Estoy con la voluntad puesta y retirada en la medida justa. Pienso que siempre dura poco. Pero ahora no sé qué podría salir mal. A veces pienso que seria un profesor bacán. Otras veces pienso que me rascaría los cocos sin darme cuenta y todos se reirían. En unas semanas más lo sabré. Y ni siquiera sé bien qué me alegra. O es que ni siquiera estoy propiamente alegre. ¿Se habla de otra cosa que no sea el ánimo? El animo como psiqué. Si tuviera caracteres griegos quedaría más bonito. La psiqué como soplo interior, ni siquiera alma sino una guea indetectable. El ánimo culiao: su detección como tautología: la detección creadora. Modos de preguntar por el otro que incitan ámbitos reducidos de respuesta. “¿Cómo van las cosas?”, puede preguntarme un tío, entonces no le diré nada acerca del tedio, la soledad, y la intermitente felicidad y en cambio le hablaré de la universidad y la salud. Es el medio infinito el que andamos trayendo, los existencialistas vieron esto, pero no pudo deducirse de allí una política, una ética no individualista. Es una especulación financiera de sí mismo a veces sorda del resto. Un clima de sí ante los otros que son otras geografías. En cualquier caso, a ti puedo decirte que estoy bien, nuestros lugares son parecidos, no nos interesa ni el fondo del mar ni el espacio ni los animales únicos: eso puede encontrarse en cualquier parte. Además, con todos lo dicho hasta aquí, este es un “estar bien” que, a fin de cuentas, no significa casi nada si no se le pone en referencia con su contexto. Y si vemos las cosas asi, notamos que es por eso que es mejor contestar rápidamente cuando nos preguntan cómo estamos. Decir algo que haga que el otro pase rápidamente a lo que quiere decir. ¿Esa es la monstruosidad del otro de la que habla Zizek, ese es el problema del rostro en Levinas?: “Al enfrentarse a un Musulman, uno precisamente no puede discernir en su rostro el rastro del abismo del Otro en su vulnerabilidad, que se dirige a nosotros con el infinito llamado a nuestra responsabilidad” (1), o sea que es tan otro que no nos deja ninguna chance y se vuelve una especie de “grado cero del semejante” (2), un grado cero de la diferencia ante lo cual no cabe sino el horror o la indeferencia. Cachai que el otro día estábamos en una cuestión de poesía en el campus San Joaquín de la católica, ya habían empezado a leer y le estábamos guardando un asiento a una niña del taller, a todos los que se acercaban a sentarse les decía maquinalmente “viene alguien en camino”, y lo mismo hice con una mujer que –y me di cuenta mientras le repetía la frase- llevaba una mascarilla y un parche en el ojo. Supe que estaba mal mientras lo hacia, mientras la frase ya estaba andando. Pero también supe esto: si me veía recular y decirle bueno ya siéntate podía pensar que era sólo porque vi su parche y su mascarilla. ¿O hubiera estado bien? ¿Me pareció tan obvio que tenia que decir que sí que dije que no? O no sé, ni alcancé a pensar. Lo que pasa rápido quizá no amerita ética sino fenomenologia. Une ética fenomenológica. Quién sabe. Me imagino una ética minuciosa asi de qué hacer cuando le pisai el pie a otro. O una fenomenologia de cómo nos sentamos a esperar el metro, cuándo nos sentamos al lado de alguien y cuando nó, una fenomenología de las miradas enfrentadas entre desconocidos. Una vez encontré en una pagina que habían muchos ensayos bacanes uno de una niña que llevaba por titulo: “fenomenologia de cómo aburrirse en las fiestas”. Nunca más lo encontré. Ni googleando. En fin, la cosa es que esta niña volvió a pedirme el asiento, pero esta vez me dijo “la niña que iba a sentarse aquí dijo que estaba bien, que me cedía el puesto” y era cierto, mire pal lado y la caro sólo meneo la cabeza dos veces como diciendo “inhumano culiao”. Y subís qué: al día siguiente la vi en el metro. No creo que otra niña con sus mismas características de mascarillas y ojo parchado anduviera por ahí. Pero no quiero deducir nada de allí.
(1) Slavoj Zizek, Visión de Paralaje, Ed. Fondo de Cultura Económica Argentina p. 116.
(2) Ídem.