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Archive for 25 agosto 2014

junio

Me gusta llegar a Curicó de noche. Me bajo en la cárcel y avanzo lentamente por la ciclovía. No me cruzo con nadie y de las casas no sale ningún ruido hacia el exterior. Paso por el cementerio. Paso por fuera del estadio. Saludo al mismo perro de siempre. Le pregunto si tiene frío. Abrazo a mi madre y nos ponemos al día mientras hecho ropa a la lavadora y esparzo mis cosas para sentirme, aunque sea por un par de días, en casa. Luego me bañó y como y salgo al patio a fumarme un pito y vuelvo a jugarme unos cuantos partidos con Chile y siempre, pero siempre, gano.

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Un patio sin ni un brillo inundado por la niebla en la madrugada. Los pequeños ruidos en las casas vecinas. Cada cosa fabrica su pequeña dignidad y sólo debemos estar atentos.

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Casi cien lucas en el supermercado. Carro lleno y surtido: zapatillas, shorts, escoba, libros, comida, etc. A la salida me encuentro con C, hace años no la veía parece, nos sorprendemos y nos abrazamos y nos decimos que nos veremos pronto. Saco todo del carro a duras penas. Pero no lo consigo: cuando agarro una cosa se me suelta otra. Y no hay modo de agarrar la escoba. Entonces un par de niñas que supongo hace rato estaban viendo el triste espectáculo me ayudan y consigo trasladar todo unos cuantos metros hacia la vereda donde, uno tras otro, veo pasar taxis que no me hacen caso. Sudo. Sudo y mascullo. Aparto las bolsas hacia un rincón, me mando un Ades en no más de cinco sorbos y espero, dejo de sudar, y finalmente el taxi pasa.

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Nuestra primera intoxicación por inhalación de gas juntos. Pusimos la estufa en el baño, nos duchamos, el gas se acabó y nos fuimos lentamente a la chucha. Primero no entendíamos nada y luego, con tremendas jaquecas y ella vomitando en el baño, notamos lo obvio. Nos abrigamos y caminamos a urgencias que queda cerca. Como no he vomitado decido que debo quedarme en la sala de espera. Llega un tipo recién asaltado. Ebrio y sangrante, va con un pariente más adulto, menos ebrio y sin sangre, que trata de mantenerlo quieto. Pasan unos quince minutos y me llaman. Se supone que también debo ser tratado. Así que entro a una sala con unas seis camillas separadas con cortinas. En la primera está mi polola con una mascarilla de oxigeno. Me acerco y entiendo rápidamente que hay que acercar el basurero y vomita mientras el enfermero se aleja y luego ya se empieza a sentir bien. Me ponen en la camilla de al lado, me chantan otra mascarilla con oxigeno y se siente rico. La miro recostada contra la muralla jugando con su mascarilla, reímos y meneamos la cabeza sabiéndonos medios tontos. Lentamente empezamos a mejorar. A ella le pinchan el poto y a mí no. trato de dormir pero cuesta. Me aburro. Podría haber traído un libro. Como a las 4 de la mañana nos sueltan y volvemos a dormir. Concordamos en que si queremos que esta relación siga primero debemos sobrevivir.

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Quizá Cavilaciones de Emar parta donde termina la Novela luminosa de Levrero. Este último, aunque se hunde como Levrero en la maravillosa inutilidad de la escritura, tiene una conciencia estética mucho más atractiva, es decir, mucho más política: “Me parece que desde el momento que un hombre se exterioriza en cualquier forma, da al mundo un organismo nuevo, o una parte de tal, que ya no le pertenece del todo”, o también, páginas más adelante, dice: “Si no es hecha para los demás, hacer obra es una masturbación. Si solo es hecha para las sugestiones de los demás, es repetir sin objeto una impresión ya por otro resentida, y esta repetición no contará ni pesará”.

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Y eso es la sociedad del espectáculo: el triunfo de una impresión ya por otro resentida, la producción en serie de “productos culturales” que garantizan un conjunto de sugestiones especificas, la triste y perfecta maquinaria que conserva la base espiritual del capitalismo.

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La mayor parte del tiempo no tenemos la razón y es justo por eso que podemos ser felices.

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Alejado de esto. La incomodidad. La falta de mesa. La precariedad de este notebook de mierda. El cansancio. El trabajo. La falta de tiempo. La superabundancia de libros que crece y crece y me presiona desde el velador. Las ganas de enajenarse y volverse un flan que se derrite ante alguna serie o película fascinante. Ahora mismo escribo encorvado sobre la cama y sé que este párrafo no da para más y acato.

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En el noticiario tratan de decirme que el trabajador estaba loco por inmolarse. Ponen a psiquiatras hablando, individualizan el conflicto y así se evitan hacer la única pega por la que vale la pena esforzarse en nuestra época, a saber, la de rastrear el origen estructural de la violencia. Pero no van a decir que la miseria está instituida. No van a decir que, estando las cosas como están, a veces es verosímil inmolarse, o robar un banco, o iluminar con fuego las calles.

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¿Qué hago acostado tomando té en la casa de mi amigo que nisiquiera está?

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Jaqueca, asco, arcadas. Paseo y respiro. Me siento en la cama. Me paro de nuevo. Nunca me había sentido así al despertar por la mañana. Reportarme enfermo sería peor: me quedaría solo y sufriente en casa. Salgo entonces. Tomo la micro y empiezo a transpirar helado y desvanecerme y paf, casi vomito, lo atajo justo con la mano y lo devuelvo. Cuando levanto la vista noto cierto perímetro vacío a mí alrededor. Entonces me concentro en llegar hasta el metro y me repito que todo va a estar bien, cosa que ocurre, porque la caminata me hace bien y hasta me voy leyendo en el metro.

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Me echó. No tiene toda la razón que cree tener y se comporta como si la tuviera, como si yo fuera un gañan. Y me harto, me colma. Le gusta mantener una caricatura de mí. Le sirve. Pero yo he mejorado. Lo puedo comprobar objetivamente. Puede que lo haga a último minuto pero hago lo que hay que hacer. Así que de ningún modo es cierto que no hice el aseo porque el día aún no termina. Y aún más: hoy iba a estar con mi polola y mañana cumplía los deberes, pero no, le dio la hueá no más (asumió que éste era mi único día libre), igual que la otra vez y, dentro de su arrebato (que no es tan arrebato porque en los días sucesivos mantuvo su posición), me dice que tengo dos semanas para irme. ¿Qué mierda es eso? Si la hueá es un mes pos. En fin. Nos gritamos y todo. Es feo. Uno queda feo. Por dentro. Una sensación feísima. La Pame está en mi pieza acostada y oye todo ¿Qué es eso de encararse como jugadores de futbol dentro de una casa? Pero siento que debo defenderme y me supera su mezquindad. A diferencia de las otras veces hay una claridad total: ya no es mi amiga, los amigos no se hacen eso, no así. Quizá hace rato ya no lo era. Quizá ni debería haber vuelto de donde M. ¿Por qué tengo que irme de todas partes?, ¿por qué es tan molestoso el arraigo? y sobre todo: ¿por qué chucha cree tener toda la razón?, ¿por qué mejor no me dice que progresivamente y por otros motivos que nada tienen que ver con los acuerdos básicos que sí he cumplido me volví alguien despreciable para ella? Llego del trabajo, cocino, me baño, y, ¡cómo no!, me gusta fumarme un pito y leer o ver Louie, ¡y me dice que soy egoísta, que no hago vida de comunidad, cuando con cuea me las arreglo para tener toallas secas! Hice el aseo todas las putas veces que correspondía. Fui decente. Creí en la amistad. La quise honestamente como amiga. No me gustaba verla achacada. Pero había que ser otra cosa. Había que ser perfecto, entregado, sin fisuras. Pichula entonces. Era. Se desapareció sola y yo sigo.

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Nada que tres vueltas corriendo al parque no solucionen.

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Escucho canciones que me hacen pensar en ella y que no tendrían porqué gustarle.

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“No lean, como hacen los niños, para divertirse o, como los ambiciosos, para instruirse. No: lean para vivir”. (Gustave Flaubert)

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Gigantes y Mamuts peleando en Game of thrones. Lo esperaba hace mucho.

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Y hace como si nada. Y hago como si nada. Y quizá sea preferible ese cinismo antes que volver a tratar de conciliar posturas absolutamente antagónicas, total, ya no nos veremos más.
Las dos semanas previas a mi partida todo funciona bajo la paz de los que se saben enemigos.

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Son más lindos todos estos poetas chinos de la antología de LOM que me compré de puro tincado. Uno tras otro, voy googleando sus caras y quiero abrazarlos. Volví a creer en la poesía. Volví a creer que en otras partes del mundo lo poético no es estrujar la propia interioridad o hacer jueguitos de lenguaje sino acercarse fugaz e incluso torpemente hacia cierta ternura que está obligatoriamente ahí, desde siempre, entremedio de las cosas que hacemos cotidianamente.

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“No hay argumento con final feliz. Toda historia continua eternamente y todo escritor escribe un solo libro repartido en diferentes tomos que algunos consideran distintos pero que no lo son.
Esa es la razón por la cual un escritor tienen un «estilo» y este «estilo» no es otra cosa que el mismo libro que jamás se termina”.
(Tito Fernández)

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Gente que viene a la hora del partido. Algunos me dan lo mismo pero he visto a la misma pareja para dos partidos ya. Muy distinguidos y vestidos como artistas quién sabe de qué cosa. Pelos verdes, sombreros, actitud distinguida. Los desprecio profundamente. Me los imagino esperado el pitazo inicial para salir a demostrarle al mundo que el futbol no les importa, que las masas pierden el tiempo y que sus importantes y culturalísimos gustos no son compatibles con alegrías vulgares.

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“A mí me da vergüenza todo lo que escribo, por eso lo escribo”. (KS)

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Un gato que mira a un perro que mira a otro perro.

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En las noticias 200 pescadores piedra en mano luchan contra las fuerzas policiales. No pueden estar equivocados. Estoy seguro que 200 pescadores piedra en mano no pueden estar equivocados. De aquí hasta que el mundo se deje de llamar mundo estoy seguro que 200 pescadores que se levantan temprano todos los días y que tienen familias y que de pronto deciden llamar la atención tienen la razón del mismo modo que también tiene la razón un dolor o una picadura o una espinilla que nos avisan que algo allí dentro, en lo orgánico y estructural, anda profundamente mal. Así que obviamente me alegra ver cómo al final, con alegre rabia y aprendizaje histórico le dicen al periodista de turno: “Le ganamos a los pacos culiaos. No nos ganan ni cagando”.

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La debilidad por sobre la certeza compartida, siempre.

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http://www.poesiaargentina.com/ebooks.php

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Y me voy de Ñuñoa a Barrio Yungay. Entonces vamos en el auto con las cosas y me dice que quizá la gata se metió en alguna de las cajas para venirse conmigo. Así como en Toy Story. La miro por el retrovisor y la amo.

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Es bien raro y nuevo para mí esto de echar de menos a un animal.

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“El transcurso histórico tal como se presenta bajo el concepto de catástrofe, realmente no debería retener la atención del pensador más que el caleidoscopio en la mano de un niño a quien en cada vuelta se le derrumba todo lo ordenado con un nuevo orden. La imagen tiene su justificada buena razón. Los conceptos de los que detentan el poder han sido en todo tiempo los espejos gracias a los cuales ha llegado a establecerse la imagen de un orden. Hay que hacer añicos el caleidoscopio”. (Walter Benjamin, Parque central)

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