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Archive for 21 marzo 2017

enero-febrero

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“Quiero tener un año excepcional, y empiezo levantándome tarde, almorzando demasiado y durmiéndome en el sillón hasta las tres”. (Diario 1887-1910, Jules Renard).

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Empecé a usar las notas de voz del celular en serio. Cuatro o cinco pequeños monólogos al día. Me siento como el agente Cooper. Un agente Cooper de la inutilidad. Al final de cada semana desecho la mitad y la otra la dejo en una carpeta en el escritorio. Imaginaba que cada una de ellas iba a dar pie a sendas reflexiones y extensos párrafos, pero no: la mayoría ha sido transcrita tal y como suena y no habido nada que agregar.

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Pequeñas alegrías que dan los compañeros de librería: ayer N empezó a imitarnos, uno por uno, simulando qué cara y qué movimientos corporales haríamos si nos violaran en la cárcel. Todas las imitaciones le salen más bien parecidas, lo que hace que cada pequeña variación hecha para captar la esencia de cada una de nuestras personalidades sea tan arbitraria como chistosa. Por la tarde, M recuerda que cuando niño leía sobre telequinesis y creía que si lo intentaba podría conseguirlo. Le cuento que antes de The matrix estaba esta película de Travolta, Phenomenon, en la que al tipo le cae un rayo y adquiere ciertos poderes que yo, quizá ya no tan niño, creía poder replicar solo con el poder de la concentración.

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La rúcula detuvo la rapidez de la tarde. Recorro cada tallo como un ciego, sacando las hojas buenas, apartando las negras. No juzgo mi impaciencia; la observo. Deshojo y me deshojo. Caigo del tiempo de la mente hacia el tiempo de las cosas.

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C al celular. Es de noche y contesto: le ha explotado un enchufe, se ha cortado la luz en su departamento y tiene miedo. Salvo indicarle que corte la luz y se duerma y espere a mañana, no se me ocurre bien qué decir, así que, ante su insistente temor, le prometo no solo que nada más va a explotar, sino que mañana hará frío, su pelo olerá mejor que nunca por la mañana y el supervisor no irá.

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Se pregunta Schnitzler: “¿De dónde surge, poeta, tu deseo de describirle las horas preciosas de tu soledad al mundo atento a tus palabras? ¿No será que en el fondo eres más sociable de lo que crees, y además un poco vanidoso?”.

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Cuando no sé qué recomendarle a un cliente simplemente murmuro y me alejo. Lentamente voy dando pasitos hacia atrás, haciendo como que reviso otros libros, haciendo como que lo que él necesita quizá esté en otra parte, dejando que pase el tiempo. Y funciona: encuentran algo por sí mismos o sencillamente se van.

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“El ronroneo de los gatos debería ser un lugar”. (M).

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Por las mañanas me rindo de antemano ante todas las luces amarillas parpadeantes y ante todos los conteos en reversa que impliquen un mínimo de apuro, de esfuerzo: llegar al trabajo jamás va a implicar correr.

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Entre cliente y cliente, aforismos de Canetti.

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La publicidad del Piretanil en la radio Bío Bío me lleva lejos y quisiera hundirme, recostarme y quedarme allí para siempre.

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“No puedo creer que haya dado mi primer beso viendo la película Lego”. (L).

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Cuando la gente empieza a contarme sus vidas o los motivos específicos de por qué está buscando tal o cual libro pongo cara de concentrado, asiento muchas veces con la cabeza, me toco la barba y me preocupo de que la vista no se me desvíe pero, así como se me desvían los pensamientos, se me desvía también la vista y, si pasan más de treinta segundos, me pierdo y lo notan, pero nunca me siento culpable, porque me digo que al menos lo intenté.

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“No hay nada que obligue a vivir, ni nada que desobligue. Todo o casi todo es mentira porque cae o puede caer. Lo único que es fiel es esta sed de algo por lo que vivir. Pero tampoco lo es absolutamente puesto que está entre otras sedes y hambres y se alterna con ellas y puede desaparecer por varios años y reaparecer”. (Diarios, Alejandra Pizarnik).

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A veces pasa por fuera la mujer con la que X tiene intimidad en los estacionamientos y suele pasar con un tipo que supongo es su novio y la miro y ella mi mira y sabe que yo sé y trato de que en mi mirada y en mi saludo no se note que yo sé que ella sabe que yo sé.

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“Me acuerdo de mi primera experiencia sexual en el metro. Había un tipo (me daba miedo mirarlo) que estaba empalmado y no dejaba de rozarse contra mi brazo. Me excité bastante y al llegar mi parada me bajé y me fui corriendo a casa, donde intenté hacer un óleo con mi pene a modo de pincel”. (Me acuerdo, Joe Brainard).

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Semanas llenas. Mes lleno. Pero, a diferencia de anteriores llenitudes, no me quejo. Al revés: las oleadas de pereza al mediodía o después de almuerzo se acaban, dejo de necesitar el café de la mañana, una extraña energía me mantiene en movimiento; es como si volver a ver a los amigos fuese una especie de comida para no sé cuál estómago. Me pasan las llaves y abro y cierro la librería algunos días. La presencia de M ayuda. Saber que se va a comer a cualquier cliente basura que ose esparcir su aura miserable aquí da una tranquilidad impagable. Los días largos se acortan. A ratos simplemente olvido que estoy en el trabajo y eso siempre es bueno. Llevo casi dos meses con el orden de mis secciones estancadas y pretendo que así siga. Es febrero y no pueden pretender que me tome en serio este trabajo. Las metas siguen siendo inalcanzables y nos quitaron todos los beneficios que teníamos; sin culpa alguna podré incluso disfrutar el derrumbe de este segundo hogar. Enajenaciones aparte, no entiendo en qué momento M puede leer tanto. Me recomienda un montón de epubs. Anoto y pierdo el papel. Todos hacemos gala de cuestiones leídas hace años. Quizá pienso mucho en cómo distribuye su tiempo la gente. Quizá nadie esté leyendo nada actualmente y todo sea una farsa, como quizá también sea una farsa el hecho de que mi escogidamente mediocre desempeño laboral no sea funcional a una manera específica de la explotación capitalista. Sea como sea, en la batalla cotidiana, siguen persistiendo los dos o tres sacohueas por día, pero no alcanzan a arruinar nada, porque además de M, también aparecen unas gentes hermosas, abuelas de ojos puros, jóvenes de movimientos lentos e inseguros, un hombre con un perro en brazos, y así, al menos por febrero, los espíritus tristes van perdiendo terreno. Así que, como decía, no sé cómo ni por qué, pero los días ya no se arruinan. Ya en casa, por las noches, me vuelvo un torbellino. Hago un poco de aseo cada noche para así evitar perder horas enteras del día libre. Nunca lavo toda la loza, siempre dejo un poco, y eso me libera (y a las cucarachas también, parece). Hacer ciertas cosas mal me da paz. Salgo a correr. Vuelvo del todo. Subiendo cinco minutos cada vez. Y, dentro de todo: visitas a mediados de semana. Por ejemplo J y su hermano, desde Talca, que se dejan caer después de Jaar, el día en que comienza un apocalipsis de humo en la ciudad que dejaron. Digo que no voy a tomar pero me mando dos Bear Beer de medio litro. Saco unas hojitas y hacemos uno gordo. Ayer llegué y puse boleros y finiquité todo el aseo. Los días en que no hay visitas, siempre una película. Curiosamente alcanzo a todo. Cinco o seis horas de sueño y ningún cansancio. Otro día, otra noche, y es M y una amiga que trabaja en Fantasilandia, unos silencios raros que me hacen fumar y fumar y beber y caigo de los primeros. Otra noche: salgo a correr y de vuelta paso donde F, pero F no está y quien está es C, frente a un notebook pequeñísimo viendo un partido del Colo en un recuadro que no se deja agrandar a pantalla completa, dudando en si quedarse o ir donde su madre. Fumamos. A eso pasé. Y a buscar unas cosas que se me habían quedado. El colo pierde y, volado y con tres chamitos en la mano, me devuelvo trotando a casa.

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“Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan”. (Jules Renard).

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Acabo de ver a una mujer que venía caminando en sentido contrario. Sostenía una marraqueta con las dos manos. Una mano en cada lado de la marraqueta. La marraqueta pegada a su pecho, paralela a su cuerpo. La sostenía como si fuera una guagua a la que, en vez de besos, daba mordidas. Parecía un hámster.

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“Igual me sucede con los afectos y los caracteres que encuentro a mi paso; no creo jamás en una aventura amorosa, en un favor providencial, y me digo siempre: es poca cosa, puesto que se me da; el beneficio está a la altura del beneficiado. Y así, burlándose de sí mismo, fácilmente se hace uno ingrato e hiriente hacia los demás”. (Diario íntimo, Amiel).

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Espero a que lleguen L y P y no puedo hacer nada salvo pasearme, tomar libros, hojearlos, lavar la loza, ordenar el escritorio. L, amiga de hace un montón de años con quien nos vemos cada vez menos. P, amiga de L que siempre me ha gustado desde esa cómoda lejanía que hace que, en el fondo, mi gustar no signifique nada (o al menos nada distinto a mi amor por Isabelle Huppert). A veces alguien siempre se mantiene lejos y, si el curso natural de una relación no produce mayor cercanía, es que así debe ser. Me gustan sus pecas, que hable bajito como Teillier, que haya huido al sur y que tenga una manía media rara de rascarse las axilas, el cuello y las tetas. No sé si sea suficiente, pero es algo, y quizá existan un par de algos, y uno igual deba hacer algo para descubrir si hay algo más que algo en esos algos. Como sea, quedamos de vernos el domingo, pero no resulta, se va a la playa y luego ya se va de Santiago y, como siempre, no da para lamentarse y me digo que así es como debía ser.

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“¡Qué manía, ser ingenioso con la gente cuando en el fondo quieres abrazarla!”. (Jules Renard).

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“Estamos aquí escondidos unos de otros / en los cuerpos como en casas más seguras”. (E. Barquero).

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Sábado. Segundo de dos días libres. Ayer fumé todo el día. Fumar, dormir, despertar, fumar, y así. Bojack Horseman y FIFA 2016. Podría decirse que estoy perdiendo el rumbo pero siento que esto ha sido más bien una decisión. Al menos ahora estoy escribiendo más. Huelo mal. Voy a salir a correr, sí. ¿Saldré realmente? El panorama de la noche: la vuelta de The walking dead

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No sé cómo pude estar tan sociable hace algunas semanas. Ahora mismo no podría ver a nadie porque todo lo que pueda contar son cosas que ya he dicho y que vengo diciendo siempre. La paz por las noches se hace esquiva y me recluyo en la posibilidad de que las películas o los libros me salven o al menos me anulen o me desplacen hacia los sectores oscuros y sordos de mí mismo. Las motivaciones de los otros no me dicen nada. Prender la tele es como salir a la calle. Mis planes son una buena intención que esculpo desde que nací. Una estatua infinita. Una manera de decirse a sí mismo que la vida podría llegar a ser algo distinto de una repetición.

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“17 de marzo. Estoy pasando un mal momento. Todos los libros me hastían. No hago nada. Me doy más cuenta que nunca que no sirvo para nada. Siento que no llegaré a nada, y estas líneas que escribo me parecen pueriles, ridículas, e incluso, y sobre todo, absolutamente inútiles. ¿Cómo salir de esto? Tengo un recurso: la hipocresía. Me quedo horas encerrado y se creen que trabajo”. (Jules Renard).

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Llegan las vacaciones y, como siempre, y sin que esto se traduzca en malestar alguno, no me siento como creía que iba a sentirme. Las visiones de mí mismo escribiendo desde las diez de la mañana hasta la hora de almuerzo, correr todos los días, dejar las películas-basura y empezar a completar filmografías de los directores que de verdad me importan, usar las tardes, salir, ver a Bruno, ir al cerro; quizá debería abandonar todo eso, empezar a afirmar lo que hay y, de una buena vez, dejar de repetir esta misma monserga cada año.
Llego de noche a Curicó, fumamos con mi hermano y un amigo que ha invitado por unos cuantos días (un gamer veinteañero de Viña que se parece a Jay Baruchel). Ponemos Silent hill y caigo en el asombro: no recordaba esta fotografía, ni el soundtrack, ni nada de toda esta hermosa y tétrica y honda blancura. Quizá la vi cuando veía las películas sin detenerme en nada, como mi hermano que, fumado, habla y habla. Y no solo eso: si no está hablando, está en el whatsapp o, como sucedió hoy (y siempre), durmiéndose a la mitad de todo. Le digo que se entregue, pero no me entiende. Entonces terminamos de ver la película en silencio con Baruchel que, a todo esto, tiene esta extraña manía –que confiesa luego de que yo preguntara si a alguno le estaba vibrando el celular: el hueón emite un leve sonido, un estertor sistemático, una especie de teléfono antiguo marcando incesantemente. Si estoy volado -me dice- y pegado en alguna película, no puedo evitar hacer este ruido.
Durante el último tramo de la película mi hermano despierta y balbucea frases del tipo “no si sé todo lo que ha pasado”, “solo tenía los ojos cerrados pero estaba escuchando”, y así. Le digo una y otra vez, con voz calmada –porque lo conozco-, que se vaya a acostar, que no hay problema, que mañana la termina de ver, pero, una y otra vez, se enoja y lo toma como si lo estuviéramos echando por tener lepra o como si nos hubiéramos hecho mejores amigos a su espalda y quisiéramos expulsarlo y fuerza los ojos y se pone en una postura impostada de lucidez y atención que no le dura más de un minuto y se vuelve a dormir de nuevo, absurdo y tierno, en esa misma posición.
De madrugada Baruchel baja, tengo puesto el soundtrack de The revenant y me pregunta si es el soundtrack de The revenant y, sorprendido, le digo que sí. Se sienta frente a la mesa en la que estoy con el notebook, le cuento que estoy respaldando pelis en los discos duros externos, poniendo subtítulos y todo eso, me comenta que también ve muchas películas, que tiene la misma enfermedad de ir bajando todas las nominadas a todos los festivales existentes. De entre muchas que ya olvido, me recomienda Hell or high water (que veremos la noche siguiente).
Los días que siguen se van en siestas, más películas (Hell or high water, Moonlight, Dr. Strange, etc.), traer unos muebles desde la casa de una tía, una ida al estadio con mi papá y sencillamente estar frente al computador, “trabajando” en su orden.

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“Mi carne es un caballo pastando / cuya soledad me aterra si despierto”. (E. Barquero).

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