rodrigo fernandez si pero no
dibujo de una vaca o caballos pistolas
que es una vianesa
la mejor manera de olvidar a una mujer
dentistas chistosos
www gordas gritonas
las mujeres mas potonas del mundo
comentarios de Piñera
para qué lado se desatornilla
bengala en curico
mujeres con calcetas
policias en accion y camila?
frases para el pobre
gordas buscando marido en ny
rasmillada, definicion
vaginazos
no entiendo before sunset
qué hicimos los real visceralistas cuando
Escrito en inmanencia, tematizado | 9 Comentarios »
Conocí a Beatriz por comentarios antes de verla en persona. Unos amigos de Gabriel que por un tiempo fueron también mis amigos (según ellos) hablaban siempre de ella, quizá porque eran en su mayoría hombres y sentían que debían justificar el hecho de que las únicas dos mujeres que les acompañaban tuviesen una profunda relación amorosa (entre ellas), o también quizá porque fuese cierto que Beatriz poseía todas esas características que omitiré, pues no hay nada más horroroso que las cualidades. Nada más horroroso que una personalidad determinada por ciertas cualidades y gente comentándolas como si se tratase del jodido clima. Creo que no fueron más de un par de meses lo que duró esa gente yendo de vez en cuando a mi casa. Nunca entendí que hacían ellas mezcladas con este montón de idiotas, ni menos entendía qué les encontraba Gabriel que los seguía trayendo, pero fuera lo que fuera, proveían de bastante conversación, bebida y comida como para despacharlos tan rápido, además, siempre le doy más de una chance a la gente nueva, y estos eran bastantes, así que por eso dos meses. Si mal no recuerdo había allí dos o tres escritores, pero eran sólo eso, escritores inofensivos, muy cómodos con el estado actual del mundo, demasiado bien vestidos, ¿para quién se vestían con tanto esmero?, a veces cuando llegaba tarde veía el cuadro completo, al entrar, y era como un golpe fulminante, un combo al espíritu de mi hogar, mi living parecía un ridículo set de televisión con actores hiperventilados deambulando por allí, alguien incluso se las había arreglado para poner una especie de luz roja en la lámpara, había tipos con sombrero, ¿por qué diablos iba alguien a usar sombrero dentro de una casa?, o peor aun: ¿por qué alguien habría de usar sombrero en general?. No tengo nada en contra de los sombreros sino contra la manía de ponérselos en la cabeza. A veces eran dos o tres, del tipo boina y de otros peores: demasiado para un living razonable como el mío. En fin, por lo menos no todos eran escritores, ni todos llevaban sombrero, había unas cuantas personas con trabajos reales, y estaba Gabriel, lo que me daba una pequeña chance de hablar de futbol y demaces temas no ilustrados. Me esmeraba en aquello, debo admitirlo: quería a toda costa que me considerasen un hombre vulgar.
Así que conocí a Beatriz en boca de esta gente, pero nunca la trajeron, y no digo que yo en ese entonces hubiera tenido ganas de conocerla, por el contrario, eran ellos los que prometían que la próxima vez vendrían con ella, yo sólo asentía, me era imposible creer que pudiese llegar a interesarme una mujer que era obsesivamente presentada como una suma de cualidades inapelables. La verdad no creía que nada bueno surgiría de estas reuniones. Gabriel, por su parte, era un poco más comprensivo que yo, siempre podía hallarle algo bueno a la gente, escudriñaba y retrocedía en las biografías, familia, e incluso contextos culturales y económicos, dejando al sujeto en cuestión como una determinación de todas estas cosas, lo que a mi modo de ver dejaba todo donde mismo. Siempre discutíamos acerca de dónde quedaba entonces la responsabilidad, la voluntad, y la libertad. Por supuesto, discutíamos ese tipo de asuntos lejos de escritores, artistas, y gente susceptible de usar sombrero. Lo discutíamos mientras practicábamos lanzamientos por la mañana, lo discutíamos luego del trabajo, en Bartleby. Así y todo Gabriel, como buen inquilino que con suerte compraba confort y a veces el gas, no puso mayores reparos cuando comenzó la programática evasión a las llamadas de ese grupúsculo de gente. Tampoco le habían parecido la gran cosa. Eso sí, semanas más tarde me confesó que el único motivo por el cual los soportó las primeras dos semanas era porque no había notado que Rut era la novia de Gabriela. Rut tenía estas largas piernas, siempre con chor y calcetas largas, siempre más callada que el resto de hiperventilados, soltando esporádicos comentarios, tan simples que, claro, dentro de ese horroroso contexto que era mi living, habían terminado por cautivar a Gabriel. Tanto que no había reparado en la evidente complicidad que llevaba ésta con Gabriela. Cuando le pregunté porqué no me lo había dicho antes para así terminar rápido con la farsa, me dijo que no quería arruinar mi amistad con esta gente. “Nunca te había visto tan vulgar y sociable”, me dijo.
Escrito en cuento corto, cuento largo | 5 Comentarios »
Mientras fuese temprano por la mañana y no hubiese nadie mirando por ahí cerca, lanzar esa pelota contra el aro no resultaba tan difícil. La verdad no sabíamos absolutamente nada acerca de aquello, quiero decir, sabíamos sólo una cosa, que era la más importante para nosotros: era un deporte que podía jugarse sólo o de a dos. Y era gratis. Además, y esta era la razón por la que lo habíamos escogido entre otros deportes, podíamos conversar mientras lanzábamos, y esto era algo que, por lo menos en las películas, se veía bastante bien. Parecía ser algo que hacían los buenos amigos. Y Gabriel, por aquellos años, era mi único amigo, mi mejor amigo. A veces nos quedábamos mirando a los jóvenes desplegando espectaculares trucos que nosotros en nuestras ocultas sesiones mañaneras tratábamos de copiar sin mucho éxito. Al principio, cuando nos invitaban a jugar aducíamos todo tipo de lesiones. Nuestra reticencia a jugar con otros era tal que una vez Gabriel llegó a decir que era parcialmente ciego y yo era su terapeuta. Ese día tuve que salir de la cancha guiándolo y aguantando la risa. Sin embargo, con el tiempo terminamos mezclándonos con aquellos jóvenes. Nosotros, unos vejetes disfrazados de basquetbolistas profesionales, con las piernas blancas y flacas, jugábamos con los que podrían ser nuestros hijos y luego, siempre más cansados que ellos, nos sentábamos en las graderías, sin decir mucho, los escuchábamos hablar sólo de videojuegos, NBA, mujeres, y fiestas de fin de semana (es decir, mujeres). Y si no decíamos nada no era tanto porque no supiésemos qué decir sino más bien porque demorábamos más que ellos en retomar la respiración normal. Hablaban de mujeres como se habla de autos, aunque sólo he presenciado por segundos conversaciones sobre autos sin largarme con alguna excusa, se referían a ellas, a sus culos, tetas, piernas, como piezas ensamblables e intercambiables. Muy pocas veces se referían a la cara. Si alguno decía algo sobre la belleza del mentón de fulanita, era tomado por marica, por alguien inoportunamente sensible, como si apreciar la belleza de un rostro excluyera el gusto por el resto. Solían, por ejemplo, armar la mujer ideal a partir de unos cuantos atributos de amigas en común. Con una mezcla de veneración que automáticamente se convertía en apropiación, hablaban de sus conquistas, privilegiando en el relato todo lo relacionado con el primer acercamiento y dejando de lado la posible rutina posterior: las maneras en que se relacionaban con ellas, los paseos de la mano por los parques, las visitas a las casas de sus padres, las llamadas telefónicas por la noche, todo eso era obviado. David, el único que decía tener una polola hace un año, sólo escuchaba y eventualmente nos lanzaba una mirada de complicidad. Nosotros comprendíamos esto, obviamente habíamos pasado por una etapa parecida, quizá menos imbécil, pero en cualquier caso, ahora estábamos en el otro extremo: si ellos buscaban con ansiedad la acumulación de experiencias con mujeres para vanagloriarse entre ellos, nosotros sólo buscábamos algo de intensidad y simpleza. Aunque ni siquiera buscábamos tanto. Dos tipos solos que se llevan bien entre sí, que parecen hermanos u homosexuales (o ambas cosas a la vez), sin mayores redes sociales, sin fiestas de fin de semana, no tenían muchas chances de conocer mujeres en general, y ni hablar entonces de mujeres en particular, salvo, claro, que consideráramos a Marta, la única mujer que frecuentaba nuestra casa y sobre la cual inevitablemente me referiré más adelante. De todos modos yo hace tiempo que había dejado de buscar por un motivo en particular: Beatriz. Lo más parecido a ella que había era ella misma, el resto eran malas copias, Beatrices incompletas que desaparecían rápidamente.
Escrito en 2083 | 8 Comentarios »
Era la época en que pensaba que no vería a ninguna mujer durante mucho tiempo, si es que salía con una alguna vez. Podía mirarlas andar por la calle contorneándose como odiosos pavos reales, detenerme en algunas: qué horribles algunas bellezas, qué horrible conciencia de sus cuerpos tienen algunas, con ciertas botas que apenas las dejan caminar, casi se ve la soga interior con la cual se sacan a pasear a sí mismas, pero eso daba lo mismo, considerando el estado general de mi espíritu, daba igual y podía incluso aceptar una que otra mirada benevolente; sin siquiera saber si era porque les parecía un completo imbécil o porque algo bueno me encontraban, yo devolvía con gratitud esas miradas, devolvía todo con una extraña gratitud que, si se le miraba bien, era ofensiva. Pero nadie lo notaba y me venia bien ser amablemente ofensivo con el prójimo en general. En cuanto a esas mujeres que desfilaban por la calle, bastaba con que comenzara la primavera para que empezaran a brotar: estaban echas de la misma carne que las cosas, que los televisores, que el periódico, y estaban tan echas a la medida de las cosas que, por supuesto, terminaba por preferir a estas últimas, con su atractiva falta de devenir y todo. Nadie me interesaba lo suficiente como para hacer llamadas o programar algo distinto a la simpleza de los días tal y como venían. Y vaya cómo venían los días. Tenía esta pequeña editorial. Y daba alguna que otra clase. Me mantenía, el refrigerador parecía como de familia bien constituida, a nadie que lo abriese se le habría pasado por la mente que un tipo solo vivía allí, nadie podría creer que un tipo que vive solo se cocine betarragas, espárragos y, por si fuera poco, tenga tortillas de verduras congeladas, con los respectivos ingredientes de cada una anotados en el pote. Pero contra toda expectativa, yo era aquel hombre, el que me imaginaba que seria cuando tenía veinte años, me había convertido en eso, con la pequeña diferencia de que siempre creí que a los cuarenta tendría una relación importante con alguien. Y algo de eso hubo. Pero ya se verá que llegó tan rápido como se fue. En fin, en aquella época podía comprar libros, y a veces viajar. Por ejemplo irme lejos en tren: no desaparecía para nadie pero, curiosamente, desaparecía y, al volver a casa, todo era distinto. Era una época feliz y carente de todo propósito. Nunca me interesó (ni siquiera ahora) averiguar si estaba en presencia de una formula para dejar ligadas para siempre ambas cosas: felicidad y pocos propósitos. Pero volvamos a las mujeres que, a su vez, me llevaran a la mujer de la cuál quiero hablarles. Bordeando los cuarenta años, era esperable que todas mis amigas con un poco de cerebro estuviesen ya casadas. Tampoco las frecuentaba mucho y si lo hacia era como intento de reavivar la amistad, de hacer como que nada había cambiado, pero todo había cambiado, y esos intentos fueron espaciándose cada vez más, hasta desaparecer por completo. Las pocas relaciones que tuve en esa época nunca pasaron más allá de la tercera cita. Me aburría de una manera alarmante y volvía a mi ostracismo. Era una soledad perfecta, casi escogida. Las tardes las pasaba con Gabriel en la cancha del barrio, practicando lanzamientos, jugando uno contra uno, y también sentados mirando a los jóvenes, aprendiendo de sus movimientos ágiles. Ninguno de los dos practicó el basquet en la adolescencia, es más, creo que ninguno hizo ningún tipo de deporte nunca, pero un buen día se nos pasó por la mente que en vez de estar hablando idioteces en casa podríamos hacerlo fuera, mientras hacíamos otra cosa. Y lo hicimos. Un poco de actividad nunca viene mal. Algo así debimos haber dicho. Lo decíamos siempre sin nunca hacer nada. Pero lo hicimos. Así que compramos un buen balón de marca, zapatillas, todas esas cosas. Ese día, luego de comprar, estuvimos bebiendo cerveza negra en Bartleby, un bar que habíamos descubierto cuando teníamos veinteitantos años, época en que se nos ocurrió poner un libro de reclamos que nunca fue tal y que se transformó en una fuente gratuita de anotaciones ebrias que día a día nos íbamos llevando a casa para producir algún texto con o desde ellas. Todavía guardamos el proyecto incompleto de esos interminables cuadernos que los ebrios ociosos llenaron durante años. Así que allí estábamos bebiendo y recordando, culpándonos el uno al otro de haber dejado botado el proyecto por nuestro verdadero trabajo. Como si fuesen una y la misma cosa, estuvimos bebiendo y recordando. Creo que ese día bebimos más de la cuenta y en vez de tomar nuestros autos nos fuimos trotando. Nos pusimos nuestra ropa deportiva en el baño de Bartleby y Bruno, dueño y conocido nuestro, nos guardó en bolsas plásticas la ropa que traíamos puesta. “Así la próxima vez que vomiten o les rompan la nariz tendrán una muda a mano”, nos dijo mientras salíamos. Lo dijo tan fuerte que todo el bar escuchó. Pero todo el bar eran cinco pobres diablos que no nos conocían y que, por lo que se veía, tampoco se conocían entre ellos ni estaban cerca de hacerlo. Así que nadie río, salvo Bruno, y claro, su esposa, Edna, que era ese tipo de esposas que mediante risas trataba de cubrir el hecho de que cuando a Bruno le daban los demonios iba y la golpeaba. Salimos de allí. Tampoco estábamos tan ebrios. Debían ser como las once de la noche. El viento estaba perfecto. Trotamos durante la mitad del trayecto que separa el bar de mi casa, algo así como seis cuadras. Era un día de invierno, apacible, lento, y todo lo que ocurriese en él iba a teñirse de ese temple. Si un camión de carga nos embestía en el siguiente cruce, seria algo absolutamente invernal y moriríamos como hojas, o como tierra húmeda, o qué se yo. Trotamos sin decir nada durante esas seis cuadras. Después invité a Gabriel a quedarse conmigo, pues habíamos quedado en ir a darle al basquet por la mañana (meses después, cuando comencé a ampliar mi círculo social, algunos de mi nuevos amigos no podían comprender porqué pasaba yo veladas completas con mi amigo y, sobre todo, no podían comprender porqué siempre había ropa y libros de él en el cuarto de invitados: no concebían que dos hombres pasaran tanto tiempo juntos sin, ya saben, compartir todo el resto). Por algo es que hoy por hoy no mantengo contacto con ninguno de ellos. Sin embargo, de no haber sido por ellos, nunca hubiera conocido a Beatriz. Pero ya llegaremos a eso. Ese día entramos a mi casa mojados y moribundos. Nos vimos así vestidos delante del espejo principal de la sala de entrada, íbamos pasando pero tuvimos que detenernos, y no paramos de reírnos sino hasta que notamos que realmente no era tan gracioso: nos veíamos objetivamente penosos en esa ropa deportiva juvenil, con piernas flacas, blandas y, en mi caso, totalmente lampiñas.
(…)
pd: Esto continua en alguna próxima entrada. Como se ve, he partido de ese párrafo de Carver que está dos entradas más abajo: pensé que podia meterle un par de cosas, pero me ha salido esto, y lo que viene luego.
Escrito en cuento corto, cuento largo | 7 Comentarios »
Pago el triple pack, paso a la farmacia por dos o tres cosas, compro la prensa, el clinic y una revista del curi. Busco un té rojo más te verde que mi pidió mi mamá pero no existe. Pasa una china por el pasillo y estoy a punto de preguntarle pero ¿y que tal si sólo es una china que va pasando por un pasillo? Compro también unos matamoscas, dos, en un pequeño puesto en el cual deben comprar no más de diez veces al día. Calendarios, chapitas, parches curitas, matamoscas y cortaúñas. Como que me da pena. Debería vender la temporada completa de doctor house pirateada o cualquiera de esas series que todos están viendo ahora, o paltas más baratas que en el super, o frutillas, no sé, hay muchas cosas a las cuales uno no puede negarse. Por eso le compro dos matamoscas. La gente tiene rabia. Sólo las mujeres parecen no verse odiosamente acaloradas. Los papás gordos que pasean por el centro a las cinco de la tarde con sus familias quisieran estar en otra parte. Se les nota en la cara. Voy zigzagueando calles para ver qué más puede servir para cierto complejo obsequio que estoy construyendo. Tengo listas de cosas en hojas de cuaderno. Suelo traspasarlas a hojas menos arrugadas y con mejor letra, como si eso fuera llevarlas a acabo. En cualquier caso, se trata de pequeñas cosas. Salvo un par, que es lo de encontrar departamento y este asunto de la caja. Así que tengo una lista con los posibles objetos que irán dentro de esta caja sobre la cual no diré nada y otra lista mayor que dice –fecha cajón –arreglar audifonos y –caja.
Escrito en inmanencia | Deja un Comentario »
“Era la época en que pensaba que no vería a ninguna mujer durante mucho tiempo, si es que salía con una alguna vez. Por la noche, sentado delante de la televisión con una revista o un libro sin abrir junto a él, en el sofá, solía pensar en Eileen. Cuando lo hacia, recordaba su risa, tan dulce, o su mano dándome masaje en el cuello cuando se quejaba de tenerlo dolorido. En esas ocasiones casi llegaba al borde de las lagrimas. Había pensado que esas cosas sólo le ocurrían a los demás”
Escrito en citario | Deja un Comentario »
Me planto en el Word con la sensación imbécil de estar a punto de hacer algo, al final del día, como si esto fuese una especie de práctica privilegiada, la construcción de un objeto incuestionable y transparente para si mismo. Le dije a la Betania que sentía que en la noche tenia que ajusticiar el día, eso le dije ayer, y la echo de menos, tendría ganas de hacer más cosas si ella estuviera haciendo sus cosas aquí cerca. Da igual cómo se llame eso y la pertinencia que tenga dentro del complejo cuadro en el que estamos insertos. Quiero tan pocas cosas de verdad que ya no sé negármelas. Esta justicia nocturna es una cagada. Me duele la cabeza. El viento se ha olvidado de que tiene que venir a reparar las temperaturas de los cuerpos. El rechinar de los dientes ha vuelto. ¿De qué se trata esta guea de apretar los dientes de abajo contra los de arriba ahora mismo incluso mientras escribo? Me concentro, dejo la boca abierta, diez segundos, trato con la lengua entremedio a modo de separación, un minuto a lo más, pero nada, vuelvo a rechinar los dientes. Que se vaya a la mierda el cuerpo y sus mensajes en clave. Echo de menos tantas cosas. Pero es mi culpa. La voluntad va rodando en una pendiente de calor y desgano y heme aquí describiendo la pendiente, los baches, como un turista que quiere volver a su casa, a lo conocido y simple. Pero la casa hay que buscarla, eso me anima, tener que ir a Santiago, visitar a los amigos, buscar una casa, ir al cajón del Maipo, aunque nadie del taller quiera, por último o por primero, pasar un fin de semana como beatnik, jugar a hacer land art, y ver si se aclaran un par de cosas, sí, es lo único concreto, acá mis pasatiempos ya expiraron.
Escrito en inmanencia | 9 Comentarios »
Nada, ni una gueá, ni viento que entre por las cortinas tiesas como telarañas, ni ganas de ponerse conectado en el msn, ni de leer, ni. Duermo una siesta. Al despertar no sé en cuál de las tres pieza estoy y me quedo en eso unos minutos a ojos cerrados. Miro para afuera: a esta hora nadie pasa, están todos guardados. Me llaman pero no tengo ganas. Cualquier actividad trae su nefasto “y luego qué”.
Escrito en inmanencia | 1 comentario
Soñé que estaba en una disco sentado en el suelo mirando a unos tipos que estaban chuteando una pelota, así como antes de empezar el partido, cuatro tipos en un rombo probando precisión en los pases, con ambientación discotequera. Algunos siguen el ritmo de la música mientras esperan el balón. En vez del baile el espectáculo es eso. Feli es uno de ellos y yo desde el suelo le grito cosas de barra de futbol. Uno cánticos típicos, con entonación argentina típica, pero relacionados con la insistencia de seguir escribiendo, Mis pies están bajo el nivel del suelo como si el cemento fresco se hubiera endurecido conmigo allí dentro. Cuando pretendo pararme al baño me doy cuenta de que estoy atrapado ahí. Así que hago como que estiro los brazos, las piernas, bostezo, para hacerlo todo más creíble, y vuelvo a sentarme: intuyo que si ven que estoy enraizado allí me harán algo malo. Al costado, en la barra, está Slatan Ibrahimovic, sirviendo tragos con una destreza imposible. Trato de avisarle a Feli que está este importante futbolista en la barra, pero hay mucho ruido, y opto por bajar, siempre pudo bajarse, era cosa de sacudir los pies, lo que no se podía era subir, entonces me dejo caer y es como tirarse parado en jalea, en una jalea que asusta porque no termina nunca.
Escrito en soñé que | Deja un Comentario »
“Así que me miro un rato las ojeras en el espejo sucio de gotitas de pasta de dientes y vuelvo a mi burbuja cúbica de calor o fiebre. Podría mirar las gilipolleces ajenas en Facebook. O podría abrir el Word y escribir algunas propias. Pienso en Saroyan. Pienso en Carver. Pienso en Ford. Y me doy vergüenza. Y ése es el sentimiento del que intento huir al poner en marcha el reproductor de música y sumergirme en la inofensiva posmodernidad de mi muro, los de mis amigos y los de gente que ni siquiera conozco. Y me siento tan en el primer mundo… Relleno uno de esos estúpidos tests virtuales. Con qué celebridades vivas o muertas te gustaría emborracharte. Pongo el primero a Bukowski porque es el único que añado sinceramente a la lista. Aunque supongo que nadie se preguntará Por qué cuando lo vea por la mañana en su pantalla. Tan en el primer mundo. Es más importante salvarle la vida al gato atropellado, caído, pateado o nada más que abandonado que lleva cinco minutos quejándose sin tristeza ni miedo en algún lugar de esta calle, simplemente quejándose como el animal que es. Así que no tarda nada en llegar una camioneta del servicio de animales municipal. Y me siento tan en el primer mundo… Cuando el hombre se tumba sobre el asfalto sucio y mete medio cuerpo debajo de un coche para salvar a un gato herido. Cuando una mujer y su hijito aplauden desde su ventana el éxito de la operación de rescate. Tan en el primer mundo.”
“Sin tan siquiera fantasear con la idea de que si viviera en USA podría odiar también a la gente con casas con jardín y con tartas de manzana en la ventana y con rancheras con puertas de contrachapado y con perros llamados Skip y con rifles bajo la almohada. Podría odiar a los hiphoperos del cuarto mundo rellenos de crack. Y a los gerentes de motel rancio de superautopista. Y a los brokers y a los vaqueros analfabetos y a las patinadoras de Malibú con sus piernas intocables. Y entonces escribiría mejor. Mucho mejor. Y tendría más posibilidades de que un tarado llegara a ser el mandamás de una editorial de medio pelo y de que debido por una parte a su cociente de borderline y por otra a mi exótico nombre europeo decidiera publicarme algo. Porque aquí todo es light. Jodidamente light. Desde las armerías hasta las editoriales, pasando por la tristeza, la felicidad, la mediocridad, el éxito, el fracaso, el amor e incluso la violencia de la gente”
(http://ivanrojo.wordpress.com)
Escrito en citario | Deja un Comentario »
Unas cámaras de refrigeración se queman en el Unimarc. Eso dicen por la radio. Me pregunto cómo es posible algo así. Anuncian también a las distintas modelos, actores y personajes de la televisión que visitarán las discotecas de Curicó el fin de semana. Ya ni me pregunto cómo es posible algo así. Quizá la fusión de ambas noticias seria mucho más agradable y provechosa para la sociedad, pero seria mucho pedir. Escucho desde el baño mientras termino de secarme. Dormí como cinco minutos pero las moscas y el calor no me dejaron. Bañarse es casi lo mismo. El mismo efecto despajerizador. No tengo ganas de salir a trotar. Me afeito porqué sí, para que la cara se vea menos cavernícola, para ver los pequeños pelos irse por el lavamanos, para oler a aftershaves ante mí. En la tarde no pude leer más de media hora. Lo que hago es saltar de géneros pero hoy no ha dado mayor resultado pues sigue pareciéndome bien fome casi todo lo que me he traído para leer. Retomé La literatura y el mal de Bataille pero las primeras páginas, además de traer estúpidas anotaciones con una letra desproporcionada en los costados, vienen con la última palabra de cada línea cortada. Obviamente uno intuye de qué palabra se trata en cada caso, pero de todos modos me aburro, que la transgresión, que el amor es la verdad de la muerte, que el mal es el mejor medio para expresar la pasión, ya, bien, puede ser, pero no estoy para esas cosas. Vi un stand up comedy de Kevin Smith, eso hice, matando moscas e individualizando en cada una de sus muertes un pequeño triunfo sobre este calor de mierda. Un matamoscas que sólo tiene la mitad de superficie disponible para asesinar debido a la furia con la cual es usado. Ahora son las ocho treinta y acomodamos cosas en el refri con mi mamá que ha llegado hace poco. Y no sé qué hacer. Tomar once, claro, ¿pero y luego?
Escrito en inmanencia | 7 Comentarios »
” (…) Santiago y Buenos Aires están al lado, separados sólo por un río. En Buenos Aires está Álvaro Escobar, en una universidad. Me dice que tiene que asumir un cargo en el gobierno. Al parecer, no es vampiro. Me dice que lo lleve a conocer el palacio. Le muestro los subterráneos, pero hasta el menos 5 no más. él quiere seguir bajando, yo me devuelvo (…)”
(F.K.)
Escrito en soñé que | 5 Comentarios »
Se echa viento todo el rato. Apenas llegó tomó una revista y comenzó a echarse aire. Lleva una camisa blanca a rayas, es gordo y está sentado como si fuera a pararse en cualquier momento, me quedo atento a su respiración lenta y pesada, pero creo que nota mi propósito pues hasta he dejado de leer, con el libro abierto y con los ojos detenidos, este hombre no ha mirado a ninguno de los presentes desde que llegó, quizá sienta vergüenza de tener tanto calor, yo ya me he aclimatado y me pregunto si me veré asi al llegar a lugares atiborrados de gente, van diez minutos y sigue dándole a la revista, algo raro tiene este hombre. Así que estoy allí esperando que mi hermano sea atendido. Comienza a llegar más gente de la cuenta pero me hago el desentendido y sigo releyendo Catedral de Carver. Están mirando la tele pero no la siguen, estoy seguro de eso porque está en el Disney Chanell y son adultos. Yo me aburro de leer, dejo el libro encima, y me dispongo a mirar todo con aburrida atención. Suelo oscilar entre la timidez y el descaro pero ahora me han dado ganas de mirar las caras y las ropas y las maneras de esperar y los tick así como si fueran una extensión de las revistas y demaces utensilios de espera. Mi hermano me llama y entro. Quizá no tenia que entrar. Me miran las doctoras, dentistas, ortodoncistas, ayudantes, lo que sean. “¿Esta todo bien?”, digo. Y por supuesto que está todo bien. Bromean acerca de la valentía y la cobardía de mi hermano, invariablemente, la labor de un dentista de niños es hacer una broma de cada una para así en el fondo no decir nada acerca del carácter del niño en cuestión. Salimos de ahí. Alcanzamos a pulsar el botón de cerrar el ascensor justo antes de que entren unas señoras que ven nuestras risas .
Escrito en inmanencia | Deja un Comentario »
Comemos solos con mi hermano. Pongo la mesa en 15 segundos exactos, un paño para limpieza general, dos vasos, el jarro con jugo helado, y los dos platos. Caliento mis porotos y para él tallarines con huevo. Vemos las noticias. Ya ha asumido que la hora de almuerzo es la hora de las noticias (y no la de Ben 10) y, más que eso, es la hora en que dialogamos en voz alta con la tele. Ahora, por la repetición de este ejercicio de ciudadanía casera, mi hermano repite todas las denostaciones que hemos soltado en contra de Piñera y las pobres gentes que vacilan el cambio como canutos en éxtasis. Así que le explico que el odio está bien, perfecto para nuestra época llena de cuidados y respetos de doble filo, pero debe buscarse sus propios argumentos. Ayer pasaron unas camionetas con banderas por el pasaje y soltamos los correspondientes “¡Cállense chuchasdesumadre!” una cuestión totalmente justa si nos detenemos en la horrible alegría y en lo penoso de sus identificaciones. Como si la vida les fuese a cambiar. Hay mucho de sentido común católico en esas pobres gentes que celebraron ayer como si ALGO HUBIESE PASADO EN SUS PROPIAS VIDAS. Vi incluso gente llorando. “Llevábamos 20 años esperando esto”, “Ha vuelto la democracia”. Lo único bueno que puede salir de esto, a largo plazo, es una revuelta social de proporciones, una cohesión de la izquierda y de los sectores marginados, lo cual puede ser coyunturalmente útil, pero ya sabemos que la mera oposición al enemigo común no basta: todos se vuelven heroes provisorios y despues qué. En cualquier caso, si la derecha es consecuente con lo que ha sido hasta el momento, tendrán lo suyo.
Escrito en inmanencia, tematizado | 5 Comentarios »
Un bombazo. Un sonido desconocido. Decisivo. Fuerte. Completo. Un estallido de algo. Salto de la cama, miro hacia todos lados. Lo primero que imagino es que ha explotado el gas o, no sé, que el levantamiento contra Piñera ha comenzado. Me encuentro con mi mamá en el pasillo. Son las siete y media de la mañana. Pero no ha sido nada aquí en la casa ni en ninguna casa vecina. Salimos a la calle y es sólo un camión al cual le ha estallado una rueda. Ni siquiera se ha volcado. Sólo la explotó la rueda. Un sonido absolutamente desconocido para nosotros. Por eso el susto.
Escrito en inmanencia | Deja un Comentario »
Aburre no saber qué hacer. Aburre el mismo modo del aburrimiento. Aburre, sobre todo, tener que partir escribiendo esto. Pero es esto o nada. Y no escribir no es una opción. Estas últimas tardes, casualmente después de llegar de Santiago, no han tenido nada que ver con las anteriores. Si no fuera por las siestas me volvería loco. Pero vamos al cine de la católica a ver La Nana. Parece que es buena, como todos dicen, o sea, estoy ahí, la veo de corrido sin pensar en qué tengo que llegar a hacer, y a ratos me río, claro, cuando no me frena la vergüenza de que todos hayan estallado en una carcajada comunitaria por una cuestión irrisoria. La gente acá es bastante impresionable, hay mayormente señoras, se nota que no van mucho al cine.
Escrito en inmanencia | Deja un Comentario »
(…)
He dejado un poquito de la ventana abierta para mirar la calle. A veces asusto a los perros que van pasando. Tengo una botella con agua aquí al lado. Y un café. Hay, también, a mi derecha un cerro de libros y fotocopias de los cual es no sabría escoger ninguno: todos están a la mitad y no sé, nada me llama mucho la atención por estos días. Sólo quisiera leer un Vila-Matas, o Levrero, o, en general, libros que no tengo aquí. Lo mismo con las películas, otro cerro de devedés pero ninguna elección. Vimos año uno con Panchito recién, acaba de cumplir diez años, ya deberíamos decirle pancho, pero algo, alguna fuerza extraña, lo impide. En la tarde fuimos con él y mi mamá a una comida chatarra, la esperamos en una banca, le vimos pasar balbuceando algo, pensando en voz alta quiza qué cosa, es raro ver a tú mamá sin que ella sepa, y más aún pasar por la calle balbuceando, es como verla de verdad verdad, pasó de largo y ni nos vio, así que la agarramos por atrás y simulamos asaltarla. Hace años que no hacia esa estupidez.
(…)
Escrito en cartas / meils / conversaciones., inmanencia | Deja un Comentario »
“Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto”
“Una belleza no intencional. Sí. También podría decirse: la belleza como error. Antes de que la belleza desaparezca por completo del mundo, existiría durante aún durante un tiempo como error. La belleza como error es la última fase de la historia de la belleza.”
“Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.
La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a sí mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un ideal es, como sabemos, aquello que nunca puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidas por su terca poligamia.
La segunda obsesión es épica y las mujeres no ven en ella nada conmovedor: el hombre no proyecta sobre las mujeres un ideal subjetivo; por eso todo le resulta interesante y nada puede desengañarlo. Y es precisamente esa incapacidad para el desengaño la que contiene algo de escandaloso. La obsesión del mujeriego épico le produce a la gente la impresión de que no se ha pagado nada a cambio de ella (no se ha pagado con el desengaño).
Debido a que el mujeriego lírico persigue siempre al mismo tipo de mujeres, nadie se da cuenta de que cambia de amantes; los amigos le crean permanentemente conflictos porque no son capaces de diferenciar a sus amigas y les atribuyen siempre el mismo nombre.
Los mujeriegos épicos (y por supuesto que Tomás es uno de ellos) se alejan cada vez más, en su búsqueda del conocimiento, de la belleza femenina convencional, de la que se han hartado rápidamente, y terminan indefectiblemente como coleccionistas de curiosidades. Saben que lo son, les da un poco de vergüenza y, para no poner a los amigos en aprietos, no suelen salir públicamente con sus amantes.”
“Fue en 1980 cuando pudimos leer por primera vez, en el «Sunday Times», cómo murió lakov, el hijo de Stalin. Preso en un campo de concentración alemán durante la segunda guerra mundial, compartía su alojamiento con oficiales británicos. Tenían el retrete en común. El hijo de Stalin lo dejaba sucio. A los ingleses no les gustaba ver el retrete embadurnado de mierda, aunque fuera mierda del hijo de quien entonces era el hombre más poderoso del mundo. Se lo echaron en cara. Se ofendió. Volvieron a reprochárselo una y otra vez, le obligaron a que limpiase el retrete. Se enfadó, discutió con ellos, se puso a pelear. Finalmente solicitó una audiencia al comandante del campo. Quería que hiciese de juez. Pero aquel engreído alemán se negó a hablar de mierda. El hijo de Stalin fue incapaz de soportar la humillación. Clamando al cielo terribles insultos rusos, echó a correr hacia las alambradas electrificadas que rodeaban el campo. Cayó sobre ellas. Su cuerpo, que ya nunca ensuciaría el retrete de los ingleses, quedó colgando de las alambradas.”
“El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lagrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!
La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”
“Nadie lo sabe mejor que los políticos. Cuando hay una cámara fotográfica cerca, corren en seguida hacia el niño más próximo para levantarlo y besarle la mejilla. El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los partidos políticos y de todos los movimientos.”
“Y lo principal: Ninguna persona puede otorgarle a otra el don del idilio. Eso sólo lo sabe hacer el animal, porque no ha sido expulsado del Paraíso. El amor entre un hombre y un perro es un idilio. En él no hay conflictos, no hay escenas desgarradoras, no hay evolución. Karenin rodeó a Teresa y a Tomás con su vida basada en la repetición y eso mismo era lo que esperaba de ellos.”
Escrito en citario | 1 comentario
No me llamaste después de CSI. Ojalá que haya sido por que te quedaste dormida. De otra manera no lo entiendo porque siempre me llamai después de CSI. Además, justo este capitulo es de los que no había visto. Aparecía un gueon en una moledera de carne. Y, no me voy a poner a contarte toda la guea pos. Me quedé al lado del teléfono, pero después fui a tender la ropa no más. Siempre es difícil llevar la ropa de la lavadora al patio. Aparte de que no hay luz, y son las tres de la mañana, cuesta colgarla, se cae, porque me enrollo la más ropa posible en los brazos y el cuello, para no tener que ir varias veces a buscar a la lavadora, es bien tonto por que en realidad hay cosas que ameritan varios piques, pero mientras lo hago no pienso así, y los calcetines se me caen en el camino, y, a veces, los encuentro al otro día en el patio, botados, por que ya te dije que no hay luz, entonces si se caen no los veo, pero si se cae una polera blanca si la veo, por la luz y porque, claro, uno se da cuenta del roce de las cosas al caer, y las poleras son grandes y pesadas, por que están húmedas, en cambio los calcetines cuando se caen se caen como células muertas y uno no se da ni cuenta.
Dijeron que mañana va a llover. Ojalá despierte cuando este recién empezando a chispear, ojalá no despierte con ese sueño pesado y traspirado que hoy día me hizo hacer todo lentamente: vestirme, tomar agua, saber que echar a la mochila; en fin, ojalá despierte no más, como cualquier día, y que llueva o no, y que haga todo lento o no, da lo mismo, si ni siquiera quería decir “ojalá”, y lo único que pasa aquí (si es que acaso pasa algo) es que me cuento el mismo cuento siempre.
Ya, me despierta el temblor, no la lluvia, y tengo un hambre que no sé corresponde con mis actividades, un hambre de haber hecho ejercicio, no se, quizá gasto mucha energía durmiendo, u ordenando la pieza, recogiendo basuritas del piso, sí, eso debe ser. Corre un buen viento. El suelo ya está seco. O sea que no llovió mucho. O sea que todavía puede seguir lloviendo. Salgo a mirar la calle y entra el perro y al rato ya quiere irse. Yo creo que ni él sabe porqué entra aquí. Estoy seguro de que, a cualquier casa que entrase, el solitario habitante -porque de preferencia uno deja entrar a los perros cuando está solo- se sentiría escogido por la naturaleza que vive en el perro. Luego del temblor llama Feli y le digo que mejor ni me cuente si tiene buenas ocupaciones hoy día. No seria bueno saber, por ejemplo, que va a ir a jugar P2 con bruno, o que hoy es la premiación de los cuentos del metro. Pero se quedará leyendo no más, y eso me contenta. Ahora voy a ir comprar más zanahorias y ese tipo de cosas, y de pasá voy a aprovechar a mandarte esta cuestión. ¿Tembló bacán allá?, ojalá hayai pensado que era el fin del mundo, o esa hecatombe que mostraban en el Discovery. ¿Sabiai que ese tipo de cosas tienen que ver con lo sublime? Lo sublime es lo irrepresentable para nuestra sensibilidad. Si lo bello nos atrapa en la contemplación lo sublime nos arroja en lo informe. ¿Bacaaaan? Y eso que Kant no vio el día de la independencia con guil smit.
Un asco lento por la garganta. La casa cochina después de un fin de semana de carrete de esta niña. No se siente bien este no saber dónde chucha poder estar tranquilo. Acabo de llegar, alguien durmió en mi cama, alguien se comió mi arroz amarillo de curry flaite, alguien usó mi toalla, y no soy ninguno de los tres osos de mierda de la fábula esa. Anteayer conseguí dormir algo, con migas de pan en la oreja presionadas con una bufanda amarrada, escuchando intermitentemente a un tipo que se ha esforzado por llegar a ser lo que es y que ha matado a tres personas y que es muy pero muy osado para todo. Supongo que con eso ha conseguido encamarse con mi estúpida vecina de pieza. Parece que estaban jalando así que eran la insistencia de decir cualquier cosa de corrido. Eso anteayer, hoy no digo nada y limpio mi pieza, me baño, ordeno. Es domingo y no hay fútbol. Se viene el dieciocho y ya sé de qué se tratará esta casa de mierda. Necesito encontrar otro lugar esta misma semana, largarme a la casa de alguna viejita que arriende una pieza, cerca de un parque, en un barrio tranquilo.
(2007)
Escrito en cartas / meils / conversaciones., inmanencia | 2 Comentarios »
