me iría”. (Pizarnik, Diarios)

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Pese a que mi provisoria libertad está a menos de dos semanas y ya no hago casi nada y miento y evado y basicamente no valgo nada, odio mucho esta librería. Es sábado, mañana es el día de la madre y está ridículamente repleto. Fuera llueve y la gente entra goteando. Goteando, desordenando, necesitando, pidiendo. Todo es muy natural para ellos y yo solo imagino un futuro en que no haya que estar más de la mitad de la vida en un lugar culiao a merced de una lluvia o un goteo eterno de gente. A ratos la puerta nisiquiera alcanza a cerrarse y entran uno tras otro, muy cómodos, comiendo helado, hablando despreocupadamente por celular, llenándolo todo de familias, coches, niños, gente, gente, gente; cuánto los odio y cuan poca culpa tienen. Pero los desprecio. No hay otra palabra. Si soy justo con lo que siento en cada hora pick es ese –justificado o no- el único sentimiento que me embarga.

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¿Qué es este miedo de cuando suena el timbre? Saco lentamente una cruz que no sé por qué tenemos allí colgada y veo por la mirilla y como no hay nadie vuelvo a Fargo, entonces suena de nuevo, me levanto, abro y ahí está P y su cabeza pegada a la puerta que llega justo al límite donde se acaba la visión. Su melena tan linda, su polerón que siempre me gustó. Me siento feo y sucio y gordo y tomamos té y mientras conversamos se me olvida que me siento feo y sucio y gordo. Hago caca y me baño. Me gusta como, después de todo, podemos ser normales. Le pido que me muestre a su nuevo pololo. Le digo que es una mezcla entre yo y J y me arrepiento inmediatamente de decirlo. Decidimos que hay que cortarme el pelo y mientras me lo corta le desclasifico cierta información relativa a mi única relación (fallida) de este último tiempo. La gatachica –un acontecimiento para mí- descubre el agua del lavamanos. Le pega con sus patitas, la mira, se da vueltas y de a poco mete la boca. Me miro al espejo y es como lo mismo pero más rectangular. Una cabeza rectangular y una barba que termina en punta y que corto para que todo sea rectangular. Aquí me cortaba la barba, aquí nos lavábamos los dientes. La leve nostalgia. El breve recuerdo. El peso amable de lo que fue verdadero y ya no es.

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“Es el significado de la vida emocionarse sobre alguien, genuinamente sentirse interesada en lo que dice, tratar de hacerlo sentir interesado en lo que dices tú, hacer sus cuerpos tocarse, luego cagarla de alguna forma, tener una discusión larga en la que hablan de muchas cosas pero en realidad no hablan de nada aunque se dicen a ustedes mismos que han llegado a alguna clase de resolución, verlo menos en fiestas, escribirle cosas y arrepentirte, circular por deseo y odio hacia él pero sentir que cualquier cosa hacia él se sienta injustificada, intentar interesarte en otras cosas o personas, tener largos periodos de tiempo sola sentada en tu cama, mirando por la ventana y preguntándote cómo es que llegó a ser tan tarde, antojarte contacto físico, antojarte a alguien validando tu existencia a través de mostrar interés en ti, quizás emborracharte sola algunas noches y quedarte dormida en la tina, despertarte e ir al trabajo el día siguiente?”. (Megan Boyle, Cómo darle sentido a una vida que no tiene sentido).

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Si bebemos, nos besamos y, a veces, si no bebemos, también. Hasta ahora nunca nos hemos besado de pie. No como corresponde, al menos. Se lo comenté el otro día y me dijo que tenía razón. Es extraño como algo que uno no sabía que iba a crecer, crece, frente a uno, como una planta regada con la humedad que destila uno mismo siendo hervido a través de días miserables y nulos. Nos parecemos más en la manera de ir tropezando que en la de ir avanzando en la vida. Todo lo pierde. Todo lo rompe. Todo lo olvida. Antes no la miraba desde lejos ni me ponía a pensar cosas. Se lo dije así mismo. La desordenada ética de sencillamente decirlo todo.

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“Si trato de escribir de mí es para conjurarme”. (Pizarnik, Diarios).

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Como ya no me importa nada y como históricamente nunca he sido de los que faltan o tiran licencia, decido irme una hora antes y así ponerle las cosas más fácil a A que me espera en el litoral, en algún punto cercano a un lugar que luego me daré cuenta que nadie conoce: la Laguna el Peral. Pero todo esto empieza antes y, por supuesto, empieza mal: saliendo de la librería hago una llamada de prueba y noto que mi celular se fue a la chucha; ya no solo no tengo internet sino que tampoco puedo hacer o recibir llamadas. “No registrado en la red”, dice. Googleo algunas soluciones posibles, pero nada. Estos conchesumadres me deben haber bloqueado el celular por segunda vez. Asumiendo que conseguiré contactar con A en algún teléfono público, parto al terminal con la vaga indicación de bajarme en esa laguna que, a todo esto -y como signo de lo que viene-, el tipo de la boletería desconoce. Saco el pasaje, pero no me fijo que el bus está a punto de salir. Llamo a A desde un teléfono público, escucho unos cinco o seis tonos mientras miro fijamente al que debería ser mi bus y lo dejo. Me digo que verá la llamada perdida y sabrá que más o menos a esa hora salí. Subo y me duermo. Despierto y noto que solo hay un conductor y nada más. Digo, hay más pasajeros, estoy yo, está el conductor, pero no hay un auxiliar. Algunas personas empiezan a bajarse y aprovecho el envión para ir hacia la cabina y decirle al conductor donde pretendo bajarme. Pero el amigo no sabe nada. ¿La laguna el peral? Chuta, le digo, más confundido que molesto, y vuelvo a mi asiento, decidido a meterle conversa a cada persona del bus si es necesario. ¿Cómo nadie va a saber dónde queda una LAGUNA? No es un pasaje, no es un árbol, no es un puente o una animita, es una LAGUNA. Un hombre que es como Mayimbú con terno o más bien como el villano de Daredevil me dice que queda pasado Isla Negra y siento que ya tengo algo. Caminar por horas nunca ha sido un problema. Me semiduermo y el bus llega a destino y, como bien dice el conductor, ésta es la última parada: El Tabo. El conductor sabe que no sé dónde mierda estoy y se hace el loco. Camino hacia cualquier parte. Salgo de su visión. Es una LAGUNA. Debería simplemente aparecer si camino en la dirección adecuada. Doy con la ruta por la que venía el bus y simplemente sigo. Dejo pasar varios grupos de gente antes de preguntar. No todos me dan confianza. Cuando paso cerca de ellos simulo ser alguien que conoce al dedillo la zona; sea cual sea esa actitud, la intento. Paro en un almacén. Una señora está cerrando las cortinas. Me dice que solo debo seguir por la carretera y, cuando, luego de agradecerle, he avanzado algunos metros, me dice “caminando no va a llegar” y yo le digo “llegaré”. Hay un paradero cerca, pero no quiero que la señora vea que le hice caso. ¿Por qué no podría llegar caminando? ¿Creerá que soy un santiaguino que anda todo el día en taxi? Me alejo de su visión y me quedo en un paradero que es un faro en la oscuridad. A los minutos llega un tipo, aparece también un colectivo, y simplemente se sube. Maldigo callado y empiezo a sentir que quizá no debería haber venido, no así al menos, tan improvisadamente. Echo una mirada alrededor y me digo que si no encuentro a A (sería muy razonable que me hubiera esperado un rato y, dada la ausencia de confirmación, se hubiera devuelto) entraré a uno de esos hoteluchos, me fumaré un pito, veré una peli en el notebook y luego mañana ya veré qué hago. Pero pasa una micro. Subo, pago, me siento muy cerca del conductor y le pregunto si sabe dónde queda mi laguna. Y no sabe. No tiene puta idea. Y creo que se molesta un poco con mi manera de bajar la cabeza medio derrotado. Le cuento que estoy incomunicado, que nisiquiera puedo googlear y que basicamente dependo de la información de los carteles y la que puedan darme las personas. Entonces sucede: mientras voy pegado al ventanal leyendo todos los carteles, se sube un cabro de unos veinte años, un cabro de la zona que sabe exactamente dónde está la hueá de laguna. Agradecido, me bajo en el cartel que la anuncia y me digo que simplemente caminaré el tramo que dure la laguna de ida y vuelta hasta la medianoche y si A no aparece en ningún punto de ese gran tramo podré decir que al menos lo intenté. Entregado a lo que sea, prendo un pito en la carretera. Avanzo por el borde. Nunca he caminado por una carretera sin imaginar que un camión me despedaza. Imagino que si al menos una vez al día me imagino muerto construyo una especie de vacuna contra la muerte en su versión más abrupta y ridícula. Hacia mi derecha aparece algo que debería ser un lago. ¿Por qué nadie sabía? Como sea, avanzo y a lo lejos veo un paradero y un tipo allí parado. A medida que me acerco noto que no es un tipo sino que es A que dice mi nombre. Finalmente respiro y dejo caer los brazos. Nos abrazamos, le resumo mi odisea, caminamos. La miro -pantalones anchos, chaqueta ruda y gorro negro de ladrón- y me dice que para ella, aquí, de noche, es más seguro salir así, vestida de hombre.

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Arroz con pescado y silencio. A lee unas fotocopias tumbada en una de las camas que están a los costados de la mesa principal y se nota mucho que no necesita nada, que la acumulación de días aquí, sumado a lo que ella ya es, la volvieron del mismo material amable del que está hecha esta cabaña y lo que la rodea. Me baño y me sorprende cómo busco el ruido, los estímulos, algo que llene todos los tiempos muertos. A me cuenta que se pasa los días leyendo, escribiendo y paseando. La casa es pequeña, compacta, acogedora y con vista al mar. Aplicamos un té, unas fumadas, un resumen de nuestros días, y salimos a caminar. Avanzamos unas tres playas y cuando volvemos traemos una estela de perros que fue creciendo a lo largo del camino. Cerramos bien todas las ventanas, agarramos unas mantas y ponemos The big Lebowsky en el notebook. La vi una sola vez hace como siete años, igual que ahora, fumando cada vez que el Dude fuma. A se va a dormir a la mitad de todo y yo me quedo ahí, cagándome de la risa.

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Un pequeño temblor me invita a levantarme y mear y volver a dormir. Soñé que extraterrestres gigantes (exactamente como Alien, pero del porte de Godzilla) invadían aquí, pero aquí no era esto sino una comunidad de la cual no recuerdo nada salvo el número (éramos 7). La cosa empezaba así: primero los árboles se agitaban y luego, lentamente, emergía esta tremenda alimaña. Creo que la escena, el ángulo y el ritmo general de todo era el mismo de los primeros capítulos de Lost, cuando no recuerdo si era el oso polar o el jabalí o la cosa de humo que avisaba de su presencia a través de los árboles doblándose. El caso es que, en vez de abducirnos a nosotros, se llevaban a todos los perros. Y más que eso no recuerdo. Luego ya despierto de verdad y A, que recibió una llamada de último minuto relativa a su tesis, se prepara para irse y dejarme aquí, solo, a mis anchas.

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Tres huevos a la copa, un pan con tomate, café y un batido de espirulina que tiene un montón de propiedades que olvido en el instante mismo en que A me las recita. Al silencio lluvioso de la mañana se le suman las Goldberg variations y quizá por eso quedo clavado en la terraza, contemplando un paisaje que no me molestaría repetirme hasta el último de mis días. Saco algunas fotos. Lavo alguna loza. Ordeno mis cachureos. Le robo un poco del wifi de emergencia para avisar que llegué bien. Me paseo hurgando cada rincón, tanteando el terreno, abriendo ventanas, reconociendo enchufes, doblando mantas, barriendo. Ya con la segunda taza de café, me instalo, cambio a Bach por Bártok y empiezo a darle a esto.

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Escribo como hasta las cinco. Finiquito marzo y abril, husmeo el refri, la alacena y parto a buscar algún negocio para completar el almuerzo y salvar el desayuno de mañana. Pero lo que hago en realidad es caminar hacia la playa que queda más cerca de lo que creía, sacar fotos y, al igual que cuando fui a Lipimávida en marzo, buscar algún poste o piedra o lo que sea que me sirva como punto de referencia por si me pierdo en la homogeneidad de las dunas. En el negocio encuentro a una señora de edad cercada por rejas. Imagino que ya ha tenido demasiadas experiencias de mierda y, por lo mismo, exagero la calma en mi voz e intento que note que no soy de temer. El modo en que decidí vestirme quizá no ayude mucho, pero lo que importa es que ella vea que lo intento. Vuelvo con unos panes, ramitas de queso, queso, una cebolla y leche con chocolate. Unos gatitos que ya había visto en el camino, dispuestos así muy como perros en la fachada de una casa, ahora se me acercan como endemoniados. Quieren lo que hay en la bolsa, sea lo que sea. Saltan, maúllan, trepan, arañan. Les suelto unos pedazos de pan a cambio de unas fotos y sigo. Pasa una niña corriendo por este camino de tierra y por dentro me prometo que apenas renuncie todo cambiará y me pondré en forma y escribiré un montón y, al final, ojalá después de la Copa Confederaciones, encontraré un trabajo

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Seis y media de la tarde y ya está oscuro. Cociné y almorcé escuchando un viejo debate entre Carlos Pérez y Miguel Vicuña acerca de qué tipo de cosa o experiencia o ámbito era la filosofía. Vicuña muy en tono poético-periférico y Pérez, como siempre, más universal, ordenado y argumentativo. Aparecen al final las preguntas de algunos de mis compañeros. Recuerdo la secreta envidia que me daban todos los que conseguían hablar durante más de 30 segundos sin enredarse o sin perderse dentro de sí mismos. Pero todo se matiza cuando escucho a X que, durante dos largos minutos, dice una misma cosa, como las imágenes en loop que ponen en el noticiario. Cae la noche y cierro ventanas y cortinas. No llevo nisiquiera un día entero solo y ya siento que quizá debería hablar con alguien, con quien sea. Hay aquí un dispositivo de internet que es solo para emergencias y ya lo he usado como tres veces, durante no más de cinco minutos cada vez, para fines que objetivamente no eran una emergencia. A ratos los perros construyen un coro sostenido de ladridos, entonces salgo a mirar y constato solo un puñado de luces prendidas. ¿Quién es toda esta gente? Hablábamos anoche con A acerca de qué tipo de cosa podría terminar siendo para nosotros vivir aquí. Proyecto mentalmente esta existencia un par de meses. Saldría a correr todas las mañanas. Comería pescado dos veces a la semana. Escribiría todas las noches. Tendría un amigo de setenta años. El elástico de esta soledad que vive al fondo de todo finalmente cedería y finalmente vería de qué estoy hecho. Siento que nunca había sabido tan bien qué es lo que quiero. La noche me trae su extrañeza y yo le contesto saliendo a echarle un poco más de humo al humo.

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“Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual –yo no tengo placeres, solo tengo hambre y sed- ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconciente, como quien no quiere la cosa”. (Pizarnik, Diarios)

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Hasta que renuncié a la Librería Desconocida. Quedaban como cuatro días pero lo adelanté todo (y les pareció bien, porque hace rato que ya no me querían allí). Aparte de que M colapsó y renunció, los amiguitos allí arriba habían comenzado un stalkeo que solo ayudó a aumentar la tensión: “es un mal elemento que enrarece el ambiente”, “su actitud incita a las malas conductas”, y así. Desde el colegio que no escuchaba esas boludeces pero, a la vez, ya lejos del mundanal ruido, no puedo negar que era justo lo que necesitaba oír. ¿Qué se supone que haga uno? ¿Comerse la mierda como si me estuvieran haciendo un favor por dejarme estar allí? ¿Aferrarse al trabajo como un salvavidas porque así está la cosa en Shile? ¿Decirle a los vendedores nuevos que todo está fabuloso, que es mentira que las metas son inalcanzables y sencillamente se gana el mínimo, que es mentira que antes teníamos descuentos, que no hay hostilidad en los tratos, que es casualidad no más que no haya sindicato, que todo esto va a cambiar prontamente? Cualquiera puede meterse a averiguar el nivel de rotación laboral en lo que va del año. Cualquiera puede recopilar esta misma información y documentarla. Cualquiera podría averiguar si hay algún querellado por motivos que nisiquiera voy a mencionar. Cualquiera podría, incluso, hacer la arqueología de la Librería Desconocida en el período de la dictadura. Que lo diga yo aquí es un detalle. Yo mismo no importo nada. De hecho, ¿quién lee esto? Diez o veinte personas. Lo único que me diferenciaba del resto de mis compañeros es que yo tenía tuiter y lo usaba. Entonces, ¿qué esperaban que pasara, si en vez de mejorar las condiciones, iban uno por uno, comprando la comodidad u hostilizando según conviniese? Ojalá que alguno de los amiguitos esté leyendo esto, porque aquí les va lo último que tengo para decir, y es un consejo que no tiene ironía alguna: nunca paguen menos que la competencia, sean por último de esos capitalistas que hacen las cosas bien, cópienle a las otras librerías, cópienles descaradamente, no pasa nada, cambien el lenguaje, usen las redes sociales, cambien el logo, contraten unos cm millenial, hagan concursos, lean la cuenta de tuiter de Eterna Cadencia como si fuera un manual de buenas costumbres e ingenio, tírense algún extracto de un libro y que la gente adivine y gane algo, busquen la horizontalidad, pero en serio: acérquense a la gente y córtenla con el rollo de que venden una experiencia, tengan ofertas, por el amor de dios, alguna vez hagan ofertas que no sean las que las editoriales mismas les fuerzan a hacer, tengan alguna pizarrita en la que cada día un vendedor pueda escribir la cita del día o recomendar un libro, vuelvan al origen, al libro mismo, saquen un podcast sobre libros, ábranse de verdad a la comunidad, si un universitario quiere dejar unos flyers déjenlo, no pasa nada, no se va a transformar todo en una casa okupa, consigan que las pequeñas editoriales vuelvan a creer en ustedes, por último desechen ciertas áreas, no pueden abarcarlo todo, no en este momento quizá, traigan de vuelta al querido FR y saquen a ese otro personaje siniestro, revitalicen la editorial Nascimento, por último bajo otro nombre, publiquen a los poetas chilenos, tomen riesgos, sáquense alguna lectura de poesía dos veces al año, vuelvan aún más al origen, comprendan de verdad el amor por los libros y todo lo que ello implica, actualicen el sistema, permitan que los clientes accedan a la devolución de su dinero si les sobra cuando hacen un cambio, consideren que sus jefes de local y vendedores están ahí día a día dando la cara por cuestiones con las que no necesariamente están de acuerdo y recuerden que los clientes los tratan como si ellos crearan las reglas y asuman que, si no hacen esto, si no comienzan luego a girar con la rueda cultural, a la larga les van a pasar por encima.

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Salgo sin desayunar a Ñuñoa a buscar el libro de Megan Boyle recién salido del horno. Incluso teniéndome a mí mismo en la pantalla del celular como un punto azul que se mueve dentro del mapa me paso de largo un par de veces. Recibo el libro, lo meto dentro del cortaviento y me devuelvo con la lluvia. En el camino veo a G apoyado en una mampara, despidiéndose de alguien, lo saludo, me hace pasar, es su taller, una casona que es un conjunto de talleres, un parrón, techos altos, muy bonito todo, tanto que le digo que me siento en Curicó, no estoy seguro si lo estoy interrumpiendo así que sigo, me despido, salgo, caigo en la fuente Múnich, un schop y un churrasco italiano que en el fondo es una hallulla y está todo muy rico pero igual podría haber cierta normativa al respecto, pero hay cosas más urgentes, obviamente, mientras espero comienzo con Boyle y no me defrauda. La lluvia arremete dentro de su levedad, empiezan a retirar algunas sillas y mi shop, sumado al ayuno, empieza a hacer lo suyo.

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Llego a casa y P llega a la colita y justamente me pregunta si me queda alguna colita pero me queda más que una colita. Fumamos mientras nos movemos, mientras largamente llegamos y nos sacamos de encima objetos, bufandas, bolsas. Aprovecho el envión y me aplico con el aseo del baño como si cada rincón importara mientras P cocina unos fideos con carne de verdad picada y todo esto parece de verdad un hogar.

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Un asco de living pero la inesperada extensión del regaloneo de la mañana y un compilado de mambos que alguien puso en tuiter me dan la fuerza para, muy pero muy lentamente, restablecer el suelo, los sillones, la cocina, todo. Cuando se va, un beso de pie, como corresponde, es decir, como si tuviéramos 20 años.

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Desayuno a la una y almuerzo a las seis. Sea cual sea la hora a la que me acueste me demoro dos o tres horas en caer. A ojos cerrados y dando vueltas como un pescado, pienso en el futuro, en el próximo trabajo, en los próximos compañeros que seguro no van a estar a la altura de los que dejé. Todo va siendo llenado con X-files, Los Soprano, el play, el sillón y las vicisitudes propias de la casa. No escribo nada. No leo nada. Una visita por día. Nada de dinero. Unos porotos remojándose hace tres días. La pereza de salir en busca de zapallo. Supongo que estoy en una especie de transición.

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“Pero aún me parece tan absurdo, tan irreal que yo tenga que trabajar para vivir”. (Pizarnik, Diarios).

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abril

Oslo, 31. August - Joachim Trier (2011)

“La debilidad humana me interesa como contrapartida a la expansión exterior de la persona, al comportamiento agresivo frente a otras personas y frente al mundo, al deseo de someter a otros a las propias intenciones, con el fin de autoafirmarse”. (Andrei Tarkovsky, Esculpir en el tiempo).

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Día libre, despierto de la siesta y veo un audio de M: a los de la central de distribución (alías Bodega) se les desfondaron unas cajas con devoluciones que había hecho y han mandado mails y se han quejado y han hecho de la eventualidad una tragedia que busca culpables, razones, sanciones. Me gustaría alguna vez verme cara a cara con alguno de estos mierdas, preferentemente en el estado en que me encuentro ahora, recién salido de la siesta, con mi polera apolillada y explicarles muy tranquilamente, muy a lo Big Lebowski, que la responsabilidad es mía, que yo embalé esas devoluciones (al igual que decenas de otras que sí llegaron a destino) y que cuentan con todo mi apoyo para la creación de una Central de Certificación de Cajas (en adelante, C.C.C.) que estudie científicamente los dispositivos cartonísticos para así rebajar la taza de destrucción y merma del producto durante su traslado. Porque ese es el lenguaje que les gusta, porque así, mientras siguen siendo la cadena de librerías más charcha de Chile, te presionan y te mantienen en una situación constante de hostilidad mental; porque les gusta la dinámica del informe, la hueaita colegial, la prosternación alumnil ante el inspector. Por fuera mantienen su retórica de difusión cultural y genuino interés por la palabra escrita, pero por dentro no hay más que una estructura muerta, viciada, sin una puta gota de sangre, llena de hueones que no sabrían valorar un poema ni aunque les cayera como un piedrazo en la cabeza. Pero nisiquiera es ese el problema: seguro hay muchas empresas exitosas comandadas por incultos poéticos y de todo tipo; el problema es cuando quieres hacer creer que te importa, que realmente crees en los libros, que realmente sientes que en algún periodo de tu vida los libros te salvaron de un peligro indeterminado pero real y te interesa que más gente pueda sentir eso; el problema es cuando te inventas toda una maquinaria para fabricar esa aura que cualquiera que haya estado un par de años dentro sabe que es una mentira, una construcción, pero no una construcción histórica, como la que ejercen con lentitud los pueblos sobre sí mismos, sino una construcción que vive sin poder alcanzarse a sí misma en su concepto, una construcción que, como todos los sueños de la modernidad, choca una y otra vez contra sus propios lemas y, lo más ridículo de todo, una construcción que nisiquiera funciona bien dentro de la misma lógica del capitalismo humanizado. Entonces aprendes a dominar el triste arte de simplemente mantenerte en pie y dar la pelea apelando a la masividad, juntas a algunos pésimos publicistas -¿existirá acaso otra clase de publicistas?- y algunos otros expertos en el maravilloso y mágico mundo del retail y durante largos años, a través de un dominio del mercado que –oh, casualidad- se afianzó en dictadura, haces crecer esta maquinaria y, efectivamente, las cosas empiezan a resultar: engordan los bolsillos, tus vacaciones mejoran, las editoriales empiezan a amontonarse como palomitas alrededor de la banca del jubilado, miras alrededor y, era que no, muchos cargan las bolsas con tu logo y, sin importar qué haya dentro de esas bolsas, te sobas el estómago y llamas a eso difusión cultural. Como sea, insinúan la posibilidad de que debamos correr nosotros con los costos de los libros estropeados por dicho colapso y, estando las cosas como están, no me importaría copiar y pegar esto mismo a modo de respuesta. Digo, si es que aún necesitan una, estos tristísimos señoritos.

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Par de días libres. Me pongo al día con el corazón de la casa. Voy a la feria. Le doy unos colores al refri. Compro un poemario de un griego desconocido en la Proa y me arrepiento. Compro un cómic titulado Sack el tristón y también me arrepiento. Al llegar de la feria se me rompe la rueda del carrito y me alegro, pues lo normal en el guión de mi vida sería que se me hubiera roto allá, totalmente cargado y lejos de casa. Respaldo las películas en los discos externos hasta casi dejar vacío el compu. Duermo y duermo y duermo y todas las siestas tienen la misma estructura: busco a la gatachica, me la echo al hombro, me tumbo y la dejo en la cama, me estiro y se sube a mi espalda, me amasa la cabeza y me duermo. Hago el aseo de la cocina. Fumo. Riego. Circulo reubicando cosas, doblando y guardando frazadas. Habito los rincones. Hago jugos naturales. Invento tés. Me dicen que vea Legion y la veo. Me dicen vamos a comer unos pastelitos y voy. Traspaso al diario algunas citas. Solo puedo sentarme frente al computador cuando la casa está ordenada. Un vientecito amable juguetea con la cortina que a su vez juguetea con la gatachica que a su vez juguetea con mi impulso por hacerle fotos. Con tuiter y facebook cerrados se abre otro tipo de tiempo, es decir, otro tipo de retroalimentación. Escribo más. Escribo esto. Despierto a la hora de la callampa, me visto y almuerzo con R y G en unos chinos. Ante los amigos, dice Canetti, “ejercitamos nuestras fanfarronadas, nuestras prepotencias, nuestras vanidades; ante ellos nos presentamos peores y mejores de lo que realmente somos”. Dejamos a R en su trabajo que queda al lado de un castillo, sabiendo de antemano que habrá que inventar un par de bromas respecto a aquello. G me acompaña a buscar una ferretería. Somos dos hombres comiendo helados mientras caminan por la alameda y lo sabemos. Le digo que necesito ir a dormir siesta a mi casa y él se va a la suya y eso es la amistad y así van estos días.

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“Me convertí en una figura de libro, en una vida leída. Lo que siento está (sin que yo me lo proponga) sentido para que se escriba que se sintió. Lo que pienso enseguida está puesto en palabras, mezclado con imágenes que lo deshacen, abierto en ritmos que son cualquier otra cosa. De tanto recomponerme me destruí”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Me leo y me asqueo. Esta manía de contarlo todo. De alegrarme porque consigo hacerle caso a la mejor parte de mí durante dos o tres días y luego ya me pierdo. Reescribo y borro por aquí y por allá. La torpe conciencia de querer ser querido. El avance moral a tropezones. El confuso límite entre contar las propias miserias y adornarlas. La verdad última de estos días es que no lo estoy consiguiendo. Hago las cosas que se supone que me gustan pero las alterno mal. El playstation es mi pasta base. Sigue rebotándome en la cabeza, sobre todo mientras estoy en el trabajo, la palabra retroalimentación. Siento que necesito crear y colaborar y alejarme de todos estos libros que están tan muertos como los señoritos de terno que llenan el local a la hora pick. Necesito sacarme de cuajo de la mera reproducción de la vida. Necesito un ajuste que no sé desde dónde viene pero que seguro no es desde aquí.

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“Hace mucho tiempo que no sólo no escribo, sino que nisiquiera existo. Creo que apenas sueño. Las calles no son sino calles para mí. Hago el trabajo de la oficina sólo con conciencia de que lo hago, pero no diría sin distraerme; por detrás de esa conciencia estoy, no meditando sino durmiendo, otro siempre”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Hace algunos días con M, al final o al comienzo de un típico día de mierda, nos escupimos la mano y prometimos que para esta navidad ya no estaríamos en la librería. Me sentí bien. Como teniendo las riendas de algo. Como si efectivamente uno pudiese tomar decisiones que, miradas de cerca, no son decisiones sino manotazos que apartan la maleza y abren el paso -hacia dónde.

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Sábado por la noche. Por culpa de Ismael Velázquez Juárez y su Lugares y no lugares para caer muerto en Richard Brautigan (o por culpa de J, que me mandó el pdf) termino divagando en https://poesiamexa.wordpress.com. Miro las fotos de los autores y descargo sus poemarios si algo en ellos me hace creer que podríamos ser amigos. Robo unos cuantos epígrafes para echarlos aquí. Intento tres veces un poema que en realidad son solo las ganas de ser alguien que escribe un poema un sábado por la noche. Tengo un té maravilloso que no sé de qué es, una gatachica que prefiere dormir incómoda en mis piernas antes que en la alfombra y la sensación de que todo va a estar bien ahora que empieza a ser temporada de buzo por las noches. La lavadora se fue a la mierda y no me enfurecí como otras veces. Todo sigue donde mismo, pero me envuelve una fina capa de absoluta indiferencia. Si supiera de qué está hecha seguro me esforzaría por mantenerla y reforzarla y todo se arruinaría. Me hago un pito con todas las colas sobrantes y el hachis del moledor. Le daré una paliza al Atlético de Madrid y luego veré alguna película ruda.

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Quizá deba conformarme con a veces necesitar cosas simples y dármelas de manera simple y seguir el secreto hilo de las experiencias como quien mira pasar un tren

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Días sin notificaciones de ningún tipo. Días en los que en el guasap solo habla la familia y, por la mañana, el menú del día. La cómoda sensación de ir hundiéndose y desapareciendo, incluso para sí mismo. Me pregunto si, de seguir así, podría desaparecer del todo, es decir, de todos.

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Puntapié inicial para un cuento que seguramente nunca escribiré: profe de cárcel ex preso político decide amotinarse junto con los presos.

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“El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme bien cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”. (Pizarnik, Diarios).

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Demasiada ansiedad como para ver alguna película. Hace algunas noches puse la última de Ozon y no duré ni cinco minutos. Y lo mismo con las lecturas: pausadas las novelas monumentales, salto de un poemario a otro buscando el charchazo que necesito. Picoteo dos o tres libros cada noche. De mis sueños no sé nada. Simplemente me apago y me prendo. En realidad ya no aguanto las noches. Algo que no sé qué es empieza siempre tipo diez: la sensación de que algo debería suceder, una manera de sentirse como mirando por el balcón pero sin estar en el balcón, la sensación de estar todo el rato como a punto de cruzar una calle pero no cruzar nunca. De noche, es como si hubiera que hacer justicia y no alcanzo, no puedo: acostarse y cerrar los ojos es un punto seguido que da la sensación de estar mal puesto, pero lo uso una y otra vez porque esta narrativa a la que estoy sometido lo exige. Días y días, párrafos y párrafos, seguir y seguir. Me haría bien un sueño lúcido, pero no me lo doy. Me harían bien un montón de cosas y supongo que escribo para saber cuáles son prioritarias. Hablo cada vez menos con los pocos que mantenía contacto. Eso es algo nuevo. Llego con la batería al sesenta por ciento a casa y, si extiendo mentalmente el presente, adivino cierta curva de lejanía que me apenaría menos si me sentiría conectado de verdad con alguien. Me adentro en una lejanía seria y administrable ante la que nadie se espanta. Y quizá busco el espanto, el hastío. Alejarme de todo lo que sea inmediatamente transparente y expuesto; alejarme de todo lo que está tan a la mano que no dan ganas de apretarlo o abrazarlo.

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“Nuestra vida de adultos se reduce a dar limosnas a los otros. Vivimos todos de la limosna ajena. Desperdiciamos nuestra personalidad en orgias de coexistencia”. (Pessoa, Libro del desasosiego).

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Si le gusto a alguien siempre hay un desajuste que no tiene que ver con la falsa modestia. Ya sea porque no me gusto del todo, porque ando conmigo siempre o porque no solo estoy conciente sino que afirmo con alevosía el desorden sentimental en el que actualmente vivo, ocurre que la sorpresa –la declaración-inevitablemente construye algo o más bien abre un forado y quedo nuevamente frente al punto de partida que, en el fondo, es siempre un único y mismo lugar.

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Ordeno los closets y boto un montón de basura porque así también hago espacio en mí mismo. Me hago creer que moviendo los sillones y pasando la aspiradora y dejando todo reluciente me darán más ganas de tumbarme a leer en el sillón, pero la tarde se me va jugando PS3 y durmiendo siesta. Hay una fuerza extraña que acelera el paso del tiempo en los días libres y, a medida que llega la noche, me enojo y, por encima de ese enojo, me enojo de nuevo por ser tan tonto y enojarme siempre de lo mismo.

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Cumplo 34. Simone Weil y Mainländer murieron a esa edad. La primera por exceso de vida y el segundo por falta de ésta. Yo, ni santo ni nihilista, viviré hasta los noventa. Sobre ahora: a diferencia de cuando cumplí 30 y cerré todas las redes sociales y me hundí en Curicó, ya no me siento tan miserable. Aprendí que cualquiera vive o sobrevive y se rodea de un cúmulo de representaciones que son reforzadas y sostenidas dentro de unas reglas generales con las que todos parecieran muy cómodos. Y, habiendo ya tenido un poco de eso, sé bien que lo que a mí me interesa es otra cosa. Que aún me queda lejos. Y no puedo sino prometerme a mí mismo que nunca será tarde.

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Listo con Joachim Trier. Por ahora, solo tres películas (que todos deberían ver). Me gusta esa austeridad que lo pone, por la similitud de los temas, como el reverso casi perfecto de Woody Allen. Me gusta que no haya adorno alguno en el sufrimiento del personaje que en sus dos primeras películas es el mismo escritor deprimido ante el que uno en ningún momento puede darse el lujo de decir pero mira qué bonito sería deprimirse y ser un escritor noruego. Me gusta cómo no llega ninguna mujer a salvar al personaje y cómo el suicidio y el tedio se vuelven un paisaje que no te suelta nisiquiera en las escenas en que el hueón va a una fiesta y se besa con alguna niña. Y el freno que le pone a todas las discusiones intelectuales es hermoso porque te recuerda cómo es que habla uno cuando, eventualmente, tiene discusiones medianamente interesantes. Todas los diálogos que Woody Allen habría estirado hasta el hastío son, en Trier, enviones que chocan contra el tedio de lo cotidiano.

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Salgo del trabajo hacia la oscuridad helada de un pasaje adornado con toda la basura del día y camiones de todo tipo a punto de dejar o recoger mercadería y un puñado de estudiantes de música alargando la jornada y veo por ahí a S que me dice que está esperando a un amigo que no llegó. Iban a fumar y le digo bueno aquí estoy yo. No me gusta mucho fumar en la calle, pero me gusta este pasillo feo, lleno de camiones con mercadería, empleados y cosas estúpidas. Se siente bien apoyarse en la muralla a fumarse un pito y ver crecer el humo y confundirse con la niebla y sentirse así como al final del primer capítulo de Better call Saul o de cualquiera de estas películas que empiezan con un empleado fumando en un pasaje sin salida.

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marzo

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“Tener un hogar es volverse vulnerable. No solo a los ataques de los demás, sino a las masacres que nos hacemos nosotros mismos y que nos hacen sentir alienados”. (James Wood, Lo más parecido a la vida).

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Martes 29. Llego a Lipimávida en la camioneta del hijo del chofer del bus que no tenía permiso para seguir más allá de Duao, o algo así. Dos pasajeros más del bus me acompañan en el transbordo. Se conocen entre todos, pero no se jactan. Sus nombres propios aparecen al final, luego de los nombres de ciertas aves que desconozco. Algo invita a dejarse ser en la manera que ellos son. Hablamos del crecimiento de la zona y del fin de la temporada de veraneo. Quiero decir, ellos hablan y yo apruebo con la cabeza. Eventualmente, llegamos, llego, me bajo, los perros vienen corriendo, han crecido y solo distingo al que ahora es como Lassie; luego: las llaves, la pieza, mear y lanzar la mochila sobre la cama. Esparzo mis cachureos, me baño y parto hacia el comedor. Había olvidado que tocan una campana avisando que la cena está lista. Había olvidado, también, que ser servido me da un pudor que se traduce en unos agradecimientos muy desproporcionados que, seguramente, me hacen pasar por alguien tímido (que lo soy, supongo, pero ellos lo creen por los motivos errados). Mi mesa está junto al ventanal que da al mar y, de no ser por una numerosa familia situada en medio de todo, sería la única persona aquí. Al entrar intento un contacto visual, una entrada amena, algo que de una leve dirección para los próximos días, para las próximas veces en que nos topemos, pero nada, básicamente son cuicos y, como me enteraré luego, el padre de familia es un capitán de carabineros. Afuera, la negrura y el mar presente como un televisor mal sintonizado; aquí, elevado unos cuantos metros sobre el nivel del mar, un comedor que es como un faro con calor, comida y silencio. No hay ninguna música ambiental y solo unos leves murmullos llegan desde la cocina. Inevitablemente termino escuchando a esta familia: él y el otro hombre de la mesa, como siempre, cuentan una historia, su historia que, de algún modo es, también, la historia familiar. Todo lo que escucho allí me aleja de la especie humana: patria, honor, perseverancia, familia, rigor, crianza, valores. Las mujeres intervienen como el inevitable coro de una pésima canción: anécdotas, notas sobre la correcta alimentación de los niños y diversos apoyos temáticos para la historia, la de él. Ha empezado desde abajo y ahora es capitán de carabineros y todos están muy orgullosos de todos y a veces la felicidad es saber que no soy ellos.

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Al igual que todas las primeras noches de los últimos dos años que he venido a esta residencial, salgo a fumar luego de la cena. Salgo a fumar a la carretera, en parte para que no le den color aquí, en parte porque me gusta ese cosquilleo que da el miedo, ese inevitable ir mirando los matorrales, solo intermitentemente iluminados, imaginando formas, animales, cuerpos tumbados y confundidos en la sombra quién sabe por qué insondables motivos. De ida y vuelta voy sacando fotos con una linterna de ciclista profesional que me prestó C y siento que es como hacer trampa (eso es lo que pienso mientras camino, la verdad última es que de diez fotos ocho fueron una mierda). No pasa nadie, no pasan autos, nisiquiera ladran los perros; me detengo, entonces, sin ninguna vergüenza, a sacar fotos, a buscar ángulos; me agacho, me acerco, juego. Cada vez que saco una foto se me quita un poco el miedo. Un miedo que, en cualquier caso, busco, así que no tiene mayor poder sobre mí. O al menos así me convenzo y, ya que estoy solo en la pieza en medio de la nada escribiendo esto, debería dejar ese pensamiento hasta ahí. El caso es que ya no voy por las orillas, sino por el medio de la carretera. Ese es todo el poder que tiene sobre mí el miedo, el mismo que a los siete o diez años me decía que me alejara de los bordes de la cama, el mismo que aún hoy, después de ciertas películas de terror, me hacen apurar el paso cuando vuelvo del baño. De vuelta entro por la parte trasera de la residencial: no quiero toparme con ese capitán de carabineros y su familia. Podría ocurrírseles invitarme a sentarme con ellos y quizá no sabría decir que no. Es extraño entrar a esta pieza y constatar mi rápida colonización del lugar: los libros, las zapatillas, un sector de snacks, incluso un pequeño escritorio con el notebook, los parlantes y una pequeña linternita. Y así es como llego al momento presente: encima de la cama hecha, tecleando esto, suena Madness, tengo café aún tibio que traje de Curicó en un termo prestado (gracias C), me comí un pastelito, y espero que se vaya a acostar el capitán de carabineros ese para fumar de nuevo y ver el último capítulo de The walking dead en una cama cuyas sabanas y frazadas y cubrecamas son, por sí mismas, todo el sur que necesito.

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Pero en el fondo, así bien en el fondo, ¿no será que solo vengo a leer, escribir, sacar fotos y meterme un par de veces al mar?

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“¿Qué podría hacer para mí mismo? Me refugiaría en un granero, en compañía de arañas y ratones, decidido a encontrarme, pronto o tarde, muy de frente a mí. Pienso guardar silencio y atención completa en esta hora, en la hora siguiente y en el tiempo que vendrá. La vida más vivida de que la historia da cuenta, consistió siempre en retirarse de la vida, en lavarse las manos, comprender la mediocridad y rehusarse al acomodo”. (Henry David Thoreau, Diarios).

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Miércoles 1. A las 9 desayuno a la cama. Vergüenza y genuflexión ante la señora que, a todo esto, es la misma señora de cuando veníamos la gran familia y éramos como cincuenta y por las noches los primos íbamos al bosque y el hijo del dueño nos hablaba de los brujos de la zona. Trago todo y duermo un par de horas más. Salgo, sin bañarme, a leer, pero termino entretenido con los perros y, ahora que hay wifi, con el cel. Termino Me acuerdo de Brainard y empiezo Sueño de trenes. Aquí todo el rato es primavera y otoño, alternadamente. Las nubes avanzan en bloques enormes, haciendo del sol una cosa amable, algo que, pese a su fuerza, pide permiso.

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Aún me cuesta dejar de pensar en la librería. Justo en este momento algún idiota debe estar dejando un libro al revés o, peor aún, traspasando libros de una sección hacia otra, porque sí, no porque no recuerden de dónde lo sacaron -sé exactamente cuándo les sucede eso y cuando no, vivo allí, lo sé-, sino porque es más fácil y ya vendrá otro a arreglarlo. Saber que estoy solo hasta el sábado me da cierta presión. ¿Y si me quedara hasta el domingo? Entro el martes. Y así divago. Y lo dejo, porque se trata justamente de dejar todos estos pensamientos de lado.

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Después de almuerzo, a la playa. Encuentro un perro nuevo. También una gaviota muerta y un niño que aparece de la nada y me pregunta qué mierda es eso (efectivamente, se ha parado junto a mí y me ha dicho: “¿Qué mierda es eso?”). Saco una foto en la que salen los tres y le digo algo que seguramente está errado: es una gaviota y ha muerto porque es vieja. El niño se va y el perro me sigue. Intento unas fotos a diversos pájaros pero salen malas. Troto un rato por la arena dura, esquivando las olas, el perro me acompaña e intento pasarlo y lo logro pero inmediatamente me saca metros de ventaja y todo es como esas escenas románticas en que ambos están vestidos de blanco. Cansado, me tumbo en la arena. Decido que debo meterme al mar, así que vengo a buscar mi toalla y vuelvo. Dejo las zapatillas, la camisa y el cel en la arena. No hay ningún alma a la vista. Tanteo y entro de a poco y a los cinco minutos ya estoy vuelto mono, chocando olas como quien derriba puertas, tirándome de espalda, siendo arrastrado hasta la orilla y volviendo una y otra vez al ataque. Pero tampoco soy tan confiado y dejo que el mar me avise del único modo en que podría hacerlo: cada vez que, pese a mis esfuerzos por avanzar hacia el área en que rompen las olas, comienzo a ser arrastrado a la orilla, me dejo llevar –porque así la mar lo quiere- y camino hasta el punto en que mi toalla es visible, echo un vistazo general y vuelvo corriendo, dando zancadas, para lanzarme como un proyectil contra el bloque espumoso. No sé si me aburro o me canso o me da frío, el caso es que considero que ya es suficiente y vuelvo. Me pego una remojada falsa y me meto a la piscina. La cruzo un par de veces. No tiene ningún sentido. Después del mar y su vitalidad, es como una broma. Me ducho y pienso “me estoy arreglando para cenar solo, salir a fumarme un pito a la playa de noche y volver a ver una película acostado”.

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Jueves 2. Luego del desayuno y de volver a dormirme y volver a despertar, salgo de excursión: la misma ruta de siempre, caminando por la orilla de la playa hasta chocar con los cerros, encaramarse por las rocas, encontrar el caminito y seguir. Esta vez, a diferencia de años anteriores, me encuentro a las cabras ahí mismo, en la arena, a los pies del cerro, masticando unas especies de algas. Les saco algunas fotos y cuando empiezo a subir, suben conmigo. Parapetado tras unas rocas, busco una toma en la que se vean las cabras, el cerro y, de fondo, la extensión de la playa. ¿Tendría una experiencia más pura si no existieran todas estas mediaciones? J, vía tuiter, me insta a ello.

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Viernes 3. Anoche entró un bicho, una bola negriazul, dura y ruidosa, tonta y loca como polilla pero con un aspecto que no daban ganas de acercarse. Entró como a las tres de la mañana y me pude dormir pasado las cuatro. Y cuando digo que entró más bien quiero decir que sacó las alas a esa hora, porque quizá ya estaba dentro y, si mal no recuerdo, en la tarde ya lo o la había expulsado, cuestión que, en conjunto, me llevó a una especie de insomnio-miedo en el que me puse a imaginar que el bicho en cuestión podría ser como el Tue Tue o algo así. Cada vez que me levantaba se escondía hasta que, sigilosamente, logre empujarla y meterla en el cajón del velador (que aún no abro).

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Sábado 4. Llega carta de L y la echo al reader. Por la mañana veo unos documentales y por la tarde, luego de almorzar, me llevo un espumante a la piscina. Unas vueltas a la cancha pateando una pelota y jugando con los perros para entrar en calor, luego unos chapuzones y la copa burbujeante en la orilla de la piscina. Estar ebrio bajo el agua es otra cosa. Los eucaliptus bailan y quieren decirme algo. Frank ocean sale por los parlantitos que traje. Me paso al yacusi y leo la carta de L y sigo bebiendo. Siento que no merezco todo esto, pero aquí estoy.

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“Me termino Assassin’s Creed. Me decepcionó un poco el final. Maté al tipo que destruyó mi tribu y causó la muerte de mi mamá. Después de una larga persecución en donde los dos salimos heridos, encuentro a mi enemigo sentado en un bar, tomándose su última cerveza mientras se desangra. Me emociona un poco la imagen: tomándose una última cerveza a la espera de la muerte. Espero el gran discurso de odio por parte de mi personaje, pero simplemente lo mira y le clava un cuchillo en el corazón. Me hizo falta más rabia, por último un “por mi madre” o el cliché “púdrete en el infierno”. Pero está bien, creo. Quizá el silencio es lo peor que puedes darle a alguien que se está muriendo. Te cuento que hoy me propuse ver películas y así fue. Vi cuatro: Blue Valentine, Incendies, Une femme est une femme, y Candy. O sea, Candy la veré ahora. Son las cinco de la mañana, estoy en mi cama con un vaso de cocacola y una fuente con doritos. ¿Qué piensas de mí?”. (L).

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“Todo ya está escrito y lo que llamas escribir es ir quitando palabras”. (Agustín Fernández Mallo)

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7 de Marzo. Algo anda mal. No estoy puesto en los días. Aquí está el cuerpo, sí, pero yo estoy esparcido, escindido, difuminado. Un desfase que es la acumulación de una serie de desfases. Debería volver a meditar pero, como siempre que lo escribo, suelo no hacerlo, porque así soy: me conformo con darme lecciones por escrito. Una sensación parecida a la de los veinte, como de ir caminando en la bruma o más específicamente como de haber aprendido a aparentar cierta seguridad y hasta cierto gusto con esta manera de avanzar dando manotazos en el aire, viendo con suerte a dos metros de distancia, conformándose con un escenario en el que el 80% pareciera ir también gustoso avanzando así (o al menos aparentándolo). Que mañana vuelva a trabajar es un detalle. Entraré en la dinámica del ocio merecido. Bromearemos sobre cómo somos explotados. Anhelaré, como corresponde, la cerveza de la noche. Me aferraré al pequeño perímetro, seguiré amoblándolo con mis mierdecillas, me arrastraré serio entre la bruma y diré que eso que abarcan mis manos es la vida. Por qué en el fondo, ¿no es eso lo que se espera de uno?

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“Cuando la pereza te hace infeliz, tiene el mismo valor que el trabajo”. (Jules Renard, Diarios).

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Día conchetumare, día reculiao y, pese a todo, al final, por la noche, venzo. La cosa empezó así: como al mediodía, un hueón claramente jalado entra como un torbellino, directo hacia mí, con su hija casi colgando del brazo. Recuerdo haberlo atendido ayer, pero me hago un poco el loco y sigo buscando el libro de Soledad Fariña por el que me preguntaron por teléfono. Entonces llega. Me interpela. Me dice que le vendí libros que él no quería. Las venas en su cuello están a punto de estallar. Tira los libros sobre el mesón. Su hija mira hacia arriba el triste espectáculo. La miro –e incluso la apunto, así como intentando que se dé cuenta que quizá podría mejorar su actitud ante ella- pero nada: casi que se encoge de hombros en un gesto de “así es el papá”. La nube de caos que arrastra este sujeto es notoria y aparece M para ayudarme. Termino con lo del teléfono y vuelvo. Ocurre que, efectivamente, erré con un título: me pidió Matilda y le di Matilde. Pero no alcanzo a asumir el error ni a darle posibles soluciones. No alcanzo a nada. El hueón es una basura, un derroche de adjetivos y rictus. Aletea, babea, me increpa, sonríe, simula estar controlado pero no le sale, la gente se da vuelta a mirarlo y, de pasada, a compadecerme; rápidamente llega a decirme garabatos y a hueviarme por mis lentes (debería cambiarlos, ya que le di mal su cagá de libro, dice), M me insta a que mejor salga por un buen rato hasta que este tontoculiao se vaya, y así lo hago, no sin antes soltarle un amoroso “tenemos harta energía pareceee”. Salgo y me compro un helado en el Yogen Fruz y me voy a mi escondite del segundo piso del mol. En el camino un amigo de N que estaba ahí presenciando el show me dice que no debería dejar que me traten así y casi se me caen unas lágrimas, ¿por qué? Me siento y lloro un poco. Nisiquiera sé bien por qué. ¿Dónde leí que uno empieza llorando por una cosa y termina llorando por todo? Como sea, pena, rabia, un poco por mí, por sentir que estoy allí expuesto a lo que sea o más bien quién sea, pero también pena por esa niña, pensar que debe vivir con esa alimaña culiá, respetarlo, amarlo; pensar que esa plasta le va a enseñar las hueás básicas de la vida; imaginar que ese culiao igual es Chile y la escena se repite infinitamente en todos los otros lugares de mierda que también son Chile. Obviamente, como el héroe del desfase que soy, empiezo a pensar posibles respuestas, bromas hirientes e inteligentes que podría haberle dicho.
Me quedo casi una hora afuera. Un guardia viene a verme, se para a unos metros, dice algo por su aparato y se va. Exagero la nota, sí, pero en el fondo sé que lo merezco. Cada trabajador insultado debería tener toda la tarde libre. Todos y cada uno de los que trabajamos aquí llevamos una acumulación de situaciones arbitrarias y tensas que se resuelven, una y otra vez, en contra de nosotros que, por supuesto, y como nos lo recuerdan cada día, somos los que decidimos que los textos escolares no tienen devolución o que lo que sobra al hacer un cambio de libro no es reembolsable. Entonces vuelvo, atravieso esta estúpida puerta cuyo sonido odio. No alcanza a pasar ni media hora y ocurren dos eventos que se agregan, cual mierda a la mierda, al acontecimiento del jalado: 1) una señora horrible que me increpa porque no la atendí en el momento exacto en que ella lo requería (y yo estaba con otra señora) y 2) otra horripilante vieja más (de esas con accesorios que suenan y ridículos vestidos de gala) reclamando porque los libros están ahí a la intemperie, ABIERTOS Y USADOS. “Deberían darse el tiempo de sellarlos todos”, “Deberían hacer bien su trabajo”, and so on, and so on. ¿Sabrá esta señora cuánto ganamos? ¿Sabrá que somos dos personas menos de lo habitual? ¿Sabrá que solo dos de los que estamos hoy aquí conocemos al dedillo la librería y las otras dos saben casi lo mismo que un cliente y es en medio de eso que debemos lidiar con toda esta mierda? ¿Sabrá –y esto sí que es importante- que existen otras señoras que vienen en otros momentos del día y que, usando el mismo tono venenoso de quien cree estar cuidando sus derechos, nos dice que CÓMO ES POSIBLE QUE LOS LIBROS ESTÉN CERRADOS? Les importa un pico. Esa es la única verdad. Sencillamente les importa un pico pensar de verdad una situación concreta, desmenuzarla, rastrear el largo hilo del conflicto, sumar fuerzas y actuar a la altura de la situación. Lo veo en las calles cuando los automovilistas tocan todos juntos la bocina como los individuitos que son. Lo veo en la fila del banco cuando el tontito de siempre se pone a reclamar si hay una cajera nueva que es lenta. Una agresividad desordenada, despolitizada e individual. Una especie de Fernando Villegas que todo shileno lleva metido en la cabeza y que basicamente los insta a ver individuos flojos detrás de cada problema estructural o, si se quiere, político. Salgo de nuevo, disparado, lejos, de un solo portazo, me apoyo en el frontis y miro pasar los autos. Miro pero no miro. No me doy cuenta pero estoy meneando la cabeza, negando no sé qué. Odio cada centímetro de todo esto. Yo sé que no todo tienen la culpa, pero eso es lo que construido este lugar en mí. Soy la piedra y el cincel de la rutina hizo una figura que es cualquier cosa. Pero algo ha cambiado. Eso es bueno. Algo tocó fondo hoy y lo sé: prefiero el riesgo de la cesantía a seguir levantándome para venir a este lugar de mierda. Me harté de las sorpresitas de cada día. Me harté de cada rincón de esta puta librería. Ya no me importa nada y estoy dispuesto a irme a los combos con el próximo hueón que me toque la oreja. Me iré. Antes o justo cuando empiece la Copa Confederaciones, me iré y dejaré de andar dando pena y no tengo la menor idea de qué es lo que viene y no me importa.

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“Me quejo, y acabo de ver a un niño con una pierna de madera y que golpeaba el suelo con rabia por no poder seguir a los otros chicos”. (Jules Renard, Diarios).

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Por la noche, contra todo este día de mierda, salgo a correr. Bajo el ritmo frenético de los primeros discos de Bad religión y los Dead Kennedys, corro. Como enfermo, como si estuviera en la guerra, como si animales extraños me persiguieran. Me lavo, boto, purgo. Caigo rendido al final del Bustamante. Me digo que todo va a estar bien y que tomar decisiones negativas también cuenta como tomar decisiones. Cierro facebook y tuiter. Me prometo que voy a escribir y leer más. Hago como que algo nuevo empieza. Y entonces algo nuevo empieza.

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“Trabajas todos los días. Te tomas la vida en serio. Crees fervorosamente en tu arte. Pero no serás nada. (…) Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada”. (Jules Renard, Diarios).

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enero-febrero

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“Quiero tener un año excepcional, y empiezo levantándome tarde, almorzando demasiado y durmiéndome en el sillón hasta las tres”. (Diario 1887-1910, Jules Renard).

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Empecé a usar las notas de voz del celular en serio. Cuatro o cinco pequeños monólogos al día. Me siento como el agente Cooper. Un agente Cooper de la inutilidad. Al final de cada semana desecho la mitad y la otra la dejo en una carpeta en el escritorio. Imaginaba que cada una de ellas iba a dar pie a sendas reflexiones y extensos párrafos, pero no: la mayoría ha sido transcrita tal y como suena y no habido nada que agregar.

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Pequeñas alegrías que dan los compañeros de librería: ayer N empezó a imitarnos, uno por uno, simulando qué cara y qué movimientos corporales haríamos si nos violaran en la cárcel. Todas las imitaciones le salen más bien parecidas, lo que hace que cada pequeña variación hecha para captar la esencia de cada una de nuestras personalidades sea tan arbitraria como chistosa. Por la tarde, M recuerda que cuando niño leía sobre telequinesis y creía que si lo intentaba podría conseguirlo. Le cuento que antes de The matrix estaba esta película de Travolta, Phenomenon, en la que al tipo le cae un rayo y adquiere ciertos poderes que yo, quizá ya no tan niño, creía poder replicar solo con el poder de la concentración.

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La rúcula detuvo la rapidez de la tarde. Recorro cada tallo como un ciego, sacando las hojas buenas, apartando las negras. No juzgo mi impaciencia; la observo. Deshojo y me deshojo. Caigo del tiempo de la mente hacia el tiempo de las cosas.

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C al celular. Es de noche y contesto: le ha explotado un enchufe, se ha cortado la luz en su departamento y tiene miedo. Salvo indicarle que corte la luz y se duerma y espere a mañana, no se me ocurre bien qué decir, así que, ante su insistente temor, le prometo no solo que nada más va a explotar, sino que mañana hará frío, su pelo olerá mejor que nunca por la mañana y el supervisor no irá.

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Se pregunta Schnitzler: “¿De dónde surge, poeta, tu deseo de describirle las horas preciosas de tu soledad al mundo atento a tus palabras? ¿No será que en el fondo eres más sociable de lo que crees, y además un poco vanidoso?”.

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Cuando no sé qué recomendarle a un cliente simplemente murmuro y me alejo. Lentamente voy dando pasitos hacia atrás, haciendo como que reviso otros libros, haciendo como que lo que él necesita quizá esté en otra parte, dejando que pase el tiempo. Y funciona: encuentran algo por sí mismos o sencillamente se van.

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“El ronroneo de los gatos debería ser un lugar”. (M).

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Por las mañanas me rindo de antemano ante todas las luces amarillas parpadeantes y ante todos los conteos en reversa que impliquen un mínimo de apuro, de esfuerzo: llegar al trabajo jamás va a implicar correr.

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Entre cliente y cliente, aforismos de Canetti.

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La publicidad del Piretanil en la radio Bío Bío me lleva lejos y quisiera hundirme, recostarme y quedarme allí para siempre.

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“No puedo creer que haya dado mi primer beso viendo la película Lego”. (L).

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Cuando la gente empieza a contarme sus vidas o los motivos específicos de por qué está buscando tal o cual libro pongo cara de concentrado, asiento muchas veces con la cabeza, me toco la barba y me preocupo de que la vista no se me desvíe pero, así como se me desvían los pensamientos, se me desvía también la vista y, si pasan más de treinta segundos, me pierdo y lo notan, pero nunca me siento culpable, porque me digo que al menos lo intenté.

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“No hay nada que obligue a vivir, ni nada que desobligue. Todo o casi todo es mentira porque cae o puede caer. Lo único que es fiel es esta sed de algo por lo que vivir. Pero tampoco lo es absolutamente puesto que está entre otras sedes y hambres y se alterna con ellas y puede desaparecer por varios años y reaparecer”. (Diarios, Alejandra Pizarnik).

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A veces pasa por fuera la mujer con la que X tiene intimidad en los estacionamientos y suele pasar con un tipo que supongo es su novio y la miro y ella mi mira y sabe que yo sé y trato de que en mi mirada y en mi saludo no se note que yo sé que ella sabe que yo sé.

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“Me acuerdo de mi primera experiencia sexual en el metro. Había un tipo (me daba miedo mirarlo) que estaba empalmado y no dejaba de rozarse contra mi brazo. Me excité bastante y al llegar mi parada me bajé y me fui corriendo a casa, donde intenté hacer un óleo con mi pene a modo de pincel”. (Me acuerdo, Joe Brainard).

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Semanas llenas. Mes lleno. Pero, a diferencia de anteriores llenitudes, no me quejo. Al revés: las oleadas de pereza al mediodía o después de almuerzo se acaban, dejo de necesitar el café de la mañana, una extraña energía me mantiene en movimiento; es como si volver a ver a los amigos fuese una especie de comida para no sé cuál estómago. Me pasan las llaves y abro y cierro la librería algunos días. La presencia de M ayuda. Saber que se va a comer a cualquier cliente basura que ose esparcir su aura miserable aquí da una tranquilidad impagable. Los días largos se acortan. A ratos simplemente olvido que estoy en el trabajo y eso siempre es bueno. Llevo casi dos meses con el orden de mis secciones estancadas y pretendo que así siga. Es febrero y no pueden pretender que me tome en serio este trabajo. Las metas siguen siendo inalcanzables y nos quitaron todos los beneficios que teníamos; sin culpa alguna podré incluso disfrutar el derrumbe de este segundo hogar. Enajenaciones aparte, no entiendo en qué momento M puede leer tanto. Me recomienda un montón de epubs. Anoto y pierdo el papel. Todos hacemos gala de cuestiones leídas hace años. Quizá pienso mucho en cómo distribuye su tiempo la gente. Quizá nadie esté leyendo nada actualmente y todo sea una farsa, como quizá también sea una farsa el hecho de que mi escogidamente mediocre desempeño laboral no sea funcional a una manera específica de la explotación capitalista. Sea como sea, en la batalla cotidiana, siguen persistiendo los dos o tres sacohueas por día, pero no alcanzan a arruinar nada, porque además de M, también aparecen unas gentes hermosas, abuelas de ojos puros, jóvenes de movimientos lentos e inseguros, un hombre con un perro en brazos, y así, al menos por febrero, los espíritus tristes van perdiendo terreno. Así que, como decía, no sé cómo ni por qué, pero los días ya no se arruinan. Ya en casa, por las noches, me vuelvo un torbellino. Hago un poco de aseo cada noche para así evitar perder horas enteras del día libre. Nunca lavo toda la loza, siempre dejo un poco, y eso me libera (y a las cucarachas también, parece). Hacer ciertas cosas mal me da paz. Salgo a correr. Vuelvo del todo. Subiendo cinco minutos cada vez. Y, dentro de todo: visitas a mediados de semana. Por ejemplo J y su hermano, desde Talca, que se dejan caer después de Jaar, el día en que comienza un apocalipsis de humo en la ciudad que dejaron. Digo que no voy a tomar pero me mando dos Bear Beer de medio litro. Saco unas hojitas y hacemos uno gordo. Ayer llegué y puse boleros y finiquité todo el aseo. Los días en que no hay visitas, siempre una película. Curiosamente alcanzo a todo. Cinco o seis horas de sueño y ningún cansancio. Otro día, otra noche, y es M y una amiga que trabaja en Fantasilandia, unos silencios raros que me hacen fumar y fumar y beber y caigo de los primeros. Otra noche: salgo a correr y de vuelta paso donde F, pero F no está y quien está es C, frente a un notebook pequeñísimo viendo un partido del Colo en un recuadro que no se deja agrandar a pantalla completa, dudando en si quedarse o ir donde su madre. Fumamos. A eso pasé. Y a buscar unas cosas que se me habían quedado. El colo pierde y, volado y con tres chamitos en la mano, me devuelvo trotando a casa.

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“Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan”. (Jules Renard).

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Acabo de ver a una mujer que venía caminando en sentido contrario. Sostenía una marraqueta con las dos manos. Una mano en cada lado de la marraqueta. La marraqueta pegada a su pecho, paralela a su cuerpo. La sostenía como si fuera una guagua a la que, en vez de besos, daba mordidas. Parecía un hámster.

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“Igual me sucede con los afectos y los caracteres que encuentro a mi paso; no creo jamás en una aventura amorosa, en un favor providencial, y me digo siempre: es poca cosa, puesto que se me da; el beneficio está a la altura del beneficiado. Y así, burlándose de sí mismo, fácilmente se hace uno ingrato e hiriente hacia los demás”. (Diario íntimo, Amiel).

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Espero a que lleguen L y P y no puedo hacer nada salvo pasearme, tomar libros, hojearlos, lavar la loza, ordenar el escritorio. L, amiga de hace un montón de años con quien nos vemos cada vez menos. P, amiga de L que siempre me ha gustado desde esa cómoda lejanía que hace que, en el fondo, mi gustar no signifique nada (o al menos nada distinto a mi amor por Isabelle Huppert). A veces alguien siempre se mantiene lejos y, si el curso natural de una relación no produce mayor cercanía, es que así debe ser. Me gustan sus pecas, que hable bajito como Teillier, que haya huido al sur y que tenga una manía media rara de rascarse las axilas, el cuello y las tetas. No sé si sea suficiente, pero es algo, y quizá existan un par de algos, y uno igual deba hacer algo para descubrir si hay algo más que algo en esos algos. Como sea, quedamos de vernos el domingo, pero no resulta, se va a la playa y luego ya se va de Santiago y, como siempre, no da para lamentarse y me digo que así es como debía ser.

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“¡Qué manía, ser ingenioso con la gente cuando en el fondo quieres abrazarla!”. (Jules Renard).

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“Estamos aquí escondidos unos de otros / en los cuerpos como en casas más seguras”. (E. Barquero).

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Sábado. Segundo de dos días libres. Ayer fumé todo el día. Fumar, dormir, despertar, fumar, y así. Bojack Horseman y FIFA 2016. Podría decirse que estoy perdiendo el rumbo pero siento que esto ha sido más bien una decisión. Al menos ahora estoy escribiendo más. Huelo mal. Voy a salir a correr, sí. ¿Saldré realmente? El panorama de la noche: la vuelta de The walking dead

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No sé cómo pude estar tan sociable hace algunas semanas. Ahora mismo no podría ver a nadie porque todo lo que pueda contar son cosas que ya he dicho y que vengo diciendo siempre. La paz por las noches se hace esquiva y me recluyo en la posibilidad de que las películas o los libros me salven o al menos me anulen o me desplacen hacia los sectores oscuros y sordos de mí mismo. Las motivaciones de los otros no me dicen nada. Prender la tele es como salir a la calle. Mis planes son una buena intención que esculpo desde que nací. Una estatua infinita. Una manera de decirse a sí mismo que la vida podría llegar a ser algo distinto de una repetición.

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“17 de marzo. Estoy pasando un mal momento. Todos los libros me hastían. No hago nada. Me doy más cuenta que nunca que no sirvo para nada. Siento que no llegaré a nada, y estas líneas que escribo me parecen pueriles, ridículas, e incluso, y sobre todo, absolutamente inútiles. ¿Cómo salir de esto? Tengo un recurso: la hipocresía. Me quedo horas encerrado y se creen que trabajo”. (Jules Renard).

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Llegan las vacaciones y, como siempre, y sin que esto se traduzca en malestar alguno, no me siento como creía que iba a sentirme. Las visiones de mí mismo escribiendo desde las diez de la mañana hasta la hora de almuerzo, correr todos los días, dejar las películas-basura y empezar a completar filmografías de los directores que de verdad me importan, usar las tardes, salir, ver a Bruno, ir al cerro; quizá debería abandonar todo eso, empezar a afirmar lo que hay y, de una buena vez, dejar de repetir esta misma monserga cada año.
Llego de noche a Curicó, fumamos con mi hermano y un amigo que ha invitado por unos cuantos días (un gamer veinteañero de Viña que se parece a Jay Baruchel). Ponemos Silent hill y caigo en el asombro: no recordaba esta fotografía, ni el soundtrack, ni nada de toda esta hermosa y tétrica y honda blancura. Quizá la vi cuando veía las películas sin detenerme en nada, como mi hermano que, fumado, habla y habla. Y no solo eso: si no está hablando, está en el whatsapp o, como sucedió hoy (y siempre), durmiéndose a la mitad de todo. Le digo que se entregue, pero no me entiende. Entonces terminamos de ver la película en silencio con Baruchel que, a todo esto, tiene esta extraña manía –que confiesa luego de que yo preguntara si a alguno le estaba vibrando el celular: el hueón emite un leve sonido, un estertor sistemático, una especie de teléfono antiguo marcando incesantemente. Si estoy volado -me dice- y pegado en alguna película, no puedo evitar hacer este ruido.
Durante el último tramo de la película mi hermano despierta y balbucea frases del tipo “no si sé todo lo que ha pasado”, “solo tenía los ojos cerrados pero estaba escuchando”, y así. Le digo una y otra vez, con voz calmada –porque lo conozco-, que se vaya a acostar, que no hay problema, que mañana la termina de ver, pero, una y otra vez, se enoja y lo toma como si lo estuviéramos echando por tener lepra o como si nos hubiéramos hecho mejores amigos a su espalda y quisiéramos expulsarlo y fuerza los ojos y se pone en una postura impostada de lucidez y atención que no le dura más de un minuto y se vuelve a dormir de nuevo, absurdo y tierno, en esa misma posición.
De madrugada Baruchel baja, tengo puesto el soundtrack de The revenant y me pregunta si es el soundtrack de The revenant y, sorprendido, le digo que sí. Se sienta frente a la mesa en la que estoy con el notebook, le cuento que estoy respaldando pelis en los discos duros externos, poniendo subtítulos y todo eso, me comenta que también ve muchas películas, que tiene la misma enfermedad de ir bajando todas las nominadas a todos los festivales existentes. De entre muchas que ya olvido, me recomienda Hell or high water (que veremos la noche siguiente).
Los días que siguen se van en siestas, más películas (Hell or high water, Moonlight, Dr. Strange, etc.), traer unos muebles desde la casa de una tía, una ida al estadio con mi papá y sencillamente estar frente al computador, “trabajando” en su orden.

*
“Mi carne es un caballo pastando / cuya soledad me aterra si despierto”. (E. Barquero).

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diciembre

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“Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo”. (Alejandra Pizarnik).

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Diciembre: las hordas de semejantes, las horas extras, ordenar veinte cajas de libros y un hueón afuera pegado al ventanal enojado porque no abrís más temprano, los pies, la mente, la repetición, en serio los pies, ardiendo, la lengua que al final del día ya se traba de tanto repetir las mismas mierdas, el cansancio, las falsas satisfacciones con las que intento remediar ese cansancio. Diciembre: el tedio, cenar solo, la circularidad de todo, el carácter festivo chileno que en el fondo solo viene a rellenar o redirigir una histórica tristeza, una extraña pena de simplemente caminar por Santiago a las nueve de la noche y sentir que todos obtuvieron lo que pudieron y no lo que querían. Diciembre: el compañero nuevo y su irrefutable cara de ahueonao, su manera de decir FELIZEZ FIEZTAZ a cada cliente, su voz de joven Gumucio pero sin la gracia de éste, la fomedad abismante del prójimo en general, el ímpetu de esa fomedad, la confianza en sí mismo del sacohuea de polera Polo metida dentro del pantalón, el desplante de todos aquellos que sienten que el mundo está ahí para servirlos, el individuito empoderado que reclama solo cuando le afecta a su perímetro pero no le da para leer la complejidad del trabajo asalariado, la suma de todos los rostros de las cajeras, la nula empatía entre explotados. Diciembre: la rapidez y la efectividad de todo lo que importa un pico, el mismo diagnóstico de un crecimiento económico aparejado de una también creciente invalidez espiritual, los villancicos, las decoraciones, las notas periodísticas, la reorientación mediática del deseo, Luis Miguel, los matinales, los cuicos y sus diseños y la siutiquización de lo que sea, la metodicidad del simulacro, mirar hacia el horizonte y sentir que no estamos ni cerca de construir nuevos rituales. Diciembre: el inhabilitante calor, la densidad aplastante del aire, los incendios, morir lentamente esperando la luz verde, un acuario de aire denso en el que paseamos como gallinas decapitadas, los taxistas, la soledad parlanchina de los taxistas, los conchasdesumadres de los taxistas y su manera de pasar a un milímetro de tus piernas sobre todo en Diagonal Paraguay con la Alameda. Diciembre. Y luego enero. Y luego todo de nuevo: enfrentar cientos de personas al día que en el fondo no necesitan nada más que ser escuchadas -y aquí dentro no hay espacio para nada que no se asemeje a un derrumbe de piedras-, intentar empezar a juntar plata para mi futuro de eremita, intentar averiguar qué cresta pasó con el traspaso de ARCIS a la Universidad de Chile, defender la tesis, hacerme todos los exámenes postergados, ir al dentista, bajar de peso, volver a correr, publicar, leer más, leer mucho más, poner otro estante para los libros, y esperar con ansias marzo, la primera semana de marzo y esta vez ya no tres sino unos cinco días en mi Hostal de Lipimávida.

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“Una parte de mí necesita desmoronarse, es nuestro secreto, sabemos que necesitamos venirnos abajo, no hay mejor trazado que una vida propia, y para que sea propia debo derrumbarla”. (Malú Urriola).

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Cuando vengo al baño veo los pies del tipo del aseo. A través del rabillo de una puerta entreabierta, los tobillos casi morados del haitiano que vino a probar suerte. Varias veces al día lo pillo ahí tendido, durmiendo, en un banquillo de madera. Me muevo despacio. No quisiera despertarlo ni, menos aún, que me viera espiándolo y pensara que estoy pensando que él no debería hacer eso. Me gusta que la gente no trabaje mientras está en el trabajo. Desde que estoy en esta librería que ya no puedo quejarme de la lentitud de nadie que esté “sirviéndome”. Incluso cuando la cajera del metro me enrostra su tedio y me mira con ojos muertos y nisiquiera me saluda, lo tomo como viene. ¿Desde dónde podría uno exigir algo? No entiendo por qué debería el mundo servirme.

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“Amo mis partes vencidas”. (Malú Urriola).

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Necesito estar bajo el agua y que en la superficie suene Miles Davis y mirar hacia arriba y ver pasar un avión. Necesito llegar a la hora de las noticias, abrir una cerveza y ver que han robado un camión con pollos para repartirlo en alguna pobla. O que Claire Denis o Isabelle Huppert aparezcan en la hostal de Lipimávida y caminemos sin hablar y corramos por las mañanas. O que haya una oleada de fantasmas en las calles y haya caos y luego calma y todos estén en sus casas reflexionando el respecto. Necesito más apertura en mis encierros. Alguien con quien armar un rompecabezas y dormir siestas. Dejar de pensar qué significaría y cuándo correspondería emprender una nueva relación. Necesito dejar de revisar y reordenar imágenes antiguas los domingos por la noche. Quizá necesito no estar en casa los domingos por la noche. Apropiarme de la luz de la ebriedad, trasladarla hacia otros sitios. O también: estar mirando por la ventana a las dos a eme y ver una luz que se mueve hacia atrás y hacia adelante y quedar paralizado y sentir que mi mente se expande o al revés que el límite simplemente se borra y adquirir dos o tres intuiciones acerca de Dios, el espacio y el tiempo. Necesito que la vida empiece a congraciarse. Que el fuego reevalúe su itinerario. Que los perros empiecen a defenderse. Necesito que llegue un tipo de abrigo negro a la librería y me convenza de que tenemos que resolver un misterio y sentirme como Mulder. O estar, no sé cómo –porque ya ni salgo-, en un karaoke, y que pongan Just friends de Chet Baker y cantarla de principio a fin sin siquiera mirar la pantalla. Necesito tener un sueño premonitorio en el que visualice cada paso a seguir para largarme de esta puta ciudad y no contarle a nadie y durante los próximos cinco años seguir todo al pie de la letra y conseguirlo. Necesito que lo que me necesite también necesite de ese mismo modo otras cosas. Necesito quedarme un poco más en esa sensación liberadora en la que caigo cuando empiezo a pensar que todos moriremos y es justo que así sea.

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“Dicho quizá de otro modo: comprendí que debía dejar de pensar en avanzar, y también, de paso, dejar de preguntarme qué significaba avanzar y quién tenía que avanzar”. (EVM)

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17:40. No he podido leer nada, pero es que nada. Salen tres y entran tres. Salen dos y entran cinco (“Ir al mall es como darse un baño de gente desconocida, te inmovilizas por un momento, la gente pasa y te atraviesa”1). Y así. 18:26. Leve calma. Como el mal alumno, me voy bien al fondo de la sala a tratar de pasar desapercibido. Ni siquiera leo. Trato de enfocar la vista en cualquier punto al azar y dejar que avancen los minutos. Odio los viernes. El movimiento del mundo me parece un error.

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Soñé que estaba en una especie de gimnasio, en alguna especie de evento, cuando de pronto entran tipos no sé si con máscaras pero al menos con algún tipo de uniforme o de uniformidad y, lo más importante, claramente armados. Nos están secuestrando o algo así. Se escuchan bombazos y ajetreo afuera. Reviso el cel y es una cosa más o menos global: diversas células terroristas toman rehenes en las distintas capitales del mundo. El caos va dando paso a una sorpresiva comprensión. Nos juntan, nos sientan, hasta nos traen algún brebaje y, uno de ellos, uno de alto rango supongo, comienza a explicarnos la misión que tienen: son una especie de colectivo global de Inmanentistas. Hartos de la religión y de todo tipo de trascendencia comercializable –y obviamente, más que subjetivamente hartos, sino que ya con argumentos acerca de cómo es justamente esto lo que tiene arruinado al mundo en lo cultural, en lo económico, en todo- han emprendido la tarea de una transformación violenta y radical, sujeto a sujeto, de la cosmovisión imperante. Por lo mismo, y luego de que nos hayan forzado a beberlo, nos avisan que el brebaje que nos han dado es una de estas drogas potentes que purgan. Un viaje interior medio a la fuerza. Mientras surte efecto, circulan distintos personajes que nos van relatando su experiencia personal en el grupo. Ex cristianos, ex empresarios, etc. Y hay cierta borrosidad en toda esta parte. Recuerdo sí cierto ambiente como de reality. Mucho ejercicios físico, mucha competencia, mucha charla; todo esto, claro está, en un contexto medio de guerrilla y adoctrinamiento. No sé si nos hemos quedado a vivir en el gimnasio o qué. Lo cierto es que, en lo secreto, empieza a acomodarme la situación (recuerdo con exactitud un momento en el que, cerca de un stand en el que están repartiendo jugos o algo así, me meto en una conversación sobre la doctrina misma que nos tiene ahí a todos juntos y, con puras ganas de quedar bien ante ellos, digo que Nietzsche decía que “el alma no existe y solo hay el sistema nervioso”). Ahora que escribo esto no estoy tan cierto de que lo haya dicho Nietzsche y, si lo dijo, jamás recordaré dónde. El punto es que ya no hay que trabajar, ya no hay que planear nada en la vida: tal y como dice esta Buena Nueva, hay que mantener el deseo atado al presente, “volverlo ancho”, crear una nueva temporalidad en base a un nuevo tipo de comportamiento. Hay un ambiente muy de la casona esa de El club de la pelea. Sin embargo, la cosa no puede ser tan perfecta. Existen unos bandos contrarios. Budistas rebeldes, católicos rebeldes y, sobre todo, fundamentalistas rebeldes. Me encantaría recordar bien esta parte del sueño pero solo me queda la sensación vaga de estar repasando estrategias –alguien nos señalaba con mucho respeto la existencia de estos grupúsculos de resistencia- y luego ser atacados, parapetarse, quizá sosteniendo un arma –y la sensación de no saber cómo mierda dispararla.

*

Picoteo una biografía de Thelonious Monk que me prestaron. Me aburre y sigo. Toda la mañana con las cartas de Kafka en la mano. Las paseo. No leo nada. La gente, la gente, la gente. ¿Qué pasa con este viernes? ¿Por qué me parece tan detestable toda esta gente que no tiene culpa de nada? ¿Cómo no soñar con los caminos de tierra de Teillier?

*

Me pasan ridiculeces como ésta en el día: decido que debo limpiar los lentes, me dirijo a la mochila en busca del estuche con el pañito, pero cuando llego ya olvido a qué venía, entonces saco la pasta de dientes y el cepillo y parto al baño, pero ya en el baño, con los utensilios olvidados en el bolsillo, solamente meo y me mojo la cara y me devuelvo y recién ahí me acuerdo qué se supone que iba a hacer en un principio.

*

“Eres libre allí donde no te aman”. (Canetti)

CORRESPONDENCIA CON L (EXTRACTOS)

L
Me sorprende sobre todo la estupidez de estos mosquitos que no tienen cómo saber o cómo alertarse entre ellos sobre el peligro de seguir las luces de esta casa porque mueren todos asados en esta paleta eléctrica. Deberían inventarse sus mitos. Qué tristeza, qué existencia tan vacía. ¿Los mosquitos pensarán que soy estúpida por no seguir la luz? ¿Pensarán que mi vida es un despropósito total? ¿Sentirán tanta felicidad mientras están dando vueltas alrededor de la luz, como si tomaran cerveza con amigos? BUENO, así como ellas nacen y dan vueltas alrededor del a luz nosotros NOS ENAMORAMOS Y MORIMOS. La desventaja de vivir más. En fin, cada especie tiene el derecho sobre su increíble estupidez y ninguna estupidez es menos valiosa. Me atrevería a decir que la de ellos es más importante porque la ejercen con total seguridad.

(…)

Me he dado cuenta que nadie sabe muy bien cómo reaccionar o qué decirme, como si en ese “literatura” que digo media tímida y sonriendo, súbitamente dijera que vivo en la calle o que estoy embarazada y en la pasta base (…) Cuando mi hermana me presenta a sus amigos es siempre lo mismo: se miran entre ellos, hacen esa pausa vacilante y, como si nada, vomitan las preguntas clichés que me gustaría no responder. Uno se da cuenta cómo los desconocidos intentan penetrar, ponerte en algún lugar que encaje (qué estúpido enigma debe ser uno para esas gentes, sobre todo porque uno es silencioso y no se abre ni se expande como las personas carismáticas) (…)Y es así siempre: “Ah, literatura… ¿y ahí qué haces? ¿Lees? ¿En qué vas a trabajar? Oye, tengo un proyecto de novela, ¿me la editarías? TÚ DEBES SER BUENA PARA LA LETRA”. En esos momentos pienso en cómo me gustaría escupirles la cara y empezar a correr o salir volando de allí con la ayuda de alguna fuerza cósmica o con la fuerza de mi propia apatía y seguir gritando insultos mientras voy alejándome por los aires (y seguir escupiendo desde lo más hondo de la garganta).

(…)

Una no actúa como de verdad quisiera sino que sonríe, pone cara de bonita y de simpática para disfrazar el inmenso odio que nace o que está ahí siempre (y que no es culpa de ellos porque uno mismo es su obstáculo, su roca negra) y ese repetir el discursito, la proyección que no es pesimista pero tampoco la gran cosa. “Trabajaré en una editorial, en un diario, corregiré textos, publicaré libros”. Jamás me creo lo que respondo de mí misma en público. Yo siento que miento, que repito un monólogo, que adorno el futuro como uno se arregla en la mañana: a la fuerza, de mala gana y para que los demás piensen que tengo algo claro, que sé para dónde va la cosa, cuando en realidad no es así, que no me interesa -por ahora- trabajar en una editorial, ni en el diario. Contar a los demás lo que yo espero de mí es también un intento de convencerme a mí misma. Tantas cosas que se quedan ahí, que yo sé que no tengo ganas de hacer y que al final del día no cambian. Y esa desesperanza de que no juntaré ganas o fuerza para hacer todo lo que vivo proyectando. ¿Por qué es tan difícil no querer hacer nada? ¿Por qué no se puede querer no tener planes?

(…)

Se me ocurre que ante todas esas preguntas de qué quiero para mi futuro me gustaría decir NADA NO QUIERO HACER NADA, pero si tuviera que responder más sinceramente en serio: me gustaría evadir la zona de los cuerpos rápidos y los gestos duros, trabajar en algo que no consuma todo el tiempo y el espíritu, tener compañeros simpáticos y que me sobre tiempo suficiente para escribir y arreglar todo lo que se arruina en uno al estar en donde no se quiere estar. Eventualmente, encontrar no sé cómo una fuente de ingresos, complementar -como dijiste- con la escritura, y así despojarse definitivamente del ritmo de todo lo que se siente que está mal. Este párrafo es ingenuo pero es más o menos cómo me siento hoy.

(…)

No puedo imaginar a Kafka escribiendo en un estado de tranquilidad así como nosotros; o sea sí, puedo verlo en esa hamaca balanceándose con su vaso de leche, pero no creo que la escritura -que tanto amaba- le haya traído paz alguna, sí un descanso momentáneo, como el vómito en un estado febril, pero no más que eso. ¿Por qué luchar tanto y, como tú me dijiste, por qué ese miedo que lo hace tropezar y estremecerse ante Milena? Se me aparece toda su cara sudorosa en primerísimo primer plano, las venas palpitando frente a la hoja y los boca apretadísima implorando por decir lo que quiere decir. Estoy exagerando. También me pregunto, ¿qué le escribirá tanto esa Milena que lo hace sufrir? Me habría gustado saberlo. Al final, uno no es tan desgraciado si tiene a alguien a quién escribirle, ¿o no? O simplemente no se es desgraciado si se pueden encontrar las palabras y empezar. ¿Qué pasa cuando ya no se puede escribir más, se empieza a morir o, al revés, se deshace uno de ese ‘deber’ y vive? Creo que a Kafka le da terror la distancia que existe entre la podredumbre del cuerpo físico y la intensidad de la representación del discurso escrito. Recuerdo que le decía a Milena que no se hiciera mucha ilusión porque él sólo era un tipo flaco con una sonrisa en los labios y nada más, nada en él le recordaría a la persona profunda y ¿elocuente? de sus cartas. Yo creo que tenía miedo de eso, que la reacción de Milena fuera de pura decepción ante su cuerpo enfermo y débil.

(…)

Con mi gusto por Levrero está medio claro por dónde va la cosa: me llega más la torpeza y la dificultad del camino. Cuando no se manifiesta la fisura me da esa sensación de rechazo que me produce la gente muy guapa según los estándares: “¿Y esto qué es? ¿Tiene un corazón, alguna vez lloró o se le cayó el pan con mantequilla al revés?”. Sobre todo miedo y, un poco, sólo un poco de ganas de ser así igual, de lograr la armonía. ¡Pero no, por favor! Nada más extraño que alguien que sabe ser melancólico y escribir lo justo. ¿Cómo se sabe que se está escribiendo todo lo que se necesita escribir? Soy tan insegura con lo que escribo, si tú imprimieras este mail y le prendieras fuego yo entendería.

R

Allí donde dices tu pusilanimidad yo siento una extraña ternura. Allí donde te preguntas por qué es tan difícil no querer hacer nada, yo veo el impulso que hace que nazcan las cosas que nos gustan, del modo que nos gusta, al ritmo que nos gusta. Siento que no querer hacer nada es el estado ideal del ser humano. No querer hacer nada en el sentido de saber que, bueno, sí, hay que hacer ciertas cosas para no terminar en una esquina meado y agitando un tarrito de nescafé. Pero no es necesario engrandecer nada de aquello. Lo que trato de decir es que debería uno poder hacer las cosas con la voluntad media anulada, pero no en el sentido de una desafección adolescente o un nihilismo adulto contemporáneo, sino más bien sabiendo que la inversión “correcta” de la propia energía va más por el lado de la resta que de la suma, o sea, que uno no es eso, que aunque todo alrededor nos invite a la identificación inmediata la labor “espiritual” consiste en sacarse y casi diría que rescatarse de ahí, en recogerse a sí mismo como niño enfermo del colegio un lunes por la mañana e insistir, desde la cama, viendo monitos y tomando un segundo desayuno, en que ya, sí, uno es lo que hace, pero a la vez, uno es TODO lo que hace, no esa cosa específica con la que el ego busca galardonarse (familia, hijo, auto, publicaciones, doctorado, etc.), sino la relación de todas y cada una de las cosas que se hacen (y también de las que dejamos de hacer). Pero esa relación -que, a su vez, solo tiene sentido en relación con las otras vidas- solamente se cierra con la muerte, de manera que, hasta antes de eso, y aunque suene muy jipi, solo estamos siendo. Y a mí me calma eso: estar siendo. En medio de egos que crecen como rascacielos, ser mero pasto. No se trata de excusar la propia pereza y adornarla de budismo barato, se trata de saber separar bien un no-hacer escogido de cierto no-hacer que le cae a uno encima, cuestión que solo se logra si uno asume bien que, de todo aquello que el mundo te exige, hay una pequeña porción con la que uno sí está de acuerdo, porción que se agrega a la que uno, ante sí mismo, se exige, de manera que, querámoslo o no, SÍ hay un deber que, solo en parte, coincide con el que nos enrostra el mundo. El problema, supongo, es que uno a veces se convence de que, eso que quiere, no lo quiere tanto. ¿Añoras habitar las mañanas? ¿Preferirías no tener insomnio? ¿Te urge publicar prontamente o puede esperar la cosa? ¿Tenías ganas de trabajar este año o en el fondo te acomoda esta situación que te empujó a quedarte en casa? Ahí, un único juez posible, “dentro” de uno, lejos del intelecto, una leve inclinación que hay que estar dispuesto a reconocer y aceptar. E insisto: tengo una relación intuitiva muy buena con esta especie de dt interno, pero, ya lo sabes, como equipo soy una mierda y bebo antes de los partidos y hago autogoles y a veces ni entreno. Pero lo intento. Una y otra vez, me perdono y lo intento. Así que de nuevo, ¿sirve de algo todo esto que te digo? Con todas las distancias correspondientes a nuestros contextos, intuyo que estamos en un momento parecido y no puedo sino animarte tal y como me animo a mí mismo –justo anoche vi ese capítulo en que Bojack se va en la volá de la autoyuda y me sentí tan identificado cuando se preguntaba si acaso realmente nunca era tarde para cambiar (pero en el caso de nosotros yo digo que estamos bien enfocados y solo restan unos pequeños ajustes).

(…)

Y voy a tener que seguir escribiéndote aquí en borradores de gmail no más. Te voy a decir la verdad de anoche: me fumé una gran cola (maldito C, ¿para qué me regala?) y caí de nuevo en la pasta base del playstation (lo había guardado y lo volví a instalar). No me hace ni una gracia contarte esto, pero he leído ya tu carta y no puedo sino hacerle honor a esta cruda honestidad. Mi plan era despertar de la siesta, salir a correr y comenzar con tu carta, quizá ver alguna peli y terminar el día leyendo en cama. Pues bien, nada de eso sucedió, la siesta se me alargó y desperté muy tarde y lento y flácido y, como ya te contaba, me comí un coso de ravioles familiar casi entero a lo largo del día.

(…)

Un día casi totalmente exento de notificaciones. El triste gesto de sacar el celular y buscar no sé qué. Ya no me da el internet como para ver fotos y videos de gatitos o perritos así que ni reviso tuiter. Me acuerdo como al principio me parecían unos enajenados los que necesitaban tener internet en el celular. Hará cuatro o cinco años no más. Hablando sobre qué haríamos de ganarnos el loto L me dice que cerraría todas las redes sociales y recorrería el mundo. Yo le digo que no cerraría nada y me iría una buena temporada a mi residencial favorita en Lipimávida (no es que conozca otras, solo me acostumbré a esa). Y bueno, eso: empleados como cualquiera soñando dentro de un mall. (L es Luciano, uno de mis dos jefes que también son mis amigos. L tiene 40 pero vive como alguien de 20. Supongo que por eso nos llevamos bien. Es como un señor Burns pero del Bien. Muy lento, una cara media extraña, cierto amaneramiento que en un comienzo me hizo creer que era gay).

(…)

No avanzo linealmente. Martillo aquí y allá como si fuera una estatua o una pintura. Pongo una capa y luego lo dejo para poner la segunda capa en otra parte. Me acuerdo de algo que quedaría mejor allá tres párrafos hacia arriba y vuelvo. En el camino veo que dejé otra cosa incompleta y la relleno. O también vengo a sentarme con la certeza de que ahora sí que empezaré en orden, tema por tema, pero se me hace inevitable contar mis nimiedades. Siento que te escribo mejor cuando el día es todo mío.

(…)

Retomo. Ahora sí que retomo. No sé si entiendo bien qué nos pasa con la pulcritud en general. Supongo que uno adivina ciertas ansias que tiene el mundo por tratar que todo parezca un puto set de televisión cuando la verdad es que la precariedad asoma como los calcetines sucios que uno esconde si vienen visitas imprevistas. Me acuerdo que antes las casas en las teleseries se parecían, no sé si a las casa de uno, pero quizá sí a las casas de uno justo en el segundo después de que se les ha hecho un aseo total. La pulcritud en las personas no sé si me gusta tanto. Desconfío de las barbas perfectamente delineadas y cuando estoy ante alguien que viste bien me pregunto cómo lo hacen, qué han tenido que dejar de lado para convertirse en estas estatuitas andantes.

(…)

Sabís que justo hoy en la mañana una compañera nos mostraba uno de estos videos de ejecuciones en hd y cámara lenta en medioriente y CON CHA DE SU MA DRE qué manera de explotar esas cabezas, qué manera de saltar esas ojos, qué horrible y asqueroso y triste, pero bueno, independiente de la vileza de todo y de cómo estos seres ahora se legitiman con las mismas herramientas del Espectáculo, pensaba yo, mientras la tienda comenzaba a llenarse de imbéciles tipo once de la mañana, pensaba, digo, en que hay algo que no me calza en el diseño de la VIDA, onda, si la hueá es tan sagrada e importante y si se supone que todos deberían tener la oportunidad de, como dice la parábola esa, sembrar su semilla en tierra fértil y ver crecer sus virtudes, ¿por qué entonces uno mejor no es inmortal, digamos, así como hasta los cincuenta años al menos? Pero bueno, es obvio que allí hay un mensaje, una señal de arbitrariedad cósmica atroz.

(…)

“¿Por qué creo me importan tan poco y a la vez quiero impresionarlos?”. Tu pregunta me queda rebotando. Es una sensación bastante conocida. Pienso en mis compañeros del colegio, en cuánto me gustaría -pese a que no lo admito- que vieran que conseguí un lugar en el mundo, y no cualquier lugar, sino justo el que quería y que, casualmente, no tiene nada que ver con ellos –y esto último no para solazarme en mi DIFERENCIA sino para que, de una vez por todas, vean que REALMENTE uno no buscaba lo mismo que ellos y era por eso, y no porque uno fuera un engreído, que no participé en ninguna de esas reuniones de exalumnos. Antes sentía que teniendo un trabajo adquiriría cierta legitimidad, ahora ya no basta y siento que debería tener alguna cosa publicada –empezar a concretar lo que se supone que quiero sea el hilo conductor de mi vida productiva. Obviamente, y siguiendo la misma lógica, luego, cuando ya tenga algo serio publicado, va a ser otra cosa la que voy a querer. Y así, ¿hasta desear la muerte?

(…)

Y ya me hiciste reír. Te imaginé volando como un superhéroe de la apatía. Como alguien que, tal y como dices, anda por ahí juntando odio y más encima tiene el poder de escupir desde las alturas y, todo esto, con el piyama o buzo con el que sales en esa foto de tuiter (me gusta un montón ese tuit: la tenida para salir y luego los trapos con los que uno anda por su casa, solo) Así que sí, sería hermoso que todo este desprecio nos diera alguna especie de rendimiento extra. Por mi parte, me conformaría con la capacidad de teletransportarme a lugares inhóspitos. Eso o esta cosa que hace este niño de Game of thrones de irse a blanco y tomar posesión de un animal y ver el mundo a través de él.

(…)

Yo tampoco sé explicar nada muy bien sabís, o sea, ahora último quizá, con la repetición del trabajo y la simulación de cierta seriedad y la construcción de un personaje de sí mismo, he podido, no sé si explicarme mejor, pero al menos salir del paso. Pero te entiendo y aún me pasa que, cuando me preguntan por qué no publico nada si escribo tanto, solo balbuceo y doy excusas (algunas de ellas bastante ciertas). Y lo mismo cuando alguien -que sé que no va entender (y quizá esa presuposición sea justamente el problema)- me pregunta por qué escribo: mascullo y puro devalúo esto que, ambos ya lo sabemos, importa de verdad. El punto con todo esto es que, por ejemplo si me encontrara con algún ex compañero de colegio en la calle (con su esposa y un coche con un hijo; ya todos están en esa) y éste me preguntara en qué ando, yo solo le diría que trabajo en una librería y, quizá mentiría un poco y diría que estoy juntando plata para no sé qué y por supuesto que ni le mencionaría que escribo, que no publico nada pero escribo, que no gano plata, que nadie me lo pide, pero insisto e insisto, año tras año, engordando unos words que no tienen ninguna función claramente verificable. Por otra parte, siempre hay un asunto más ¿fenomenológico? de fondo: el hecho de que uno no es un solo uno: “Si tomase en cuenta a todos los personajes, cuando me preguntasen «cómo estoy», debería responder: «Normal, con una tendencia al bien, con una cuota de mal, con un poco de tranquilidad que se transforma en euforia y a veces en depresión, para volver a estar contenta». Pero finalmente siempre me inclino por el clásico «bien, ¿y tú?»”2.

(…)

Correr es como escribir. Para ambos no se requiere de nadie y cualquiera puede empezar desde cero, sabiendo que, por muy malo que sea, tiene toda la vida por delante para conseguir algo. Un cuerpo, un lápiz, y avanzar como uno sepa no más.

(…)

Llegué cargado como burro (trato de gastar bien la plata cuando la tengo y quedar con lo justo para no gastar en tonteras) y empecé Oro. Quizá debería enfocarme solo en este tipo de cosas y dejar todas las novelas gordas para después. Después, cuando esté más maduro y paciente. Por ahora solo quiero estar en la cabeza de los otros, hurgar las alegrías que no son las obvias, las penas y las tonteras que no son las que salen en las teleseries y la publicidad –que a estas alturas son como lo mismo. ¿Por qué me importa tanto el texto de la intimidad?

(…)

Lunes 10, 13:57 pm. Me comí dos completos y un café de desayuno-almuerzo. Ayer me junté con M (de la librería), fuimos a la Primavera del libro (me compré una antología de poesía bengalí), bebimos, fumamos, comimos, le di una paliza en el PS3 y terminamos viendo Bojack Horseman. Desde ayer al almuerzo hasta hoy, solo he comido completos. Italianos, tomate mayo y ahora, el último -nos acabamos una mayo entera-, solo con tomate. No me siento bien al respecto (me dices que trato bien a mi cuerpo y yo aquí trato de nivelar las cosas y contarte la firme). Seguro que hoy salgo a correr. Temprano, ojalá, porque a la noche llega otro amigo, J, de Talca, a reportear no sé qué evento para no sé qué medio (me traerá Junkopia, un pequeño librito en el que, junto a otro ser -que se llama Rodrigo y no soy yo-, publicaron una serie de poemas o haikus y creo que también una que otra foto)

________________
*Las citas 1 y 2 pertenecen a Oro de Ileana Elordi.

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